Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 6. La verdad
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Capítulo 6. La verdad

La verdad

A melia

Casi no he pegado ojo. Además, a Gordito le ha dado por mordisquear los muebles. Se pone nervioso cuando lo sacamos de casa y he acabado subiéndolo en la cama. No es algo que le permita a mi hijo, pero si no se tranquiliza, nos volverá locos.

Después de desayunar, salimos a pasear los tres.

Es pronto y aprovecho para mirar algunos escaparates.

Volvemos caminando al hotel y a Cris se le escapa la correa.

Gordito sale ladrando y va a cruzar la calle.

Grito, aterrada y entonces veo que alguien sale del coche, lo coge y de dos zancadas, lo devuelve a la acera.

No alguien. Él.

Cris va corriendo y riñe llorando al perrito, que lame su cara. Miro pálida a Mateo, temblando.

—Gracias.

—Me parece que es un perrito muy travieso, ¿no? —pregunta a Cris agachándose. Él asiente, aguantando las lágrimas—, en mi rancho hay otros perros, se los presentaremos y que le enseñen a comportarse.

—¿Lo harán? ¿Y cómo se llaman?

Cris parece más tranquilo. Mateo sonríe y mi corazón late desacompasado.

—No son unos nombres muy originales, Sol y Luna. Ella va a tener perritos en unas semanas.

—Ohhhh, ¿puedo verla? Mami, ¿podemos?

—Para eso he venido, para enseñaros el rancho —dice mirándome. Asiento. Hoy lleva una camisa verde claro, remangada, vaqueros y botas. Y sí, el cabello repeinado. ¿Cómo se puede heredar esa manía?

—Vamos entonces. Gracias, Mateo. Gracias por todo.

—Quizá luego podamos hablar un momento, Amelia. Si te parece bien.

—Claro.

Nos montamos en el enorme coche y Mateo sujeta bien a Cris, haciéndole una carantoña. Oh, sí, lo sabe. Joder. El niño sonríe y meto a Gordito en su bolsa para poder sujetarlo. Una vez que me siento, enciende el coche.

—No ha cambiado mucho la ciudad.

—No mucho. Algunos comercios nuevos, pero la mayoría son los de siempre. Seguimos un poco estancados, por decirlo así.

—¿Tú también? ¿No te… has casado?

—Tuve una relación que se acabó.

—Yo me casé, pero murió. Un accidente.

Asiente y sigue conduciendo. Miro por la ventana mientras la suave brisa mueve mi cabello. Cris no se pierde detalle del paisaje. Cuando llegamos al enorme arco, Mateo se para y se gira para mirar al niño.

—Aquí empieza mi rancho, Cris. Verás que es bastante extenso, con caballos y vacas. Son de los grandes, así que no te asustes, porque son pacíficos y cariñosos. Pero no te acerques nunca por detrás, para que no se sobresalten. ¿De acuerdo?

Al volverse, se ha acercado un poco a mí y puedo ver su rostro recién afeitado y con un suave olor a colonia.

La mandíbula cuadrada es perfecta y su camisa, un poco abierta, me muestra sus pectorales.

Recordaba que no tenía mucho vello, y al pensar en cómo lo recorrí con mi lengua, me giro deprisa, sonrojada.

—De acuerdo, señor —dice y Mateo sonríe.

Vuelve a arrancar el coche. A lo lejos está la casa. Solo la visité una vez, cuando nos escapamos una noche y nos escondimos en el granero, para hacer el amor. Quizá fue allí cuando concebí a Cris. Suspiro y él me mira de reojo.

—Espero que sean buenos recuerdos —dice mirándome. Sonrío un poco.

—Lo son, Mateo. Nada que objetar.

—¿Objetar? Es una expresión extraña. Ahí están mis padres.

Salimos del coche una vez que para y dos perrazos enormes se acercan con curiosidad. Cris, que ya ha sacado de la bolsa a Gordito lo levanta con sus manitas, aterrado. Mateo se acerca y se agacha.

—Sol, Luna, venid aquí. Estos son Cris y Gordito, son amigos.

Los perrazos los olisquean y el nuestro se retuerce hasta que no le queda otra que dejarlo en el suelo. Los tres animales se olisquean y mueven el rabo. Suspiro aliviada.

—Dejemos que jueguen.

Coge a Cris de la mano y el corazón se va a salir de mi cuerpo.

—¿Qué haces, Mateo?

—Te presentaré a mis padres y luego hablaremos de Cris. ¿O crees que soy tan estúpido para no darme cuenta? —susurra. La voz con la que me lo dice me hiela la sangre.

—¡Bienvenidos! —dicen sus padres. Luego miran a Cris. A Mateo. La madre se echa las manos a la boca y me mira.

—Entremos, por favor —dice Mateo—, nos vendrá bien una limonada.

Sus padres se mueven despacio y pasamos al rancho. Es un lugar con paredes gruesas y por ello, la temperatura es deliciosa. Tiene muebles fuertes, antiguos, limpios y todo está muy ordenado.

—Nos refrescamos y luego vamos a ver a los animales, ¿de acuerdo?

—¡Sí! —exclama Cris. Mateo mira a su madre.

—Pequeño, ¿quieres que te enseñe primero las gallinas? Tal vez consigamos un huevo recién puesto.

Me mira, suplicante y accedo. Es tiempo de hablar, supongo. Sus padres se van con él y Mateo coge la jarra de limonada y pone dos vasos. Sirve y da un trago. Está frente a mí y su rostro no es amable.

—¿Cuándo me lo ibas a decir, Amelia? Cris es mi hijo, ¿no es así?

—Sí. Lo es. Yo…

—¡No me lo puedo creer! —exclama levantándose. Pasea por la habitación mientras lo miro. Parece que se está calmando, pero sigue serio.

—Lo siento, Mateo. Casi lo pierdo… las primeras semanas fueron difíciles. Yo… pensé que había sido algo efímero. No quería implicarte en un error mío.

—¿Un error? —dice casi gritando—. Te hubiera ayudado, joder. Te puedo ayudar. No voy a dejarlo pasar.

—Lo que ha sido un error es venir aquí —digo levantándome—. Él quería saber quién era su papá de verdad y, ¡Dios!, no sé qué hago aquí.

De dos zancadas se pone delante de mí y me coge de los brazos.

—No te vas a ir. No de momento.

—No es que puedas retenerme, Mateo. Puedo irme cuando quiera.

—No quería decir eso. Solo dame unos días. Quiero conocerlo. Mis padres también se han dado cuenta, joder. Nada más verlo.

—Eras… un buen tío, Mateo. Y por eso he vuelto, pero no pienses de ninguna remota manera que vas a… hacer algo. Es mi hijo y ni siquiera apareces en el certificado de nacimiento.

Él se aparta, como si lo hubiera golpeado. Quiero consolarlo, acariciar su rostro.

—Jamás apartaría a un hijo de su madre, a menos de que esta fuera una irresponsable, pero tú no lo eres. Pero has venido para que nos conozcamos, ¿no es así? Pues hazlo. Mandaré que alguien recoja vuestras cosas en el hotel y te trasladarás aquí. Tengo habitaciones de sobra.

—No creo que sea lo mejor. Yo…

—Me lo debes, Amelia. Me debes pasar algunos días con Cris. Y luego… poder visitarlo. O si necesitas algún tipo de ayuda económica.

Me envaro.

—No he venido por tu dinero si es lo que piensas. Solo creo que es justo para Cris y para ti conoceros.

—Entonces, quédate unos días aquí, en el rancho. Sabes que tengo mucho trabajo y a tu… a nuestro hijo le gustará. Dios. Es… una buena noticia.

Su expresión cambia. Sonríe y me mira, con un ruego.

—Está bien. Nos instalaremos unos días aquí, pero no sé si es una buena idea.

—Esta tarde cuando volvamos, las recogeremos y te vienes con el coche. Le diré a Conchita que os prepare dos habitaciones. Amelia… me he enfadado porque… porque ha sido bastante chocante, pero me alegro de que estéis aquí.

—Supongo que yo también. Es lo justo.

—Gracias.

Da un paso hacia mí y yo retrocedo, buscando la puerta de la cocina por donde ha salido Cris y…

sus abuelos. Los veo metidos en el corral, él está acariciando una gallina que sujeta el hombre y su rostro no puede ser más arrebatador.

Y, sin embargo, temo que pueda pasar algo, que él quiera quitarme a mi hijo.