Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 5. Demasiadas dudas
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Capítulo 5. Demasiadas dudas

Demasiadas dudas

M ateo

¿Cuántos años tiene el niño? Joder, es que tiene la misma marca cerca del ojo que mi padre.

No… no puede ser. Debo averiguarlo. Me quedo tras un árbol como un puto acosador y los escucho hablar.

Ella habla con su hermana, por lo visto, pero no es su conversación la que me interesa, sino el niño.

Es de cabello rubio y ojos azules. No me cuadra.

La foto de la boda… el marido era de piel muy oscura. O puede ser que lo adoptaran. Pero…

Y de repente la escucho.

—Sí, lo conocí hace años. Es una buena persona, de fiar. Por eso podemos ir con él tranquilamente.

Me aparto de golpe, golpeándome con una rama. El corazón me late demasiado fuerte, así que me alejo rápido, respirando agitado. ¿Qué cojones está pasando?

Conduzco hasta el rancho de Noah, no sé si estará con Julieta, pero necesito hablar con él y no con Darius. Aparco. Están sentados en el porche, con su hermana y su futuro marido. Al verme, Noah se levanta rápido.

—¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? Me has dejado preocupado cuando te has ido deprisa. Es como si hubieras visto un fantasma.

—Puede que sí. ¿Tienes un minuto?

—Claro, hombre.

Saludo con una mano a los demás y caminamos hacia un bosquecillo. Nos sentamos en un balancín y estoy buscando cómo contarle mis sospechas. Él está callado, esperándome.

—Creo que tengo un hijo —digo y se sobresalta.

—A ver, explícame eso un poco más.

—Hace unos seis años, no sé si te acuerdas, vinieron a la fiesta de la primavera un grupo de chicas, entre las cuales había dos hermanas.

—Hace seis años me parece que me fui de viaje.

—Ah, sí, cierto. El caso es que estas dos hermanas se quedaron unas semanas.

Eran de esas chicas que van con la mochila, ¿sabes?

No diría que me enamorase, pero ella me gustó mucho.

Amelia. Y cuando se fue, me quedé mal. La llamé, le escribí algunos mensajes, pero cuando no me contestó, ya me di cuenta de que no le interesaba.

—¿Es ese amor del pasado que me dijiste?

—Quizá amor era decir demasiado. Pero ha vuelto y tiene un crío. Diría que la edad corresponde. Si lo vieras… es igual que yo. ¡Mierda!

—Tranquilo, Tex. Primero, no sabes si el crío es tu hijo. Y segundo, no sabes qué intenciones tiene. Lo mismo te quiere sacar la pasta. Podemos averiguar algo sobre ella si sabes el nombre.

—Sí, la encontré hace tiempo. Se casó y me ha dicho que es viuda. Amelia Vega. Me harías un favor, porque yo no sé qué pensar.

Saca el móvil del bolsillo y lo buscamos. Me enseña una foto.

—¿Es ella?

—Sí, ella.

—Vaya, trabaja en una consultoría y por las fotos de Instagram no parece que le vaya mal. Pero quién sabe. La gente sube una vida perfecta a redes sociales y luego no es cierto.

—He quedado con ella mañana a las diez. Los llevo al rancho y le preguntaré a qué ha venido. Parecía bastante… indecisa.

—¿Quieres que acudamos, así por casualidad? Juli tiene un ojo clínico para los estafadores, ya sabes.

—Sí, acudid a comer. Gracias, Noah.

—De nada. Iremos sobre las doce, ¿te parece?

Le doy un abrazo a mi amigo y, aunque me invitan a una cerveza, los saludo pero me voy al rancho. Mis padres andan arreglando el jardín. Yo nací cuando ya no me esperaban, así que ellos rondan los setenta. Se alegran al verme.

—¿No habías quedado con tus amigos?

—Sí, he estado con ellos, pero la verdad, me he acordado de que Osiris se pondrá pronto de parto.

—Y para eso pagas a un veterinario de guardia, Mateo —riñe mi madre.

Le doy un beso y después de cambiarme con ropa de faena, me acerco a las cuadras.

El veterinario está allí, hablando con un par de empleados.

Acaricio la barriga de una de mis yeguas favoritas.

Tengo mucha fe en ella. Relincha suave, pero me deja acercarme.

—Está a punto, Tex. Para el lunes tendrás tu potrillo.

—Avísame con lo que sea.

Después de darme una vuelta por el rancho, entro en casa. Mis padres andan preparando la cena.

—Por cierto, he invitado a una amiga y a su hijo mañana. Supongo que se quedarán a comer.

Mi madre se vuelve con los ojos brillantes.

—¿Una amiga?

—Sí, mamá, una antigua conocida, nada más. No empieces a pensar cosas raras. Me voy a la ducha.

—Espera, dices que viene con su hijo, ¿de qué edad?

—Unos cuatro o cinco años, no lo sé. Hacía mucho que no la veía. Me la encontré de casualidad.

—Está bien. Haré pasta, a todos los niños les encanta.

—Buena idea y ahora, ¿puedo ducharme?

—Estás en tu casa —dice mi padre y ambos se miran y se echan a reír.

Ellos tienen una pequeña casita bajo los árboles, a cinco minutos de mi casa. Dijeron que no querían molestar. Cuando estaba con Belinda, no solían aparecer, para darnos privacidad. Ahora que estoy solo, se pasan el día aquí. No me molesta, en realidad, siempre fue su casa.

Me doy una ducha y me miro en el espejo. ¿Qué pensará de mí Amelia? Es cierto que hace seis años no estaba tan fornido, acababa de terminar la universidad y no trabajaba tanto como ahora.

Me visto, sin saber qué pensar. Esos días fueron muy especiales.

Dejamos a su hermana colgada, lo sé, pero no pareció importarle.

Nos escapábamos a pasear a la luz de la luna.

Incluso acampamos en el cañón. Ella tenía veintisiete, yo treinta.

No éramos críos y sabíamos lo que hacíamos.

Pero supongo que para ella solo fue una experiencia. Todavía no sé qué fue para mí.

Bajo a cenar y pasamos una buena velada, incluso con el interrogatorio de mi madre. Por supuesto, no le digo que tal vez, solo tal vez, conozcan a su nieto muy pronto.