Raíces de sangre (Herederos del desierto 2) Capítulo 4. Y de repente, ahí está
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Capítulo 4. Y de repente, ahí está

Y de repente, ahí está

A melia

No quería verlo y nada más entrar en el hotel, me lo encuentro de narices. Él se me queda mirando con odio.

—¿Qué haces aquí, Amelia Calderón? ¿Ha venido tu hermana?

—Ahora soy Amelia Vega y no, no ha venido. Estoy de paso con mi hijo.

Mira al chico con curiosidad. Luego vuelve a mi cara, sonrojada y acalorada por deshacer el equipaje, y sonríe con esa cara que dan ganas de abofetear. No sé cómo mi hermana pudo ni mirarlo.

—Espero no verte mucho. Qué pena que te alojes en mi hotel. Supongo que no te quedarás aquí mucho tiempo. ¿Por qué has venido?

—No te importan nada mis razones. Y no sabía que era tu hotel. Buscaré otro.

—Pues suerte, porque no hay nada en esta ciudad. Tranquila, puedes quedarte, de momento.

Sale por la puerta como si fuera un príncipe y aprieto los puños. Cris me estira de la camiseta.

—¿Quién era ese señor?

—Un imbécil. Ni caso.

—Me suena su cara.

—Es de lo más corriente. Olvídate. Vamos a comer una hamburguesa, si no recuerdo mal, en esta misma calle había un restaurante buenísimo.

Salimos de la mano. Gordito va caminando, olisqueando todo y llevo su mochila para meterlo dentro si entramos en algún lugar. En el hotel no me han dado problemas. Mientras Cris parlotea, me pregunto por qué Darius tiene ese hotel. Que yo sepa, regentaba el club porque su hábitat era la noche.

La hamburguesería sigue abierta y nos dejan entrar a Gordito si lo metemos en la bolsa.

Por supuesto que lo hacemos, está acostumbrado y sabe que se llevará alguna cosa.

Pedimos una gran hamburguesa con patatas.

Quiero reunir el valor para ir a su rancho, tal vez mañana y hablarle.

En el hotel me han dado un mapa y sí, el rancho Navarro sigue funcionando.

En realidad, estoy muerta de miedo.

—Entonces, ¿has estado aquí?

—Sí, vine hace unos años con la tía Eva. Estuvimos para la fiesta de la primavera y nos quedamos para el rodeo.

—¿Qué es un rodeo?

Le explico lo de los caballos salvajes que doman y parece fascinado.

Me pide más información, aunque no puedo dársela, pero busco unos vídeos en el móvil y me quedo pálida.

Es una entrevista a Mateo, del año pasado, creo.

Está condenadamente atractivo. Paso el vídeo y lo veo subirse a un caballo.

Todo va bien hasta que se cae de lado y doy un grito que asusta hasta a Cris.

Por suerte, luego lo enfocan y ven que está bien. Respiro aliviada.

—Este señor es un vaquero, ¿no?

—Bueno, según tengo entendido, vaquero es el que cuida a las vacas y cowboy el que maneja el ganado, monta a caballo. Y luego están los rancheros, que son los propietarios de los ranchos. Pero no soy experta.

—Me encantaría ir a un rancho, mami. ¿Aquí hay?

—Es posible que mañana vayamos a uno, conozco a algunas personas. O las conocía.

Cris aplaude y después de pagar la cuenta, nos marchamos, descansamos y volvemos a salir porque Gordito tiene ganas de hacer pis.

Hace mucho calor y la calle está muy tranquila, pero he visto un parque con columpios, rodeado de frondosos árboles.

Al menos, no pasaremos tanto calor. Caminamos hacia allá y mientras el perro olisquea todo, Cris se monta en el columpio y yo me siento en un banco a la sombra, donde no los pierdo de vista.

Noto una presencia detrás y me giro deprisa. No puede ser.

—Mateo. ¿Cómo…? ¿Tú aquí?

—Hola, Amelia. Creo que eres tú la que no está en su casa.

—Estamos… de paso.

—¿De paso alojados en el hotel?

—Sí. De paso, Mateo. Solo nos quedaremos unos días. Quería enseñarle a mi hijo la zona. El cañón. Eso.

Mateo alza la mirada y localiza a Cris que está jugando con el perro, tirando una rama, pero Gordito no entiende lo que tiene que hacer. Se sienta a mi lado.

—No contestaste a mis mensajes. Nunca, Amelia.

—Estuve enferma cuando… cuando volví. Mi hermana me cuidó y luego, no tenía sentido. Yo tenía mi trabajo, tú tu vida y tu rancho… estuvimos solo unos días…

—Ya. Unos días —dice mirando al infinito, pero luego vuelve a Cris, que se gira y saluda alegre. Da un respingo. Joder, no es tonto, lo va a adivinar.

—Tenemos que irnos. Ha sido una mala idea volver. Lo siento.

Me levanto y él detrás. Me toma de la mano.

—¿Sigues casada?

—No. Murió. ¿Cómo lo sabes…?

—Algún día te busqué. Algo estúpido por mi parte. Yo…

Cris se acerca y mira a Mateo. Dios santo, la persona que los vea juntos lo adivinará al instante. Empiezo a morirme de miedo. No ha sido buena idea.

—Tú eres el señor del caballo. Mamá me enseñó un rodero.

—Un rodeo. Sí, monto a caballo. Y tengo un rancho, ¿te gustaría visitarlo?

—¡Sí! —exclama emocionado. Me giro hacia Mateo.

—Creo que no es una buena idea. Igual nos marchábamos mañana.

—¿Huyes de nuevo? —pregunta él en voz baja. Niego, temblorosa—. Mañana os recojo a las diez en la puerta del hotel.

Se marcha sin decir nada más y me dejo caer en el banco. Cris tira una rama al perro y este parece ir a olisquearla. No tenía que haber vuelto. Podría irme esta misma tarde, supongo. Aunque… puedo quedarme. Me siento fatal. El móvil me da un susto.

—Mely, imagino que has llegado porque no me has enviado ningún tipo de mensaje, y mira que te lo advertí. Me ha faltado poco para coger el coche y presentarme allí.

—Estamos bien. Hemos ido a comer a la hamburguesería y… lo he visto. Ahora.

Chasquea la lengua.

—¿Le has dicho algo?

—No, estaba en shock . Sigue siendo un hombre muy atractivo y yo… no he podido, pero Cris ha dicho… y al final nos recoge mañana para ir al rancho.

—Te has explicado fatal, pero siempre que hablas de él dices tonterías. ¿Has visto al indeseable?

—Oh, sí. Ha comprado el hotel. Le ha faltado poco para echarme. Y ha preguntado si habías venido.

—Pss… Será para preguntarme por sus asuntos turbios, que los tiene. Investigaré lo del hotel, para ver si tiene algún tipo de proyecto. Este cabrón no compra porque sí.

—Está muy viejo, necesita una restauración, pero no creo que lo haya comprado para eso.

—Yo tampoco. Te digo algo. Y haz el favor de enviarme un mensaje de vez en cuando. Llámame cuando vuelvas del rancho y en general mantenme informada o avisaré al sheriff.

—¡Eva! No seas así. Ya te llamaré. Vale. Me voy con Cris.

—La tía es muy preocupadora , ¿no?

—Sí, cariño. ¿Estás contento de visitar un rancho?

—Me gustaría llevar un sombrero vaquero. ¿Crees que ese señor me dejará uno? ¿Y lo conocías? Me parece que sí.

—Sí, lo conocí hace años. Es una buena persona, de fiar. Por eso podemos ir con él tranquilamente.

Las ramas se mueven y me giro, pero no hay nadie. Caminamos de nuevo hacia el hotel, porque hace mucho calor y porque necesito un poco de tranquilidad. Gordito lleva muy ufano una rama el doble de larga que él y tenemos que negociar con una chuchería para que la deje en el parque.

Volver está siendo algo caótico y a la vez, verlo de nuevo, me ha revuelto desde la cabeza a los pies.