Capítulo 33
Alicia
Entré en el vestuario y me desplomé en el banco.
Dios mío, me encantaba mi trabajo, de verdad que sí, pero había días que me planteaba dejarlo todo y ponerme a vender pañuelos en un semáforo. Pues ese día había sido uno de esos.
Seis partos en siete horas. Y qué seis partos, madre mía de mi vida. Y no porque hubieran sido malos o porque hubiera habido complicaciones, no, eso gracias a Dios no había pasado.
El problema fueron las madres y algún padre también.
Ese día me habían tocado las más lloronas, quejicas, preguntonas, toca narices y chillonas de todo el año. Y encima, como se suele decir, los que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición. Porque los papás de las criaturas me la habían dado, pero bien.
Dos desmayos. Uno vomitando encima de su mujer.
Otro llorando de rodillas en el suelo. Otro discutiéndome si estaba haciendo bien mi trabajo cuando él era electricista, que coño sabría él de traer críos al mundo, pues al parecer todo porque hasta me había dicho cómo tenía que agarrar la cabeza de la criatura.
Y si con las parturientas y los papás no había tenido bastante el señorito Benigno me había montado un numerito en el pasillo de los paritorios que poco más y le hubiera hostiado allí mismo.
Le habían comunicado esa mañana que le trasladaban de hospital. Al parecer, Dios misericordioso había escuchado mis plegarias.
Pues le daba tanta pena no verme más, que allí en el mismo pasillo se puso en el suelo de rodillas a pedirme matrimonio llorando como si no hubiera un mañana.
Todos los presentes alucinaron. Carla, Trini y Rosa lloraron de risa y yo… yo quise matarlo allí mismo o morirme por la vergüenza que me hizo pasar.
Empecé a quitarme la ropa y cuando estaba a la mitad entró Rosa que venía de revisar al último niño que había nacido.
Me miró conteniendo la risa.
—Como digas algo o te rías, te juro que te muerdo.
—Tía, es que lo de hoy ha sido lo más esperpéntico que se ha vivido en este hospital en años.
—En este hospital y en todos los de España juntos —dije resoplando.
La vi cómo se aguantaba… un segundo… dos. No llegó al tercero, la muy capulla estalló en carcajadas.
La miré y ya que más me daba todo. Mi vida era un chiste, así que me uní a sus risas.
Salimos del hospital todavía riéndonos. No teníamos ganas de ir a casa y ponernos a hacer la comida. Bueno, eso no era nada excepcional y raro porque nosotras la cocina la veíamos más bien poco. Para desayunar y poner la lavadora.
Con decir que en los años que llevábamos allí viviendo no sé si habríamos usado la cocina un par de docenas de veces y aquello no acabó muy bien. Al menos cuatro de esas veces nos tocó pedir comida a domicilio.
Así que como solíamos hacer, casi siempre entramos en el bar de Manolín que estaba en la esquina de nuestra calle. Allí tenía menú diario y a un precio bastante bueno.
Además, que la comida estaba buenísima, así que nos tenía como clientas más que habituales.
Una hora después y con todo el calorazo que hacía nos fuimos a casa. Qué ganitas de ducha teníamos las dos.
—En cuanto salga de la ducha, me voy a tumbar en el sofá y le voy a hacer hasta un agujero. No pienso moverme de allí hasta mañana.
—Pues siento decirte que eso no va a poder ser.
—¿Y eso por qué?
—Porque tenemos planes.
Para planes estaba yo. Entre el cansancio, lo deprimida que estaba y el calor que hacía no me movían del sofá ni con una grúa.
—Claro que los tenemos, al menos yo. Y te los acabo de decir.
—Eso lo harás por la tarde. Pero esta noche salimos a cenar.
—Estás tú apañada. Conmigo no cuentes.
—Ya he contado. Además, no vas a tener que andar mucho. Solo subir un piso.
La miré frunciendo el ceño. No tenía ni la más mínima idea de lo que me estaba hablando.
—¿De qué hablas? Mira que bastante trastornada estoy ya hoy para que tú me vuelvas más.
—Esta noche vamos a cenar a casa de los nuevos vecinos de arriba. Nos han invitado.
Ahí sí que ya estaba flipando. ¿Cuándo y de qué manera había pasado eso?
—¿Pero qué vecinos, si el piso de arriba está vacío? ¿Rosa, estás tomando alguna droga que te hace alucinar?
Se echó a reír mientras habría la puerta de casa.
—Qué droga ni qué leches. Sí que tenemos vecinos y nos han invitado a su piso a cenar. Así que a las nueve te quiero preparada.
—A ver, que yo me entere. Hay vecinos nuevos, será desde hoy, porque yo no los he oído. Y ya el primer día nos invitan a cenar. Pero si no los conocemos de nada. A ver si son unos psicópatas. Rosa, que hay mucho loco suelto —dije quejándome.
Se echó a reír a carcajadas apoyándose en el marco de la puerta de su habitación.
—Tú ves mucha tele, hija. No son psicópatas. Son dos chicos más que quieren hacer de buenos vecinos.
—Claro… de buenos vecinos. Por eso nos invitan a nosotras y no a la señora Engracia. Esos quieren follar o algo.
—Eso yo ya no lo sé. Pero tú no descartes nada. Hay que ir preparada para todo.
Sí, claro que sí. Para ligar o follar estaba yo. Como no tenía a su hermanito metido en la cabeza día y noche, pues me iba a ir con el primer pringado que me dijera «Ven guapa, ven».
—No me tengo que preparar para nada porque no voy a ir.
—Sí que vas a ir así tenga que subirte a rastras. Así que descansa y estate preparada a las nueve. He dicho.
Ale, y con esa frase cerró la puerta de su habitación y me dejó con la palabra en la boca. Maravillosa vida la mía.
Resoplé por cuarta vez en un minuto mientras subía las escaleras detrás de Rosa para ir a cenar a la casa de los vecinitos de las narices.
—Pareces un huracán, hija. ¿Quieres dejar de resoplar?
—Joder es que no quiero estar aquí.
—Te aseguro que sí quieres.
—¿Qué?
—Ya me darás mañana las gracias —dijo a la vez que llamaba al timbre.
Iba a preguntarle qué había querido decir con eso de las gracias, pero me quedé con las palabras atascadas de la impresión cuando la puerta de los vecinos se abrió.
Allí delante nuestra estaban Loren y Quique. Miré a uno. Luego al otro. Y, por último, a Rosa, que les sonreía de una manera cómplice que daba miedo.
—Rosa, ¿qué pasa aquí?
—Te lo he dicho en casa. Los vecinos nos han invitado a cenar. Aunque hay un pequeño detalle que no te he contado.
—¿Tú crees? Creo que se te ha olvidado contarme todos —dije con ironía.
—El detalle principal es que yo ceno fuera con él —dijo señalando a Loren— y tú cenas aquí con mi tato.
Loren salió de la casa. Se acercó hasta a mí y me dio un abrazo que le devolví con gusto.
—No seas muy dura con él. Lo ha hecho mal, pero está intentando arreglarlo —me susurró al oído.
Nos separamos y asentí.
—Pasarlo bien. Y por favor no os dejéis nada por decir.
Con esas palabras, Rosa agarró del brazo a Loren y los dos se marcharon escaleras abajo.
Giré la cabeza para volver a mirar a Quique, que seguía en el umbral de la puerta sin decir absolutamente nada. Carraspeó.
—¿Pasas? —Me pidió.
Vi miedo en su mirada. Miedo a que le dijera que no. Ni de coña me iba a quedar sin saber qué era lo que estaba pasando. ¿Qué hacía allí y qué era eso de que eran nuestros vecinos?
Así que no dudé ni un segundo, di un paso al frente y me acerqué a él. Se retiró un poco para que pasara y entré hasta el salón con Quique pisándome los talones.
Me quedé clavada en el sitio cuando me fijé en la mesa. Encima había colocado los platos y las copas para dos. Una botella de vino. Y dos velas encendidas.
Pues sí que era verdad lo de la cena, pensé.
Me giré para mirarle y vi que estaba nerviosísimo. No dejaba de pasarse la mano por el pelo y de dar golpecitos con un pie en el suelo.
—Quique, ¿qué es todo esto?
Suspiró.
—Quería invitarte a cenar y mientras tener esa conversación que tenemos pendiente.
—Yo pensé que ya no teníamos nada de lo que hablar. Todo quedó dicho el día de la estación.
—Ese día no se dijo nada.
—Con lo que pasó no hacían falta palabras.
—Ese día pasaron muchas cosas que no sabes y los días posteriores también, pero si me dejas te las contaré. Sobre todo, hay algo que no quiero que pase un día más sin que lo sepas.
Ay, mi madre, qué nerviosa me estaba poniendo yo también. Porque no era solo lo que había dicho.
Sino la manera en la que me miraba. Me miraba como si me quisiera como si no hubiera nadie más importante en el mundo que yo.
—¿Qué es?
—¿No prefieres cenar antes?
Di un paso hacia él. Al verme él dio otro hacia mí.
—No podría. Quiero saberlo. Quiero saber qué has venido a decirme.
Dio el último paso que nos quedaba y se quedó cerca, muy cerca.
Tanto que podía oler su perfume, ese que tanto me gustaba, ese con el que había soñado tantas noches.
Me agarró la mano. Y ese tacto… ese sí que le había echado de menos tanto que dolía volver a sentir su piel sobre la mía.
—Alicia…
Sus ojos ya me lo estaban diciendo. Sus ojos se habían adelantado a sus palabras. Y los míos al ver la verdad en ellos. Al ver lo que sentía, se llevaron de lágrimas. Pero no lágrimas de tristeza como los días pasados, sino de alegría.
—Quique… —susurré pegándome más a él.
Me rodeó la cintura con sus manos y apoyó su frente en la mía.
—Te amo. Te amo desde la primera vez que te vi. Te amo por cada beso, por cada caricia, por cada palabra que ha salido de tu boca. Te amo por todo lo que eres.
—Dios mío… dime que no estoy soñando —dije con la voz entrecortada.
—Entonces estamos en el mismo sueño, ¿quieres pasar el resto de tu vida soñando conmigo?
Sí, claro que sí que quería.
Que lo había hecho mal, pues sí. Que dudó, pues también. Que estuvo perdido e indeciso, pues claro que sí, pero quién en su situación y con todo lo que le pasó no lo hubiera hecho igual o parecido.
—Quiero seguir soñando contigo.
No hicieron falta más palabras. Solo algo con lo que sellamos ese pacto de vida. Un beso.
Los dos a la vez nos acercamos a la boca del otro para besarnos. En eso beso nos dijimos infinidad de cosas. Lo mucho que nos habíamos echado de menos. Lo mucho que nos amábamos.
La cena quedó olvidada.
Pasamos la noche en la cama amándonos y hablando. Hablamos mucho en realidad. Los dos nos abrimos en canal y mostramos todo lo que habíamos sentido y sentíamos al otro.
Otra noche que pasé sin dormir, pero por la mejor causa de todas. Por tener al amor de mi vida a mi lado.