Quiero seguir soñando contigo Epílogo
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Epílogo

Alicia

Diez años después…

—Venga, reina, un último empujón y ya tenemos aquí a tu príncipe.

—No puedo…

—Sí que puedes. Porque el crio ahí no se puede quedar, así que venga un último esfuerzo.

La mujer a la que estaba ayudando, apretando los dientes, sudando a mares y conteniendo las lágrimas, dio el empujón que le había pedido y dos segundos después el paritorio se llenó de ese maravilloso sonido en forma de llanto, de una nueva vida que llegaba al mundo.

—Vaya, es bien grande —dijo Rosa que estaba a mi espalda esperando para hacer lo suyo.

—Trini, cuando salgas, avisa a Carla para que vaya al paritorio dos.

Me levanté del taburete en el que me había sentado para ayudar a la parturienta y suspiré mientras me llevaba las manos a los riñones para aguantar el dolor.

Rosa y Trini me miraron negando con la cabeza y poniendo los ojos en blanco.

—No me jodas que estás de parto y estás ahí tan chula atendiendo este.

Me encogí de hombros sonriendo.

—Lo tuyo no tiene nombre, de verdad te lo digo. ¿Desde cuándo estás así?

—Desde el amanecer. Soy repetidora, ¿recuerdas? Sé cómo va esto y sé cuándo es la hora.

—No te voy a decir nada. Verás cuando mi hermano se entere, te van a pitar los oídos.

—Tu hermano ya está curado de espanto.

Y era verdad. Después del numerito que monté en mi primer parto, Quique ya se esperaba cualquier cosa en este, que era el cuarto.

En aquel primero, le llamé para decirle que quería enseñarle el paritorio para que supiera cómo era el sitio al que entraría el día que nuestro primer hijo llegara al mundo.

Mentira. Cuando llegó, me encontró en el potro, empujando con Carla asomada a mis bajos. Pobrecito mío, si no se desmayó ese día o no le dio un infarto, no le dará en la vida.

—Voy a llamarle de camino al paritorio. Allí os espero a las tres.

Salí y de camino al paritorio saqué el móvil y marqué. Sabía que estaría en la hora del recreo en el instituto por eso había esperado para llamarle justo en ese momento.

—Dime, amor.

—Cariño, diles a los chicos que me deben una.

—¿Por qué?

—Porque no podrás ponerles el examen que tenías previsto a cuarta hora.

—¿Y eso por qué? ¿Qué pasa?

—Pues…

—Alicia, habla ya que me estás poniendo muy nervioso.

—¿Cómo lo ves para estar aquí en media hora para ver nacer a tu hija?

Esperé el chillido que sabía que vendría y ya previsora retiré el teléfono un poco de mi oreja.

—¡¿Estás de parto?! No me jodas, Alicia. La madre que te parió. Seguro que ya estabas así esta mañana y no me has dicho ni pío.

Pues has acertado, corazón, pensé. Pero si se lo decía sabiendo que aún quedaban unas horas para que llegara el momento, estaría desquiciado y me desquiciaría a mí. Por eso era lo mejor callar hasta el último momento.

—¿Vienes o no?

—Ya estamos saliendo. Loren va conmigo. Luego irá él a recoger a toda la tropa al colegio.

—Perfecto, aquí te espero. Te quiero.

—Yo también te quiero. Más que a nada. Pero en estos momentos te mataría, te lo juro.

La carcajada fue lo último que oyó de mi boca antes de que le colgara.

Entré en el paritorio en el que traería a mi hija al mundo y mientras preparaba todo lo necesario pensé en todo lo que había pasado en los diez últimos años.

En cómo nos había cambiado la vida a todos. Pensé en Loren. En ese amigo incondicional con el que conecté desde el primer momento en el que nos conocimos en la no boda de su mejor amigo.

Cuando Quique se lio la manta a la cabeza y se mudó a mi ciudad para empezar nuestra historia, él no dudó en seguirle, sin saber en ese momento que al hacerlo también encontraría el amor.

Eso pasó un mes después de mudarse, en una salida por la noche en la que se unieron mis amigas.

Entre Loren y Trini surgió el amor entre copas y bailes. Así empezó su historia, una muy bonita y que seguía siéndolo porque se querían con locura. Ellos tenían dos hijos gemelos de siete años y después del mal embarazo y el mal parto que pasó Trini, dijeron que se plantaba.

Así que tenían a los dos adorables gemelos a los que llamaron David y Yeray que completaban su maravillosa familia.

Me senté un segundo en el taburete en el que se sentaría minutos después Carla para ayudarme a parir y sonreí pensando en ella.

Seguía diez años después con su marido Darío y aparte de su hijo Cristian que ya tenía trece años y era todo un adolescente rebelde, habían tenido dos hijos más que, por supuesto, yo ayudé a llegar al mundo.

Carolina tenía ya diez años y era una sabionda de cuidado con las cosas muy claras, sería ginecóloga como su madre para ver nacer bebés, o eso decía ella. Miguel completaba su familia y era un crío adorable de siete años.

Siete años… Siete años justos eran los que llevaba mi querida y adorada amiga Rosa con el amor de su vida.

Antonio, o Toni como todos le llamábamos, llegó a su vida para ponerla patas arriba. Lo suyo fue un tira y afloja desde el minuto uno.

Era ginecólogo también y cuando llegó al hospital para ser el jefe de esa especialidad se pasaron meses discutiendo o aguantando la tensión sexual que tenían entre ellos hasta que un día en su despacho pasó lo que tenía que pasar y juntos estaban desde ese día.

Ellos también tenían dos hijos. Roberto, de seis años, y María, de cuatro. Yo quería a mis hijos, pero a mis sobrinos los quería igual, eran mis niños también. Y es que eso de ser la primera en tenerlos entre tus manos une mucho.

No me olvido al repasar a nuestra enorme familia de Claudia y Bea. Nuestras amigas y las niñeras de todas nuestras fieras.

Ellas seguían en el mismo instituto en Salamanca y como dijeron, se casaron al año siguiente de conocernos.

Vivían una buena vida. Juntas y sin las preocupaciones que dan los hijos. Y es que ellas no habían querido ser madres. Muy respetable, por supuesto.

Solíamos vernos muy a menudo. Bien porque ellas venían a casa o porque nosotros las visitábamos.

A los que ya no teníamos que ir a visitar a Salamanca era a mis suegros ya que hacía cinco años que se liaron la manta a la cabeza porque no aguantaban muchos días sin vernos a todos y se compraron una casa cerca de la nuestra.

Porque sí, Quique y yo, y también Loren y Rosa, nos habíamos comprado una casa en una urbanización cada uno porque vivir en el piso con los niños era imposible.

Así que cuando dije que estaba embarazada a los dos meses de reconciliarnos, miramos con calma y todos en tromba nos fuimos para empezar una vida más familiar en una casa.

A los que por desgracia ya no veíamos desde hacía años era a mis padres. Como sabéis, ya eran mayores. Pues mi padre falleció tres meses después de nacer mi hijo mayor y mi madre, creo que de la pena por haber perdido al amor de su vida, lo hizo solo seis meses después.

Fue un palo gordísimo para mí. Pero gracias a mi marido pude llevarlo un poco mejor ya que no me soltó la mano y no dejó que me callera en ningún momento.

Bueno, que sepáis que yo decía que era mi marido. Pero eso legalmente no era verdad. Pero nosotros así nos sentíamos.

No habíamos querido casarnos como sí lo habían hecho Loren y Rosa. Nosotros nos considerábamos casados desde el mismo momento en que sellamos nuestro pacto de vida con un beso para seguir soñando juntos.

Resoplé. Leñes, esa contracción sí que había sido fuerte. El momento se estaba acercando.

¿Me daba miedo? Pues no. Yo era como me habéis oído decir varias veces, de las sufridoras, y de mi boca en mis otros partos nadie había oído salir ni un solo quejido o chillido.

Además, que sabía que rodeada de mis amigas y de Toni, que seguro que se unía, estaba en las mejores manos del mundo y yo y mi hijo estaríamos perfectamente.

Mientras me daba otra contracción bastante fuerte, intenté obviarla pensando en lo mejor que tenía en la vida.

Mi marido, mi compañero, mi amigo, mi amante y el amor de mi vida. Quique. Todavía alucinaba al pensar en cómo fueron nuestros principios y en cómo de la forma más inesperada y en el sitio menos oportuno nos enamoramos.

Y así seguíamos diez años después, juntos y amándonos más cada día.

Mis otros amores, esos que me daban la vida o me la quitaban con sus trastadas en otras ocasiones.

Mi hijo Dylan de nueve años, toda una fotocopia de su padre en todo. Yo con él solo puse el recipiente en el que se horneó nueve meses y ya.

A Dylan le seguía nuestra princesa Nieves, que llevaba el nombre de mi madre y que esa ya se parecía un poco más a mí. Aunque tenía mucha mezcla de los dos.

Nieves tenía siete años y era otra que también decía tener las cosas muy claras. Sería profesora, como su padre, para poner las pilas a las fieras como solía decirle a su padre y a Loren haciéndoles reír a carcajadas.

Mi tercer hijo había nacido hacía ya cuatro años, le habíamos puesto de nombre Thiago. Otro que solo me usó de horno porque al igual que su hermano mayor era otro clon de Quique.

Otra contracción… Mierda esto ya era imparable. Como tardaran en llegar, me iban a encontrar con Ángela en las manos, ese era el nombre que habíamos elegido que llevaría la pequeñina y última de nuestros hijos.

Porque con cuatro ya nos íbamos a plantar.

Estaba resoplando cuando la puerta del paritorio se abrió de golpe y entraron todos a la vez chocándose con el marco de la puerta.

La virgen, pues anda que mi cueva iba a tener más espectadores que casi los que reciben las de Altamira a diario, pensé.

Allí no faltaba nadie. Trini, Loren, Carla, Rosa, Toni y, por supuesto, mi Quique.

—Alicia…

Quique vino corriendo hasta a mí, que ya estaba tumbada en el potro desde dos minutos antes de que entraran, y me agarró la mano a la vez que me besaba la frente.

—Hola, amor.

—¿Hola, amor? Y me lo dices tan tranquila, menos mal que esta es la última, si no, te juro que me da un chungo.

—¿El murciélago se jubila?

Quique miró a Loren poniendo los ojos en blanco y yo solté una risita. Es que nuestro amigo tenía que hacer la gracia fuera el momento que fuera, si no, no sería él.

—Se jubila de las visitas con premio. De las otras visitas tiene pase VIP y entra y sale cuando quiere —le contesté haciendo reír a todos.

Carla se sentó en el taburete y miró entre mis piernas. Yo ya sabía lo que se iba a encontrar porque, leñe, era mi cueva y me la conocía bien, y en esos momentos la inquilina estaba apuntito de salir.

—Alicia, joder… tiene media cabeza fuera.

—¡¿Qué?!

—Que tiene medía cabeza fuera —le repitió Toni a Quique que me miraba como si me quisiera estrangular por haber tardado tanto en decir que estaba de parto.

—Ya viene la siguiente —le dije a Carla.

—Pues ya sabes qué hacer.

Lo hice, empujé con todas mis fuerzas y cinco segundos después Ángela llegó al mundo llorando a pleno pulmón.

Carla le alcanzó el cortador a Quique, que tenía como en todos mis partos los ojos llenos de lágrimas, para que hiciera los honores y cortara el cordón de su hija antes de ponerla sobre mi pecho.

—Es igual que tú.

Mi marido tenía toda la razón. Nuestra pequeña era un calco mío.

—Menos mal, ya me sentía discriminada —le contesté a Quique haciéndole reír.

Todos sin excepción, emocionados, nos dieron la enhorabuena antes de salir para darnos ese ratito de intimidad que todos sabían que necesitábamos para disfrutar de nuestra niña a solas.

Quique se quedó mirándonos a las dos con los ojos llenos de amor y sonriendo de una manera preciosa.

—¿En qué piensas? —le pregunté.

—En que cada día sigo dando las gracias al universo porque aceptaras seguir soñando conmigo.