Quiero seguir soñando contigo Capítulo 31
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Capítulo 31

Alicia

—¡Rosa!

Dios mío, si es que había cosas que no cambiaban nunca.

Hacía ya tres días que habíamos vuelto al trabajo y como todas las mañanas aquí estaba en el pasillo desde hacía un buen rato esperando a la tardona de mi amiga.

Me apoyé contra la pared y cerré los ojos a la vez que me llevaba las manos a la cabeza para acariciarme las sienes.

Me había levantado con un dolor de cabeza impresionante y preveía que sería mi compañero durante todo el día ya que hacía una hora que me había tomado una pastilla y era como que no me hubiera tomado nada.

Si durmieras en condiciones, no te dolería la cabeza, me dijo una vocecita en mi cabeza. Y tenía razón.

Toda la razón, seguramente mi dolor de cabeza era por la falta de sueño. Y es que llevaba sin dormir una noche del tirón y sin descansar en condiciones desde que habíamos vuelto de Tenerife.

Había varias razones para eso. Una era que durante casi dos semanas mi cuerpo, y yo también, para qué decir lo contrario, se habían acostumbrado a dormirse mientras los brazos de Quique me rodeaban.

Eso ya no había vuelto ni volvería a pasar y por más que me lo había repetido una y mil veces, mi cerebro y mi corazón al parecer no querían aceptarlo y me castigaban privándome del sueño.

Ni siquiera había conseguido dormir bien la semana que pasé en casa de mis padres, que había sido la mía hasta que me fui a vivir a la capital y allí siempre había dormido como un bebé.

Allí dejaba todas las preocupaciones fuera, allí desconectaba de todo, allí me sentía en paz. Pues en esta ocasión no había sido así.

Encima mi madre que me conocía mejor que yo misma al segundo día de llegar mientras me bebía una infusión antes del amanecer en la cocina me pilló allí y me hizo un tercer grado más extenso que un campo de fútbol.

De primeras le dije que no pasaba nada, que era el cansancio del viaje. ¿Coló? Ni lo más mínimo.

Así que sabiendo que no me dejaría levantarme de la silla de la cocina hasta que no cantara, acabé contándole todo.

El cómo me sentía, el cómo me había enamorado de Quique, lo que había pasado en la boda, lo de las vacaciones después y el cómo fue nuestra despedida si es que a eso podía llamarla así.

Mi madre ni me interrumpió en ningún momento, no dijo nada hasta el final. Y solo dijo una frase, una sola que llevaba martirizándome desde entonces.

«Si él es tu destino, volverá a ti. Si no lo es, dolerá un tiempo, pero pasará».

Pues joder ni él era mi destino porque no había vuelto ni a mí, ni lo haría ya que desde hacía diez días que nos vimos por última vez ni un misero mensaje me había mandado.

Y sí dolía y mucho, y los días pasaban, pero como me dijo mi madre no se me pasaba, al contrario, cada vez le echaba más de menos y eso hacía que doliera más.

Los días que pasé con mis padres intenté con todas mis fuerzas no pensar en Quique, no pensar en lo que yo sentía por él y él por mí no.

No pensar en que había vuelto con Patricia, que eso estaba claro, que era lo que había pasado y por eso no había dado señales de vida.

Pero nada no pude dejar de darle vueltas a todo y por eso por las noches ni allí no al volver a mi casa había dormido bien, porque por el día lo pasaba más o menos bien porque me distraía trabajando, pero por la noche cuando llegaba el silencio y la oscuridad, los pensamientos me golpeaban con fuerza.

Abrí los ojos después de masajearme las sienes por tercera vez en dos minutos y miré el reloj. Las siete y medía pasadas.

Resoplé y apreté los puños intentando calmarme y no salir corriendo y agarrar a Rosa por los pelos y llevármela así a trabajar.

—¡Rosita! Vienes o me voy sin ti.

Solté una risita. Al llamarla así, ya sabía lo que iba a pasar, saldría de su habitación a medio vestir si hacía falta para protestar. Odiaba que la llamaran así.

¡Bingo! La puerta de la habitación se abrió de golpe y caminó deprisa hacia mí con el bolso colgado en el hombro lista para irnos. Su cara decía peligro, pero no me importó, al menos nos marcharíamos ya, aunque me tocara oír sus quejas.

—Si vuelves a llamarme así, te meto la cabeza en la taza del váter —dijo apuntándome con el dedo.

—Vale la pena correr el riesgo de que cumplas tu amenaza sin con eso consigo que salgas de una puñetera vez de la habitación y nos vamos con tiempo por una vez al trabajo.

Bufó.

—Estás de un gruñón inaguantable. Vamos bien de hora.

—No, no vamos, si por casualidad nos encontramos impre…

No me dejó ni acabar la frase. Me cortó y se despachó bien a gusto diciéndome lo que me dijo mientras salíamos del portal

—¿Qué imprevistos? Que muerdas a alguien por el camino y le tengan que poner la vacuna de la rabia. O que te confundan con un oso panda por las ojeras que tienes y te detengan.

La miré con los ojos muy abiertos.

—No voy a morder a nadie que no se lo merezca y no tengo ojeras, no digas bobadas.

Soltó una risita amarga.

—Alicia no me jodas, que llevas un kilo de corrector y aun así no se disimulan ni un poco.

Resoplé y me rendí. Tenía razón y cuando la capulla la tenía había que dársela, qué remedio me quedaba.

—Llevo unos días durmiendo un poco mal. Es solo eso. En cuanto recupere el ritmo de sueño, las ojeras desaparecerán, ¿vale?

—No, no vale.

—¿Qué?

—Que no llevas unos días durmiendo un poco mal. Directamente no duermes una mierda. Concretamente no lo haces desde que volvimos de Tenerife y para más datos eso pasa desde que no ves a mi tato.

A tomar por culo, me quedé clavada en el sitio. Y justo estábamos cruzando por un paso de cebra.

Rosa me agarró del brazo y tiró de mí para que caminara porque estaba tan alucinada que mi cerebro no parecía querer colaborar y no mandaba órdenes a mi cuerpo para que se moviera.

Ya en la acera, la miré e intenté decirle que no, que estaba confundida de que su hermano a mí ni fu ni fa.

Pero las palabras se me habían quedado atascadas en la garganta.

—Si vas a negarlo y vas a decirme que estoy confundida, no te molestes, porque no voy a creerte.

—Rosa… es que no... de verdad que…

—Alicia, que sé de sobra que has pasado todas las noches con mi hermano en vacaciones.

La miré con horror. ¿Cómo coño sabía ella eso? Me pregunté. Porque su hermano se había cuidado muy mucho de salir bien pronto de mi habitación precisamente para que nadie se enterara.

—Y también sé que estás enamorada de él.

Así sí que ya no pude aguantar más la presión que sentía en el pecho, esa presión que llevaba demasiados días ahí ahogándome, estrujándome.

—Rosa… —dije con la voz tomada y los ojos aguados.

No dijo más. Solo se acercó a mí y me abrazó. Y ahí se me cayó todo encima, sin poder evitarlo, lloré sobre su hombro un buen rato.

Pasados los minutos, me retiré sorbiendo por la nariz y me pasé la mano por la cara para limpiarme los restos de lágrimas.

Rosa me miró sonriendo y ella también me limpió un par de lágrimas.

—¿Llorar en medio de la calle diez minutos cuenta como imprevisto?

La madre que la parió, si es que tenía que quererla sí o sí. Me conocía tan bien que sabía que en esos momentos no podría hablar de cómo me sentía respecto a su hermano y quiso aligerar el ambiente bromeando.

—Es el peor de los imprevistos, nos ha retrasado muchísimo.

—Pues este lo quitamos de la lista, porque no dejaremos que se repita nunca más.

Ya lo creo que no se repetirá nunca más, porque, aunque me costará un mundo, no me derrumbaría más ni delante de ella ni en ningún sitio que no fuera la soledad de mi habitación.

Seguimos andando hasta el hospital en silencio, uno que le agradecí muchísimo, y así seguimos hasta que nos cambiamos de ropa.

Ya estábamos las dos listas para empezar un nuevo día y agarré el pomo de la puerta para salir, pero Rosa puso la mano en la puerta para que no lo hiciera.

—Alicia, luego tú y yo hablaremos.

Mierda… y qué le iba a decir. Que me sentía fatal porque sí que era verdad que quería a su hermano, pero él a mí solo me había visto como un entretenimiento, como un desahogo o una forma de desconectar y descargar en las vacaciones y que saber eso me estaba matando.

—No hace falta decir nada.

—Ya lo creo que hace falta.

—No, lo que pasó en Tenerife se quedó en Tenerife y nunca más pasará nada más. Yo lo tengo claro.

—Pero Quique…

Ni hablar, eso sí que no. No estaba preparada para que me dijera que su hermano había seguido con su vida. Bastante tenía con imaginarlo.

—No quiero saber nada de él ni de su vida. Por favor, Rosa. No ahora, cuando aún duele.

—Bueno, no hace falta que yo diga nada, te enterarás igual —dijo encogiéndose de hombros.

Pues eso mismo, ya me enteraría. Pero a ser posible pasado un tiempo, cuando doliera un poco menos saber que él no era para mí.

Retiró la mano de la puerta y abrí para salir. Ni tiempo nos dio casi a poner un pie fuera cuando llegó Trini acelerada.

—Alicia dos partos de gemelos a la vez. Carla está con uno, el otro para ti.

—Toma ya, eso es empezar fuerte la mañana y lo demás tonterías —me dijo Rosa dándome una palmada en el brazo riéndose.

Pues lo agradecía, así me ponía cuanto antes en modo trabajo y no pensaba.