Quiero seguir soñando contigo Capítulo 30
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Capítulo 30

Quique

Ver a Patricia en la puerta de la estación me dejó totalmente impactado, desde luego que no me esperaba para nada que se presentara allí a buscarme.

En los mensajes que intercambiamos sí que me había preguntado varias veces que cuándo volvía a casa.

Se lo dije, no vi ningún motivo para no hacerlo. Pero al parecer ella quería saberlo para no darme opción ni siquiera a pensarme qué día hablaríamos, como siempre ella decidió por los dos. Se presentó a buscarme para hacerlo ese mismo día.

Me fastidió que lo hiciera, porque yo tenía otros planes ese día.

Mi idea era al menos poder despedirme de Alicia en condiciones sabiendo que tardaríamos en volver a vernos.

Yo tenía que arreglar el desastre en el que se había convertido mi vida y ella se marchaba a ver a sus padres y después se incorporaría directamente a trabajar.

Mi idea era arreglar todo el tema del piso, hablar con Patricia y dejar todo claro entre los dos y después ir a buscarla para decirle lo que quería y esperaba de los dos.

Hablar claramente de lo que sentíamos y pedirle una oportunidad de empezar algo juntos.

Porque si algo tenía claro, y eso lo había visto cuando la tuve entre mis brazos, encima de las nubes en ese mirador, es que no quería volver con Patricia.

La sensación tan maravillosa que sentí de estar con ella así, quería tenerla el resto de mi vida.

Ahí me di cuenta de que ella sí que era mi persona, que ella sí que era la mujer que el destino tenía para mí.

Pero el recibimiento que me dio Patricia delante de todos me fastidió los planes.

Nada más verme, corrió hacia mí se lanzó a mis brazos y me besó.

En ese momento sé que la cagué porque, aunque no le devolví el beso no me aparté como debería haber hecho. Pero me pilló tan desprevenido que no supe reaccionar.

Nada. No sentí nada cuando me besó. Total y absoluta indiferencia. Eso fue lo que sentí.

Ni cariño, ni deseo, ni mucho menos amor. Lo que hizo, el engaño, consiguió matar todo lo que una vez sentí por ella.

Cuando Patricia se retiró de mi boca, lo primero que hice fue mirar a los demás.

Claudia y Bea estaban alucinando, cosa que no era para menos. Loren y mi hermana echaban chispas por los ojos del enfado que tenían al ver el gesto de Patricia y mi reacción, o más bien la falta de ella.

Y Alicia… En ella vi dolor, resignación y derrota.

Y eso me dolió más que nada porque no quería que se sintiera así, quería que supiera que ella era mi elección, que ella era a la que quería y que ella era mi futuro.

Y se lo diría, me prometí allí mismo, pero no en ese momento. Primero tenía que sacar a Patricia de mi vida para siempre o conociéndola no me dejaría seguir.

Sin mediar palabra agarré mi maleta y le hice un gesto a Patricia con la cabeza para que me siguiera.

Quería hablar, pues muy bien, hablaríamos y lo nuestro, de lo que ya no quedaba nada, quedaría zanjado para siempre ese mismo día.

Nada más montarnos en el taxi, alargó la mano para agarrar la mía, no se lo permití.

—No me toques.

Frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Perdiste ese derecho cuando me engañaste.

—Acabo de besarte y no te has retirado, ¿y ahora me sales con estas? —dijo indignada.

—Y eso es algo que volverá a pasar, te lo aseguro, me has pillado desprevenido.

—Quique…

Iba a protestar, iba a ponerse a discutir, iba a montar un numerito, otro más como le había dicho mi hermana, era muy amiga de ellos, bien lo sabía yo. Pero le corté la frase porque no quería que lo hiciera allí delante del taxista.

—Aquí, no. En casa —con esas palabras que le dije de forma tajante me entendió a la perfección y guardó silencio.

Veinte minutos después entramos por la puerta de nuestra casa, o la que lo había sido desde que nos mudamos juntos.

Pero ya no se sentía así. Al menos yo no la sentía ya como mi casa, o quizá nunca lo había sido.

Yo no la elegí, como todo claro, fue ella como con todo, y yo como siempre cedí, aunque no me gustaba nada.

No me gustaba el sitio donde estaba, ni la distribución, ni la decoración ni nada.

Pero cuando buscamos pisos para irnos juntos, ella insistió mucho con ese.

— Está cerca del instituto Quique, no puedes quejarte. Y todavía está más cerca de mi trabajo, así que no tenemos que mirar más, es el ideal.

Esos fueron sus argumentos y con los que acabo convenciéndome.

Me apoyé un momento en el marco de la puerta del salón y una idea se me vino a la cabeza sin pedir permiso.

¿Sería posible que hubiera elegido ese piso para estar al lado de su trabajo y subir allí con su jefe para follar juntos cuando quisieran o por las mañanas mientras yo estaba en el instituto?

Esa pregunta fue la que me hice. Y si era así, solo de pensar en ello no me producía dolor, ya no, pero sí un asco impresionante.

Joder, esperaba que no fuera así porque solo de pensar en que podía haber estado durmiendo en una cama y con unas sabanas en las que otro tío había follado me daban hasta arcadas.

—Quique, ¿en qué piensas?

Dudé en si decírselo o no. Pero luego me dije, qué cojones, había que hablar ¿no? Pues era mejor sacar toda la mierda y no quedarse con dudas o con algo dentro, que luego pudiera pesarte en un futuro.

—¿Cuántas veces?

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que cuantas veces te has follado a tu jefe. Bueno, más bien no quiero saber las veces, eso me importa un huevo. Pero sí quiero saber cuánto tiempo has estado engañándome.

—Pero ¿qué dices? ¿Estás loco? Ya te he dicho mil veces que eso solo pasó ese día.

La carcajada que me salió al oírla llenó todo el salón. Fui andando sin parar de reírme y me senté en el sofá.

Mejor ponerse cómodo porque preveía que la conversación iba a ser larga y de lo más entretenida.

Patricia se debía de pensar que era gilipollas. O al menos más gilipollas de lo que siempre había sido con ella, o por ella más bien.

Que me engañase tenía un pase, pero que me tomara por tonto y me mintiera en toda la cara era la hostia, vamos.

Sabía de sobra que lo que pasó esa noche, la anterior a la boda, no había sido un hecho aislado y no porque nadie me lo hubiera dicho. Sino porque había tenido mucho tiempo durante las vacaciones para pensar en ello.

Ahí me di cuenta recordando muchas cosas, detalles en los que antes no había pensado, que ya llevaba tiempo liada con su jefe.

Llamadas a deshoras, en las que ella salía de casa a toda prisa alegando una urgencia en la gestoría. Urgencia los cojones. Lo que le urgía era follar ni más ni menos.

También estaba el hecho de que se quejaba de él a todas horas, eso sería para disimular, seguro.

Y otro detalle, por decir algo más, aunque podría decir más, era que llevábamos tiempo sin acostarnos y sin darnos un beso en condiciones. Ahora no necesitaba nada conmigo ya que al parecer el calvo le daba, pero bien.

—¿Qué coño te hace tanta gracia? —me preguntó enfadada.

Ah, que encima se enfadaba y todo, mandaba narices la cosa, que se enfadara ella cuando tenía que ser yo el que estuviera furioso era la guinda del pastel.

—Lo mentirosa que eres, eso me hace gracia y que pienses que soy tonto, eso también hace que me descojone de la risa.

—¡Que no te he mentido! Yo te quiero.

—Primero, a mí no me levantes la voz, que yo te estoy hablando bien. Segundo, puedes dejar de fingir, he tenido mucho tiempo para pensar y he visto claro que lo que pasó no fue solo ese día, esto lleva tiempo pasando.

Hice una pausa para coger el aire que me faltaba de reírme antes de seguir.

—Y tercero, que no menos importante, tú no me quieres.

—Sí te quiero —dijo a media voz.

—No.

—Que sí, de verdad que sí.

—No, no me quieres. Porque no se engaña a alguien a quien quieres, no se miente y no se le intenta volver a engañar después de haberla cagado. Eso es lo más despreciable de todo.

—¿Qué me estás queriendo decir con todo esto?

—Joder pues está bien claro. ¿O necesitas que te haga un esquema como a mis chicos?

—¿No vas a perdonarme?

—Sí.

Sonrió e intentó acercarse a mí seguramente para intentar tocarme, pues iba lista, porque la frené con la mano antes de seguir hablando.

—Sí, te perdono. Pero si has pensado que voy a volver contigo, estás muy equivocada, porque eso no va a pasar.

—¿Por qué no? Te he dicho que te quiero y tú me quieres a mí. Si me has perdonado, volver juntos es lo suyo.

—Vuelves a equivocarte.

—¿En qué?

—Yo ya no te quiero.

—Eso no puede ser. No se deja de querer a alguien en unos días.

—Sí que se puede. Igual que también se puede querer a otra persona en pocos días. Igual que no hace falta tiempo para enamorarte de alguien. Para eso solo hace falta un segundo, una mirada o un gesto.

—¡¿Qué cojones dices?! ¡¿Te has enamorado de otra?!

Encima se ponía farruca y todo. Ver para creer.

—Pues mira, no pensaba decírtelo. Yo solo he accedido a hablar para zanjar lo nuestro, no para darte explicaciones igual que tú no me las das a mí.

—Sí te las he dado, te he dicho lo que pasó —dijo cortándome.

Otra carcajada. Joder que cuajo tenía, ella a seguir mintiendo que era lo suyo. Acabada la risa, seguí con lo que le estaba diciendo.

—Sí, estoy enamorado de otra. Concretamente de la mujer que me agarró la mano en el momento justo, con la que tengo intención de pasar el resto de mi vida.

Abrió los ojos como platos al darse cuenta de la verdad de lo que encerraban mis palabras y de saber quién era esa mujer.

—¡¿Me has engañado con la amiguita de tu hermana?! —me preguntó furiosa.

Anda que vaya tela, no, si al final le daba la vuelta a la tortilla y acabaría siendo yo el malo de la película y el infiel. Era increíble.

—Yo jamás te he engañado. Me he enamorado de ella como un loco, pero cuando era un hombre libre.

—Se suspendió la boda por su culpa, pero eso no quiere decir que lo dejáramos.

—Ella no tuvo la culpa de nada. Es más, doy gracias a Dios todos los días porque te viera y que tuviera el valor de decírmelo, para evitar que cometiera el mayor error de mi vida. Y sí, lo dejamos, lo nuestro se acabó en ese altar.

—Eres un cabrón, después de todos estos años juntos me vas a cambiar por esa —lo de esa lo dijo con asco.

—Sí soy un cabrón, pero no por enamorarme, sino porque tú te encargaste de ponerme dos buenos cuernos.

Me estaba agotando ya la conversación. Una que no nos llevaría a ningún sitio por más vueltas que le diéramos. Porque por primera vez no iba a ceder ante ella.

No volvería con ella. Ni muerto lo haría. Patricia se quedó unos segundos mirándome y vio una determinación en mis ojos que no había visto nunca.

Vio que mi decisión era irrevocable. Vio que por primera vez no iba a manejarme como un tonto, vio que no iba a poder manipularme como siempre y eso la puso furiosa.

Y eso hizo que soltara su veneno por la boca, seguramente pensando que me haría daño. Se equivocó por completo, lo que hiciera o dijera ya no podía hacerme daño.

Porque no hace daño quien quiere sino quien puede. Y ella conmigo ya no podía.

—Un año, un año es lo que llevo follándome a Tomás, y vaya año… he disfrutado más con él que contigo todo el tiempo que hemos estado juntos.

—Pues muy bien por ti. Ahora vete y se lo cuentas a su mujer, a ver si ella disfruta tanto como has hecho tú, oyéndote decir cómo te follas a su marido.

Se quedó helada con mi contestación. Pero más helada se quedó todavía cuando me levanté del sofá y sin mirarla siquiera agarré mi maleta y empecé a andar hasta la puerta de la calle.

—No me llames ni me escribas más. No quiero volver a saber nada más de ti —dije antes de salir del piso, más ligero que nunca por hacer cerrado por fin ese capítulo de mi vida.