Capítulo 29
Alicia
La vuelta a casa en el avión, bueno, a casa no, porque primero aterrizaríamos en Madrid y de ahí cogeríamos un tren para ir al destino final, no tuvo nada que ver con la ida.
En el avión a todos se nos notaba el cansancio. Que sí que se dice que las vacaciones son para descansar, pero eso depende de qué tipo de vacaciones sean a las que te vayas.
Si eliges un destino de playa sin intención de no hacer nada más que estar en la arena vuelta y vuelta tostándote como una chuleta, pues sí que vuelves a casa descansada.
Como también podía pasar que eligieras un destino de montaña como hacía yo algunas veces y solo pasaras viendo el paisaje y poco más. Ahí tampoco desgastas mucho, la verdad.
Pero si vas en el plan que nosotros habíamos ido, que era darlo todo, ver lo más posible y disfrutar lo más que pudiéramos de lo que la isla te ofrecía, pues volvías a casa para el arrastre.
Aunque eso sí, con una sensación muy buena en el cuerpo de haber aprovechado los días a tope.
—¿Vas a pasar por casa o te vas directamente a Medina?
La pregunta vino por parte de Rosa, pero todos giraron la mirada hacia mí para escuchar con atención lo que respondía.
—No. Iré hasta Salamanca con vosotros, cogeré el coche y desde allí me voy directamente a casa de mis padres.
—¿Te quedarás hasta el domingo?
Ese día era domingo también. Y mi idea era quedarme una semana más o menos con mis padres. Así que estaría hasta el domingo siguiente por la mañana.
Por la tarde aprovecharía para colocar en casa toda la ropa que me había llevado al viaje y daría un repaso a la casa. Que no es que en tres semanas que estaríamos fuera cogiera una capa de mierda increíble, pero polvo seguro que sí que tenía.
Eso fue lo que le contesté a Rosa, bueno, y a los demás que estaban al tanto de la conversación.
—Vaya suerte que tenéis vosotros, todavía os queda más de un mes de vacaciones —dijo quejándome.
—Y no son suficientes para prepararse mentalmente para enfrentarse a las fieras en septiembre, te lo aseguro —contestó Loren poniendo una mueca de miedo de lo más graciosa.
—Sabes que los chicos pensarán lo mismo que vosotros, ¿verdad?
—Pero qué dices si estarán deseando empezar, de lo muchísimo que nos echan de menos.
Las carcajadas de todos por su comentario se oyeron en todo el avión. Es que era de traca ese hombre de verdad que sí.
Ojalá me hubiera fijado en él y no en su amigo. Desde luego aburrirme no me iba a aburrir y problemas tendría muchos menos, pero mi corazón eligió y yo nada podía hacer al respecto.
El vuelo no era muy largo, pero sí lo suficiente para echar una cabezada, necesaria para todos.
La conversación había ido cesando poco a poco y todos habían ido cayendo poco a poco.
Claudia y Bea estaban dormidas apoyada la primera en el hombro de la segunda y agarradas de la mano. Loren a su lado tenía la cabeza apoyada en la ventanilla, dormía a pata suelta con la boca abierta.
Quique, que estaba en la misma fila que Rosa y yo, dormía en el asiento del pasillo con los brazos cruzados y la cabeza apoyada en el respaldo de no muy buena manera.
Verás que dolor de cuello vas a tener luego, pensé mientras negaba con la cabeza.
Para eso su hermana. Esa sí que había sido lista y estaba usando mi hombro a modo de almohada y estaba dormida tan profundamente que hasta soltaba pequeños ronquidos.
Y solo faltaba yo por quedarme dormida, pero es que, aunque estaba igual de cansada que los demás, había cerrado los ojos varias veces intentándolo, pero nada. Morfeo no quiso llevarme con él.
Así que me dediqué a mirar por la ventanilla, ver a todos dormir y pensar en lo que no debía. Que no era otra cosa que la inminente despedida de todos.
Con Rosa no me importaba porque la vería de nuevo en menos de una semana ya que ella también volvería a casa el domingo como yo, ya que el lunes entrabamos las dos de turno de mañana.
Con Claudia y Bea, al igual que con Loren, sabía que seguiría teniendo contacto, de eso estaba segurísima. Pero con Quique…
Eso ya era otro cantar en el que no quería pensar, pero que inevitablemente venía a mi mente una y otra vez.
Cuando estuvimos en el Teide en el autobús, me dijo que al volver teníamos una conversación pendiente. Conversación que me tenía de los nervios solo con pensar en que llegara, porque no tenía ni idea de lo que querría respecto a nosotros.
Bueno, decir nosotros como si fuéramos una pareja era mucho decir, o una mentira como la catedral en la que no se casó de grande, porque no éramos absolutamente nada.
Solo dos personas que durante unas vacaciones se habían acostado juntas y ya.
Eso en el plan romántico o como quisiera la gente llamarlo. Porque amigos, o eso pensaba yo también, habíamos acabado siéndolo.
Así que en esa conversación podían pasar muchas cosas.
Que me dijera que solo seríamos amigos a partir de ese momento y que lo de acostarnos se acabó, por otro lado, cosa difícil que pudiera seguir pasando, viviendo los dos en ciudades distintas.
Y la otra opción posible era que volviera con Patricia, que, como todos sabíamos, había posibilidades de que eso pasara y entonces ni amigos podríamos ser.
En cualquier caso, lo de ser pareja o intentar serlo era una opción que ni siquiera me había planteado.
Así que solo me quedaba esperar a ver qué diría.
Vamos, que siendo clara, dijera lo que dijera, la hostia me la iba a llevar igual y me tocaría irme para mi casa con el corazón roto.
Aunque como era algo que había tenido tiempo de ir asimilando con el paso de los días, pues la verdad es que no lo llevaba tan mal como pensé que lo haría.
Simplemente lo había aceptado y solo me quedaba lamerme las heridas por enamorarme de un hombre que no era para mí y seguir adelante lo mejor que pudiera.
La recogida de equipaje fue más rápida de lo que esperábamos. Todas nuestras maletas salieron seguiditas como un pasodoble.
Sin salir del aeropuerto cogimos un cercanías hasta la estación de tren y allí todos juntos cogimos el tren hasta Salamanca.
—Tengo unas ganas de darme una ducha que no os lo podéis ni imaginar. Qué calor hacía en Madrid por Dios —se quejó Bea.
—La ola de calor parece que sigue igual que cuando nos fuimos.
Y Claudia tenía toda la razón, nos fuimos de Salamanca dos semanas antes cuando hacía un calor insoportable y al parecer volvíamos y el panorama seguía igual.
—Qué suerte tienen los que viven al lado del mar. O en el norte que allí no hace este calor asqueroso —dijo Loren resoplando.
—Plantéate mudarte al norte.
—¿Qué dices, loca? ¿Qué haríais vosotros sin mí?
—Reírnos menos eso seguro —dijo Rosa picándole.
—Muy bonito, hombre. Así que solo me queréis porque soy el payaso que ameniza vuestras veladas.
—Lo has dicho tú, no yo.
—Serás petarda.
—Y tú un payasín adorable.
Rosa le hizo una carantoña en los carillos como si fuera un crio pequeño mientras él hacía un puchero exagerado y los demás nos reíamos a carcajadas.
Llegamos a Salamanca a la hora prevista y con las maletas cargados salimos de la estación para coger un par de taxis.
Clau y Bea uno para ellas. Y nosotros cuatro compartiríamos otro. Loren y yo nos bajaríamos en su casa donde yo tenía mi coche y Rosa y Quique seguirían en él hasta la casa de sus padres.
Pero eso no llegó a pasar porque al salir de la estación nos llevamos una sorpresita.
En la misma puerta estaba Patricia esperando cruzada de brazos vigilando como un halcón a toda la gente que salía.
—¿Qué cojones hace aquí?
—Pues es más que evidente. Viene a buscar a mi hermano.
—¿Quique?
Quique se había quedado mudo de la impresión mirando a su novia, a su ex, o lo que coño fuera y no oyó cómo su hermana lo llamaba.
—¡¿Quique?!
Esa segunda vez al alzar la voz sí que la oyó y giró la cabeza hacia ella con rapidez.
—¿Qué?
—¿Tú le has dicho que llegábamos hoy?
Asintió.
—¿Y no podía esperar a que llegáramos a casa, que tiene que venir aquí?
—Yo no le dije la hora en la que llegábamos, solo el día.
Vamos, que la moza se había tomado la molestia de estudiar los vuelos y trenes con sus combinaciones para saber a qué hora llegaba.
Desde luego que, a insistente, no la ganaba nadie. Le había pedido hasta la saciedad hablar con él y ni llegar a casa le iba a dejar para hacerlo.
Patricia, que hasta ese momento no nos había visto, en cuanto lo hizo echó a correr y cuando llegó junto a Quique se lanzó a sus brazos y le besó.
Le besó, señoras… Con toda su geta, su descaro y un morro que se lo pisaba después de lo que había hecho, lo besó allí delante de todos, dejándonos clavados en el sitio sin saber qué hacer o qué decir.
¿Qué hizo Quique? Pues no es que colaborara en el beso, pero tampoco la apartó. Y ver eso dolió.
Dolió mucho, porque si tenía una mínima esperanza por pequeña que fuera de que hubiera algo entre nosotros, dejándose besar delante de mí me dejó todo clarito como el agua.
—Hay que tener poca vergüenza para venir aquí a montar el numerito.
Patricia no se quedó callada, se volvió de golpe para contestar a Rosa y no de muy buenas maneras.
—¿Numerito yo? No, hija, no. Numerito el que montó tu amiguita jodiéndonos la boda.
—La boda la jodiste tu solita, precisamente por eso, por joder con tu jefe —le escupió Loren.
Bea, Claudia y yo nos mirábamos las tres hablándonos con la mirada diciéndonos que lo mejor era callar.
—Quique, he venido a buscarte porque necesitamos hablar, no para discutir con nadie, vámonos a casa a hacerlo, por favor —le rogó.
Dudó. Todos vimos cómo dudó. Pero también vimos el momento exacto en el que como siempre Patricia se salía con la suya y él cedió.
Sin mediar palabra tiró de su maleta a la vez que le hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera a la parada de taxis que estaba apenas a cuatro metros.
Pues maravilloso todo, Alicia. Ni adiós te ha dicho. Qué coño te va a decir adiós si ni siquiera te ha mirado ni un solo segundo, me dije a mí misma lamentándome mientras todos en absoluto silencio después de verlo marchar cogimos nuestros taxis para irnos a casa.