Capítulo 28
Quique
Salí de la ducha. Me sequé el cuerpo un poco por encima y fui desnudo hasta el vestidor. Repasé las prendas que tenía y me decidí por unos pantalones cortos blancos y una camisa de manga corta con color verde. Me encantaba esa camisa.
Cerré los ojos mientras me la abotonaba y mis pensamientos se fueron inevitablemente a la persona que me la había regalado las últimas navidades. Patricia.
Los mensajes habían seguido día tras día. No había dejado de escribirme ni uno solo. Seguía pidiéndome o rogándome en los de audio llorando que por favor la escuchara.
Me pedía una y otra vez perdón y me repetía hasta la saciedad que me quería.
El cabreo, la decepción y el dolor del primer día al enterarme de lo que había hecho habían descendido bastante, no desaparecido, pero si bajado bastante.
Loren y yo habíamos tenido una conversación en la que acabamos discutiendo.
Él al igual que todos los demás me había visto día tras día cómo la contestaba, cómo estaba pendiente del teléfono y cómo, aunque no lo había dicho en voz alta, tenía la cabeza hecha un verdadero lío.
Loren y mi hermana me habían preguntado en varias ocasiones siempre cuando estábamos a solas que si tenía intención de perdonarla y de volver con ella.
Mi respuesta siempre había sido la misma. Que no lo sabía.
Ahí mi amigo me decía que no fuera tonto, que quien te la hace una vez te la hace mil. Que mirara en la dirección correcta, que mi futuro y la mujer de mi vida podían estar más cerca de lo que creía.
Pero cada día que pasaba tenía un poquito más claro que eso no sería posible. Perdonarla quizá sí, pero volver con ella eso ya era otro cantar.
Las cosas entre los dos ya no serían nunca iguales y no solo por engañarme con su jefe.
Sino porque en mi mente y seguramente en mi corazón, aunque ni quería ni estaba preparado para reconocerlo, se estaba metiendo poco a poco otra mujer que en esos momentos ocupaba mis pensamientos más que la propia Patricia.
Alicia… Solo con pensar en ella la sonrisa me salía sola.
Era una mujer increíble. Inteligente, decidida, con un humor muy particular, leal y dispuesta en todo momento a ayudar a quien fuera. Era preciosa por fuera y por dentro.
Todas las noches que habíamos pasado desde el segundo día de las vacaciones eran, en una palabra, impresionantes.
El sexo con ella estaba a otro nivel. Podía decir sin ninguna duda que con ella había tenido el mejor sexo de mi vida. Pero no solo era eso, era mucho más.
Era la complicidad que teníamos, la manera de entendernos solo con una mirada, el acabar las frases del otros sin tener que pensarlas, la química difícil de ignorar.
Sabía que le dolía que me marchara por las mañanas sin ni siquiera decirle nada. Pero desde el primer día decidí hacerlo así para que Loren y mi hermana no se enteraran de que teníamos algo.
No era porque me avergonzara o porque quisiera esconderlo, era porque antes de dar un paso más quería estar seguro.
Y antes de hacerlo, aunque ya lo tenía prácticamente claro, creía que Patricia y yo nos debíamos una conversación.
Quería cerrar un capítulo de mi vida antes de empezar otro.
Eso contando con que Alicia quisiera escribir una historia conmigo, una juntos. Porque demasiada paciencia estaba teniendo conmigo aguantando mis dudas y mi manera de actuar.
Lo mismo cuando diera un paso al frente se había cansado y me mandaba a la mierda y con toda la razón del mundo. Esperaba que no.
Sabía y no porque me lo hubiera dicho ella, que sentía algo por mí. Sus ojos eran fáciles de leer y por cómo me miraban lo había visto claro casi desde el principio.
Se estaba enamorando de mí si no lo estaba ya, al igual que me pasaba a mí con ella.
Salí a la cocina para desayunar y allí estaba ya mi hermana y Loren preparando todo.
—¿Estás bien? Tienes cara de haber estado leyendo toda la noche a Hegel y sus soporíferas elucubraciones.
Me eché a reír porque recordé la vez que le dejé a Loren un libro de ese filósofo y poco más y me denuncia por querer matarlo.
—Estoy bien, solo he estado pensando.
—¿En lo mismo otra vez? —preguntó mi hermana poniendo los ojos en blanco.
—Y en más cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas —contesté encogiéndome de hombros.
—Buenos días.
El saludo de Alicia nos hizo volvernos a los tres. Dios, qué guapa se había puesto. Me quedé mirándola como un tonto mientras se acercaba a la mesa.
—Cosas, ya —me susurró riéndose Loren que se había dado cuenta de cómo la miraba.
Cuarenta minutos después los seis nos subimos al autocar que nos llevaría hasta el Teide o a los pies de él más bien.
Bea y Claudia se sentaron juntas. Loren con mi hermana. Y yo pues por suerte con la persona que más me apetecía hacerlo.
Fuimos comentando el paisaje que veíamos a través de las ventanas entre todos hasta que las conversaciones se hicieron más personales cada uno con quien estaba sentado.
Alicia tenía la cabeza girada hacia la ventanilla. No pude ni quise contenerme, en esos momentos me dio igual que todos estuvieran allí y pudieran verme, alargué mi mano y entrelacé mis dedos con los de ella.
Noté cómo su cuerpo se tensaba entero por mi toque. Bueno, no exactamente por mi toque. Porque sabía de sobra que le encantaba que la tocara, si no por haberla tocado de esa manera en público.
—¿Qué haces? —susurró.
Mi contestación fue encogerme de hombros antes de subir las manos hasta mi boca y dejarle un suave beso en los nudillos.
—Quique… —susurró nerviosa.
—Solo he hecho algo que me apetecía, pero si te molesta, te suelto ahora mismo.
Sonrió. Y qué sonrisa, Dios mío. Era la sonrisa más bonita del mundo.
—Sé que nos debemos una conversación, pero antes de eso necesito hacer otras cosas, necesito…
No me dejó terminar. Sabía lo que me costaba hablar del tema de Patricia y mucho más con ella.
—Lo sé. Hablaremos cuando estés preparado. Cuando tengas las cosas claras. Sean para bien o para mal.
Cerré los ojos y negué con la cabeza. Joder es que no se podía ser más perfecta. Me entendía. Entendía el conflicto por el que estaba pasando.
Vi en sus ojos su comprensión, pero en ellos también vi algo que no me gustó nada. Vi rendición. Era como si ya diera por hecho que dentro de dos días todo acabaría y que la sacaría de mi vida para siempre.
Y eso sí que no. De la forma que fuera quería que se quedara en mi vida.
El autobús paró y sin decirle nada ella misma me soltó la mano pensando seguramente que era algo que lo había hecho porque los asientos nos protegían de las miradas de los demás y que ya no quería que siguiéramos agarrados a la vista de todos.
Pues la verdad era bien distinta. No me hubiera importado seguir así durante toda la excursión, pero tampoco quería que se sintiera incomoda así que lo dejé estar.
Después de recorrer el camino que a todos nos impresionó bastante por sus tonos ocres, negros y rojizos, llegamos hasta donde el teleférico nos esperaba para subir el Teide. No hasta la cumbre, pero sí un trozo más abajo.
Todos nos montamos expectantes, nerviosos y por qué no reconocerlo, con un poco de miedo.
Mientras el teleférico se movía despacio suspendido en aire, dentro reino el silencio. Todos sin excepción mantuvimos la boca cerrada y la cara pegada al cristal.
Pudimos ver perfectamente cómo las rocas volcánicas se quedaban atrás dando paso al más absoluto vacío. Cuando nos bajamos notamos enseguida cómo el aire que se respiraba allí era distinto, como más limpio, más ligero, pero también más frío.
—Es una pasada —dijo mi tata.
—Es impresionante —secundo Bea.
—Parecemos más pequeños aquí arriba viendo todo esto —dijo Clau extendiendo los brazos.
Y tenía toda la razón porque si alguien pudiera vernos desde abajo, que lo veía muy difícil, solo vería seis puntos apoyados en un mirador por encima de las nubes.
Me puse detrás de Alicia, que estaba apoyada con los brazos en la barandilla del mirador, y me pegué a su espalda antes de pasar uno de mis brazos por delante y rodearla la cintura.
—¿Te gusta? —susurré en su oído.
—Me encanta. Ahí abajo todo sigue igual. La gente, los hoteles, las carreteras. Y nosotros estamos aquí como si perteneciéramos a un mundo distinto.
—Así me siento yo también, como si estuviera en otro mundo viviendo un sueño. Del que, por cierto, no me quiero despertar.
Me miró con intensidad porque entendió perfectamente que no solo estaba hablando del paisaje y de las sensaciones que todos estábamos sintiendo, estando allí por encima de las nubes, sino por todo lo que estaba pasando en mi vida.
No dijo nada. Tampoco hacía falta. Ya todo se diría cuando llegara el momento. Solo agarró mi mano y me la apretó con suavidad y me sonrió.