Quiero seguir soñando contigo Capítulo 27
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Capítulo 27

Alicia

Me senté en una de las hamacas del jardín y suspiré. Desde luego que el día no podía haber sido más completito.

Sexo mañanero en la playa. Más sexo en el baño y en la ducha. Desayuno lleno de risas. Diversión todos juntos en la playa. Un parto más a la larga lista que ya tenía a mis espaldas. Y eso solo antes de comer.

La tarde fue algo más tranquila pero las risas, la charla, las bromas y los recuerdos del emocionante momento que habíamos vivido todos en la playa no faltaron.

—Espero que el resto de los días que nos quedan de vacaciones no haya más partos, porque en los catorce que nos quedan subes la natalidad de Tenerife tú sola y hasta te premian.

Loren tenía cada cosa que era para morirse con él.

Con lo que dijo nos hizo reír a todos a carcajadas y no por sus palabras sino por los gestos cómicos que ponía al decir las cosas.

—Pues a mí no me importaría repetir. Ha sido emocionante —dijo Bea.

—Ni a mí —añadió Claudia.

—Os aseguro que la madre era de las mejores que hay. Se ha portado como una campeona.

—Sí porque hay otras que te dejan sorda con sus gritos.

Miré a Rosa y nos echamos a reír.

—¿Por qué os reís? —preguntó Quique.

—Porque esas son la especialidad de Alicia y los maridos tocacojones también.

—¿Los intimidas? —Me preguntó Loren.

Me encogí de hombros riéndome.

—Los acojona. Te aseguro que se piensan tener un segundo hijo y no porque no quieran, sino por miedo a que les toque Alicia cuando vuelvan al hospital.

—Cabrona, no seas exagerada.

—No lo soy ni un poquito.

—Que no dice. Sí lo eres. Solo les pongo en su sitio. Yo no voy a sus trabajos y les chillo, ni digo insultos, ni discuto con mi pareja delante de ellos. Pues si yo no lo hago, solo quiero que ellos hagan lo mismo. Que respeten.

—Vamos que les cantas las cuarenta —dijo Loren riendo.

—Y las sesenta si hace falta —añadió Rosa.

Las risas siguieron hasta que ya pasada la medianoche decidimos dar por finalizado el día y marcharnos todos a descansar para estar frescos y en forma para la excursión que teníamos pensada hacer el segundo día.

Esperaba que sin incidentes.

Llevaba tumbada en la cama media hora y Morfeo estaba a punto de llevarme cuando abrí los ojos con rapidez al oír como se abría la puerta de mi habitación.

No se abrió de manera brusca sino con mucho sigilo. Esperé sin moverme y en completo silencio.

Alguien que ya me imaginaba quién era, porque Rosa estaría ya en el quinto sueño y Loren como poco en el cuarto, así que solo quedaba una opción posible. Quique.

Retiró la sábana que era lo único que tenía en la cama ya que hacía calor, no uno excesivo, pero sí uno para no taparse con nada más y se metió despacio dentro de la cama.

Deslizó su mano y me acarició la cintura. Contuve la respiración sin decir nada. Esperé a que fuera él el que dijera algo.

—Estás despierta —afirmó, no preguntó.

—Tú también.

—No podía dormir.

—¿Y qué quieres, que te canté una nana?

Soltó una risita baja contra mi cuello. Pegó su cuerpo más el mío para que viera el estado en el que estaba, totalmente empalmado. Vamos que había venido buscando fiesta y no canciones.

Me giré para mirarle y noté en su mirada lo excitado que estaba. Sus pupilas estaban dilatadas y su respiración un poco entrecortada.

—No he podido dejar de pensar en ti, en tu cuerpo y en todo lo que me gustaría hacerte. Solo con imaginarlo tumbado en mi cama me he puesto duro como una piedra, como puedes ver.

—Más que verlo, lo noto.

—¿Y quieres notarlo en otra parte de tu cuerpo? Porque yo estoy deseando que mi murciélago entre en tu cueva una y otra vez.

La carcajada que me salió tuve que amortiguarla contra la almohada.

—¿Y cuánta hambre tiene ese murciélago?

—Está famélico —dijo mientras me daba un pequeño mordisco en el cuello.

—Pobrecillo, sería de no ser buena samaritana si pudiendo ponerle remedio le dejara en tal estado, ¿no?

—Así es, eso no estaría bien… nada bien.

Metí mi mano entre nuestros cuerpos y agarré su miembro por encima del pantalón que llegaba y lo apreté.

Soltó un pequeño jadeo que murió en mi boca cuando el mismo se lanzó a mis labios para besarme con la misma hambre que decía tener su murciélago.

Pasamos otra noche sin apenas dormir y no por los mismos motivos que las anteriores, sino porque fue una noche explosiva.

Ni puedo recordar las veces que llegamos a hacerlo, ni las posiciones, que fueron muchas. Como tampoco los sitios, la cama, la ducha, el suelo, la pared sí estuvieron entre ellas.

Abrí los ojos y la mirada se me fue sola hasta la ventana. El sol ya despuntaba. Había amanecido hacía rato por la posición en la que estaba.

Antes de girarme cerré los ojos y deseé lo mismo que llevaba haciendo los últimos trece días. Que no era otra cosa que Quique amaneciera a mi lado.

Me giré despacio intuyendo lo que ya me iba a encontrar. No me equivoqué.

El lado de la cama en el que él se llevaba quedando dormido los últimos doce días estaba vacío, otra vez.

Desde aquel primer día, el segundo de llegar a Tenerife que había venido a mi cama buscándome, no había dejado ni una sola noche. Todas, había venido todas.

Y todas lo había hecho de la misma manera. Esperaba al menos media hora desde que todos nos despedíamos hasta el día siguiente y entonces, y solo entonces, cuando el silencio reinaba en la cabaña, se colaba en mi habitación, y no para dormir precisamente.

Todas esas noches habíamos tenido sexo, mucho. No todas de igual manera, ya que algunas después de la primera ronda también nos habíamos quedado charlando un rato. Pero esas veces fueron las menos.

Lo que sí que no había cambiado era que antes de que la cabaña se llenara de ruido salía a hurtadillas de mi habitación, como si fuera un ladrón.

Y sí que era un poco ladrón. Porque por mucho que me resistí, me había robado el corazón por completo.

Mala cosa esa porque sabía que en un par de días me llevaría una hostia muy grande cuando volviéramos a casa y me dijera, que te vaya bien o hasta la próxima.

Pero como decía siempre mi madre, en el corazón no se manda. Ese va por libre y por mucho que uno no quiera, él se entrega a quien quiere sin pedir permiso.

Y eso era lo que dolía que el mío sí se lo había quedado, pero yo el suyo no. Ni en esos momentos ni nunca.

Por su parte, lo único que teníamos era sexo. Nada más. Y uno que quedaba oculto para el resto del mundo entre las cuatro paredes de mi habitación, ya que nadie sabía lo que había pasado durante todas las noches allí a puerta cerrada.

Que saliera a hurtadillas de mi cuarto todas las mañanas me dejó bien claro desde el primer día que eso era lo que era y que no había ni habría nada más.

Así que yo callé y no se lo dije a nadie, ni siquiera a Rosa.

Y es que a ella con más motivo todavía para no decirle nada, ya que era su hermana y no creía yo que le sentara bien lo que estaba pasando entre su hermano y yo.

No porque no me quisiera para él. Eso no. Sino porque si se enteraba la manera en la que estaba actuando su hermano, se cabrearía con él y eso sí que no estaba dispuesta a que pasara.

Así que lo mejor era callar.

Ni Rosa ni Loren ni las chicas podrían sospechar absolutamente nada, ya que por el día los dos nos comportábamos como dos amigos sin más.

Cogí aire y lo solté despacio. Me senté en la cama y me quedé mirando unos segundos al vacío antes de levantarme e ir directamente a la ducha.

Con la toalla enroscada en el cuerpo, entre en el vestidor. Elegí para ese día unos shorts muy cortos en color azul marino y una camiseta de tirantes blanca.

Quería ir cómodo para el día que nos esperaba así me calcé unas deportivas ya que estaba segura de que andaríamos bastante. Durante esos doce días habíamos hecho infinidad de cosas.

No faltaron días de piscina, playa, noches de copas y bailes, pero también habíamos visitado varios sitios y habíamos hecho alguna excursión programada que ofrecía el hotel.

Esos días habíamos visto como buenos turistas los sitios que la chica de la recepción nos recomendó y todos y cada uno de ellos nos encantó.

Hicimos una excursión en barco desde los que vimos unos acantilados que los llamaban los gigantes, nombre que le venía como anillo al dedo porque realmente era así.

Desde el mismo barco mientras navegábamos tuvimos la suerte de ver ballenas y delfines y fue una auténtica pasada.

Otro de los días nos fuimos desde bien temprano a pasar el día a La Laguna que dicen que es la ciudad más bonita, y no podía estar más de acuerdo.

Nos encantó el ambiente que se respiraba allí, las tapas que comimos y el paisaje de sus calles coloridas y llenas de vida.

Una de las visitas con las que también disfrutamos mucho fue en el parque acuático.

Ese día nos reímos hasta que tuvimos dolor de barriga sobre todo con las tonterías y las bromas de Loren a las que me arrastraba o más bien me unía yo solita siguiéndole el juego.

Salí hasta la cocina donde ya estaban los tres poniendo el desayuno que ese día y por las horas que eran nos tocaría comerlo deprisa, que no a la carrera, ya que en media hora salía el autocar que nos llevaría a la visita imprescindible y más esperada de todas.

El Teide.