Quiero seguir soñando contigo Capítulo 26
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Capítulo 26

Quique

No tenía ni idea de lo que había hecho mal o si había hecho algún gesto que no debía o si incluso le había hecho daño.

Aunque ella me había asegurado de que ni durante la excitante, porque lo fue la sesión de sexo que habíamos tenido en el baño de mi habitación.

El caso es que, al terminar, el ambiente se volvió raro. El silencio que se instaló en el baño fue de esos incómodos, pesados y de los que deseas huir a toda leche, porque pesan más de una piedra de cien kilos.

Recogió su ropa y salió del baño sin decir nada y de la habitación lo hizo de la misma manera.

Quise pensar en ello y analizar todo lo que había pasado, con lo que, por cierto, disfruté muchísimo. Mucho más, aunque esté mal decirlo, que con Patricia cuando nos acostábamos.

Ella era de sexo más tranquilo, más convencional. Nada de ducha, sofá, menos playa, era en la cama o nada. Y sexo oral muy de ciento en viento y con trabajo.

Por ella precisamente fue por la que no pude pensar como me hubiera gustado en lo que había pasado con Alicia ya que a los cinco minutos de esta marcharse, me empezó a bombardear con mensajes. Empezó bien temprano y no paró en ningún momento.

A unos le contesté, a otros no, y los de audio pasé directamente de escucharlos.

Me saturaba. Me agobiaba y me agotaba a partes iguales todo el rato con la misma cantinela.

Durante el desayuno siguió y siguió. Y al final Loren, con toda la razón del mundo, tuvo que llamarme la atención como si fuera uno de sus alumnos para que dejara el jodido teléfono.

Y tenía toda la razón del mundo. Había ido allí a desconectar y a no pensar demasiado en lo que había pasado y no lo estaba consiguiendo por seguirle el rollo a Patri.

Así que decidí dejar el teléfono en la habitación antes de irnos a la playa.

Y ahí era precisamente donde estábamos disfrutando de una mañana fabulosa los seis, hasta que Alicia le dijo a mi hermana que iba a tener trabajo.

En un principio no entendí qué quería decir, pero cuando fijé la mirada donde ella la tenía, me quedé helado.

Había una mujer muy embarazada que según Alicia y solo viéndola de lejos aseguró que estaba de parto. Le pidió a mi hermana con un gesto que la acompañara.

Lo hizo. Y los demás también. Allí no nos íbamos a quedar esperando saber qué pasaba.

Loren tenía la fama de cotilla, pero los demás desde luego que no nos quedábamos atrás.

—Hola —le dijo a la mujer, al marido y al niño pequeño que estaba con ellos.

—Hola —contestaron los tres a la vez. La mujer con la voz entrecortada.

Ay, mi madre, que iba a tener razón y la mujer iba a soltar allí en la arena a la criatura, pensé sin apartar la vista de ella.

—Soy Alicia y soy matrona. Te duele, ¿verdad?

La mujer asintió.

—¿Desde cuándo llevas así? ¿Y cada cuánto te dan?

—Desde el amanecer. Me dan cada dos minutos. Pero seguro que son las contracciones falsas esas, porque me queda más de un mes para dar alud.

—¡¿Tienes contracciones y no me has dicho nada?! —dijo el marido exaltado.

—Estese tranquilo ¿sí? Voy a ayudarla.

Alicia le preguntó a la mujer cómo se llamaba. Natalia, le dijo. Después le dijo que necesitaba mirar ahí abajo cómo estaban las cosas.

Mi hermana le colocó una toalla sobre las piernas para que la mujer no se quedara con todas las vergüenzas al aire y Alicia sin mirar en la vagina de la mujer ni nada solo metiendo la mano unos segundos cuando la retiró miró a mi hermana y asintió.

—No te dará tiempo a llegar a ningún sitio, estás totalmente dilatada y el bebé está coronado.

—¿Eso que quiere decir? —preguntó el marido muy nervioso.

—Que vas a ser padre en los próximos diez minutos.

El hombre se puso blanco como el papel y tuvo que sentarse en el suelo para no desplomarse allí mismo. Le entendí.

Me ponía en su lugar y seguramente yo no hubiera llegado ni a sentarme, directamente me hubiera desmayado.

—Vale, esto va a ir así. Todos atentos.

Todos la miramos y esperamos instrucciones que era lo que iba a dar por la manera en la que lo dijo, todos lo supimos.

—Bea, llama a una ambulancia. Claudia, ocúpate del niño. Loren, tú del padre, se desmayará o antes de que nazca o justo después.

Hizo una pausa y nos miró a mí y a mi hermana que éramos los que faltábamos.

—Rosa, tu parte ya la sabes. Quique, por favor, ve al chiringuito corriendo y pide unas tijeras e hilo si tienen o algo para poder atar el cordón.

Todos obedecimos sin pensar, solo actuamos. Mientras me marchaba corriendo, oí las últimas instrucciones.

—Vale, Natalia, como eres repetidora y veo que sufridora también, no hace falta que te explique cómo va esto, ¿no?

—No, aún lo recuerdo de la otra vez.

—Perfecto, pues cuando tengas la siguiente contracción empuja todo lo que puedas.

Corrí como un loco hasta el chiringuito que había en medio de la playa. El camarero alucinó cuando le expliqué de carrerilla lo que pasaba y lo que necesitaba.

Con rapidez rebusco debajo de la barra y me dio lo que le había pedido y también un pequeño botiquín que tenía allí.

No sabía si Alicia necesitaría algo del botiquín, pero no estaba de más dárselo. No habría mucho dentro, pero eso era mejor que lo valoraran ella y mi hermana.

Cuando llegué junto a ellas corriendo, la mujer con la toalla en las piernas jadeaba con cara de cansancio. Mi hermana estaba preparando una toalla limpia de esas pequeñas que llevaba en su bolsa encima de otra de las que tenía allí la mujer.

Claudia se había llevado al niño a la orilla para que quedara ajeno a lo que estaba pasando.

Loren estaba sentado al lado del marido que había pasado de estar blanco a verde. Estaba seguro de que si no se desmayaba como había dicho Alicia, vomitaría en cualquier momento. Mi amigo le daba aire con una revista, pero ni eso parecía funcionar.

Y Alicia… Alicia estaba muy seria. Con la cara en modo profesional. Era admirable ver el temple que tenía. En ningún momento se puso nerviosa, dudó o pensó qué hacer.

Era puro instinto. Desde luego que había nacido para ayudar a otros a hacer lo mismo.

—Natalia, un empujón más y tendremos a la niña aquí.

Al parecer era una niña, eso se lo habrían dicho mientras yo había corrido al chiringuito, por eso no me enteré.

—Ya viene… —susurró Natalia antes de apretar los dientes y los puños.

—¡Empuja! ¡Venga, más fuerte! ¡No pares!

Y vaya si empujó la mujer, porque unos segundos después el llanto de la niña se oyó alto y claro.

Alicia con unos pañuelos de papel que ni idea de dónde habían salido limpió la carita de la niña y con una destreza impresionante agarrándola solo con una mano se la colocó a Natalia en el pecho.

Joder… era maravilloso y muy emocionante haber tenido la oportunidad de ver cómo una nueva vida llegaba al mundo.

Natalia lloraba. La niña lloraba. El padre de la criatura lo hacía más que las dos juntas y los demás teníamos los ojos aguados al ver la escena.

—Déjamela un momento, soy pediatra y voy a echarla un vistazo rápido, aunque por cómo llora y el buen color que tiene parece estar perfecta.

Natalia le pasó a mi tata la niña que la cogió con la misma destreza que había hecho Alicia y la tumbó en la toalla. Mientras mi hermana comprobaba algunas cosas, Alicia la limpió un poco más.

—Está muy bien —le dijo mi hermana al terminar y antes de volver a ponérsela en el pecho.

—Tú también estás perfecta. La placenta ha salido sin problemas. No hay desgarros y necesitas un par de puntos que te daré ahora mismo. Los de la ambulancia ya están aquí.

Era cierto, la ambulancia acaba de parar justo al borde de la playa y tres sanitarios corrían hacia nosotros al ver cómo Bea les hacía señas.

—¿Cómo la vais a llamar? —preguntó Loren antes de que los cuatro se marcharan con los sanitarios.

Natalia y su marido se miraron entre ellos y tuvieron una conversación silenciosa a la vez que sonreían.

—Alicia. Es justo que lleve el mismo nombre que la mujer que la ayudó a llegar al mundo en un sitio poco convencional.

Alicia soltó una risita y dio un abrazo a los padres y un beso en la cabeza a los niños antes de que se marcharan.

—¿A cuántas niñas que has ayudado a nacer les han puesto tu nombre?

La pregunta de Claudia le hizo reír a carcajadas a las que también se unió mi hermana.

—He perdido la cuenta, pero estoy segura de que Valladolid es la ciudad de España en la que más Alicias hay.