Capítulo 25
Alicia
Terminamos de ducharnos en completo silencio. Al salir me enrosqué una toalla de las que tenía allí y con ella puesta cogí del suelo la ropa que había quedado allí tirada.
—Estás muy callada. ¿Estás bien?
—Sí.
—¿Quieres que te deje una camiseta para que no tengas que salir así?
Cerré los ojos un segundo y suspiré. Esa pregunta me mató. No lo dijo claro, pero a mi modo de entender dejó ver que no era buena idea que me vieran salir de su habitación en toalla, para que Loren y su hermana no pensaran que había pensado precisamente lo que sí había pasado.
Pues estupendo. Ahora qué era eso, un sucio secreto que había que dejar oculto en el fondo de un baúl, ¿o qué?
—No hace falta. No me van a ver, estarán todavía durmiendo.
—Sí, aún es pronto. No te verán.
Pues ale, Alicia, por si tenías dudas, ahí estaba tu confirmación, no quería que los demás se enteraran de que había pasado algo entre nosotros.
Salí del baño sin decir nada más y de la misma manera salí de la habitación. Entré en mi habitación conteniendo las lágrimas.
—Ni se te ocurra llorar. Tampoco ha pasado nada que no te esperaras —me dije a mí misma en tono de riña.
Me tumbé en la cama tal cual estaba con la toalla y cerré los ojos.
Pensé en lo que había pasado. Tampoco era raro si lo pensaba en frío. Quique no estaba bien. Acababa de pasar por una situación horrible, por una situación que lo tenía totalmente desbordado emocionalmente.
No podía esperar nada más de lo que me había dado. Sexo. Eso era todo lo que él podía ofrecer. Bueno, y también amistad.
Estuve una hora tumbada en la cama dándole vueltas en la cabeza a la situación. Y antes de levantarme tomé una decisión.
Si quería sexo, tendríamos sexo. Sería una idiota si por querer algo más que él no podía darme no aprovechaba al menos estar con él de esa manera.
Así que si tenía que llorar cuando las vacaciones acabaran y cada uno volviera a su vida, pues lloraría, pero esos días intentaría llevar la situación lo mejor posible y no comerme la cabeza demasiado.
Me levanté de la cama y fui directamente al vestidor para sacar la ropa que me pondría.
Ya habíamos quedado que ese primer día lo pasaríamos en la playa, así que un bikini y un vestido fresquito tipo camisola fue mi elección.
Me puse unas chanclas. Pasé por el baño y me recogí el pelo con un moño de esos desordenado que con mi pelo rizado era lo que mejor me quedaba.
Me eché un poquitín de colonia de esa con olor a vainilla que tanto me gustaba y por último fui otra vez al vestidor para coger lo que me faltaba.
Cogí una bolsa playera y en ella metí las gafas de sol, el móvil, una toalla y el protector solar. Ese nunca podía faltar y más en mi caso que tenía la piel muy blanca y como no me echara bastante ese día acabaría como una gamba.
Cuando salí de la habitación, se oían voces en la cocina. Ya estaban los dormilones despiertos, pensé sonriendo.
—Buenos días —dije canturreando al entrar.
—Ya era hora. No me puedo creer que seas la última en despertarte.
La risa me salió sola al oír a Rosa decirme eso.
—Seré la última en unirme al desayuno, pero no la última en despertarme. Parece mentira que tú, conociéndome como me conoces, me digas eso.
—¿Has dormido mal otra vez? —Preguntó preocupada.
—Sabes que siempre me pasa igual. Esta noche dormiré mejor. Mi cuerpo ya conoce la cama.
—Pues yo he dormido como un lirón —dijo Loren mientras untaba una tostada.
—¿Y cuándo no has dormido tú así? —le preguntó Quique con ironía.
—Pues también es verdad.
Los cuatro nos echamos a reír. Dejé la bolsa que llevaba en una esquina de la cocina y me uní a ellos para desayunar.
El hotel tenía restaurante tipo buffet y bastante grande por lo que habíamos visto en las fotos. Pero para los huéspedes que estaban en las cabañas ofrecían como extra servir las comidas que quisiéramos. Así que al menos esa primera mañana así lo hicimos.
Loren, que por lo que supe cuando me senté era el que se había encargado de pedir el desayuno, no se había cortado ni un pelo, había pedido todo y en gran cantidad.
—He escrito a las chicas y les he dicho que en menos de una hora iremos a la playa.
—Tengo muchas ganas de darme un baño en el mar.
—Hace un año desde la última vez que lo hicimos, ya tocaba.
—Sí, se ha hecho largo —me contestó Rosa suspirando.
Seguimos desayunando y hablando de lo bonita que era la cabaña. Y es que era de verdad una pasada.
Grande o más bien enorme. Con cuatro habitaciones, todas ellas con baño, vestidor y una cama King size . El salón era gigante con tres sofás de buen tamaño, una mesa para al menos diez personas, y hasta una chimenea tenía para cuando te alojabas en invierno.
La cocina tenía una barra de desayuno que era donde estábamos los cuatro en ese momento bastante grande. Aunque también en una esquina tenía una mesa con seis sillas.
Pero sin duda lo mejor de todo o al menos para mi gusto era el exterior. La piscina privada de un buen tamaño en el jardín, al que no le faltaba hamacas, una mesa con sillas y hasta un balancín.
Y las vistas al mar desde allí pues que decir simplemente maravillosas.
Mientras desayunamos, las miradas entre Loren, Rosa y yo se cruzaron varias veces dándonos a entender que pensábamos lo mismo.
Que era increíble lo pesada que podía llegar a ser esa mujer. Me estaba refiriendo a Patricia. Porque en lo que desayunábamos ocho mensajes que le había mandado a Quique.
Él estuvo bastante callado durante el desayuno y apenas intervino en la conversación. El motivo, por supuesto, es que no soltó el puñetero móvil en ningún momento y mientras comía o se tomaba el café leía y respondía de vez en cuando.
—¿Este va a ser el plan de todas las vacaciones? —le preguntó Loren con cara de cabreo.
—¿Qué?
—Que si vas a estar enganchado al puto móvil todo el tiempo. Al menos mientras comemos podías dejarlo.
Resopló antes de mirarnos a todos y al ver que Rosa y yo, aunque no habíamos dicho nada, pensábamos lo mismo, dejó el móvil boca abajo en la isla y siguió desayunando.
—No creo que te haga bien estar hablando con ella todo el día.
—Tenemos muchas cosas pendientes.
—Tato, esas cosas pueden esperar unos días. La casa es de alquiler y tenéis pagado todo el mes. Y de lo de la boda se están encargando sus padres.
—De eso no hemos hablado nada.
—¿Entonces qué cojones es lo que te dice en tantos mensajes?
Quique, ante la pregunta de Loren, se encogió de hombros y nos retiró la mirada. Gesto suficiente para saber lo que podían contener esos mensajes. Que le estaba intentando liar, para que la perdonara.
Los tres nos miramos y supimos enseguida que no soltaría prenda, así que era mejor no meterse. Era bastante mayorcito para saber lo que tenía que hacer.
Recogimos lo que sobró del desayuno y cada uno con nuestra bolsa bajamos por el mismo camino que yo había hecho esa misma mañana.
Claudia y Bea llegaron justo a la misma vez que lo hicimos nosotros. Elegimos el sitio que mejor nos pareció y allí montamos el tenderete con todas las toallas extendidas.
Las siguientes dos horas estuvieron llenas de risas, de baños, de aguadillas y de una charla divertida, en la que no faltaron las bromas sobre todo de Loren y mías que éramos a los que nos perdía la boca y no nos callábamos ni una.
—Vaya barriga que tiene esa mujer, apenas puede andar. Veo que se la cae el crio en la arena.
El comentario de Loren me hizo mirar en la misma dirección en la que ya lo había hecho al menos diez veces desde que habíamos llegado.
Será como dicen de formación profesional. Pues lo sería. El caso es que por instinto cuando veía una embarazada en algún sitio, la vista se me iba sola hacia ella.
Las solía observar y calcular mentalmente cuánto las quedaba de gestación, por la forma de la barriga pensaba en si sería niño o niña o incluso por el tamaño si podrían ser más de un bebé.
La observé. Incluso me levanté y di un par de pasos para verla mejor. Algo no iba bien.
Ya lo había pensado las veces anteriores que la había mirado. Sobre todo, cuando se agachaba a darle algo a un niño de unos cinco años que supuse que sería suyo.
—Alicia. ¿Qué pasa? ¿Por qué la miras tanto?
Tardé unos segundos en contestar a Rosa porque me quedé fijamente mirando en un gesto que hizo la mujer que era inconfundible para mí. A lo largo de todo el tiempo que llevaba siendo matrona había visto hacer ese mismo gesto miles de veces.
Mano a la parte baja de la espalda, lo que comúnmente se dice los riñones, resoplido pequeño y apretar los dientes o cerrar los ojos. Totalmente inconfundible y muy revelador.
—Está de parto. Y no ha empezado ahora, lleva así horas.
—No jodas. ¿Y cómo lo sabes? —Me preguntó Bea.
—Lo sé igual que tú sabes cuando un alumno ha copiado en un examen, aunque no le hayas pillado haciéndolo.
—La experiencia —dijo Quique aclarándolo.
Asentí. Volví a mirar a la mujer.
—Rosa, hoy nos va a tocar trabajar.
—¡¿Qué?!
—Que esa mujer no va a llegar a ningún hospital. Ni a su habitación siquiera. Se acaba de tumbar en la toalla y tiene cara de querer empujar.
—La hostia, ¿lo dices en serio?
Ni siquiera contesté a Loren, con la cabeza le pedía a Rosa que se levantara y me acompañara donde estaba la mujer.
Se levantó de un salto y las dos en cabeza con todos los demás detrás en dos minutos llegamos donde estaba la mujer tumbada, con su marido y su hijo al lado. Ellos estaban ajenos a lo que pasaba.
La mujer lo había sabido ocultar bien, probablemente no quería fastidiar a su familia el día de playa o no pensaba que estuviese de parto y eran las típicas contracciones de Braxton-Hicks que tenían muchas mujeres a lo largo del embarazo y que confunden con estar de parto.
En cualquiera de los dos casos no podía ver el estado en el que estaba esa mujer y no intervenir.
La leche es que en todos los líos de otros me tenía que meter. A veces me preguntaba para qué narices salía de casa. Porque era ir a un sitio y ya estaba el lío formado.
Y desde luego que como fuera verdad que la mujer estaba de parto, entre eso, la peli del jardín y la huida de la iglesia con el novio de la mano ya tenía el veranito más que completo.