Capítulo 24
Alicia
Vaya días que llevaba sin pegar ojo.
Como sabéis, el primer día que dormía en un sitio desconocido para mi cuerpo me costaba un triunfo conciliar el sueño, así, los últimos días lo único que llevaba haciendo era arrastrar sueño.
Primero la noche en el hotel, con sesión de cine x incluida.
La segunda en casa de Loren, que sí que el colchón era súper cómodo, pero dormir con Rosa era una tortura, se movía como si tuviera electricidad en el cuerpo y daba más vueltas que una peonza, así otra noche sin apenas dormir.
La tercera en casa de Loren, otra vez más de lo mismo.
Y aquí estábamos en la cuarta mirando al techo de la cabaña que habíamos alquilado en Tenerife entre los cuatro.
Resoplé. Estaba harta de dar vueltas y más vueltas, me dolía todo el cuerpo y no solo de cansancio sino del estrés que tenía acumulado por todo lo que había pasado esos días.
Y es que, madre de mi vida, nunca en la vida me hubiera imaginado cuando acepté acompañar a Rosa a la boda de su hermano más por compromiso que por ganas, que acabaría siendo una de las implicadas en el desastre que había acabado siendo.
Porque sí, había sido un desastre con letras mayúsculas. Había sido una de esas bodas que el que hubiera asistido recordaría de por vida.
De esas que cuando eres viejecita le cuentas a tus nietos mientras te tomas una infusión, una de las anécdotas más curiosas de tu vida.
Otra vuelta.
—Se acabó, me voy a dar un paseo.
Cuidadito con los paseos, Alicia, que los carga el diablo, me dijo una vocecita en mi cabeza que me hizo reír y negar al mismo tiempo.
Ni me molesté en vestirme con la misma camiseta larga que me había puesto para dormir, sin peinar y sin calzarme, salí de la cabaña en dirección a la playa.
La brisa, la oscuridad que se estaba acabando, el sonido de las olas rompiendo contra la orilla y la maravillosa sensación de pisar la arena volcánica me hicieron sonreír de manera inmediata.
Entrecerré los ojos al ver a alguien sentado en la arena cerca de la orilla, no pensé que a esas horas pudiera haber nadie allí, pero al parecer me equivoqué.
Alguien más había tenido la necesidad o la misma idea que yo de ver el amanecer en la playa o era simplemente otro búho que no podía dormir.
Al acercarme y darme cuenta de quién era, supe que era lo último que había pensado.
Era un búho. Un búho que me alteraba la sangre y el cuerpo como ninguno.
No se sobresaltó cuando me acerqué a hablarle, era como si hubiera notado mi presencia antes de que llegara.
Me senté a su lado y apenas cruzamos palabra. Eso sí, en pocos segundos nos estábamos besando como si no hubiera un mañana.
Y no solo nos besamos, acabamos enredados tumbados en la arena uno al lado del otro dándonos placer con nuestras manos, hasta que conseguimos calmar un poco las ganas que los dos teníamos de tocarnos y de dar placer al otro.
Al terminar los dos estábamos embadurnados de arena por todos los sitios.
Mi pelo estaba lleno. Mis nalgas. Su espalda y su pelo también. Estábamos hechos un desastre, vaya.
—Estamos pringados de arena —dije sonriendo.
—¿Una ducha?
—¿Juntos? —le pregunté un poco temerosa porque no sabía si lo que acababa de pasar sería algo del momento o podría ir a más.
—Juntos —me contestó muy seguro.
Asentí sonriendo para darle a entender que aceptaba.
Se puso de pie y después de sacudirse un poco la arena de los pantalones cortos de deporte que llevaba como única prenda, alargó la mano y me la ofreció para ayudarme a levantarme.
Le agarré. Pensé que me soltaría una vez que estuviera de pie. No fue así.
Entrelazó bien nuestros dedos y juntos emprendimos el camino de vuelta hacia la cabaña mientras a nuestra espalda el sol terminaba de salir, dando paso por fin a un nuevo día.
Entramos sin hacer ruido. La cabaña seguía en silencio, lo que quería decir que Loren y Rosa seguían durmiendo y seguramente lo seguirían haciendo bastante rato más ya que los dos eran como marmotas.
Lo de Rosa lo sabía de convivir con ella todos los años que lo llevábamos haciendo juntas, pero lo de Loren lo pude comprobar los dos días anteriores que había dormido en su casa.
Cuando entramos en el pasillo de las habitaciones, dudé en qué hacer o dónde ir. Que sí que habíamos dicho que compartiríamos ducha, pero no sabía si por el camino Quique se lo había pensado mejor ya que no dijo ni una sola palabra, fue totalmente perdido en sus pensamientos.
Mi duda quedó resuelta sin ni siquiera preguntar. Abrió la puerta de su habitación y sin soltarme de la mano nos metió a los dos dentro y cerró la puerta a su espalda.
De la misma manera entramos en el baño. Al igual que el que había en mi habitación era grande y espacioso y en la ducha entraban dos personas perfectamente.
Me soltó para encender el agua de la ducha para que el agua se fuera templando y menos mal que lo hizo, porque a mí eso de ducharme con agua fría no lo hacía ni, aunque me pagaran, necesitaba que estuviera un poco templada.
Sin sentir ningún pudor se dio la vuelta y se bajó los pantalones quedándose frente a mí como su madre lo trajo al mundo.
No lo pude evitar ni quise hacerlo tampoco, le miré de arriba abajo recreándome bien la vista con el cuerpazo que tenía.
Cuando mis ojos llegaron a su miembro, tuve que tragar saliva. Ya estaba duro de nuevo apuntándome como si me llamara.
Era grande. De eso ya me había dado cuenta cuando le había masturbado en la playa. Pero una cosa era tocarlo e imaginarlo y otra muy distinta verlo.
—Siempre que estás delante, se pone así. Va por libre —dijo encogiéndose de hombros.
—Pues veremos a ver qué podemos hacer para que se calme —dije subiendo las cejas.
Se echó a reír.
—Lo que tú quieras —dijo extendiendo las manos—. Soy todo tuyo.
Ojalá eso fuera verdad, pensé. Porque en ese momento puede que su cuerpo fuera a ser mío durante unos minutos. Pero sus pensamientos y sobre todo su corazón estaban siempre ocupados por otra que no era yo.
No quise estropear el momento pensando en algo que se salía de mi control y que no podría cambiar por mucho que quisiera, así que hice que esos pensamientos salieran a toda velocidad de mi cabeza.
Iba a agarrar mi camiseta para quitármela, pero su voz me lo impidió.
—Yo lo hago.
Asentí. Agarró el bajo de mi camiseta y me la sacó despacio por la cabeza. La dejó caer al suelo al lado de sus pantalones.
Se arrodilló en el suelo sorprendiéndome y con dos dedos me bajó el tanga lentamente, muy lentamente, el tanga que llevaba puesto hasta mis tobillos.
Me agarró una pierna por debajo de la rodilla y yo pensé que lo hacía para poder terminar de quitármela. Pues no. Otra vez me equivoqué.
Este hombre nunca hacía lo que pensé que haría y me dejaba muy descolocada. Sí, que me sacó el tanga, pero justo antes de apoyar mi pierna en su hombro levantó la cabeza y me sonrió a la vez que me guiñaba un ojo antes de hundir su cabeza entre mis piernas.
No me lamió, no. Fue directamente a succionarme el clítoris con unas ganas que parecía que estaba muerto de hambre.
—Dios…
—Quique, soy Quique. Que no se te olvide mi nombre. Quiero oír cómo lo gritas cuando te corras en mi boca.
Leches, pues con esas palabras casi estuve a punto de hacerlo. No fue delicado. Que tampoco fue brusco, no penséis mal.
Fue salvaje, sí, esa podía ser la palabra más adecuada. Porque no me saboreo como pensé que haría, otra vez haciendo algo que no me esperaba, sino que me folló, pero con ganas eh, con la lengua, sin descansar ni un segundo.
Su lengua me recorrió entera y la movió dentro de mí con una maestría que madre de mi vida.
Si es que filosofo tenía que ser, tenía en don de la palabra o el de mover la lengua de forma excelente más bien.
Siguió y siguió, mientras mis jadeos aumentaban. Tuve que agarrarme al lavabo que estaba detrás de mí para no caerme o desmayarme del gusto vaya.
—No puedo… más…
Cuando esas palabras salieron de mi boca, subió su mano y con dos de sus dedos me frotó el clítoris en círculos. Eso fue el final.
—Quique… —dije conteniendo un grito cuando me corrí en su boca.
No dejó ni una sola gota de mi esencia en mí, me lamió todos y cada uno de mis pliegues hasta que no quedó nada.
Se puso en pie y me agarró por la cintura.
—¿Estás bien?
—Mejor imposible.
—Veremos a ver si eso es verdad.
Le miré confundida.
—¿Qué?
Sonrió. Pero no fue una sonrisa normal. Fue canalla, llena de lujuria y peligrosa, muy peligrosa. Me agarró por el trasero y me levantó un poco.
—Agárrame con las piernas, nos vamos al agua.
Lo hice. Enrosqué mis piernas en su cintura y mis manos en su nuca. Mientras se giraba para meternos a los dos en la ducha, lo hizo casi sin ver ya que en cuanto me tuvo sujeta me lancé a sus labios para besarle.
El agua nos calló a los dos a la vez y ambos suspiramos en la boca del otro a sentir la agradable sensación de frescura.
—¿Lista para decir mi nombre otra vez?
Mientras me preguntaba eso, me apoyó contra los azulejos y se pegó más a mí para rozar mi zona con su miembro que estaba en todo lo alto.
—Más que lista, hazlo ya —jadeé en su boca.
No se lo pensó más. Entró en mí de un empellón mientras gruñía por el placer que sintió al estar por fin dentro de mí.
—Sí te hago daño o quieres que sea menos brusco, dímelo. ¿Sí?
—No quiero que te contengas. Me gusta fuerte y duro.
—Dios… eso es música para mis oídos. A mí me gusta así también.
—Pues muévete y demuéstramelo.
Me lo demostró, vaya que si me lo demostró. Empezó a bombear en mi interior a un ritmo impresionante.
Aunque no todo el tiempo fue así. Hubo momentos en los que paraba y salía de mi interior prácticamente del todo para volver un segundo después a entrar en mi con fuerza.
Siguió y siguió. No paró. Me folló contra los azulejos como un animal. Pero como un animal herido que necesitaba sacar la rabia que tenía dentro o eso me pareció.
Lo noté, noté cómo descargó en mí todo lo que llevaba dentro.
No es que me importara porque disfruté muchísimo, pero siendo sincera, me hizo sentir como si me usara para descargar su frustración por todo lo que le había pasado.
Aun así, cuando acabamos no le dejé ver cómo me había hecho sentir, que lo mismo eran cosas mías y estaba equivocada.
Esperé que fuera así porque si solo me estaba usando para olvidarse un poco y desconectar de lo que le había pasado, me iba a llevar un chasco enorme e iba a sufrir otra vez por un hombre. Cosa que me había prometido que nunca más volvería a pasar.