Quiero seguir soñando contigo Capítulo 23
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Capítulo 23

Quique

Otra larga noche sin apenas pegar ojo.

Y así llevaba ya tres. Tres largas e interminables noches que me había pasado pensando en todo.

Tenía la cabeza totalmente saturada y llena de mil pensamientos. Y no solo por lo que había pasado, sino por lo que seguía pasando.

Retiré la sábana que tenía echada sobre las piernas y me senté en el borde de la cama. Levanté la mirada y vi que ni siquiera había amanecido.

Fuera todavía estaba oscuro, aunque ya se notaba cómo el cielo empezaba a clarear. No quedaba nada para que el sol saliera y diera paso a otro largo día.

Me puse de pie y agarré los pantalones cortos de deporte que tenía en una silla al lado de la cama. Me los puse del tirón mientras resoplaba.

Necesitaba que me diera el aire, despejarme un poco. Así que decidí salir de la cabaña e ir hasta la playa que teníamos justo enfrente.

El sonido de las olas era algo que siempre me había gustado. Pensaba que era relajante y que podía evadirte del todo al menos durante unos minutos.

Ni siquiera me molesté en calzarme ni ponerme una camiseta. A esas horas el resto de los huéspedes estaban todavía en el mundo de Morfeo y la playa por lo que había visto desde la ventana estaba desierta.

Salí de la cabaña sin hacer ruido y bajé por el camino de madera hasta la playa.

Hundí los pies en la arena negra. La arena volcánica de Tenerife era distinta a cualquiera que yo hubiera pisado nunca. Era oscura, cálida, estaba tibia a esas horas y era una sensación maravillosa.

Me acerqué hasta la orilla y dejé que el agua me mojara los tobillos; el frescor del agua pareció activarme.

Sonreí. Y no solo sonreí, sino que me sentí al menos por unos minutos en paz, una que no me había acompañado desde que salí corriendo de mi propia boda.

Me quedé allí viendo cómo las olas rompían y la espuma blanca se arremolinaba a mis pies. Cerré los ojos y respiré.

Nada más cerrar los ojos, las imágenes y pensamientos de los últimos tres días vinieron a mi mente, otra vez.

Así había sido todo el tiempo, sobre todo cuando por las noches me quedaba solo y en silencio todo se reproducía una y otra vez en mi mente.

Unas cosas dolían, otras me hacían ponerme furioso, otras me daban mucha tristeza y entre todas esa solo una me hacía sentir bien. Alicia.

Dolía pensar en todos los recuerdos que tenía junto a Patricia durante los años que habíamos estado juntos.

En todas las cosas que vivimos juntos. En las risas. En las miradas. En los momentos. En toda esa vida en común que con sus más y sus menos había sido al menos para mí muy buena, feliz.

¿Cómo y cuándo se habían torcido tanto las cosas para acabar como lo habíamos hecho? Esa era la pregunta que más me martirizaba.

¿Por qué me había engañado? Y encima con su jefe del que siempre se estaba quejando de que la ponía de los nervios.

Se me escapó una risa amarga que se llevó la brisa que corría allí mismo a la orilla de la playa.

Sí que la ponía sí, pero por lo visto no era solo de los nervios. Pensé en todos los mensajes que me había mandado desde el domingo por la tarde.

En todos y en cada uno de ellos no faltó la palabra perdón. En todos me pedía vernos para poder explicarse. En todos no faltó tampoco un te quiero.

En algunos me decía queriendo que la entendiera que había sido una cosa del momento, algo que surgió por la cantidad de alcohol que tenía en el cuerpo y por el estrés acumulado de todo el proceso de la boda.

Un desliz. Así lo llamó. Y ahí estaba la duda que llevaba dentro de mí esos dos últimos días. ¿Debería escucharla? ¿Debería perdonarla? ¿Se puede seguir con alguien que te ha traicionado de esa manera?

No lo sabía. Porque el dolor de la traición y la furia de saber y pensarla en los brazos de otro seguían ahí latentes todo el tiempo. Estaba muy confuso y confundido por todo. Y no solo por lo que había pasado con Patricia, sino también por lo que me estaba pasando con Alicia.

Alicia… Ella había entrado en mi vida en el peor momento o en el mejor, eso todavía estaba por ver. Que sentía algo por ella, eso no me lo podía negar a mí mismo.

Tenía claro que no era nada romántico, no, eso no podía ser porque, aunque estuviera dolido yo, a la que seguía queriendo era a Patricia. Lo que sentía por Alicia era un deseo y una atracción fuera de lo común.

Algo muy grande tiraba de mí cuando estaba cerca. Era una necesidad inexplicable de querer tocarla, besarla y, por qué no, ir más allá.

Estaba seguro de que no podría resistirme mucho más a hacerla mía. Y lo mismo era lo que necesitaba para que esa atracción tan fuerte que sentía se me pasara una vez que la hubiera probado.

Me senté en la arena y seguí mirando el horizonte.

—Dos días más sin dormir y serás considerado oficialmente un vampiro.

Cerré los ojos dos segundos y sonreí. Allí estaba ella detrás de mí. La brisa me trajo el olor de su cuerpo antes incluso de que se sentara a mi lado.

—¿Y tú? ¿Qué haces levantada tan temprano?

Se encogió de hombros.

—No soy de mucho dormir y la primera noche que duermo en un sitio extraño me cuesta mucho más.

—Pues vaya dos que nos hemos ido a juntar, nos va a contratar el ayuntamiento para poner las calles.

Soltó una risita.

—Yo prefiero que me dejen colocar la arena de la playa. Aquí se está de lujo.

—Sí, es relajante.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Disfrutando del paisaje que cada segundo que pasaba estaba más claro ya que los primeros rayos de sol estaban asomando tímidos por el horizonte.

Alicia suspiró y apoyó la cabeza en mi hombro. Mi mano, sin pedir permiso, sin dejarme pensarlo siquiera, se fue sola por detrás de su espalda y agarró la cintura para pegarla más a mí.

Ella, al notar mi contacto, giró la cabeza y me miró directamente a los ojos. Ahí volvió a pasar. El mundo desapareció. El sonido de las olas se esfumó. Y hasta el aire de la brisa se paró.

Bajé la mirada solo medio segundo a sus labios y esa necesidad de besarla me golpeó.

—Alicia… necesito besarte más que respirar —susurré contra su boca.

No me contestó. Fue ella en esa ocasión la que se lanzó a mis labios. Pero antes de juntar nuestros labios, hizo algo que me encendió por completo. Me pasó la lengua por el labio inferior y después me lo succionó.

La agarré de las caderas y con un movimiento rápido la senté encima de mí a ahorcajadas.

Metí mis manos por debajo de la camiseta larga que llevaba y noté todas sus nalgas. Duras, suaves y de lo más apetecibles.

Ella, con una mano, me agarró de la nuca para acercarse más a mí y profundizar el beso. La otra mano la bajó a mi pecho y empezó a acariciármelo pasando las uñas entre el bello que allí tenía.

Subí una de mis manos por su costado hasta que llegué a su pecho. Y Dios, qué pecho. Llevaba tres puñeteros días soñando con poder tocarlo, con meterme uno de sus pezones en la boca y succionarlo y morderlo para hacerla derretirse entre mis brazos.

Con dos dedos pellizqué el pezón y tiré de él. Estaba ya duro, pero bajo mi toque se puso mucho más.

Alicia jadeó en mi boca a la vez que se removió encima de mí buscando esa fricción de nuestros cuerpos que los dos necesitábamos.

Estaba tan excitado que solo con ese movimiento de su sexo contra el mío estuve a punto de correrme. Necesitaba hacer algo más. Necesitaba tocarla más.

La giré con cuidado y la dejé tumbada en la arena. No me puse encima sino a su lado bien pegado para poder hacer lo que tenía en mente.

Me separé de su boca a la vez que le levantaba la camiseta dejando sus pechos al descubierto. Me relamí de gusto cuando por fin vi sus pechos. Duros, tersos y con unos pezones rosados y muy duros que me pedían atención.

Me lancé directamente a lamer primero uno mientras el otro lo amasaba con firmeza con mi mano.

Alicia no se quedó atrás, al parecer, su necesidad de tocarme era tan alta como la mía. Bajó su mano y la metió dentro de mis pantalones. Tuve que cerrar los ojos un segundo y apretar los dientes para controlarme y aguantar cuando envolvió mi miembro con su mano.

Mi respiración se aceleró por completo cuando empezó a mover su mano con firmeza arriba y abajo parándose un poco cuando llegaba a mi punta para presionar un poco más.

Sentí la necesidad de darle el mismo placer que ella me estaba dando a mí.

Bajé mi mano y aparté su tanga a un lado para poder tocar sin que nada me molestara toda su abertura. Estaba empapada. Mi mano se deslizaba sin dificultad por todos sus pliegues. Acaricié su clítoris mientras la oiga jadear.

Fui más allá. Metí un dedo en su interior y empecé a moverlo a buen ritmo, sus caderas se iban solas buscando mi mano. Un segundo dedo. Un tercero.

Los jadeos de los dos resonaban en toda la playa. Si había alguien, no nos importó. En ese momento solo importábamos nosotros y nuestro placer.

Ninguno de los dos se detuvo en ningún momento. Aceleramos el ritmo cuando notamos que el otro estaba cerca.

—No… no puedo más. Me voy a correr.

—Yo tampoco, no pares —le pedí antes de lanzarme otra vez a su boca.

Seguimos masturbándonos sin parar acelerando a tope esos últimos segundos que fueron los definitivos para llegar juntos al clímax.

Al terminar ninguno dijo nada. Apoyamos la frente en la del otro mientras intentábamos coger aire y controlar la respiración.

—Estamos pringados de arena —dijo sonriendo.

—¿Una ducha?

—¿Juntos? —Me preguntó con un poco de miedo por si lo que había pasado era solo un calentón del momento y no quería nada más.

—Juntos —le contesté levantándome y ofreciéndole mi mano.