Quiero seguir soñando contigo Capítulo 22
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Capítulo 22

Alicia

El domingo pasó demasiado rápido. O pudiera ser que tuviéramos tantas cosas que hacer que por eso las horas se nos pasaron volando.

La noche de la no boda nos acostamos tarde, mucho y por qué no decirlo un poco perjudicados también, todos no que Quique apenas probó la bebida que nos puso Loren.

Él ya había tenido suficiente resaca ese día como para repetir al día siguiente.

Pero nosotros tres entre anécdota y anécdota del instituto, de sus chicos y de las que liaban y de nuestras parturientas y los líos de faldas que les contamos que había en el hospital que no eran pocos, cayeron unas cuantas copas.

El domingo nos levantamos tarde. Loren, Rosa y yo con caras de zombi por dormir poco y la mezcla de alcohol que aún tardaría en salir de nuestros cuerpos.

Quique tenía la misma mala cara que los demás, pero lo suyo, aunque no nos lo dijo, que tampoco le preguntamos porque lo dimos por hecho, fue porque no pegó ojo en toda la noche.

Ni a la cama con Loren se fue, se quedó en el sofá viendo las horas pasar y pensando en el palo tan gordo que se había llevado con Patricia.

Yo le entendía como podía sentirse en parte porque también había pasado por una ruptura con un hombre al que quería como le estaba pasando a él.

Pero lo suyo era mucho peor, porque una infidelidad era algo que te marcaba de por vida.

Cuando te hacen eso, te haces miles de preguntas que te saturan la cabeza porque las respuestas no llegan.

Te preguntas: ¿por qué? ¿Qué hiciste mal? ¿Por qué a ti? ¿Por qué no fuiste suficiente? ¿O porque esa persona no te quería como tú a ella y ha sido capaz de traicionarte así?

Desayunamos algo ligero y nos pusimos rumbo a quedar cerradas las cosas que dejamos a un lado el día anterior.

Rosa y yo nos fuimos al hotel a recoger las cosas que habíamos dejado allí, que eran todo nuestro equipaje para irnos de vacaciones y las cosas que tanto sus padres, Loren y Quique, dejaron allí.

Recogimos todo lo más rápido posible mientras le contaba la verdad con detalles de lo que vi en el jardín.

Las maldiciones que soltó Rosa ni os las podéis imaginar, no eran para oídos sensibles, así como tampoco lo era la cantidad de insultos que le dedicó a Patricia, bien merecidos, por cierto.

Del hotel nos fuimos directamente a casa de sus padres, los que nos estaban esperando con la comida.

Allí se nos unieron Loren y Quique cuando vinieron de casa del segundo de recoger toda la ropa que pudo y muchas cosas personales también. Por el momento y hasta que decidiera qué hacer, se iba a quedar en casa de sus padres.

Aunque esa noche la del domingo repetimos y nos quedamos en la casa de Loren a dormir. Era lo mejor ya que el lunes a primera hora salíamos así mejor todos juntos camino del aeropuerto de Madrid para coger el vuelo hasta Tenerife.

Nos costó mucho convencer a Quique para que viniera al viaje, pero al final bajo las amenazas de su amigo y de su hermana acabó cediendo.

Loren se encargó de buscar los billetes de avión para los cuatro en el mismo vuelo que iban Bea y Claudia, no había nada libre, pero sí dos horas después en otro vuelo y ese fue el que cogió.

Lo mismo nos pasó con el hotel en el que se alojarían las chicas. Estaba al completo. Pero en el mismo recinto y propiedad de ellos ofrecían cabañas, de esas sí que tenían algunas libres y fue lo que cogimos.

Cogimos una enorme para los cuatro que por las fotos tenía pinta de ser una pasada. Nuestra idea principal, la de Rosa y mía, era solo ir una semana de vacaciones, pero al final cambiamos de idea y nos quedaríamos todos dos semanas.

Los cuatro profes no tenían problemas con los días de vacaciones ya que hasta septiembre no volvían al instituto. Y nosotras teníamos tres semanas así todavía tendríamos una al volver del viaje para recuperarnos antes de currar.

Bueno, yo en mi caso esa semana me iría con mis padres a Medina. Miré de reojo a mi derecha y sonreí. Quique iba sentado a mi lado en el avión y ni diez minutos después de que el avión cogiera altura se había quedado dormido.

Tenía unas ojeras bastante marcadas, lo que indicaba que la noche anterior tampoco había dormido mucho.

—Está agotado —me dijo Rosa mirándole con cariño entre los asientos desde la fila de delante.

—Este viaje le va a venir muy bien para desconectar —dijo Loren uniéndose a la conversación.

—Eso será si le dejan —murmuré yo.

Rosa apretó los dientes y Loren echó chispas por los ojos. El motivo de mi comentario y su reacción era ni más ni menos, Patricia.

El sábado no dio señales, ni el domingo por la mañana tampoco, pero las cosas cambiaron por la tarde, ya que desde entonces no había parado de llamar una y otra vez a Quique sin parar.

Como no la cogió el teléfono, los mensajes tanto escritos como de voz empezaron a llegar de una manera que rozaba el acoso.

Estaba segura de que cuando nos bajáramos del avión y Quique encendiera el teléfono, empezaría a pitar como si fuera una alarma anunciando un mensaje tras otro.

No nos había querido decir que le decía en los mensajes bueno a ellos porque yo ni me atreví a preguntar, por más que insistieron.

Incluso Rosa había amenazado con confiscarle el teléfono si no le soltaba y dejaba de contestarla. Pero él procuró seguir a lo suyo aprovechando los momentos en los que su hermana no estaba presente.

La última hora en el aire hablamos en voz baja los tres comentando los sitios que nos gustaría visitar, para no despertarlo y que la menos descara allí todo lo posible, porque ya sabíamos que por la noche le volvería el insomnio que parecía haberle atrapado.

Abrimos la puerta de la cabaña después de pasar por la recepción para confirmar nuestra llegada y nos quedamos los cuatro con la boca abierta por la sorpresa.

Las fotos que habíamos visto en internet no le hacían justicia, era una pasada de bonita, grande y decorada con mucho gusto.

Cada uno cogió una de las cuatro habitaciones que tenía y dejamos allí el equipaje para colocarlo después.

Era prioridad darnos un baño en la piscina que tenía la cabaña en el jardín privado que tenía que nos llamara a los cuatro a gritos.

Cuando llegué, solo Quique estaba dentro del agua.

—¿Está fría?

—Está espectacular. Aquí me voy a quedar todo el día a remojo como un garbanzo.

Entré por la escalerilla riéndome y tuve que darle la razón, estaba buenísima.

Me apoyé a su lado en el bordillo mirando el mismo paisaje que estaba mirando él. Justo en frente teníamos la playa en la que, al ser privada y solo para uso de los huéspedes del hotel, no estaba muy llena.

Las olas rompían contra la orilla con fuerza. Era mágico e hipnotizante mirarlo.

Un carraspeo por parte de Quique me hizo dejar de mirar esa maravilla para mirarlo a él.

Tragué saliva al ver su mirada sobre mí. Me estaba comiendo con los ojos, literalmente.

—Ese bikini debería estar prohibido por ley. Puede provocar infartos y otras reacciones, ¿sabes?

Me eché a reír.

—No creo que sea para tanto, es muy normalito.

—Ya… el problema es quién lo lleva puesto y cómo le queda.

Levanté la mirada y pasó de nuevo.

Volvió esa conexión imparable, esa conexión mágica que nos metía en una burbuja a las dos haciendo que lo demás desapareciera.

El hilo o el imán que se instalaba entre nosotros cuando nos quedábamos así enganchados, tiró de ambos hacia el otro.

Noté la mano de Quique acariciar mi cintura, con lentitud, mucha lentitud. Mis manos se fueron solas a su pecho y lo acariciaron de arriba abajo.

Un segundo, dos… y paso no inevitable. Nuestras bocas se buscaron la una a la otra, esa vez ya con hambre.

Ese beso ya no fue como el que nos dimos en la cocina, ese ya fue más intenso, más pasional. Nuestras bocas ya se conocían y no les hizo falta exploración.

Quique con firmeza me pegó a él agarrándome por la cintura.

Con una mano empezó a acariciarme un costado mientras que la otra temblorosa pero decidida la bajó hasta mi trasero.

Lo acarició suave las dos primeras pasadas, pero luego el agarré se volvió más salvaje y me lo apretó para pagarme más a él si eso era posible.

Podía notar perfectamente en la parte alta de mis muslos su erección. Me removí un poco para frotarme contra ella y eso hizo que jadeara en mi boca.

—¡¿Chicos, estáis en la piscina ya?!

La pregunta en voz alta desde dentro de Rosa hizo que nos separáramos. No bruscamente, pero sí con rapidez.

—Quique… —susurré sin saber qué más decir.

Y es que ni cuarenta y ocho horas antes habíamos acordado que seríamos amigos y ninguno de los dos había sido capaz de cumplirlo.

Por otra parte, nada que no supiéramos ya de antemano. Porque el deseo y la tensión sexual que había entre nosotros eran tan fuertes que ninguno de los dos éramos capaces al parecer de resistirnos.

—Yo no pienso luchar más.

—¿Quieres que nos dejemos llevar?

—Sí, quiero hacer mucho más que besarte. Y créeme cuando te digo que la próxima vez que lo haga nada ni nadie me hará detenerme. Así que dime, ¿qué quieres tú?

No dudé. Ni siquiera tuve que pensar la respuesta.

—Yo tampoco quiero luchar más.

Nos sonreímos y nos dimos un último beso corto que prometió muchas cosas antes de que Loren y Rosa se nos unieran en la piscina.