Quiero seguir soñando contigo Capítulo 21
62%

Capítulo 21

Quique

Estaba totalmente perdido. No entendí qué era lo que podía haberles preguntado Loren a mi hermana y a Alicia solo con la mirada.

Pero tenía que ser algo bueno. Porque a las dos las brillaron los ojos, se echaron a reír y dijeron muy rápido que sí.

—¿Es lo que creo que es? —Preguntó Claudia con ilusión.

—Jo… espero que sí —añadió Bea con la misma ilusión.

—Lo es —contestó mi hermana.

—¡Sí!

Mis amigas chocaron los cinco en señal de triunfo haciendo reír a los demás, incluidos mis padres.

Que no habían preguntado nada, pero por la cara que estaban poniendo sí que sabían qué pasaba. Vamos que era el único lelo que estaba en ascuas sin saber qué pasaba.

—¿Podéis ponerme al día? Estoy perdido, parece que soy el único que no sabe de qué va todo esto —le pedí.

—Sabes que Alicia y yo nos íbamos de vacaciones el lunes, pero no teníamos destino.

—Sí, os gusta esperar a última hora. Os gusta improvisar.

Cosa que no entendía. Porque eso de coger una maleta y presentarte en el aeropuerto o la estación y allí mismo viendo las salidas decidir dónde te vas de vacaciones, era como poco, una locura.

Pero yo, aunque no lo entendía y no lo haría nunca, lo respetaba, a ellas les gustaba hacerlo así, pues los demás no teníamos nada que decir.

—Pues este año la improvisación ha variado un poco.

Negué con la cabeza porque seguía sin enterarme de nada.

—Que nos vamos a Tenerife —dijo Loren desesperado al ver lo espeso que estaba.

Vale… Así sí, joder. Con la aclaración de Loren ya me puse en situación. Pero… esperar.

Había dicho “nos vamos”, eso significaba que él también se iba con ellas. Pues de puta madre. Solito que me quedaba en Salamanca lamiéndome mis heridas.

Pero claro ellos no tenían la culpa de la mierda que me había caído encima y no era justo decirles que le necesitaba, que necesitaba estar rodeado de mi gente, así me sonreí y calle.

Ellos se merecían unas vacaciones, las necesitaban después de currar todo el año y ni de coña sería tan egoísta de pedirles que no fueran para que se quedaran conmigo.

—Dicen que es bonito y tiene un clima estupendo. Lo pasaréis bien, estoy seguro.

Todos se miraron y negaron con la cabeza, menos mi hermana, que puso los ojos en blanco y resopló.

—Lo pasareis no, lo pasaremos.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Que tú también vienes. No pensarías que te íbamos a dejar aquí comiéndote la cabeza. Pues si lo has pensado o lo estás pensando, no lo hagas porque eso no va a pasar.

Pero qué decía la loca de mi hermana, pensé mirándola como si fuera verde. ¿Yo a Tenerife de vacaciones? ¿Con la que tenía encima? Ni hablar, vamos, yo no iba a ningún sitio.

—No —dije muy serio.

—Sí —contestaron todos a la vez.

—He dicho que no.

—Y yo te digo que sí.

—Que no. ¿Cómo voy a irme de vacaciones con todo lo que ha pasado?

—Pues precisamente por eso, lo necesitas.

—Conmigo no contéis.

—Ya lo veremos —dijo mi hermana zanjando el tema.

—No veremos nada. Tengo que quedarme aquí, anular las cosas, pensar dónde voy a vivir, por a mi casa no vuelvo, recoger mis cosas…

—Para, para, tío. Me estás agobiando solo con oírte.

Pues si tú te estás agobiando de oírme, fíjate yo que soy el que tengo que resolver todo, pensé en decirle a mi amigo, pero callé.

—De anular todo se encargarán los padres de Patricia y ella misma.

Miré a mi madre, alucinado.

—¿Sí?

Mis padres asintieron a la vez.

—Sí, tu padre se lo ha dejado bien claro allí. Su hija ha sido la que la ha cagado pues el mismo entusiasmo que puso para hacernos gastar a todos un dineral, que le use para anularlo.

Dios mío… el dinero. En eso no había caído todavía. Un dineral le había hecho gastarse a sus padres, eso era cierto.

Menos mal que los míos apenas habían soltado pasta porque si no era para matarla.

La razón de eso no era porque mis padres fueran unos agarrados ni mucho menos, sino porque ellos quisieron quedar por encima de todos y pagar a su niñita todo el banquete y los gastos del hotel.

Y su vestido también, por supuesto. Así que los míos me pagaron mi traje y nos iban a pagar el viaje.

Viaje que no haríamos así que eso que se ahorraban. Y mira por esa parte ni tan mal porque el viaje que se había empeñado en hacer Patricia no me apetecía una mierda.

Un crucero por la Antártida. Ya veis, no habría sitios para ir que nos íbamos a meter en un puñetero barco nada más y nada menos que en el océano Antártico.

Yo cuando me lo dijo pensé en la peli de Titanic , y es que cada vez que me acordaba me entraban los siete males. Ya me veía yo hundido en el agua porque la tabla sería grande, pero Patricia se quedaría con ella entera.

—Bueno, pues una cosa menos, aunque estoy seguro de que me llamará, esto no se ha terminado hoy.

—Fácil, bloquéala —dijo Loren tan campante encogiéndose de hombros.

—¿Cómo voy a bloquearla? Tenemos cosas que hablar, que arreglar.

—Ni se te ocurra dejarte liar —me advirtió mi hermana.

—¿Dejarme liar?

—Volver con ella.

¿Volver con Patricia? ¿Pero estábamos locos o qué?

Era cierto que seguía queriéndola, que seguía enamorado de ella, eso no podía negarlo por mucho daño que me hubiera hecho con su traición, no se deja de querer a alguien en un par de horas, que eran las que habían pasado desde que todo explotó.

Pero, aunque la quisiera, eso no quería decir que fuera a perdonarla. Eso no pasaría.

Estaría confuso por muchas cosas, pero en eso no. Lo tenía clarísimo, nuestros caminos se habían separado desde el mismo momento en que me engañó, o, mejor dicho, que yo me enteré del engaño.

—Eso no va a pasar, así que puedes quedarte tranquila.

Mi hermana asintió no muy convencida. Pero la reacción que a mí más me importaba ver cuando dije esas palabras con rotundidad y mucha seguridad, la de Alicia.

Por eso la miré a ella mientras lo decía y vi, solo yo, cómo soltó el aire que estaba conteniendo al igual que vi en su boca una pequeña sonrisa.

El resto de la tarde fue más de lo mismo.

La conversación fue casi toda en torno a la no boda. La comida se nos había pasado, porque ni hambre tuvimos después del disgusto, pero la cena no la perdonamos. Pedimos pizza para todos.

Mis padres se marcharon los primeros. Claudia y Bea lo hicieron después quedando en llamar al día siguiente para cerrar la hora y los demás detalles del viaje.

Viaje al que siguieron insistiendo que fuera con ellos y todas y cada una de las veces seguí negándome. No estaba de humor ni tenía ganas para irme a ningún sitio y ya de paso para joderles a ellos los días que podían disfrutar.

—¿Rosa, os quedáis o vais a ir a casa de tus padres?

—Si no te importa, nos quedamos, es tarde.

—Por supuesto que no me importa. Las dos camas son grandes. Tú duermes con la exploradora de cuevas y yo duermo con la reina del drama.

—¿Exploradora de cuevas?

Alicia se echó a reír.

—Sí, allí encuentra tesoros que han metido los murciélagos.

Las carcajadas de Rosa y Alicia resonaron en todo el salón.

—¿Me lo explicas? —Le pedí a Alicia que estaba sentada a mi lado en el sofá.

Se llevó las manos a la cara sin parar de reír.

—Venga, matrona, explícaselo —dijo Loren con burla.

—Rosa, mientras lo hace, acompáñame a poner las sábanas en la cama de la habitación de invitados.

Los dos se levantaron y nos quedamos solos en el salón dos minutos después.

—Me lo cuentas —insistí.

—Es una tontería.

—Aun así, quiero saberlo, quiero saber todo lo tuyo.

Mi voz salió más ronca de lo normal al estar mirándola a los ojos, y mi cuerpo empezó a reaccionar a ella como siempre que estábamos cerca y solos.

Estaba preciosa sentada con las piernas recogidas en el sofá con un pantalón que le quedaba enorme que Loren le había dejado unas horas antes para que pudiera quitarse el incómodo vestido.

Tenía el pelo suelto y revuelto y en la parte de arriba llevaba una camiseta de tirantes también enorme de Loren. Pues, aun así, estaba preciosa.

La repasé con la mirada. Sus piernas desnudas me tentaban, tuve que hacer un esfuerzo titánico para no alargar la mano y acariciárselas. Me tentaba saber si eran tan suaves como parecían.

Seguí subiendo la mirada y en lo siguiente que me fijé fue en sus manos que reposaban encima de sus rodillas. Tenía una manicura impecable, muy sencilla y elegante.

Cuando subí la mirada un poco más, tuve que tragar saliva. El contorno de sus pechos se notaba perfectamente debajo de la camiseta que llevaba.

Otra vez me subió un calor por el cuerpo que no pude controlar. La deseaba joder, la deseaba muchísimo.

Ser amigos, le había pedido. Y una mierda como una casa. Que sí que podríamos ser amigos, pero yo quería ser mucho más, al menos físicamente, de momento.

Aparté rápido la mirada de sus generosos y tentadores pechos porque si no estaba seguro de que no podría contenerme y me tiraría encima de ella para besarla otra vez.

Sus rizos, esos rebeldes que tenía, le quedaban preciosos de la manera que le caían rebeldes por la cara hasta la clavícula.

Ahí ya mi contención se fue a tomar por culo. Alargué la mano para tocar uno de sus rizos, parecía un muelle, pero estaba muy suave y sedoso. Se lo coloqué detrás de la oreja sin apartar la mirada de sus ojos, esos ojos verdes que me hipnotizaban.

Bajé mis dedos acariciándole la mejilla despacio sintiendo su piel, hasta llegar a su cuello. Allí noté cómo sus pulsaciones cambiaban, cómo se descontrolaban a mi toque.

Retiré la mano y cerré mi puño. Me removí incómodo en el sofá. Y no por su cercanía sino por cómo me apretaba la gran erección que tenía dentro de la ropa interior.

Necesitaba pensar en otra cosa, necesitaba que la erección bajara para que no se diera cuenta del estado en el que estaba solo con tenerla cerca.

—Cuéntame lo de la cueva y los murciélagos.

Mi voz sonó demasiado ronca y encima mis palabras no sonaron a petición sino a ruego.

Alicia antes de contestar me hizo un repaso entero como yo había hecho con ella, pero lo hizo al contrario que yo de arriba abajo.

De mis ojos bajó a mis labios, en ellos se paró unos segundos, en su mirada vi cómo los anhelaba.

Siguió bajando… mi mandíbula, mi cuello, mi pecho, y cuando llegó a esa parte de mi cuerpo que estaba en pie de guerra y de lo más contenta por tenerla cerca, sonrió al ver lo que me pasaba.

Ni con la posición en la que había sentado disimulaba lo que había debajo de los pantalones. Sonrió y se mordió el labio.

—Tu murciélago está batiendo las alas ahora mismo, porque quiere meterse en una cueva oscura y húmeda —dijo a la vez que señalaba con su mano mi miembro aguantándose la risa.

Tuve que toser porque estuve a punto de atragantarme con mi propia saliva. Nos miramos y estallamos en carcajadas. La leche, qué ocurrencias tenía.