Capítulo 20
Alicia
Caminé descalza por el pasillo sintiendo el frescor de las baldosas bajo mis pies. Ni eso consiguió que el calor que recorría todo mi cuerpo bajara un poco.
Mi corazón seguía latiendo a mil por hora y mi respiración, aunque un poco más recuperada, aún se notaba un poco agitada.
Me llevé la mano a los labios y pasé los dedos por ellos.
—Dios mío…
Cerré los ojos y el beso volvió a mi cabeza. Pude sentir otra vez con solo recordarlo: su sabor, la calidez de su lengua y esa sensación extraña que me había recorrido todo el cuerpo.
Una sensación totalmente desconocida para mí, porque no era solo deseo, no era solo necesidad o hambre, era otra cosa. Una que me había hecho sentir mejor que en toda mi vida.
Y por desgracia, una que estaba segura de que no se repetiría.
Si es que era de locos, ¿cómo había podido pasar una cosa así? Como habíamos perdido tanto la cabeza y nos habíamos dejado llevar así.
Esas y muchas más preguntas vinieron de golpe a mi cabeza y para las que no encontré respuesta. Tendría que meditarlo con calma.
Joder que estábamos en la cocina de la casa de Loren por un motivo. Uno muy grave, uno muy importante. Porque le había ayudado a salir, huir, escapar, o como queráis llamarlo de su propia boda. De su boda…
Besarnos había sido un error que no podíamos volver a cometer. Quique no estaba bien ni lo estaría en mucho tiempo, yo lo sabía bien.
Así que por eso y por otros muchos motivos, lo que había pasado debía ser algo único.
Estaba segura de que el haber aceptado ser amigos y conocernos en ese terreno no era una buena idea, de hecho, era una idea terrible. Porque él necesitaba sanar y yo no quería volver a sufrir.
Y lo iba a hacer, cerca de él lo iba a hacer.
Porque si no estaba enamorada, estaba a un paso de estarlo.
Sí, aunque parezca increíble, tenía sentimientos por él, ni sabía cómo había pasado en pocas horas, quizá era eso que llamaban flechazo o locura.
Fuera lo que fuera, ahí estaba latente dentro de mí.
Recordé lo que había dicho Quique en la cocina mientras en el ambiente todavía flotaba esa atracción irremediable que sentíamos el uno por el otro.
«Si algo está de pasar, pasará».
En eso tenía toda la razón del mundo, era inevitable, que lo que está escrito que tiene que pasar intentes esquivarlo o huir de ello, porque acaba pasando de una manera o de otra.
Contra el destino no se puede luchar, está escrito y nadie lo cambia. Suspiré una última vez antes de abrir la puerta y de tomar la decisión más importante de mi vida.
Me dejaría llevar, quería dejarme llevar y ver hasta dónde me llevaba o nos llevaba todo lo que estaba por pasar y si tenía que sufrir en el camino o al final de él, pues que así fuera. Pero no por cobarde me perdería lo bueno que hubiera.
—Venga, Alicia, verás cómo todo va bien —me dije dándome ánimos.
Abrí la puerta y allí estaban todos con caras de circunstancias y no era para menos. Menudo día, menudo panorama y menudo lío se había formado.
Me aparté a un lado y fueron entrando uno a uno sin decir ni una sola palabra. Cada uno traía un gesto distinto en la cara.
Candela y Enrique, de preocupación. Loren y Rosa un gesto de entre querer matar a alguien o de pásame una botella de whisky que necesito una copa o dos para poder digerir todo lo que ha pasado.
Claudia y Bea entraron las últimas con cara de circunstancias y de preocupación también.
Ya lo sabían, al menos una parte de lo que había pasado, porque la historia completa del jardín solo la sabía Loren y no creía que en el camino o en la catedral les hubiera contado todos los detalles.
Pasamos todos en silencio al salón. Yo entré la última. Todos se sentaron o se dejaron caer los sofás o en las sillas que había allí con cansancio.
Todos menos Candela, que se acercó hasta a mí, que me había quedado a medio camino entre ellos y la puerta, y sin verla venir, me abrazó fuerte.
—Gracias, hija, muchas gracias.
—Candela, no he hecho nada, solo lo saqué de allí.
—No te doy las gracias solo por eso, sino por hablar, por decir lo que habías visto. Por evitar que mi hijo fuera un infeliz toda su vida.
—No podía callarme una cosa así, hablar era lo correcto.
—Aun así, gracias por ser valiente, no todo el mundo que hubiera descubierto una cosa así lo hubiera hecho.
Candela tenía los ojos aguados y despertó en mí una gran ternura. Era una madre que sufría y no solo por lo que le había pasado a su hijo, sino por pensar en lo que podría haber pasado si se hubiera casado y lo hubiera descubierto después. Porque cosas como esas antes o después se acaban sabiendo.
—¿Dónde está? —Me pregunto Enrique.
—En la ducha.
—¿Qué haces descalza?
—Intentando recuperar el riego de sangre, menuda mierda de zapatos.
Rosa rio un poco ante mi respuesta y verme arrugar el morro.
—¿Queréis tomar algo?
—Un whisky —contestó Enrique a Loren.
—¿Un whisky? Tú nunca bebes una copa de whisky solo y menos a estas horas —le dijo su mujer escandalizada.
—Pues hoy lo voy a hacer, no por necesidad sino para celebrar que mi hijo se ha librado de esa arpía.
Loren soltó una carcajada ante su contestación. Candela negó con la cabeza sonriendo. Y nosotras cuatro aguantamos la risa.
Loren sacó dos casos y una botella de whisky de un armario y sirvió dos copas bien generosas. A las demás nos preguntó si también queríamos con la mirada, pero todas negamos.
Nos sentamos en los sofás y las sillas y durante unos segundos nadie dijo nada. Fue Bea la que rompió el silencio.
—Así que tu desvelo nocturno, te cundió, ¿no?
Resoplé.
—Pues sí, por nada del mundo me hubiera yo imaginado encontrarme con semejante panorama.
—¿Qué pasó? Me refiero a qué viste y dónde. Sabemos que viste a Patricia con su jefe, pero nada más —me preguntó Candela.
—Eso, dinos qué pasó, sabemos que Loren sabe los detalles, pero no ha querido soltar prenda —añadió Rosa.
Loren y yo cruzamos una mirada y tuvimos una conversación silenciosa.
Nadie de esa habitación estaba preparado para escuchar con todo lujo de detalles lo que yo había visto. Eso sin contar que sentiría una vergüenza horrible al tener que contárselo a los padres de Quique.
El sexo marranete que habían tenido esos desgraciados en el jardín no era apto para todos los ojos ni todos los oídos.
Así que los dos con esa mirada estuvimos de acuerdo, de momento solo él y yo sabríamos los detalles.
Rosa sabía que insistiría en saber y a ella tendría que contárselo, pero no sería en ese momento, lo haría cuando estuviéramos a solas y estuviera más calmada.
Porque si le deba los detalles, no descartaba que acabara en la comisaría por intento de homicidio contra Patricia.
—Lo vi, es todo lo que voy a decir y lo que necesitáis saber.
—No me jodas Alicia, habla —volvió a pedirme Rosa.
—No insistas, tata, no te lo va a contar al menos ahora, yo tampoco he conseguido que me dijera ni una sola palabra.
La voz de Quique a nuestra espalda hizo que todos nos girásemos. Venía con el pelo húmedo y ya no traía ninguna prenda del traje de novio.
Aunque cuando habíamos entrado en la casa solo le quedaban el pantalón y la camisa, el resto se había quedado olvidado en el coche de Loren.
—¿Me has saqueado el armario?
La pregunta de Loren nos vino al pelo para cambiar de tema y dejar el momento jardín apartado, de momento, y digo de momento porque estaba segura de que volvería a salir en cualquier momento.
—Sí, espero que no te importe.
—Sabes que no, puedes coger todo lo que quieras.
Quique asintió. Candela se levantó de la silla y se acercó a su hijo que seguía de pie en medio del salón.
—Hijo… ¿Estás bien? —preguntó con la voz tomada.
—No, pero lo estaré. Ahora estoy cabreado, confuso, furioso y me siento como el mayor idiota del planeta. Pero una amiga me ha dicho que pasará, que dejará de doler y que poder seguir. Y yo la he creído.
Todos giraron la cabeza hacia mí y me ruboricé al ver en todas y cada una de las caras agradecimiento.
—Habéis hablado de Arturo, ¿no?
Rosa se dio cuenta por las palabras de su hermano que, aunque no todo porque era muy largo de contar, sí que le había dicho a su hermano de mi historia para que se diera cuenta de que las rupturas cuestan superarlas, pero se superan.
—¿Quién es Arturo? —preguntó Loren.
—Un gilipollas —contestó Quique haciéndome reír.
—Esa historia para otro día, con un drama hoy tenemos suficiente.
—Vale. Solo dime una cosa.
—¿Cuál?
—¿Hay que ir a darle dos hostias? Porque a Patricia, aunque me haya quedado con las ganas, no podía dárselas, es una mujer y ya sabéis dónde acabaría. Pero al Arturito no tengo problemas en ir a patearle el culo.
Todos en el salón nos echamos a reír al ver la cara sanguinaria que puso Loren.
—No hace falta. El Karma se ocupará de él. Ese nunca falla, hay veces que tarda, pero siempre cumple. Además, eso pasó hace mucho. Está totalmente superado.
—Qué mierda, ya me había hecho ilusiones de patear un culo hoy para desahogarme —dijo poniendo un puchero.
—Pues, aunque fuera reciente, lo tendrías jodido porque vive en Tenerife —le contestó Rosa riéndose.
—Mira, allí nos vamos nosotras en dos días, si lo vemos le daremos recuerdos tuyos —le dijo Bea haciéndonos reír más.
Loren se quedó pensando unos segundos. Y puso una cara que no auguraba nada bueno, cara de que la vamos a liar y gorda.
—¿Qué tramas?
Al parecer, Quique, siendo su mejor amigo, le conocía mejor que nadie.
Le ignoró. Pero nos miró a Rosa y a mí preguntándonos con la mirada: ¿Lo hacemos? Las dos nos echamos a reír y asentimos.
—Sí —contestamos las dos a la vez.