Capítulo 19
Quique
La vi acercarse. Y no solo la vi, la esperé.
Se paró solo a un paso, sin apartar su mirada de la mía. Ni yo tampoco aparté la mía de la suya.
El aire de la cocina había cambiado. Se había vuelto espeso. Único. Como si solo fuera nuestro. Como si la cocina fuera una burbuja en la que los dos nos hubiéramos metido dentro y todo, pero todo lo demás se hubiera quedado fuera.
Alargué la mano hasta su cintura y suavemente la agarré para pegarla más a mí.
Necesitaba que estuviera cerca. Necesitaba sentir su calor, aspirar su olor, sentir su piel.
Apoyó su mano en mi pecho. El calor cálido que desprendía me traspasó haciendo que mi corazón empezara a bombear a una velocidad peligrosa.
—Quique…
—Lo sé, a mí me pasa igual.
—No entiendo qué pasa.
—No intentes entender lo que no tiene explicación. Solo siente.
Junté mi cara a la suya y apoyé mi frente contra la suya. Nuestras respiraciones cada vez más alteradas se mezclaron.
—Esto… no está bien —susurró.
—Algo que nos hace sentir bien es imposible que no esté bien.
—Nunca me había sentido así.
Su voz salió baja, tomada y miedosa.
—Pues entonces ya somos dos.
Los segundos pasaron. No sabría decir cuántos fueron, no estaba seguro. De lo único que estaba completamente seguro era de que no quería que ese momento terminara.
No quería soltarla, no quería que se separara de mí. No quería perder esa conexión. Solo quería tenerla ahí entre mis brazos para siempre.
Nada más importaba en ese momento. Ni la no boda, ni Patricia, ni lo que nadie pudiera pensar. Solo nosotros importábamos. O así lo sentí yo.
Separó su cabeza un poco hacia atrás, lo justo para que nuestras miradas volvieran a coincidir.
Bajó la mirada a mis labios y suspiro. La mía hizo lo mismo y cuando vi sus labios, esos labios que me llamaban a gritos desde el primer momento que los había visto, que me chillaban para que los saboreara, ahí supe que no podría resistirme más.
Ahí supe que eso era el final o el principio de todo.
—Tengo que hacerlo, necesito hacerlo —susurré contra su boca.
No habló, solo asintió y a mí con eso me valió. Acerqué mi boca a la suya y la besé.
No fue un beso desesperado, no fue salvaje ni lleno de pasión. Fue un beso lento, uno de esos en los que da igual el tiempo, uno de esos en los que exploras, saboreas, conoces.
Cuando nuestras lenguas entraron en contacto, fue una sensación de lo más extraña, una sensación rara y desconocida para mí. Había dado muchos besos, pero ninguno como ese. Ninguno que me hiciera sentir en casa, como si fuera hogar.
Mis manos rodearon completamente su cintura para pegarla más a mí, necesitaba sentirla cerca, más cerca, pecho contra pecho, corazón contra corazón.
Sus manos subieron hasta mi nuca y empezó a acariciarme el pelo, con delicadeza, con mimo, disfrutando del momento.
Nos separamos un segundo, solo uno para coger aire y volvimos a juntar nuestros labios, no era hambre, era necesidad de no separarnos.
Ese segundo beso o la continuación del primero cambió, no para mal ni para bien, simplemente cambió. Se volvió más profundo, más íntimo, más intenso.
Nuestros labios se buscaban con necesidad, como si quisieran memorizarse, como si necesitaran fundirse.
Estábamos tan perdidos el uno en el otro que la primera vez que llamaron al timbre ni siquiera lo oímos, tuvieron que llamar una segunda vez con más insistencia para que nuestra burbuja se rompiera.
Nos sobresaltamos a la vez y nos retiramos el uno al otro a la vez también. Nos miramos aún con las respiraciones agitadas, pero esa mirada fue distinta, la magia se había roto, la conexión ya no estaba. En nuestros ojos solo había confusión.
Al salir del trance en el que me había metido, sin buscarlo, sin quererlo y sin poderlo evitar. Llegó la culpa, la confusión, el arrepentimiento, el malestar, el pensar que lo que acaba de hacer no estaba bien.
Porque sí, Patricia me había engañado, pero yo no lo había hecho mucho mejor. No había besado a Alicia antes de que todo se fuera al garete, pero había deseado hacerlo y eso me convertía en igual de culpable.
Volví a mirarla a los ojos y en ellos vi muchas cosas. Confusión como la mía o parecida, deseo, ese seguía presente, pero se estaba desvaneciendo rápido, otras cosas que no supe distinguir ni entender qué eran.
Pero la última que vi sí la conocía. Dolor. Ese intentó que no le viera retirándome la mirada rápidamente. Tarde. Ya lo había visto.
Estaba seguro de que ese dolor que se impuso en su mirada fue al ver todo lo que decía la mía. Mis emociones le hicieron daño. Al igual que a mí me lo hizo saber el dolor que le había provocado con ella.
Dio dos pasos atrás, otros dos más. A cada paso que daba alejándose de mí, lo sentí como un golpe, como una pérdida, como si se me fuera algo importante de entre las manos.
Y aun sintiéndome así, no me moví.
Abrí la boca para decir algo, creí que los dos necesitábamos que lo hiciera, pero estaba tan impactado por lo que acababa de pasar, por todo lo que había sentido por un simple beso que de mi boca solo salió un suspiro.
—No hace falta que digas nada. Está todo dicho.
—No.
—Sí.
—Alicia, yo…
—Lo sé. Esto no puede ser. Por eso no volverá a pasar.
Pero joder es que eso no lo tenía yo muy claro. No estaba seguro de que no quisiera que volviera a pasar. No estaba seguro de nada en realidad.
Estaba más confuso y más perdido de lo que había estado en toda mi vida.
—Voy a abrir.
Suspiró y me miró sonriendo, una sonrisa impostada antes de decir algo que no me gustó.
—Espero que todo te vaya bien. Te costará, pero como te he dicho antes, el dolor pasará pronto. Encontrarás a tu persona y serás muy feliz, estoy segura.
—¿Por qué parece que te estás despidiendo?
—Porque lo estoy haciendo.
Fruncí el ceño. Estaba confuso, sí, estaba perdido, sí. Y no sabía ni lo que pasaría ni lo que quería hacer.
Pero había algo de lo que estaba completamente seguro, no quería que se fuera, no quería tenerla lejos, no quería dejar de verla. Quería que se quedara, necesitaba que se quedara.
—No te vayas, por favor.
—Es lo mejor.
—No lo es. Sé que puede sonar egoísta y créeme que no es así para nada. Pero quiero que te quedes, necesito que te quedes. Te necesito cerca para saber, para entender qué me pasa, qué nos pasa juntos.
Cerró los ojos un par de segundos y negó.
—Es una idea malísima.
—Yo creo que no. ¿Tú no tienes esa necesidad de saber qué pasa, de querer saber qué es esto que hemos sentido?
—No…
No la dejé terminar la frase.
—No digas que no hemos sentido nada, no digas que no ha pasado nada. Ha pasado Alicia, los dos sabemos que ha pasado algo.
—Sí, algo ha pasado. Eso no lo puedo negar. Pero creo que ha sido un momento pasajero y ya está. Nos atraemos, eso no lo niego. Nos deseamos, también lo sé.
Cogió aire antes de seguir.
—Pero mira dónde estamos, mira lo que ha pasado hoy. Tú no estás bien, quieres a otra mujer. Estas confuso. No sabes qué quieres o sientes y sinceramente yo tampoco.
—Pues solo hay una manera de descubrirlo.
—¿Cuál?
—Seamos amigos, conozcámonos y dejemos las cosas en manos del destino. Si algo está de pasar, pasará y si no lo está, pues lo veremos también.
—¿Solo amigos?
—Solo amigos, iremos despacio.
Se lo pensó, dudó. Pero finalmente sonreí internamente cuando vi en sus ojos el momento exacto en el que se rindió.
—Está bien, seremos solo amigos.
Asentimos a la vez sonriendo para sellar el trato. Uno que estaba basado en una mentira. Porque los dos sabíamos que después del beso que nos acabábamos de dar no podríamos ser nunca solo amigos.
—Ve a la ducha. La necesitarás antes de enfrentarte a la conversación y el caos que se va a formar cuando estén todos.
Y tenía razón. Porque sabía que Loren no vendría solo. Mi familia y mis amigas vendrían con él.
Y necesitaba estar un poco relajado para enfrentarme a todo.
Alicia se fue a abrir la puerta y yo me marché al baño de invitados.