Quiero seguir soñando contigo Capítulo 18
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Capítulo 18

Alicia

Iba conduciendo y pendiente de muchas cosas.

De los semáforos. Los pasos de cebra. Las calles, esas que no conocía. Del GPS mirándole de reojo para que me guiara a la casa de Loren.

Allí era donde me había pedido que llevara a Quique cuando me dio las llaves del coche y las de casa. En ese momento me dijo da en la pantalla donde pone casa y que le llevara hasta allí.

Y eso hice nada más que sentarme en el coche. Iba pendiente de todo. Pero de lo que más iba pendiente era de él. De Quique.

Iba recostado contra la ventanilla, pensando. Pensando… Me apostaría lo que fuera a que más que pensar lo que estaba haciendo era torturarse.

Y joder quien no lo haría. Yo desde luego no sé si me torturaría, pero estaría hundida y solo querría desaparecer de la faz de la tierra si me hubiera pasado lo mismo que a él, pues ya os digo que así sería.

No dije nada. Respeté el silencio que sabía que necesitaba en esos momentos.

No tuve ningún problema en llegar hasta la casa de Loren, el camino era fácil y el GPS me guio estupendamente. No tenía ni idea de si tendría garaje, tampoco estaban las cosas un rato antes como para preguntar, ni eso ni nada.

Aparqué en su calle en el primer hueco que había libre, cuando él llegara le diría dónde le había dejado y que hiciera lo que quisiera.

—¿Qué hacemos aquí?

Me preguntó extrañado al ver dónde le había llevado.

—Desaparecer. Respirar. Seguir.

Asintió conforme con mi respuesta y se bajó del coche a la vez que lo hice yo.

Caminamos en silencio hasta el portal. Abrí la puerta y le cedí el paso. Entró sin decir nada. Hacía las cosas por inercia.

Loren vivía en el tercer piso, me lo dijo deprisa cuando me dio las llaves. Subimos en el ascensor también en silencio. Entramos en casa de su amigo de la misma manera.

Quique fue directamente a la cocina y abrió el frigorífico.

—¿Quieres agua?

—Sí, por favor. Este calor es horroroso.

Sacó dos botellas y me dio una. Se sentó en la isla de la cocina y mirando al vacío se la fue bebiendo poco a poco. Yo hice lo mismo, pero de pie apoyada en el marco de la puerta.

—Deberías darte una ducha, te sentará bien.

—¿Huelo mal?

Le miré con las cejas alzadas.

—Yo no he dicho eso.

—Dices que me duche, pues será porque huelo mal, ¿no?

—Pues no, la gente se da duchas para lavarse sí, pero también para relajarse o despejarse.

Sonrió poco, pero lo hizo.

—Como si eso fuera a pasar. Estoy que hierbo de rabia ahora mismo. Me siento un gilipollas. Soy un gilipollas.

—No.

—¿No?

—No. La gilipollas es ella. Pero ya se dará cuenta de la cagada que ha hecho. Se va a arrepentir y mucho.

Se quedó pensativo. Le di otra vez ese espacio que necesitaba y guardé silencio.

Me agarré al marco de la puerta y alcé primero una pierna, me quité un zapato y después hice lo mismo con el otro. Gemí de gusto.

Mierda de zapatos que Rosa me convenció para comprar a juego con el vestido. Serían muy bonitos pero unos completos asesinos.

—¿Mejor?

—No lo sabes tú bien, son una tortura. Cuando pille a tu hermana, se los voy a poner de sombrero. Ella es la culpable de que no me riegue la sangre en mis pobres dedos.

—Pues espero que se quite antes el tocado que llevaba, porque si no la van a detener.

Nos quedamos mirándonos, yo imaginando a Rosa con su vestido butanero y su tocado esperpéntico y encima los zapatos. Quique se imaginó lo mismo, lo vi en su mirada.

Un segundo más mirándonos y nos echamos a reír a carcajadas.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por estar. Por sacarme de allí. Por hacerme reír. Por contármelo.

—No me tienes que agradecer nada.

—Sí, sí tengo, y mucho más después de cómo te traté ayer. Otra persona estaría enfadada y se lo hubiera callado.

—Imposible callarse una cosa así. Lo que no quieras que te hagan a ti, no lo hagas tú. Yo en tu situación por mucho que doliera también me gustaría saberlo, querría saberlo.

—Ha sido difícil, supongo.

Asentí.

—¿Por qué no me lo dijiste esta mañana? ¿Por qué esperar a que estuviera en el altar?

No me lo preguntó de manera acusatoria sino más bien intrigado.

—No sabía que era ella. No conocía a Patricia.

—¿No la habías visto ni en foto siquiera? —pregunto incrédulo.

Y sí que era raro. Mucho en realidad. Porque hacía años que conocía a su hermana y nunca había visto una foto ni de ella ni de él. Pero así era.

Pero para eso había una razón, su hermana odiaba las fotos y huía de ellas como de la peste. En su teléfono apenas tenía un par de docenas y todas de paisajes de Salamanca y cosas así.

Ninguna de la gente, y de ella mucho menos.

—Tu hermana no se hace ni tiene fotos de nadie. A ti tampoco te había visto hasta ayer, y estoy segura de que tú a mí tampoco.

—Tienes razón. Rosa es la anti fotos.

—Entonces pudiste verla bien, si la has reconocido en la iglesia y a él también.

No preguntó, fue una afirmación.

—Sí.

—¿Dónde…?

Ni de coña iba a contarle los detalles. Se moriría de un infarto antes de que le hubiera contado siquiera la mitad. Ni hablar del peluquín. De mi boca no saldría nada.

—No necesitas saberlo.

—Sí.

—Te aseguró que no.

—¿Tan malo es?

—Quique…

—Alicia…

—No voy a contártelo. Solo te diré que cuando se ha levantado el velo la he reconocido enseguida. La tuve a unos dos metros de distancia igual que a él. Los vi perfectamente.

—Cuéntamelo.

—He dicho que no, es mejor para ti no saber los detalles.

—¿Quién eres tú para decidir qué es lo mejor para mí?

—Como tú dejaste ayer bien claro, nadie. No soy nadie para ti. Pero, a un no siendo nadie, decido no contártelo. Por tu bien.

—Yo no dije que no fueras nadie —dijo arrugando el morro.

—No con esas palabras, pero sí lo dijiste. Pero como te he dicho, esta mañana estás en todo tu derecho de pensar así.

—Pues ni quise decir eso, ni lo pienso siquiera y ahora mucho menos. Sí eres alguien.

—Sí, la tarada que se ha cargado tu boda y se te ha llevado secuestrado.

—Hemos dado un buen espectáculo.

¿Un buen espectáculo? No, uno bueno no. Habíamos dado el mayor espectáculo en Salamanca de todos los tiempos.

—Tus invitados no se van a olvidar de esto en la vida y el pobre cura mucho menos. Tenía una cara de susto que daba pena.

—Al ochenta por ciento de la gente que estaba allí ni siquiera la conozco. Así que no son mis invitados, eran los suyos.

—¿Por qué?

—Por qué, ¿qué?

—¿Por qué has tragado con una boda que no te hacía feliz?

—Por no discutir, por hacerla feliz, porque la quiero, supongo.

Fruncí un poco el ceño. El silencio se impuso unos segundos.

—Dilo.

—¿El qué?

—Lo que estás pensando.

—No estoy pensando nada.

Soltó una risita baja.

—Alicia, eres como un libro abierto. Y he comprobado que no eres de las que se callan. Así que suéltalo.

Pues mira, sí, no era de las que me callaba. Era de las que siempre decía lo que pensaba, así le molestaba al que tenía delante. Era mejor su molestia que no se me enquistaran a mí dentro los pensamientos.

—En una pareja, unas veces cede uno y otras, el otro. Tiene que ser una toma y daca. No puede ser uno siempre el que cede y el otro el que se sale con la suya. Eso acaba pasando factura.

Mi miró frunciendo el ceño, pensó unos segundos.

—¿Hablas por experiencia?

Asentí.

—Pensé que no tenías pareja.

—Y no la tengo.

—¿Entonces?

Bueno pues mientras le contaba la mierda de mi vida, no pensaría en la suya, así que le hice un pequeño resumen de cómo me había ido con la única relación que había tenido.

Hacía ya un año que se había terminado, y ya no dolía. Pero sí dolió.

Estuve saliendo con Arturo, que era traumatólogo del hospital en el que trabajaba, durante dos años. Al principio todo muy bonito. Todo ideal. Parecíamos la pareja perfecta.

Yo me enamoré de él. Y pensaba que él también lo había hecho por mí. Me equivoqué.

La relación había sido como la boda de Quique. Él proponía, yo obedecía. Lo hacía yo y nunca le parecía bien, así que volvía a ceder yo y cambiábamos los planes.

La gente así, eso me di cuenta pasado el tiempo, son egoístas emocionales. Solo piensan en ellos. Solo miran por ellos. Y solo lo que ellos dicen, proponen o quieren hacer es lo correcto.

La relación terminó, porque Arturo me dejó, aunque yo ya llevaba un tiempo cansada de ser la tonta, de ser su perrito faldero.

El motivo por el que todo explotó fue porque le ofrecieron un traslado.

Él me exigió, que no pidió, que dejara mi trabajo y me trasladara a la ciudad a la que él se iba. Él podría quedarse y seguir teniendo trabajo, mientras que, si yo me iba con él, lo haría sin trabajo y sin nada.

Lo pensé mucho. Y dije por primera vez, no. Y eso fue el final.

—Eligió el trabajo.

—No. Eligió salirse con la suya como siempre.

—Él perdió.

—Patricia también ha perdido.

—Vaya dos tontos que somos.

—Sí, lo hemos sido. Pero, como dicen, a hostias se aprende. A mí te aseguro que no volverá a pasarme una cosa así y aunque no te lo creas ahora, a ti tampoco.

—Gracias por contármelo.

—Lo he hecho para que veas que lo que te ha pasado no es raro. Es más común de lo que nos pensamos.

—No me consuela, pero sí que me hace verlo de otra manera.

—Lo verás cada día un poco más claro. Dolerá un tiempo en eso, no te voy a engañar. Pero pasará.

—¿Tú ya lo tienes superado?

—Así es. Lo pasé mal porque lo quería. Pero me di cuenta de que él no era mi persona. No era el hombre de mi vida. A ese lo sigo esperando.

—Mi madre dice que cada persona tiene a otra destinada.

—La mía dice lo mismo.

Nos quedamos mirándonos. Y algo raro pasó. Otra vez. Ese imán que tenía dentro de él, ese que me atraía sin remedio, se activó y tiró de mí. Enganchada a su mirada, caminé un paso, dos… los cinco que nos separaban hasta que me puse justo delante.