Capítulo 17
Quique
Parpadeé. Me pasé la mano por la cara. El sudor me escurría por la espalda que parecía que estaba corriendo una maratón y no allí plantado en el altar totalmente estático.
Me llevé la mano otra vez al cuello y tiré todo lo que pude de la corbata, pues ni con esas me llegaba el aire.
—Quique, hijo, ¿qué pasa?
La voz de mi madre me llegó distorsionada, era como si estuviera allí a mi lado agarrándome el brazo, eso sí, noté que lo hacía, pero a la vez como si estuviera a kilómetros de distancia.
—Yo… yo…
No me salían ni las palabras.
—Candela, Quique no se va a casar.
Esas palabras de Loren sí que me llegaron claras, directas y como un mazazo en el corazón.
—¿Qué? ¿Por qué?
—No les hagas caso, Candela, o están borrachos o locos —dijo Patricia muy enfadada.
—Alicia…
Su nombre me salió un susurro, como un ruego. Necesitaba que me dijera que no, que no era verdad lo que me acababa de decir, aunque había visto en sus ojos la sinceridad, necesitaba que me dijera que era una broma de mal gusto.
Me miró a los ojos, o me clavó la mirada más bien y negó con la cabeza.
—Lo siento…
Ese lo siento me cayó como una losa y me dijo todo lo que necesitaba saber, pero aun así quise saberlo de la boca de la culpable de que en esos momentos quisiera morirme, que se me tragara la tierra o desaparecer donde fuera eso me daba igual.
—¿Te tiraste ayer a tu jefe?
Mi madre, al oírme preguntarle eso a Patricia, soltó un jadeo que intentó tapar llevándose la mano a la boca. No lo consiguió. Iba a negarlo, lo vi en sus ojos.
Pero cometió un error, el peor que podía haber cometido.
No me miró a mí primero sino a Alicia, a la que acuchilló con la mirada. La miró con odio, con el más puro y claro odio con el que se podía mirar a una persona.
—¡Contesta! —Le exigí.
Giró la cabeza. Segundo error. No me miró. Miró hacia los bancos a nuestra espalda, solo un segundo, pero lo hizo.
No me hacía falta ver a quién había mirado porque sabía dónde estaba su jefe sentado ya que lo había visto cuando caminaba con mi madre por el pasillo al entrar.
—No, eso es mentira.
Tarde, lo dijo tarde. Eso era lo primero que tenía que haber salido de sus labios, antes, mucho antes de mirar a nadie más que a mí.
—No me moví de mi habitación en toda la noche.
Tercer error y el definitivo.
—Yo no he dicho que fuera por la noche.
Vi cómo se le iba todo el color de la cara y esa fue su sentencia. Con eso se condenó sola al darse cuenta de que había metido la pata.
Los murmullos de los invitados empezaron a subir de nivel. Los padres de Patricia se acercaron hasta nosotros, también mi hermana.
—¿Qué pasa, tato? La gente se está haciendo mil preguntas.
—Me importa una mierda la gente.
—Patricia, hija. ¿Estás bien? ¿Qué quieren estos? ¿Cómo se atreven a interrumpir la boda? —dijo su madre mirando sobre todo a Alicia de muy mala manera.
La gente empezó a hacer las preguntas en un tono más alto, cada vez más, y yo cada vez sudaba más, cada vez me encontraba peor.
Mi hermana se acercó a Alicia la interrogó con la mirada y ella junto su cabeza a la de ella y debió de decirle lo mismo que a mí porque la cara de mi tata mudo de tal manera que era casi increíble.
Nunca, pero nunca en nuestros treinta y dos años la había visto tal cara de cabreo, daba hasta miedo.
—¡¿Cómo has podido?!
—A mi hija no la chilles.
—¿Que no la chille? Debería arrastrarla por los pelos por toda la catedral por zorra, hasta que se quedara calva.
—¿Hijo? —Mi madre me rogó por una explicación, pero no podía hablar en ese momento.
Solo negué con la cabeza.
—Iros todos de aquí y dejar de montar el espectáculo, os debería dar vergüenza arruinar de esta manera el día de mi hija.
Solté una risa amarga. El día de su hija, claro, solo de su hija, porque yo allí era un pelele que no pintaba nada, como no lo había pintado nunca.
—Vergüenza es lo que no tiene tu hija —le dijo Loren a su padre.
Resoplé. Una vez, dos, tres… Los murmullos subían, mis latidos también, y las ganas de vomitar, y el mareo que sentía también.
Me faltaba el aire. Alicia fue la única que se dio cuenta de que estaba a punto de desplomarme, se acercó los dos pasos que nos separaban y me agarró por la cintura.
—Quique… mírame.
Subí la mirada.
—Respira, respira profundo, cuenta hasta tres y repite. Te está dando un ataque de ansiedad. Venga, mírame y respira.
—Alicia toma, llévatelo.
Vi cómo Loren le daba unas llaves. Ella dudó, miró a mi madre, a mi hermana, como si les pidiera permiso con la mirada.
—Sácalo de aquí, Alicia —la rogó mi madre.
—No te atrevas, Quique, no puedes irte, vamos a casarnos.
Solté una carcajada que pareció darme el aire que me faltaba. ¿Cómo podía decirme que íbamos a casarnos después de que me acabara de enterar de que el día antes de nuestra boda se había tirado a su jefe?
Es que había que tener poca vergüenza.
—¿En serio crees que voy a casarme contigo?
—¿Cómo que no te vas a casar? —Me dijo su padre furioso.
—Pues no casándose —le contestó mi hermana.
—Está todo el mundo esperando, está la comida preparada, todo pagado…
—Todo eso tu hija ya lo sabía ayer cuando se tiró a su jefe y le importó un mierda.
Mi contestación fue de reproche total y de asco, mucho asco, al pensar en Patricia con su jefe.
—Eso es una falacia —rugió.
—No lo es.
—¿Patricia, qué cojones está diciendo? Di algo, ¿cómo puedes dejar que te acusen de algo así y no defenderte?
—Porque no tiene defensa posible —contesto Loren.
El ambiente empezó a calentarse, todos empezaron a hablar a la vez. Mi respiración, la que parecía que se había normalizado un poco, volvió a acelerarse.
—Alicia, por favor, hazlo ya. De esto nos encargamos nosotros —le pidió mi padre.
Loren se acercó a ella y le susurró algo que nadie oyó. Alicia asintió. Lo siguiente no lo vi venir.
Me agarró la mano y tiró de mí para que andara a su lado. Con fuerza. Con decisión. Como si fuera la misión más importante de su vida.
—No te pares. No hables con nadie. No me sueltes. Solo sigue.
Fue una orden clara. Y yo qué iba a hacer, pues me dejé llevar. Agaché la cabeza, no quería ver a nadie, no quería hablar con nadie, solo quería salir de allí de una puñetera vez.
Atravesamos el pasillo juntos, de la mano. Seguramente la gente estaba pensando que huía de mi propia boda con otra mujer.
Y es que era para pensarlo, ya que no fue muy normal que saliera con Alicia de allí agarrados de la mano. Si hubiera sido mi madre o mi hermana o incluso mis amigas, todo hubiera sido distinto. Pero no lo fue.
Oí comentarios al pasar, comentarios que me dieron igual, bueno igual no, porque sí que me jodieron un poco que pensaran que yo era el culpable, el malo de la película, cuando la realidad era muy distinta.
Yo no era el malo, era el tonto. No era el infiel, era el cornudo. No era el que había mentido, había sido el engañado.
Pero la gente eso no lo sabía al menos de momento, ellos solo veían a un hombre que cinco minutos antes estaba en un altar para casarse con una mujer. Y que otra distinta se había acercado a mí y me estaba sacando de allí de la mano.
—Qué cabrón…
—Qué zorra, pobre Patricia…
—Hay que ser sinvergüenzas.
Quise pararme, quise gritarles, quise decir la verdad, para que dejaran de hablar de lo que no sabían, para que no insultaran, ni a mí ni mucho menos a Alicia.
Al notar que quise pararme, Alicia agarró mi mano con más fuerza y tiró de mí haciendo un gran esfuerzo para que no me parara.
—No los escuches, el tiempo pondrá todo en su sitio. Sigue.
Seguí. Alicia abrió las puertas de la catedral de un empujón y cuando salimos al exterior, la luz me cegó y el contraste de temperatura que había fuera fue demoledor. El calor me dio tal bofetada que casi me dolió más que lo que había pasado dentro.
Ella se dio cuenta de mis resoplidos por el calor. Paró sin dejarme hacer a mí nada. Se deshizo de mi corbata aflojando el nudo con rapidez.
—Ayúdame un poco, no puedo sola. Te tienes que quitar la chaqueta y el chaleco o te dará una lipotimia.
Mientras ella me desabotonaba el chaleco, yo como pude me quité la chaqueta. Me ayudó a quitarme el chaleco. Subió las manos y me quitó también tres botones de la camisa, dejándome parte del pecho al descubierto.
—¿Mejor?
—Sí, gracias.
—Pues vamos —dijo agarrándome la mano otra vez.
Su tacto era suave, firme, protector. En pocos minutos llegamos hasta el coche de Loren. Ella misma me abrió la puerta.
—Sube.
Lo hice. Hacía todo por inercia. Estaba tan bloqueado que solo me dejaba llevar.
En el coche ninguno de los dos dijo nada. El silencio fue nuestro compañero. Fue el que nos envolvió y nos aisló de todo lo demás. El que nos permitió perdernos en nuestros pensamientos.
Los suyos ni idea de lo que serían. Pero seguro que estaban relacionados conmigo, y no es que lo pensara porque fuera un egocéntrico sino porque mientras conducía no dejó de observarme, o vigilarme más bien de reojo, una y otra vez, cada pocos segundos.
Y mis pensamientos pues… os los podéis imaginar. Eran como un volcán en erupción que no deja de salir lava, pues así estaba mi cerebro dejando salir pensamientos uno detrás de otro.
Todos juntos, todos revoloteando como un gran batiburrillo que me volví loco.
Patricia. La boda. Su jefe. Mi madre disgustada. Mi tata furiosa. Loren muy cabreado. Mi padre igual de enfadado. Mis suegros exigiendo. Y Alicia.
Ella fue la que más ocupó mi mente. La mujer que había deseado. La mujer a la que no debería ni haber mirado. La mujer a la que me prometí sacar de mi vida para no tener problemas.
Ella era la que me había salvado de cometer el mayor error de mi vida.