Capítulo 16
Quique
El camino en el coche hasta la catedral fue poco más que una auténtica tortura. No porque fuera largo. Porque no lo era. Desde el hotel hasta allí había unos veinte minutos.
La tortura fue por el calor que hacía. Ni el aire acondicionado del coche se notaba, o era yo el que no lo notaba porque mi madre que iba sentada a mi lado no parecía estar sufriendo como lo hacía yo.
Ni mi padre, que iba en el asiento del copiloto, tampoco. Los dos iban tan chulos y sonrientes.
Aunque, claro, ellos no llevaban la cantidad de ropa que yo llevaba. Mi madre llevaba un vestido de gasa en color azul cielo, que era precioso por cierto y que le quedaba como un guante, y un chal sobre los hombros que era más un adorno que otra cosa.
Y mi padre llevaba un traje de chaquete en gris marengo muy elegante, pero de lino, una tela muy fresquita para el día infernal que hacía. En cambio, yo llevaba el traje de pingüino de los cojones.
Con camisa de manga larga, chaleco, la chaqueta larga que menos mal que tenía la apertura en la parte trasera y en ese momento lo tenía separado a ambos lados sino llevaría el culo derretido.
Y para completar el look la puñetera corbata que parecía la soga de un ahorcado, ya que me iba ahogando como si fuera una.
Quinta vez que me metía los dedos entre la corbata y la camisa y tiraba de ella para afuera intentando respirar bien.
Nada, que no, que el aire no me llegaba bien. Dios, qué agobio me estaba entrando. Al final me caería redondo antes de llegar o nada más bajar porque me daba una jodida lipotimia.
—¿Quique, hijo, estás bien? Parece que te va a dar algo.
—Pues mira, no lo descarto.
Mi padre giró la cabeza y me miró entre los asientos.
—Sí que estás un poco pálido.
—Es por los nervios —dijo mi madre.
¿Los nervios? Y una mierda los nervios. Era porque parecía una gamba dentro de una cazuela con el fuego a máxima potencia.
—No son los nervios. Es el calor, ¿no es así?
Asentí resoplando.
—¿Tienes calor?
—Tú qué crees, mamá, si parezco una momia embalsamada —contesté con ironía.
—Si es que ese traje no es adecuado para casarse en verano, tenías que haber cogido otra cosa —protestó mi padre.
Pues eso mismo pensé yo el día que fuimos a la tienda. Y lo dije. ¿Alguien me escuchó? Evidentemente no.
Así que ahora por no haberme impuesto y haberme dejado manejar como un pelele, no me quedaba más remedio que joderme y aguantarme.
Ahora que en cuanto llegáramos al hotel para la comida, la chaqueta y el chalequito de las narices se iban a quedar colgados de la silla como que me llamaba Enrique Vega.
—Toma un poco de agua, hijo.
Cogí la botella que me dio mi padre y la abrí con rapidez. Me la bebí casi entera, y no solo por el calor sino porque tenía una sed horrorosa.
Eso es la resaca majete, me dijo una vocecita en mi cabeza. Como si no lo supiera, vamos.
—Señores, hemos llegado.
¡Aleluya! Grité en mi cabeza al oír al chofer.
Sí, al chofer. Porque íbamos con chofer y todo. En la boda del año no podía faltar ningún exceso claro. Ni me esperé a que me abriera la puerta, porque eso formaba parte de su trabajo, la abrí yo mismo de un tirón y me bajé a toda prisa.
Y fue peor el remedio que la enfermedad porque la hostia que me dio la bocanada de calor en cuanto estuve en la calle poco más y me tiró de espaldas.
—Dios mío, pues no parece que estemos en Sevilla en pleno verano a las cuatro de la tarde —dije quejándome.
—Estamos en ola de calor. ¿Qué esperabas?
—Casarme en otra época del año, como me hubiera gustado y sin todo el circo que se ha montado alrededor —le contesté a mi madre murmurando.
—Tenías que haberte impuesto —me susurró mi padre cuando se puso a mi lado.
—Consejo que llega tarde.
—Pues recuérdalo para futuras ocasiones.
—Solo me voy a casar una vez, ya no me sirve.
—Pero llegarán otras cosas y o te impones o harás lo que quieran tu mujer y tu suegra toda la vida.
—Y mamá que también se ha unido a ellas.
—No.
Le miré confundido.
—¿Cómo qué no?
—Tu madre no se ha metido en nada, ni ha decidido en nada, solo ha estado donde tenía que estar y cuando todo esto pase, deberías darle las gracias porque si no hubiera sido por ella esto se habría salido de madre mucho más de lo que se ha salido.
Le miré alucinado porque esa confesión sí que no me la hubiera esperado por nada del mundo.
Giré la cabeza y miré a mi madre que me miraba a su vez sonriendo. Y no solo sonriendo, sino que me miraba con ese cariño y ese amor que lo hacía siempre desde que yo tenía recuerdos.
—Mamá… —dije con un nudo en la garganta.
—No tienes que decirme nada, he hecho lo que tenía que hacer. Aunque sinceramente me hubiera gustado poder pararlas más, pero al ver mi oposición hicieron muchas cosas a mis espaldas.
Hizo una pausa y cogió aire. Cuando mi madre hacía eso era para no soltar lo más grande por la boca.
—Sé que no estás contento con nada de esto y no sabes cuánto lo siento. Hoy debería ser el día más feliz de tu vida y no un calvario.
—Papá tiene razón. Callé y me he dejado manejar como un pelele, pero ya no más.
Los dos sonrieron.
—Eso es lo que tienes que hacer. Un matrimonio es cosa de dos. Los dos remandó a una. Si uno lo hace más que el otro, el rumbo se tuerce.
—Lo haré —dije convencido.
—Bien.
—Pues aclarado todo, es hora de entrar, seguro que dentro hace más fresco.
Las palabras de mi padre me animaron un poco. Sí que era verdad que dentro de las iglesias solía hacer fresquito por el material de su estructura y al ser la catedral esperaba que al ser más grande lo hiciera más y pudiera estar a gusto.
Me equivoqué por completo. Y no tardé nada en comprobarlo, me di cuenta nada más que di los tres primeros pasos por el pasillo central con mi madre agarrada a mi brazo.
Que sí que tendría que haber hecho fresco allí dentro, pero la cantidad de gente que había dentro se lo estaban quedando todo. Miré de reojo a todos lados.
Dios mío, la cantidad de gente que había. Era un despropósito. No conocía ni a la mitad.
Compromisos de mi suegro me dijeron que eran muchos. Pues debía de tener compromisos con medio país y parte del extranjero porque si no, no me lo explicaba.
Por mi parte, poca gente había venido. Mi familia, contando tíos y primos, mis amigos que eran Lore, Clau y Bea y a mayores Alicia que venía con mi hermana. Esos eran todos, ni más ni menos.
Busqué entre toda la gente a los míos y fue a los únicos a los que sonreí de verdad, no una sonrisa de Joker, pero al menos sí una sincera.
Mis amigos me la devolvieron y Alicia también. Pero cuando mi mirada se cruzó con la suya, algo dentro de mí se me removió con intensidad. Eso me hizo sentir confusión y culpa.
Una culpa dentro por desearla, porque si no podía negarlo, la deseaba. Había deseado besarla en la habitación y si no me hubiera detenido a tiempo, hubiera deseado hacerle muchas más cosas.
Quique, por favor, ¡ya basta! Me chillé a mí mismo enfadado.
Le retiré la mirada y seguí por el pasillo con mi madre hasta llegar al altar. Antes de llegar a la última, la que miré fue a mi hermana. No quería ser malo, así que me aguanté la risa como pude cuando la vi vestida de ese naranja que hacía daño a la vista.
Ella me conocía mejor que nadie y cuando me vio la cara me fulminó con la mirada y moviendo los labios me dijo: «Ni se te ocurra decir nada que te machaco».
Me llevé la mano a la boca e hice el gesto de cerrarme la boca como si tuviera una cremallera. Ella asintió y yo le guiñé un ojo.
Los minutos pasaron. Lentos. Agónicos. Desesperantes. La música por fin empezó a sonar y dos de los primos pequeños de Patricia aparecieron encabezando la marcha tirando pétalos de rosas.
Detrás venía mi suegro muy tieso y orgulloso de llevar a su hija a su lado colgada de su brazo. Hija a la que no veía. Y no porque estuviera lejos, no. Si no, porque la cantidad de tela que tenía el vestido que había elegido me lo impedía.
No me esperaba una cosa así, la verdad. Había pensado varias veces en cómo sería el vestido que había elegido, pero eso no se acercaba a mis pensamientos ni por asomo.
Solo se veían capas y capas de tela blanca. Ni la cara se le veía. Porque llevaba un velo muy grande y tupido.
Cuando llegó a mi altura, no supe qué hacer y pedí ayuda a mi madre. Ella con mucho disimulo me hizo un gesto para que levantara el velo que llevaba Patricia yo mismo. Lo hice y por fin le vi la cara.
Estaba seria. Quizá demasiado. O nerviosa que también podía ser.
—Estás muy guapa —murmuré antes de darle un beso corto en los labios, fue apenas un roce.
—Lo sé —me contestó complacida por mi cumplido.
El cura que nos iba a casar carraspeó y los dos nos giramos para mirarle. Empezó a hablar, pero no era el único.
De fondo y no muy lejos de nosotros se oían los murmullos de al menos dos personas. Lo que nos faltaba, cotorras mientras el cura hablaba. Desde luego, es que había gente que no tenía ni educación ni consideración.
—Queridos hermanos, estamos hoy aquí reunidos, en la casa de Dios Nuestro Señor para acompañar a Enrique y Patricia en uno de los días más importantes de su vida…
Los murmullos subieron de tono y mi cabreó también lo hizo. Joder es que no se iban a callar. Es que iban a estar así toda la ceremonia, me pregunté.
—Hoy han querido dar un paso más en su vida en común y consagrar su amor mediante el sacramento del matri…
El cura no llegó a terminar la frase. Le miré confundido por su parón, pero más confuso estaba él mirando algo detrás de nosotros.
Giré la cabeza y me llevé la sorpresa de mi vida. Justo detrás estaban Loren con una cara de querer pegar cuatro fritos o descuartizar a alguien que daba miedo y Alicia retorciéndose las manos a la vez que se mordía el lado, claramente gestos de que estaba atacada de los nervios.
—¿Qué coño hacéis? Nos estamos casando —susurré enfadado.
—No vas a casarte.
Abrí los ojos como platos cuando Loren me dijo eso.
—¿Estás loco? ¿A qué viene esto?
—Loco estaría si dejara que la cagaras de esta manera.
El gruñido de Patricia se tuvo que oír en toda la catedral porque discreto no fue.
—Largaros fuera de la catedral. No voy a dejar que nos jodáis la boda.
—No si nosotros no jodemos nada ni a nadie, eso ya lo haces tú.
—¿De qué coño hablas? Loren, vete por favor.
—No me voy a ir, lo siento. Alicia, por favor, hazlo —la pidió.
La miré. Vi cómo cerraba un segundo los ojos, pero cuando los volvió a abrir en ellos solo había valentía y determinación.
Se acercó a mí y pegó su cara a la mía. Para hablarme al oído y que solo yo la oyera.
—Anoche vi cómo Patricia se acostaba con su jefe.
Se me heló la sangre en las venas. El color no solo de la cara sino de todo el cuerpo se me fue y el corazón pareció que se saltaba varios latidos.
—No es posible… —susurré.
Se retiró hacia atrás y me miró directamente a los ojos; vi completa sinceridad.