Quiero seguir soñando contigo Capítulo 15
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Capítulo 15

Alicia

Tragué saliva al verlo caminar por el pasillo central agarrado del brazo de Candela.

Qué guapo era el jodío. Y que planta tenía.

La novia estaría guapísima, de eso no tenía duda. Siempre se dice que no hay novia fea. Pero ya podría haberse esmerado porque, si no, el novio en esta ocasión le iba a hacer sombra.

Estaba nervioso, se le notaba a leguas y si yo me di cuenta de ello, que apenas le conocía, el resto de los invitados seguro que lo vieron también.

Y también se le notaba que preferiría estar en cualquier sitio menos allí. No porque no quisiera casarse de eso estaba segura, sino al ver el despliegue de gente que allí había.

No cabía un alfiler en la catedral y pequeña no era precisamente así que no me extrañaba lo más mínimo que estuviera agobiado. Lo estaba yo y a mí ni me iba ni me venía.

Candela sonreía y asentía con la cabeza saludando a la gente al pasar. Y Quique intentaba hacer lo mismo, pero sin conseguirlo, porque su sonrisa le salía de lo más forzada.

Cuando llegó a nuestra altura nos miró y su sonrisa fue algo más real, no la misma por ejemplo que vi en su cara cuando abrazó a Rosa la noche anterior, pero sí algo mejor que la que le había dedicado al resto de los invitados.

Pasó su mirada por todos, pero cuando llegó a mí, en sus ojos vi que algo cambiaba.

Algo que no sabría definir era una mezcla entre confusión, culpa y resignación. Aparté la mirada a toda prisa.

—¿Qué cojones ha sido eso? —Me susurró Quique.

—¿De qué hablas?

—No te hagas la tonta, sabes de sobra de qué te hablo.

—No me hago nada, no sé a qué te refieres.

—Sí lo sabes.

—Te digo que no.

—De la miradita.

—¿Qué miradita?

—La que os habéis echado.

—No nos hemos echado nada, no digas bobadas.

—Sí, claro, y yo soy más casto que el cura que los va a casar.

—Deja ya el temita, ¿quieres?

—Ojalá te hubiera conocido antes.

—¿Quién?

—Pues quién va a ser, Quique.

—¿Por qué?

—Porque si te hubieras cruzado antes en su camino, hoy no estaríamos aquí sentados.

Le miré negando con la cabeza, pero no dije nada más.

No era ni lugar ni momento para tener esa conversación. Bueno, en realidad el momento no lo sería nunca. Era lo mejor para todos.

Giré la cabeza y para distraerme me puse a mirar a los invitados. Madre del amor hermoso, era digno todo de hacer un álbum de fotos para el recuerdo.

Y no para disfrutar bien ese momento especial, sino para sacar el álbum y reírte a carcajadas en cualquier momento.

Había mucha gente que iba más o menos normal, pero había otros que eran para echarles de comer aparte.

Vestidos que tenían más capas que una cebolla. Pamelas que podrían dar sombra a tres personas a la vez. Tocados que deberían estar prohibidos por ley por considerarse armas peligrosas.

Y así podría seguir diciendo cosas hasta el final de la misa o hasta que me quedara dormida.

Seguí pasando la mirada por la gente y justo cuando llegué al quinto banco del otro lado del pasillo, se me cortó la respiración.

Allí estaba el calvo follador, tan sonriente con una mujer morena a su lado que parecía que la habían metido un palo por el culo. Y no solo por lo estirada que estaba sino porque tenía una cara de amargada que daba hasta asquito mirarla.

Vi cómo ella le susurraba algo al oído y cómo él ponía los ojos en blanco y luego resoplaba. Le agarró el brazo y se apoyó un poco contra él. Era su mujer, o eso pensé.

Y viéndola la cara ahora podía entender un poquito mejor al calvo. No me extrañó nada que se buscara una amante, que estaba mal, eso lo sé, pero joder, meterse con la señora cara de vinagre en la cama tenía que ser un castigo muy grande.

—Loren…

Se acercó más a mí al oírme llamarle entre susurros.

—Dime.

—El follador del jardín está aquí.

—No jodas ¿en serio?

—No, yo no jodo, eso ya lo hizo él ayer.

Nos miramos y nos aguantamos las ganas de reír como pudimos.

—Dime quién es, me muero de curiosidad.

—Cotilla…

—Culpable. Pero dime quién es.

—Al otro lado del pasillo. Quinto banco. El calvo.

Loren miró por encima de mi hombro y al ver quién era el hombre que le acababa de decir, se le abrieron los ojos como platos.

—Hostia puta…

—¿Qué pasa? ¿Lo conoces?

—Y tanto que sí. Es el jefe de Patricia.

Ahí fui yo la que abrí los ojos como platos. ¿El motivo? Pues porque en alguna ocasión Rosa me había dicho que Patricia se quejaba mucho de su jefe.

Siempre andaba diciendo que era más rancio y seco que el esparto. Y que era un hombre que había que sacarle las palabras con gancho.

Pues, al parecer, el calvo tenía doble personalidad, porque en el trabajo siendo el jefe, sería así. Pero con la tía que se estaba tirando, desde luego que era otra persona muy diferente.

—Ya verás cuando se lo contemos luego a Rosa, va a alucinar.

Fui a contestarle, pero me quedé con las palabras en la boca. La música de la marcha nupcial empezó a sonar anunciando que la novia iba a hacer su entrada triunfal.

El silencio en la catedral se impuso por completo mientras la novia camina del brazo de su padre por el pasillo central.

Iban precedidos por dos niños vestidos como repollos que tiraban pétalos de flores de todos los colores.

Patricia llevaba un vestido completamente blanco, con encaje, mucho encaje y más encaje todavía. La cola era más larga que la lista del paro y en la cabeza llevaba un velo que no dejaba ver su cara ni un centímetro y encima caía por detrás llegando tan lejos casi como la cola.

Era… Mejor callar.

—Parece una tarta de merengue —susurró Bea.

—Parece el muñeco de Michelin lleno de aire —añadió Claudia.

Nos aguantamos la risa. Más de cinco minutos tardó en llegar hasta donde la esperaba Quique a los pies del altar.

Y no me extrañó nada porque el vestido debía pesar al menos veinte kilos y andar con eso tenía que ser una auténtica tortura.

Por fin llegó hasta Quique y él mismo le levantó el velo. La miró. Sonrió. Y la dio un beso cortó en los labios. Hasta ahí bien. Todo normal. Todo como se suele hacer en las bodas.

Pero dejó de ser normal cuando Patricia giró la cabeza hacia los invitados y pude verla bien.

Se me cortó la respiración de golpe y os juro que porque estaba sentada si no me hubiera caído allí muerta. Me incliné un podo hacia delante para mirarla mejor.

Qué cojones iba a verla mejor, no hacía falta ver más. Si solo nos separaban apenas unos pocos metros, podía verla perfectamente.

Llevé mi mano sin mirar hacia Loren y palpé hasta que encontré su brazo. Le agarré o más bien se lo estrujé.

—Alicia. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —susurró

Pues no, no estaba bien. De hecho, estaba fatal. Estaba a punto de desmayarme.

—Loren…

—Joder, ¿qué te pasa? Estás blanca. ¿Te estás mareando del calor?

Sí, sí que me estaba mareando y no del calor.

—Es ella…

—¿Quién es ella?

—Pa…Patricia.

—Sí, es Patricia. ¿Quién esperabas que apareciera debajo del kilométrico velo? ¿La Virgen María?

—Es ella —repetí.

—Que sí, que es ella —dijo como si fuera una pesada.

—Que no es eso joder que ya sé que es Patricia —dije recuperando un poco la voz.

—¿Entonces qué pasa? Como no te expliques un poco mejor, no me entero, hija, que algunas veces, las menos, soy un poco lento.

Cogí aire. Lo retuve dentro mientras pensaba en si hablar o callar. Si hablaba, malo, y si me callaba, malo también, o peor.

Si me callaba, no podría vivir con lo que sabía dentro, los remordimientos me matarían. Y si hablaba, se iba a liar allí la más grande.

Centré la mirada al frente. La centré en él. En Quique. Y le pedí perdón mentalmente antes de volver a mirar a Loren, que me miraba preocupado al ver mi estado de alteración.

—Ella es la folladora del jardín…

Pues ya estaba dicho, ahora a esperar el desastre, porque eso llegaría en breve, de eso estaba segura, tan segura como de que todos los días amanecía.

—No.

—Sí.

—Que no.

—Que sí Loren joder que es ella. Patricia era la que estaba anoche en el jardín con el calvo.

Me miró horrorizado.

—¿Estás segura? Mira que esto es muy grave.

Le miré apretando los dientes. Ya sabía que era muy grave. Mira el otro, pues no parecía que hubiera descubierto la pólvora.

—Muy segura.

—Del uno al diez, ¿cómo de segura estás?

—Un doce.

—Su puta madre. Será zorra.

Nuestra conversación se había ido subiendo un poco de tono, no como para que la gente entendiera lo que estábamos hablando, pero sí como para molestar a la gente.

—¿Qué os pasa? —susurró Bea que era la que estaba al lado de Loren.

—Que no va a haber boda.

—¿Qué dices, tarado?

—Lo que oyes.

—¿Cómo es eso?

—Ahora no, luego os contamos todo.

Se giró hacia mí otra vez.

—¿Cómo te ves de valiente para parar la boda?

—¡¿Yo?!

—Los dos.

—Joder…

—No podemos dejar que se case con esa desgraciada infiel.

Eso lo sabía, claro que lo sabía. No porque fuera Quique, que también. Que, si hubiera sido otro, pues también hubiera estado dispuesta a ayudarle.

Nadie, y cuando digo nadie, es que era así, se merecía que le engañaran de esa manera, bueno, ni de ninguna, dicho sea de paso.

—Levanta —me pidió muy nervioso.

Dudé, pero esa duda desapareció al instante cuando mi mirada se fue hasta Quique, el que estaba allí delante de la desgraciada de Patricia, ajeno a todo.

Ajeno al engaño. Ajeno a saber cómo era su novia realmente. Y ajeno a la vida que le esperaba si se casaba con ella. Porque yo lo vi. Vi claramente lo que pasó en el jardín.

Vi que entre Patricia y su jefe eso que pasó no fue por un calentón, un desliz o un momento malo porque estuvieran cargados de alcohol, por ejemplo. No, yo vi muy bien y supe que eso no era la primera vez que pasaba entre ellos.

La pregunta era desde cuándo pasaba eso, o cuántas veces había pasado. Me importó una mierda saber esos datos. Solo me importó salvar a Quique de una situación que sería un bombazo, pero que pasado el tiempo sería lo mejor porque si se casaba con ella, arruinaría su vida.

Y eso sí que no estaba dispuesta a consentirlo. Así me odiara por joderle el día el resto de mi vida, lo haría.

—Vamos.

Yo estaba al filo del banco, así que me levanté la primera y Loren lo hizo detrás de mí.

La gente empezó a murmurar al vernos andar hacia el altar a pasos ligeros, pero eso era lo de menos. Lo peor fueron las miradas. De esas había de todo tipo.

De confusión. De recriminación. De reproche. Las de los padres de Quique eran de «¿Qué pasa?», preocupados.

La del propio Quique era para grabarla, totalmente llena de confusión y un poco de enfado también.

Pero la peor era la de Patricia. Ella nos miraba como si quisiera matarnos.

A ti sí que habría que matarte por guarra, guapa, pensé.