Capítulo 13
Quique
—Estás guapísimo, hijo.
—Gracias, mamá.
—Aunque tienes mala cara, ¿estás bien?
No, no lo estaba. Y no solo por el dolor de cabeza que tenía, que, aunque no era tan fuerte como cuando me había levantado gracias a las pastillas que me había dado mi hermana.
Que algo hicieron, poco, pero lo hicieron, era porque estaba hasta los mismísimos cojones de todo. No había parado ni un segundo desde que me había levantado hacía ya dos horas.
Nada más salir mi hermana por la puerta, me había metido en la ducha y ni dos minutos llevaba dentro cuando apareció Patricia.
Que como cualquier pareja enamorada y a solo dos horas de casarse con la ilusión que deberíamos de tener en el cuerpo lo normal es que, habiéndome encontrado en la ducha desnudo y empalmado, porque lo estaba, hubiera sido lo normal echar el último polvo de solteros, ¿no?
Pues no. Ella ni siquiera se inmutó por ello. Solo se quejó y me dijo muy enfadada que vaya horitas de levantarme, que debería haber estado ya listo.
Según ella tenía que haber estado el primero en el comedor para acompañar a los invitados a la hora del desayuno.
Para desayunos estaba yo. Tenía un mal cuerpo, que para qué. El estómago revuelto y la cabeza que me retumba con cada palabra que decía o más bien gritaba como una loca.
Al final se marchó enfadada diciéndome que era totalmente intolerable que no me estuviera implicando en nada de la boda.
Tenía cojones que me dijera una cosa así, cuando no me habían dejado ni meter baza ni ella, ni mi madre ni la suya en absolutamente en nada. Ni siquiera pude elegir el traje que a mí me gustaba.
El que por supuesto no pude ir a comprarme solo porque según ellas tenía el gusto en el culo y no querían que me comprara cualquier trapo que desentonara con el bonito vestido que Patricia había elegido.
Así que aquel día que me compré o me obligaron a comprarme el traje salí de la tienda más quemado que la moto de un hippie porque me tocó quedarme con un traje de esos de pingüino.
La hostia puta, con el calor que hacía.
Pues aquí estaba yo con el pingüino puesto en mi habitación mientras mi madre, que había venido a supervisar cómo me lo ponía, como si tuviera cinco años ahora y no supiera vestirme solo, ya me había estirado la chaqueta tres veces y agujado la corbata cinco.
Corbata que me estaba ahogando.
—¿Quique?
Parpadeé dos veces y giré la cabeza para mirar a mi madre.
—¿Qué?
—Te he preguntado si estás bien. Estas en babia hijo.
—Sí, estoy bien —mentí.
¿Qué le iba a decir, que no quería casarme? No que no quisiera casarme, porque eso era lo único que tenía claro, lo único era que no quería casarme así.
Mi madre me miró y asintió, no muy convencida, con la respuesta que le había dado.
Llamaron a la puerta de la habitación y mi madre fue la que abrió la puerta. Era mi padre. Se sonrieron en cuanto sus miradas se encontraron. Y yo lo hice a la vez al verlos.
Mi padre Enrique, por el que yo llevaba su nombre, y mi madre Candela, a sus cincuenta y dos años, llevaban treinta y cuatro juntos, desde que los dos eran apenas dos críos de dieciocho años.
Se conocieron a través de unos amigos comunes y según nos habían contado siempre, lo suyo fue un flechazo en toda regla.
Empezaron a salir juntos una semana después de conocerse, un año después se casaron y un año más tarde nacimos mi hermana y yo.
Como todas las parejas, o eso decían ellos, habían tenido sus más y sus menos, pero el amor que sentían el uno por el otro era tan grande que les ayudaba a pasar todos los baches.
Era impresionante verlos juntos. Daban envidia a cualquiera. Mi padre después de tanto tiempo seguía mirándola como si fuera su tesoro más preciado y mi madre en cuanto él entraba en su radio de visión lo demás que estuviera alrededor desaparecía.
Se amaban. Llevaba toda mi vida viéndolos y eso era lo que yo también había querido para mí. Una relación como la suya.
Desde que conocí a Patricia pensé que yo también había encontrado eso mismo que tenían. Que había encontrado a mi media naranja, a mi otra mitad, a mi persona, a mi todo.
Pero en los últimos días me habían surgido dudas, porque nos miraba a nosotros y no veía nada de lo que veía en mis padres ni siquiera parecido.
—Candela, estás preciosa.
Los ojos de mi padre brillaron como siempre lo hacían al verla. En lo que había dicho tenía toda la razón y no era ni amor de hijo ni amor de marido, era la pura verdad. Mi madre estaba guapísima además de serlo.
—Tú estás guapísimo y muy elegante.
Se sonrieron antes de darse un beso y tuve que apartar la mirada para no verlos. Esa complicidad, ese cariño y esa química que tenía era lo que yo quería y me dolía verlo en otros.
Llamaron la puerta. En esa ocasión fue mi padre el que abrió.
—Chicos, qué guapos estáis —dijo mi madre.
Me giré para ver quiénes eran. Allí estaban mis amigos y la mujer a la que le debía una disculpa. Estaba realmente arrebatadora. Llevaba un vestido impresionante o era ella la que lo era y por eso le quedaba así.
Loren saludo a mis padres con un beso a ella y una palmada en la espalda a él. Bea y Claudia fueron las siguientes en saludarlos. Alicia se quedó en un segundo plano sonriendo al ver tales muestras de cariño. Y es que mis padres y mis amigos se llevaban estupendamente.
—Candela, Enrique, ella es Alicia, la amiga de Rosa —le dijo Loren adelantándose a mi intención de presentarlos.
—Niña, qué ganas tenía de conocerte por fin, mi hija habla maravillas de ti.
—Lo mismo digo, estoy encantada de conocerlos.
Alicia se acercó a ellos y les dio dos besos y un abrazo que le devolvieron encantados.
—¿Ya os marcháis?
—Sí, nosotros ya sabes que vamos en coche. Así que preferimos salir con tiempo para buscar un buen aparcamiento.
Loren y mis amigas desde el principio me dijeron que ellos llevarían sus coches. No querían tener que estar pendientes del transporte y al parecer Alicia se había sumado a sus planes, por eso estaba con ellos.
—Pues entonces en la catedral nos vemos. Vamos a bajar para ver que todo vaya bien con los invitados.
Los cuatro asintieron a las palabras de mi madre.
—Quique, cuando todos se hayan ido, subiré a buscarte para irnos —me dijo mi madre antes de salir con mi padre agarrado a su mano.
—Estás muy guapo.
—Ya lo creo, si te vieran, tus alumnos fliparían.
—Bueno, tampoco se lo digáis tanto que al final se lo cree —contestó Loren a las palabras de Bea y Clau.
—¿Estás nervioso?
—Atacado, Bea, así estoy.
—¿Quieres una valeriana?
Claudia era muy amiga de las infusiones, siempre tenía una para cada cosa, la de la valeriana era la más socorrida sobre todo en época de exámenes y en el instituto nunca faltaba en la sala de profesores.
—Mejor una copa, lo mismo anoche no se tomó suficientes —dijo Loren con tonito de burla.
—Eres un cabrón —contesté apretando los dientes.
Los cuatro se echaron a reír.
—¿Qué tal la resaca?
Resoplé.
—Vale, con ese resoplido, ya me has contestado —dijo Loren sin dejar de reírse.
Alicia no intervenía en la conversación, solo reía y eso habiéndola visto tan a gusto charlando con todos, la noche anterior me dio una pista de que no lo hacía en mi presencia. O porque estaba enfadada por mis salidas de tono o porque no quería decir nada por si le contestaba con otra bordería.
—Tío, nos vamos ya.
—Gracias por pasaros, allí nos vemos.
Los cuatro se dieron la vuelta, pero cuando llegaron a la puerta me dije que no podía dejar para más tarde lo de hablar con Alicia ya que seguramente no podría ni acercarme a ella.
—Alicia, espera un momento, me gustaría hablar contigo.
Los cuatro giraron la cabeza. Loren, Bea y Claudia sonrieron, asintiendo, adivinando mis intenciones y ella solo me miró sorprendida y un poco reticente.
—Te esperamos abajo.
—No tardo.
La puerta se cerró y nos quedamos solos. Me miró. La miré. Y pasó algo rarísimo, porque fue como si nos quedáramos enganchados en esa mirada mientras todo lo de alrededor desapareciera.
Ella fue la que retiró la mirada, cortando esa conexión, y menos mal porque creo que yo no hubiera sido capaz. Carraspeó.
—Tú dirás.
—¿Qué?
Levantó las cejas y me miró como si fuera tonto. Y puede que realmente lo fuera o era el estado en el que me quedaba cuando ella estaba delante.
—¿Qué querías decirme? Porque querías decirme algo ¿no
—Eh… sí.
Tragué saliva. Joder, pues no me puse hasta nervioso y todo. Negó con la cabeza y soltó una risita.
—Quieres disculparte, ¿verdad?
Asentí.
—Sí, creo que ayer…
No me dejó seguir. Se acercó a mí, los dos pasos que nos separaban, y puso su mano en mi brazo y joder menos mal que tenía la chaqueta puesta.
Porque me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo sin sentir su tacto directamente en mi piel ni quería que hubiera pasado si nuestras pieles se hubieran juntado sin barreras.
—Déjalo, no me hace falta ninguna disculpa. Tenías razón en lo que dijiste, no fue la mejor manera de decirlo, eso sí, pero no por ello era menos cierto.
—No, no es cierto.
—Sí, lo es y los dos lo sabemos. Yo no debería haber venido. No pinto nada aquí.
—Eres la amiga de mi hermana —dije como si con eso fuera suficiente.
—Exacto, de tu hermana, no tuya. Y si no me fui anoche, fue por ella. Pero en cuanto termine la comida, me marcharé.
Se giró para marcharse dando por finalizada la conversación, pero ni de coña, yo no había terminado aún. Alargué la mano y agarré la suya.
Y cuando nuestras pieles se tocaron, el mundo se paró, literalmente. Los dos nos quedamos quietos mirando nuestras manos unidas intentando comprender qué era esa electricidad que nos transmitíamos el uno al otro.
—Quique…
—Alicia…
Se giró del todo y cuando nuestras miradas se encontraron, volvimos a tener esa conexión que habíamos tenido minutos antes.
Di un paso. Ella otro. Estábamos cerca. Demasiado cerca. Su respiración acelerada se juntó con la mía. Bajé la mirada a sus labios, me moría por besarla. Ella bajó la suya a los míos y vi el mismo deseo en su mirada.
Un paso más. El último que nos quedaba para estar totalmente pegados.
Con la mano que tenía libre acaricié su cintura. Ella puso la suya en mi pecho por encima del traje, pero deseé con todas mis fuerzas que me hubiera tocado la piel y no la mierda de tela que nos separaba.
Acerqué mi cara a la suya. Iba a besarla, deseaba besarla, necesitaba besarla más que cualquier otra cosa en el mundo. Nunca había deseado nunca besar a una mujer con esa necesidad vital ni siquiera a Patricia.
Patricia. El nombre de mi novia retumbó en mi cabeza como un golpe mortal. Sacándome del trance en el que estaba.
Me retiré de Alicia como si quemara, mirándola como si fuera el mismo demonio. ¿Qué cojones había estado a punto de hacer?
Hostias que me casaba en menos de una hora y había estado a punto de besar a otra mujer que no era la mía.
Ella no dijo nada, solo me miró sonriendo, una sonrisa que no llegó a sus ojos. Dio dos pasos atrás, tres, cuatro que eran los que la separaban de la puerta.
—Lo siento.
La miré. Solo la miré. No fui capaz de decir nada más.
—No te martirices. No ha pasado nada. Ha sido un momento raro y ya está. Se han juntado muchas cosas. Tus nervios, la resaca y las disculpas que de verdad no tienes que dar.
Abrió la puerta, pero antes de salir se giró por última vez para mirarme.
—Realmente Patricia tiene mucha suerte de que la ames como lo haces. Te deseo todo lo mejor.
Cuando cerró la puerta, tuve que sentarme en la cama para intentar tranquilizarme.
—Joder era lo que me faltaba. Como ya tenía yo poco, ahora pasa esto —dije en voz alta lamentándome.
Porque por mucho que Alicia hubiera querido excusar ese momento diciendo que era por mis nervios y la resaca. Los dos sabíamos que era una mentira más grande que la catedral en la que me iba a casar.
—Vale, se acabó —dije levantándome de un salto—. Lo que ha pasado es porque estás saturado, porque llevas más de dos meses sin echar un polvo.
Que se dice pronto dos meses, dos putos meses sin mojar. Coño, ni mis padres estaban tanto tiempo sin hacerlo, estaba seguro.
Fui al baño, me lavé la cara y cuando salí allí estaba mi madre esperándome.
Sacudí la cabeza y dejé todo fuera, todo, y solo me centré en una cosa.
Casarme.