Quiero seguir soñando contigo Capítulo 12
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Capítulo 12

Alicia

Escuché ruidos; no eran muy fuertes, pero sí lo suficientemente perceptibles para que me hubieran hecho despertarme.

Al abrir los ojos, resoplé. Joder, estaba agotada. Apenas había dormido un par de horas. Entre que me desvele. Luego tuve la genial idea de darme un paseo; es que pensé que me relajaría y que acabó desvelándome más.

No, el paseo no me desveló; lo que lo hizo fueron las imágenes de la peli porno de mala calidad que había visto en el jardín.

Vaya nochecita que me habían dado el calvo y la pelirroja viciosa. Cada vez que cerraba los ojos, allí que se me venían las imágenes de los dos dándole al matarile.

Resoplé.

—¿Estás bien?

Giré la cabeza y vi a Rosa terminándose de vestir. Se había puesto ropa deportiva, seguramente para estar cómoda mientras le tocaba ir con su cuñada y su madre a la sesión de peluquería y maquillaje que le habían programado para estar ideal para la boda.

Un par de semanas antes me preguntó si quería unirme al plan. Lo hizo riéndose, sabiendo mi respuesta de antemano.

No. Esa fue mi respuesta porque esas sesiones interminables en las que te están ahí durante horas sobándote el pelo y dándote mil potingues no iban conmigo.

Yo sola me apañaba estupendamente sin tener que soportar semejante tortura. Yo me peinaría y maquillaría solo para ir a la boda.

—He dormido poco y mal —me quejé.

—Siempre que salimos a algún sitio te pasa lo mismo la primera noche.

En eso tenía toda la razón del mundo. Cuando salíamos de vacaciones, bien las dos juntas o cuando me iba yo sola, siempre me pasaba lo mismo. Y no tenía ni idea de por qué, pero así era.

La primera noche me costaba mucho dormir; siempre me desvelaba, como me había pasado también esta vez. Aunque al final acababa buscando algo que me relajara y terminaba durmiéndome.

Paseaba. Me tomaba una infusión. Leí un rato. Incluso alguna vez había salido, si el tiempo no era muy malo, a correr. Pero estaba claro que la noche anterior lo que había pasado me fastidió y no había conseguido, como siempre, relajarme y dormir.

En fin, ya no tenía solución, así que, aunque estuviera muy cansada, haría de tripas corazón y pondría mi mejor cara para asistir a la boda del capullo del hermano de Rosa.

Capullo, sí. Porque no penséis que se me había olvidado lo borde que había sido conmigo antes de irse a dormir la mona.

No era una persona rencorosa y no arremetería contra él, pero tampoco se me iba a olvidar. Y mucho menos le permitiría que volviera a tratarme así.

Si estaba enfadado con su situación, pues que se diera de cabezazos contra la pared, pero conmigo que no lo pagara.

Me senté en la cama y me pasé las manos por la cara y por el pelo con cansancio.

—¿Ya te vas?

Rosa se giró y me miró poniendo los ojos en blanco.

—Sí, mi madre ya me ha mandado tres mensajes y Patricia cuatro.

Solté una risita.

—Lo vas a pasar de lujo.

Gruñó mientras se ataba las deportivas.

—Sí… de maravilla —contestó con ironía.

Me levanté para ir al baño, pero no llegué a entrar. Llamaron a la puerta y, como yo estaba más cerca, fui a abrir. Sonreí al ver quién estaba detrás.

—Joder, vaya cara.

Puse los ojos en blanco antes de reírme.

—Vaya saludo mañanero.

Abrí la puerta del todo y dejé pasar a Loren.

—Es que tienes una cara que parece que has tenido una noche movidita.

—Si yo te contara…

—Cuenta, cuenta —me pidió ansioso.

La carcajada me salió sola. Pensé que Rosa, cuando me había dicho que era el tío más cotilla que conocería jamás, había exagerado, pero no; al parecer sí que era así.

—Para eso necesito una ducha antes y al menos medio o un litro de café en las venas.

—Lo primero, ya estás tardando; y a lo segundo, es precisamente para lo que estoy aquí.

—¿Qué? —preguntó Rosa, que se había acercado a nosotros después de terminar de calzarse.

—Que venía a deciros que si desayunábamos juntos en mi habitación. Paso de bajar a aguantar a la gente tan temprano.

—No puedo, me esperan para la sesión de belleza —dijo Rosa poniendo un puchero.

—Buah… me compadezco de ti, vaya la que te espera, tata.

—Gracias por los ánimos.

Loren se encogió de hombros, haciéndose el inocente, y los tres nos echamos a reír.

—Y tú, Alicia, ¿quieres desayunar conmigo en soledad y tranquilidad o prefieres unirte al circo que habrá abajo?

—No tengo yo ni el cuerpo ni la mente para ver más funciones; me apunto sin pensarlo siquiera.

—Genial.

—Chicos, yo me voy al calvario; en la iglesia nos vemos, no lleguéis tarde.

—Tranquila, que estaremos allí, al menos hasta que todos se sienten; luego nos largamos al bar.

Rosa soltó un quejido lastimero al oírle decir en serio lo del plan de bar. Yo me hubiera quejado igual si supiera que me iba a tocar tragarme dos horas de sermón y encima vestida de bombona.

Mi amiga se acercó a Loren y le dio un beso en la mejilla; luego hizo lo mismo conmigo y abrió la puerta para salir.

—Espera que salgo yo también —le pidió Loren—. Alicia, voy a mi habitación y pido el desayuno. ¿Quieres algo en concreto? ¿Hay algo que no te guste o no puedas comer?

Rosa se echó a reír.

—¿Qué pasa?

—Alicia es de buen comer; todo le gusta, no le hace ascos a nada.

—Bueno, tanto como a nada… hay algunas cosas por las que es mejor quedarse con hambre, dan penita.

—¿De qué… habl…?

Loren no terminó su pregunta al darse cuenta de que no solo estábamos hablando de comida y que nuestras palabras iban con doble sentido.

—Sois dos cochinas.

Rosa y yo nos echamos a reír a carcajadas al ver su cara haciendo muecas.

—Tú seguro que eres un santo, que no visita cuevas.

—¿Qué? —Me preguntó confundido.

—Alicia llama cueva a, ya sabes… —le dijo Rosa mientras señalaba con el dedo la parte delantera de su entrepierna.

—¿Y cómo llamas a lo otro? —preguntó con curiosidad.

—Murciélago.

Me miró alucinado.

—¿Murciélago? ¿Por qué?

—Porque a los murciélagos les gustan las cuevas. Les gusta entrar en lo profundo, donde está oscuro. Les gusta la humedad. Y allí dentro se sienten arropados y seguros.

Se me quedó mirando un par de segundos y estalló en carcajadas.

—Te lo acabas de inventar.

—Ya te digo yo que no —le dijo Rosa.

—Joder, nunca había oído una cosa así. ¿Murciélago? Muchos las llaman por nombres raros, pero esto… esto es único.

—Yo soy única —dije riéndome.

—Y damos gracias por ello; con dos como tú, el mundo se iría a tomar por culo.

—Gracias, amiga, yo también te quiero —dije lanzándole a Rosa un beso con la mano.

Sabía que estaba de broma. No era la primera ni sería la última vez que me decía una cosa así, al igual que yo también lo hacía con ella.

—Ve a ducharte, anda. Te espero en mi habitación.

—En diez minutos estoy allí.

—Bien.

—¿Qué número era?

—La ciento siete.

—Vale, pues ahora nos vemos.

—Sí, sí. Que mientras desayunamos quiero que me cuentes por qué pones esos nombres tan raros a ciertas cosas y también qué te ha pasado para que no hayas dormido bien.

Pues lo primero no tenía gran misterio; fue algo que un día se me ocurrió así de pronto y ya. Pero lo segundo, te vas a quedar flipando cuando te cuente mi paseíto nocturno con cine equis incluido, dije mentalmente.

Cruzamos dos frases más los tres y ellos se marcharon. Loren a pedir el desayuno como había dicho y Rosa a su “maravillosa, excitante y agotadora” sesión de belleza.

Y yo me metí en la ducha, una que no supe cuánto necesitaba hasta que el agua me cayó por la cabeza.

—¿Pero para cuántos has pedido?

Le dije alucinada a Loren cuando me senté en la silla y vi todo lo que había pedido para desayunar.

Había de todo. Café. Zumo. Tres clases de frutas cortadas. Fiambre. Panecillos y hasta bombones.

—Hay que coger fuerzas para el largo día que nos espera.

—¿Pues entonces los novios qué habrán desayunado?

Loren se echó a reír.

—Patricia, una infusión y, como mucho, un trozo de tostada integral; ya te lo digo yo.

—¿Es asquerosa comiendo? ¿O es de las que hacen dieta eterna?

—Una mezcla de las dos cosas.

—Pues no sabe lo que se pierde; comer es uno de los mayores placeres de la vida. Yo no me privo de nada.

—Yo tampoco, ya nos tocará hacerlo cuando seamos viejos y estemos achacosos.

Empezamos a desayunar y tengo que decir que estaba todo buenísimo. Eso y que tenía un hambre voraz.

—Bueno, cuéntame por qué has pasado mala noche.

—Me desvelé. Me suele pasar cuando duermo la primera vez en un sitio nuevo.

—¿Te has tirado toda la noche mirando el techo?

—No, exactamente.

Me miró con los ojos expectantes. Menudo cotilla, dije mentalmente, riéndome.

—¿Estás listo? —asintió—. Pues agárrate a la silla porque vas a flipar.

Entre bocado y bocado y entre sorbo y sorbo de café le conté con pelos y señales todo lo que me había pasado desde que decidí bajar al jardín a dar un paseo.

Me tuve que parar varias veces a coger aire de las risas que me eché al verle la cara de pasmado que se le quedó con mi relato porno.

—Estoy flipando, joder, si estaban ahí, serán dos invitados de la boda. Estoy deseando llegar a la iglesia donde estarán todos y me digas quiénes son.

—Lo mismo no son invitados.

—Tienen que serlo. Hay poca gente alojada en el hotel que no esté aquí para la boda.

Me encogí de hombros.

—Pues supongo que luego saldremos de dudas.

—¿Serás capaz de reconocerlos?

—Sí. Los tuve solo a un par de metros. A él la cara no se la vi muy bien, pero a ella sí.

—¿Y ellos a ti no te vieron?

—No, la oscuridad me amparaba y además estaban tan a lo suyo que, aunque hubiera habido luz, creo que no me hubieran visto.

Seguimos hablando un poco más de lo mismo y de otras cosas de la boda hasta que acabamos de desayunar.

—Cuando estés lista, dame un toque y yo aviso a Claudia y Bea para ir todos juntos. Quiero llegar pronto a la iglesia y saber quién son los folladores. Creo que eso va a ser lo más emocionante de la boda.

Asentí sonriendo antes de marcharme de vuelta a mi habitación sin saber que la boda se pondría emocionante nivel Dios.