Quiero seguir soñando contigo Capítulo 11
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Capítulo 11

Quique

Me removí en la cama.

Dios, me encontraba fatal. No sabía ni qué hora era, ni qué día, ni dónde estaba. Lo único que sabía era que en mi casa no estaba porque ese colchón no era el mío.

Intenté abrir los ojos, pero me pesaban como dos piedras. Esperé un poco y lo intenté de nuevo. Primero abrí uno, que me costó un triunfo, y después el otro, que fue todavía peor.

Había algo de claridad en la habitación y tuvieron que pasar varios segundos hasta que me acostumbré a ella; tuve que pestañear varias veces para hacerlo.

Levanté un poco la cabeza y vi dónde estaba. La habitación del hotel.

—Hostias… el hotel, la boda…

Intenté incorporarme, pero al hacerlo se me revolvió el estómago. Volví a apoyar la cabeza en la almohada y cerré los ojos para intentar que se me pasara el malestar.

No entendía por qué me encontraba tan mal. Al cerrar los ojos, flashes del día anterior me vinieron de golpe a la cabeza.

Patricia en la cocina de casa pidiéndome que no llevara esa ropa. La llegada al hotel. El reparto de habitaciones. La mierda de comida que por cojones me tuve que comer.

La tarde yendo de un lado a otro, hablando con gente que no había visto en mi vida. Y con otros que sí, pero con los que no tenía ganas de hablar.

La pesadez de merienda cena. Patricia me pedía todo el tiempo que sonriera, o más bien, me mandaba que lo hiciera. Yo acabé harto de todo.

Cómo, ya en el baile sentado con Claudia, Bea y Loren, me tomé la primera copa. La primera de muchas que llegaron después; esa era la razón de lo mal que me encontraba, pensé.

La llegada de mi hermana y el abrazo que nos dimos. Alicia…

Me removí inquieto en la cama en cuanto la imagen de ella se hizo más clara en mi cabeza. Sus curvas, sus ojos, lo bonita que era. El momento reverencia, que me dejó helado porque no me lo esperaba, aunque me pareció muy gracioso.

Cómo no dejé de observarla durante todo el tiempo que estuvimos en el jardín sin que nadie se diera cuenta, mientras ellos hablaban y yo bebía.

Y no solo bebí para olvidar el día de mierda que había tenido, sino también porque me cabreé mucho conmigo mismo por desear, porque eso fue lo que me pasó, a una mujer que no era con la que me iba a casar en unas horas.

Porque sí la deseé, mucho, muchísimo en realidad. Cada vez que hablaba, al verla mover los labios, hubiera querido devorárselos. Y cada vez que se movía y seguía el movimiento de sus pechos, cómo me hubiera gustado tocarlos, morderlos y chuparlos.

Estuve empalmado casi todo el tiempo que estuve allí sentado solo por tenerla cerca, y eso hizo que mi cabreo aumentara.

—Eres idiota, Quique, ¿cómo puedes desear a una mujer que ni conoces teniendo una mujer de diez a tu lado y con la que te vas a casar? —me dije en voz baja, en modo recriminación.

Solté el aire que estaba conteniendo mientras había pensado todo eso y las últimas imágenes aparecieron en mi cabeza segundos después.

Cómo Loren me quitó la copa cuando mi hermana me dijo que sí estaba bien. Pero cuando llegó la parte en la que le hablé mal a Alicia y además recordé todas las sandeces que le dije, quise que un agujero negro me engullera.

—¿Cómo has sido capaz de decirle eso? Eres un cabrón, Quique.

Porque si lo había sido, le dije cosas que no sentía, como que ella no pintaba nada en mi boda y que mi hermana la había llevado como si no le quedara más remedio.

Recordé sus ojos. Cómo se llenaron de dolor por mis palabras, aunque hizo que eso desapareciera rápido para que nadie lo viera, pero yo sí lo vi y me sentía fatal por ello.

Me porté como un capullo con ella y todo porque la deseaba, pero ella de eso no tenía la culpa; esa era solo mía, pero, aun así, pagué con ella mi frustración.

Llamaron a la puerta de la habitación, sacándome de golpe de esos recuerdos que ojalá no estuvieran ahí, recordándome mi vergonzosa actuación nocturna.

Salí de la cama con mucho esfuerzo y arrastré los pies hasta la puerta.

Recé para que al otro lado no estuviera Patricia o mi madre; no tenía ni ganas ni cuerpo para recibir órdenes, ni para discutir, ni mucho menos para que me marearan con alguna estupidez.

No podría soportarlo, me dolía la cabeza horrores.

Al abrir y ver que era mi hermana, di las gracias a Dios y a todos los santos del cielo. Me retiré un poco y la dejé pasar.

Cerré y fui tras ella, que ya había llegado al centro de la habitación.

—¿Cómo estás?

—Mal.

—Nada que no te merezcas.

—Lo sé.

—Está bien que lo sepas. Porque te pasaste tres pueblos bebiendo.

—Lo sé.

—Y no solo con la bebida.

—Lo sé.

—¿No vas a decir nada más que lo sé?

Me encogí de hombros.

—Que tiene razón en todo.

Rosa me dio un blíster de pastillas que traía en la mano y que no había visto. Y os juro que no me arrodillé y le besé los pies porque estaba seguro de que después no podría levantarme; si no lo hubiera hecho, sería por traerme algo para el dolor de cabeza.

—Tómate dos a la vez.

—Gracias, tata.

—Debería dejar que estuvieras así todo el día por gilipollas, pero no creo que aparecer en las fotos de la boda con esa cara de gremlin que tienes sea lo mejor.

Resoplé solo con oír la palabra boda.

—Mamá o Patricia son capaces de llamar a un exorcista porque pueden pensar que estás poseído.

Me acerqué a la nevera que había debajo de una mesa de la habitación y saqué una botella de agua. Me metí las dos pastillas a la vez en la boca y me bebí casi toda la botella de agua.

El frescor por la garganta me sentó de lujo, ya que tenía la boca y la garganta como si me hubiera comido una lija.

—¿Qué hora es?

—Las diez. Te casas en dos horas.

Resoplé y me senté en el borde de la cama.

—¿Qué te pasa, tato?

—Tengo resaca.

No coló. Mi hermana se refería a otra cosa, otra de la que yo no tenía ganas de hablar.

—Eso lo sé. Pero sabes que no te he preguntado eso. Habla.

—No hay nada que decir.

—Sí lo hay.

Joder, era mi hermana; si no se lo decía a ella, ¿a quién coño se lo iba a decir?, me dije a mí mismo en tono severo.

—Estoy hasta los cojones de todo.

—Eso ya lo deduje anoche. ¿Por qué has dejado que esto se fuera tanto de madre?

—No lo sé. Por no discutir, supongo. Porque la quiero y quería verla feliz.

—Eso no es así. No puedes hacer cosas que a ti te hartan, no te gustan o no quieres solo porque otro sea feliz haciéndolo.

Lo sabía, claro que lo sabía. Y quise pararlo, pero lo había querido hacer cuando todo ya se había ido de madre y ya no había manera humana de pararlo si no hacía algo radical.

¿Qué era? No casarme. Y eso no podía hacerlo, por muchas razones que en ese momento no me iba a poner a enumerar.

—Ahora ya no puedo hacer nada —dije a media voz.

Mi hermana se sentó a mi lado en el borde de la cama y me abrazó. Ese abrazo me supo a gloria bendita, porque de verdad que lo necesitaba.

—¿Por eso bebiste tanto anoche? Porque estabas saturado.

Asentí. Cerré los ojos un segundo para reunir el valor y preguntarle a mi hermana por su amiga.

—Tata… ¿Alicia está en tu habitación? Me gustaría hablar con ella, le debo una disculpa; pagué con ella mi mal humor.

—Fuiste un gilipollas con ella; hasta vergüenza ajena pasé por tu comportamiento.

—Lo sé, por eso quiero hablar con ella. No se fue, ¿verdad? —pregunté con miedo.

—No, no se fue y no por falta de ganas. Está en la habitación de Loren desayunando.

Apreté los puños tanto que se me pusieron los nudillos blancos. ¿Desayunando con mi amigo? ¿En su habitación? ¿Eso qué coño significaba? Que habían pasado la noche juntos, ¿o qué?

Pero, ¿y a ti qué más te da con quién esté ella o con quién haya pasado la noche? Agilipollado, que tú te casas en dos horas con otra; no debes pensar en ella ni en nada relacionado con ella.

Y la voz de mi cabeza tenía razón y lo sabía. Pero aun así no puede evitar que imaginármelos a los dos juntos me sentara como una patada en los huevos.

—¿Y crees que tardarán mucho en acabar?

—Ni idea. Después han quedado con Bea y Claudia para vestirse y bajar todos juntos.

Bueno, si se les unían Bea y Clau, ya era otra cosa. Ya no estarían solos los dos.

—Yo me voy ya, mamá, y el resto de las bombonas de butano estarán ya en la suite de Patricia para vestirnos allí.

Contuve la risa al pensar en el horroroso vestido que le iba a tocar ponerse a mi hermana, pobrecilla ella y pobres todos los que tendríamos la mala suerte de verlo.

Rosa se levantó y me dio un abrazo y un beso en la mejilla.

—Date una ducha larga, hueles a perro muerto. Y no llegues tarde. Si te retrasas, aunque sea un minuto, hoy acabarás como Jesús, crucificado.

Asentí dándole la razón antes de que se marchara.

No quise pensar en nada más. No debía pensar en nada más. Y menos en ella.

Me levanté de la cama y fui directamente al baño. Al quitarme la ropa que había llevado el día anterior, la que por cierto ni me quité para dormir, noté que mi hermana tenía razón: olía fatal.

—Hueles igual que te sientes, Quique —me dije antes de meterme bajo el agua fría.