Quiero seguir soñando contigo Capítulo 10
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Capítulo 10

Alicia

Los cinco subimos hasta el primer piso, que era donde estaban nuestras habitaciones, y cada uno entró en la suya.

Claudia y Bea en la suya. Loren en la suya. Y Rosa y yo en la nuestra.

Primero pasó Rosa por la ducha, una rápida de cinco minutos, y cuando salió fue mi turno. Yo tardé un poquito más y eso hizo que, cuando me acercara a la cama, viera que Rosa ya estaba dormida como un tronco.

Me tumbé en la cama y pensé que me pasaría lo mismo que a mi amiga, pero no tuve tanta suerte.

Una vuelta a la derecha. Mirada al techo. Una vuelta a la izquierda. Así estuve media hora, dando vueltas y más vueltas sin poder dormirme.

—Qué mierda, joder —susurré cabreada para no despertar a Rosa.

Sabía que cuando me desvelaba de esa manera, o hacía algo distinto durante un rato y luego volvía a acostarme, o no pegaría ojo en toda la noche.

Me levanté, me puse una sudadera encima del pijama y las deportivas, todo eso sin hacer ruido, y salí de la habitación.

Dudé en el pasillo en dónde ir o qué hacer. Pensé unos segundos allí parada y finalmente me decidí por bajar al jardín a dar un paseo. Eso me calmaría. Ni siquiera tomé el ascensor; era solo un piso, así que bajé por las escaleras.

El silencio reinaba en el hotel. No uno absoluto, pero sí uno normal en el que solo se oía el ruido normal de un sitio como ese.

Pasé por la puerta del salón en el que habíamos estado al entrar y miré de pasada dentro. Ya no había música. Ni invitados tampoco. Todos se habrían ido a descansar, supuse.

Allí solo había personal del hotel recogiendo y limpiando todo para dejarlo preparado para el día siguiente, ya que, como me habían dicho, allí sería la comida de la boda.

Seguí caminando hasta que llegué al jardín. Allí había todavía más silencio. Si lleno de gente me había parecido bonito, vacío me lo pareció mucho más.

Todo iluminado con luces tenues y así, sin gente, se podía apreciar más la cantidad de flores y árboles que había. Era, sin duda, la parte más bonita del hotel.

Todas las mesas que se habían usado ya estaban vacías de vasos y todas las sillas colocadas de forma cuadriculada. Los sofás estaban también colocados y libres de cosas que la gente, cuando estuvimos un rato antes, había desperdigado por ellos.

Me dirigí hacia uno de los sofás más apartados y me recosté en él.

No era manera de estar en un hotel de esa categoría y mucho menos con las pintas que llevaba; eso lo sabía de sobra, pero estaba completamente sola, así que ni molestaba ni nadie me molestaría a mí.

Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos. Hacía calor, pero corría una ligera brisa que compensaba las altas temperaturas. Se estaba de lujo allí.

No llevaba ni diez minutos allí disfrutando del silencio cuando la voz de un hombre me hizo abrir los ojos de golpe. No porque hubiera hablado en alto, sino por lo que dijo.

—Tengo la polla durísima, necesito follarte ya. Llevo todo el día deseando hacerte mía.

—Primero fóllame la boca —le contestó una mujer de forma lasciva.

—Hostia puta… —Susurré muy bajito.

No mires, no mires… Pues nada, la tonta de Alicia no se pudo resistir y tuvo que mirar.

Encogí las piernas en el sofá y me las pegué al pecho antes de rodearlas con las manos. Desde donde yo estaba podía ver a la pareja perfectamente, los tenía enfrente, pero ellos a mí no.

Había elegido el sofá más apartado y menos iluminado, pero no solo no me veían por eso, sino porque estaban completamente enfrascados en lo suyo sin percatarse de nada.

Seguramente, y por las horas que eran, pensaron que estaban allí solos, ajenos a las miradas de nadie. Pues se equivocaron porque allí estaba yo mirándolos alucinada.

Nunca había visto a otra pareja tener sexo y mira tú por dónde esa noche sería la primera y esperaba que la última, ya que eso no iba conmigo. Yo prefería ser la que hiciera y no la que mirara.

El hombre se sentó en el sofá después de bajarse un poco los pantalones y la ropa interior, dejando al aire su miembro, que estaba completamente erecto.

La mujer, una pelirroja guapísima, por lo que había podido verla antes de que se arrodillara entre sus piernas, no dudó ni un segundo. Se metió su miembro en la boca y empezó a mover la cabeza adelante y atrás de una manera impresionante.

Madre mía, sí que tenía bien entrenados los músculos del cuello, pensé, porque si yo hiciera una mamada a esa velocidad, al día siguiente seguro que tendría tal tortícolis que ni me podría mover.

El silencio del jardín ya no estaba. Se oían los jadeos del hombre, que, aunque no eran muy altos, al estar a tan poca distancia podía oírlos perfectamente.

¿Podía haberme ido? Pues sí. Pero si lo hubiera hecho, me hubieran visto, ya que sí o sí tendrían que pasar por delante de donde estaban.

Y en esa situación seguramente habría pasado más vergüenza yo que ellos. Ya que los dos amantes no parecían tener ninguna. Coño, es que poca debías tener para ponerte ahí en medio del jardín de un hotel a tener sexo.

Seguramente tendrían habitación, tenían que tenerla, me dije. Pero había varias opciones para que hubieran elegido ese sitio.

O que en su habitación había más gente, o que les iba eso de follar en sitios públicos, o que alguno de los dos tenía pareja y estaban haciendo algo prohibido.

Había más opciones, pero esas tres fueron las primeras que se me vinieron a la cabeza mientras seguía oyéndolos dale que te pego.

—Joder, qué boca tienes… Haces las mejores mamadas del mundo.

Qué asco… de verdad os lo digo.

—Para… para… no quiero correrme en tu boca, quiero hacerlo dentro de ti.

Pues hazlo pronto, majo, que quiero irme a la cama, que por hoy ya he tenido suficientes emociones, le dije mentalmente.

La mujer se levantó del suelo y se lanzó a los labios del hombre mientras él la sobaba por todas partes. De repente la soltó y se levantó del sofá.

Ella se acomodó a cuatro patas en el sofá y se levantó el vestido hasta la cintura, quedándose con el culo al aire. Anda, ni bragas llevaba.

O le gustaba ir así por la vida para tener la cueva ventilada o se las había quitado antes para no perder el tiempo, pensé mientras negaba con la cabeza.

El hombre la agarró por las caderas y la penetró desde atrás de un solo empellón.

—La leche, casi la desmonta —susurré.

En el jardín se oía perfectamente el choque de sus cuerpos y no solo eso, porque el tío cada dos empujones le daba a ella un azote en el culo que resonaba bien claro.

—Joder, guapa, o tienes un culo de hierro o mañana no te vas a poder sentar.

—Más fuerte… dame más… clávamela más.

Qué tía más ordinaria, pensé frunciendo el ceño. Encima tenía una cara de viciosa que para qué.

Mientras el otro bombeaba, ella se relamía los labios y se los mordía de una manera que daba hasta grima. No penséis que yo era una reprimida, porque no era así.

Me gustaba el sexo como a la que más, pero no podía con ciertas cosas.

Como con las tías como esa, que parecía que todo lo hacían fingido o exageraban más de la cuenta para calentar a la pareja con la que estuvieran teniendo sexo.

Pues anda que no había formas de hacer eso sin ser vulgar.

—Así… así, sigue.

—Claro que voy a seguir, zorra.

Anda, que también les iba lo de los insultos, pues qué bien, oye, eran completitos.

—¿Te gusta?

—Me encanta.

—Pues te follaré siempre que quieras. El gilipollas de tu marido, con lo sieso que es, en la vida te haría disfrutar como yo.

A tomar por culo, que la tía estaba casada.

—Ni tú con tu mujer tampoco disfrutas así, es una sosa.

Se me descolgó la mandíbula. Él también estaba casado, pues de puta madre, ya estábamos todos. Vaya dos desgraciados infieles.

Me tapé los oídos con las manos y cerré los ojos. No quería ni seguir viendo ni seguir oyendo. Ya con los diez minutos de sesión que había tenido fue más que suficiente. Conté hasta cien, hasta doscientos y así seguí hasta llegar a mil.

Gracias a Dios, cuando abrí los ojos, estaba otra vez sola en el jardín. Me levanté como un rayo y me fui lo más rápido que pude a mi habitación.

Me tumbé en la cama todavía con el corazón latiéndome a mil por hora por la carrera que me había dado desde el jardín hasta la habitación.

Cuando me calmé, me puse de lado mirando a la pared y cogí una postura muy cómoda. Cerré los ojos para intentar dormir.

Pero imágenes de la pelirroja y el calvo, porque el tío era calvo, pero no un poco, sino de esos que la cabeza parecía una bombilla, vamos, que no tenía ni un pelo, se me vinieron de golpe a la cabeza.

Ni sabría decir a qué hora me dormí, pero fue tarde, muy tarde.