Quiero seguir soñando contigo Capítulo 9
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Capítulo 9

Alicia

Del brazo de Loren nos acercamos al hermano de Rosa y a las dos chicas que estaban junto a él, que supuse que eran Claudia y Beatriz. Aunque, siendo sincera, a ellas apenas las vi.

¿El motivo? Pues porque, madre mía del amor hermoso, cómo estaba el hermanito de Rosa, estaba para mojar pan en él.

Siempre había pensado que tenía que ser guapo si era el mellizo de mi amiga porque ella era una mujer guapísima. Pero en cuanto vi a Quique, me di cuenta de que mis pensamientos se habían quedado muy cortos.

Era impresionante, en todos los sentidos.

Rubio. Alto. Con un cuerpo de escándalo. Unos ojos azules claros que eran preciosos y, lo mejor de todo, unos labios carnosos de esos que te dicen: «Ven y muérdenos».

Qué pena que no llevara un abanico en el bolso, porque de verdad que me hubiera hecho falta para darme un poquito de aire. Qué calores me entraron al verlo, por Dios.

Como se suele decir, todas las tontas tienen suerte. La tonta era Patricia, por si lo habéis dudado.

Rosa se tiró a sus brazos y se fundieron en un abrazo. Uno necesario. Cariñoso. Y cargado de sentimientos.

Pasados unos segundos, Rosa nos presentó y yo, como la payasa que era y que cuando me ponía nerviosa, y en ese momento lo estaba al tener a semejante espécimen delante de mí, tiré por hacer una chorrada.

Le hice una reverencia y el pobre se quedó a cuadros. Pero lo peor vino después; ahí sí que se quedó ya sin saber qué hacer o decir cuando le solté que era una pena que fuera el novio, que, si no, yo le hubiera quitado la cara de funeral que llevaba.

No entendió mi insinuación, o sí, pero se hizo el tonto. Pero allí estaba su hermana para explicárselo y para unirse a las risas que todos nos estábamos echando por mis tonterías.

Que sí que lo mismo les parecía una broma, pero no lo era; sí que me hubiera ido yo con el muchacho si hubiera estado libre. Como lo que también era verdad era la cara que tenía de mustio. ¿Pues no parecía que estuviera en un funeral, y no en su propia preboda?

—Alicia, ellas son Claudia y Beatriz. Amigas de todos y compañeras del instituto de Loren y mi hermano.

Las saludé con un beso y un abrazo, igual que ellas a mí. Por sus miradas supe que, al igual que me había pasado con Loren, esas dos también me caerían bien y que me llevaría bien con ellas.

Pedimos unas copas para todos y nos fuimos a una parte del jardín en la que había unas mesas bajas con sofás. La conversación fluyó sola.

Todos menos Quique, que no dijo nada en ningún momento; él solo bebió y escuchó. Hablamos de nuestros trabajos, un poco de la familia y de lo “maravillosa” que nos parecía la boda más larga de la historia de Salamanca.

—Quique, no bebas más, que mañana vas a tener una resaca del quince.

Esa petición salió de la boca de Rosa, que llevaba un rato mirando a su hermano preocupada. Todos cruzamos una mirada y vi que pensaban lo mismo.

Quique estaba tan agobiado por la boda que había tirado de la bebida para intentar anestesiarse un poco y olvidar un poco todo el circo que tenía montado a su alrededor y del que era protagonista.

Quique se encogió de hombros y dio otro sorbo a la copa que tenía en la mano. Loren se adelantó a las intenciones de Rosa, que vi que iba a hacer lo mismo, y le quitó la copa de la mano.

—Ehh… ¿Qué… ha… haces?

Madre mía, si apenas podía decir ni dos palabras seguidas sin que se le enredara la lengua. Ya me había dado cuenta de que estaba un poco cargado cuando llegamos, pero claro, yo no tenía ni idea de la tolerancia al alcohol que tenía.

Al parecer, poca. Porque mientras habíamos estado sentados hablando, se tomó solo dos copas, y en esos momentos tenía una melopea impresionante.

—¿Cuánto ha bebido? —le pregunté, susurrando, a Bea, que estaba a mi lado.

Pero al parecer, mi susurro no lo dije en voz tan baja o es que Quique tenía muy buen oído, porque me escuchó.

—¿Y a ti qué cojones te importa? —Me dijo cabreado.

Pero no solo parecía cabreado por mi pregunta, sino como si yo le hubiera hecho algo. Lo había pasado de largo durante toda la conversación porque no entendía la razón, pero le había visto varias veces mirarme y fruncir el ceño como si le molestara yo o mi presencia.

Ante sus palabras se hizo el silencio. Un silencio muy incómodo. Pesado. Y en el que los demás se miraron unos a otros, sin saber qué decir o hacer ante la salida de tono que había tenido.

Cerré los ojos un par de segundos, y solté aire.

Que estaba agobiado con la boda, vale. Que se había pasado bebiendo, vale.

Que estaba muy bueno, vale también. Pero esos y otros que también se me vinieron a la cabeza no eran motivos suficientes para la bordería que acababa de soltar sin venir a cuento.

Porque yo en ningún momento había hecho mi pregunta a Beatriz en modo ofensivo, ni por cotilleo ni mucho menos en un modo para juzgarle, sino porque estaba preocupada al verlo así.

Así que lo sentía mucho por él y también por Rosa, aunque seguramente que ella, conociéndome como me conocía, ya llevaba dos segundos esperando mi contestación, sabiendo que callada no me iba a quedar.

El salmantino había sido un borde. Pues ahora mismo iba a saber lo bordes que podíamos llegar a ser las vallisoletanas, fama que no teníamos en vano.

—Sinceramente, me importa una puta mierda si te has bebido ocho u ochenta. El que va a tener resaca mañana serás tú, no yo.

El silencio seguía. Todos me miraban sin pestañear, con los ojos muy abiertos. Todos menos Quique, que me miraba con los ojos entrecerrados.

—Pero sí que me importa ver la cara con la que te miran todos, sobre todo tu hermana. Todos están preocupados.

Yo también lo estaba, aunque hubiera dejado ver lo contrario. Nos acabamos de conocer, pero llevaba años oyendo hablar a Rosa maravillas de él y pensaba que era un buen tío. Al que solo por ser el hermano de mi mejor amiga, pues ya le tenía cierto aprecio.

—Pues no tienen por qué, estoy bien.

La carcajada me salió del alma. Que estaba bien, decía. Sí, por los cojones lo estaba.

—No lo estás.

—¿Qué sabrás tú?

—Nada si no me lo cuentas, pero no hace falta ser adivina para verlo.

Y no solo me refería a que estuviera borracho, ya que eso era más que evidente, sino a que estaba agobiado, de mal humor e incluso un poco triste, me atrevería a decir.

Se echó a reír, una risa de esas tontas de cuando estás cargado hasta las cejas y te sale la risa floja.

—Tú no eres nadie en mi vida para que yo te cuente nada. Si estás aquí, es porque mi hermana no tenía a otra persona a la que traer. No porque realmente yo quiera que estés en mi boda.

No voy a negar que dolió. Porque sí lo hizo. Con esas palabras acababa de decirme que era una acoplada y que si estaba allí era porque su hermana no tenía una mejor opción.

—¡Quique!

Rosa le había llamado por su nombre cuando sabía que nunca lo hacía; eso quería decir que estaba enfadada. No quise que entre los dos hermanos hubiera un conflicto, al menos por mi culpa, así que hice de tripas corazón, me mordí la lengua y sonreí negando.

—Hora de que te vayas a la cama, antes de que te ganes una hostia —le dijo Loren, cabreado.

—No tengo sueño.

—Pues te lo inventas.

Loren se levantó de la silla y tiró de su brazo para ayudarle a ponerse en pie. Y menos mal que le agarró porque si no se hubiera ido de morros al suelo.

Los siguientes cinco minutos todas continuamos en completo silencio, viendo cómo Loren se llevaba agarrado a Quique por el hombro.

Lo hacía intentando ir lo más recto posible para que algunos invitados que todavía andaban por allí tomándose una copa o charlando en una mesa como estábamos nosotros se dieran cuenta de su estado.

—Nunca había visto a mi hermano así.

La voz de Rosa salió débil y tomada. Se me removió algo por dentro al verla no solo disgustada por lo que acababa de pasar, sino también muy preocupada por el estado en el que estaba su tato.

—Nosotras tampoco, y eso que salimos juntos muchos fines de semana.

—Bea tiene razón, nunca se toma más de dos copas.

—La puta boda lo tiene loco —dijo Claudia enfadada.

—Eso no le da derecho a hablar a Alicia como lo ha hecho.

—Rosa, no te preocupes por eso, he visto cómo está y no se lo tengo en cuenta.

Era una verdad a medias. Porque, joder, como suelen decir los niños y los borrachos, siempre dicen la verdad.

Y si me había soltado eso dando a entender que yo no debería estar o no quería que estuviera allí, era porque de verdad lo pensaba.

—Pero a lo mejor es mejor que me vaya.

—¡Ni hablar!

—Rosa, tu hermano no me quiere aquí y le entiendo, de verdad.

Resopló negando.

—Me pongo en su lugar y entiendo que le joda que aquí haya gente que no conoce de nada el día más importante de su vida.

—Quique sabía desde hace tiempo que vendrías conmigo y le pareció una idea estupenda; no entiendo por qué coño ha dicho lo que ha dicho.

—Porque está tan sobrepasado que no puede más —dijo Bea.

—Le conozco y sé que no siente de verdad lo que ha dicho y cuando se acuerde mañana, si es que lo hace y si no, alguno nos encargaremos de que lo haga, va a querer que se lo trague la tierra —añadió Claudia.

—Ha pagado contigo lo mal que está.

—Pues qué suerte la mía —dije poniendo los ojos en blanco y haciendo una mueca cómica para destensar el ambiente.

—No tenía que haber aceptado este circo, se lo dije desde el principio —dijo Rosa, negando.

—Nosotras en el insti y Loren también se lo hemos repetido hasta la saciedad.

—Sí, tendríais que haberle visto; cada día que pasaba venía con una historia nueva o un plan distinto, añadiendo más y más cosas. Cosas con las que no estaba de acuerdo.

—¿Por qué ha tragado? —Me atreví a preguntar.

—Porque la quiere. Por no discutir. Porque eran tres contra uno. Porque es un buenazo —me respondió Rosa.

—Se supone que esto debería hacerlo feliz.

—Así debería de ser, pero no es el caso.

—Patricia debería haberse dado cuenta de que esto no va con él, que no es lo que él quería. Que todo este circo no le hace feliz, sino todo lo contrario.

Rosa lo dijo mientras apretaba los puños.

—Ella lo sabe, él se lo ha ido diciendo de una manera u otra, pero le ha dado igual; solo quería salirse con la suya o hacer lo que ella quería.

—Pues vaya una gilipollas.

No me pude resistir y lo solté así tal cual me salió.

—Eso es muy suave para todo lo que yo pienso y la llamaría.

La voz de Loren a mi espalda me sobresaltó y pegué tal bote en el sofá que todos se echaron a reír.

—¿Se ha quedado bien? —le preguntó Rosa.

—Se ha quedado tal cual iba; ni la ropa le ha dado tiempo a quitarse. Según hemos entrado en la habitación, se ha tumbado en la cama y ha caído en coma.

Las cuatro a la vez negamos con la cabeza.

—Nosotras nos vamos a ir a la cama ya. Mañana va a ser un día largo —dijo Bea.

Rosa me miró y asentí.

—Nosotras también hemos tenido una semana intensa y, si no descansamos mañana, pareceremos mapaches.