Capítulo 8
Quique
Maldita la hora en la que estuve de acuerdo en casarme con Patricia.
Pero maldita la hora, mucho más cuando decidí dejarlas hacer a las tres y que fueran ellas las que planearan cómo sería la boca.
Pero sí, aunque hubieras querido decir, opinar o aportar algo, tampoco te hubieran dejado, iluso, me dijo una vocecita en mi cabeza, que tenía más razón que un santo.
Eran las once de la noche y estaba agotado; bueno, más que agotado, estaba exhausto y hasta la punta de la poll…
Desde que habíamos llegado al hotel, había sido un no parar. Primero, ir a las habitaciones.
Patricia a la suite que tenía reservada, en la que pasaría la noche con sus amigas y en la que se vestiría al día siguiente. Yo fui a una habitación para dejar mis cosas. Según sus indicaciones, allí tendría que dormir y vestirme las veces que fueran necesarias.
Pues ni que pareciéramos actores que se cambian veinte veces de traje para rodar escenas distintas, ¿no te jode?
Luego teníamos también reservada una suite nupcial. ¿De verdad que era necesario tener tres habitaciones para nosotros? Pues al parecer sí, otro derroche de dinero que yo no veía necesario y cuando así se lo hice saber a Patricia, poco más y me come del enfado que le entró.
Porque según ella solo nos casábamos una vez en la vida y que todo era poco. Que nos merecíamos eso y mucho más. Encima, en la discusión estaban mi madre y la suya delante, que, como no podía ser de otra manera, se pusieron de su parte.
Así, antes de comer, ya tuve bronca por partida triple. ¿Qué hice? Pues opté por callarme, tragar con todo e intentar disfrutar lo más posible.
¿Lo había conseguido? Ni siquiera un poco.
Lo de callarme y tragar, sí, claro, pero lo de disfrutar, no. Ni siquiera un poco. Me sentí como un pelele al que manejaban con hilos, como cuando llevas a una marioneta de un lado a otro.
En la comida, aunque no me gustaban los platos que pusieron, unos que no eran los que habíamos elegido juntos, sino un cambio que habían hecho sin consultarme, me los tuve que comer.
Porque, según Patricia, tenía que dar ejemplo para que los invitados vieran que los novios estaban muy felices con todos. Pero no se quedó ahí la cosa.
Después de comer, Patricia se fue a las instalaciones que el hotel tenía, donde había un spa con sus amigas, mi madre y mi suegra, a relajarse, según ellas.
¿Y yo qué pasa, que no tenía derecho a relajarme? Pues al parecer no.
A mí me tocó quedarme en los jardines con los invitados que estaban allí, que menos mal que no eran muchos, ya que la mayoría llegaría para la cena o directamente para la boda.
Allí me tocó estar dando las gracias, hablando de cosas de la boda de las que no tenía ni puta idea y aguantando la chapa que me dieron muchos hablándome de cosas que me importaban una mierda.
Lo único bueno de ese día era que había tenido a mi lado a Loren, que había estado apoyándome y aguantando mis quejas constantes como un campeón.
Como también lo habían estado Claudia y Beatriz, aunque menos, ya que ellas llegaron justo cuando empezó la merienda cena. Cena que, gracias a Dios, ya había terminado.
En esos momentos ya estábamos en el baile tomando unas copas y por fin la gente estaba a lo suyo y me habían dejado un poquito en paz.
—Al final nos tocará subirte en brazos a la habitación.
Claudia no iba muy desencaminada en su apreciación, ya que era verdad que estaba un poco cargado de alcohol.
En el rato que llevábamos en el baile, que era una hora y media más o menos, ya me había tomado cuatro copas. Y eso en mí no era normal porque cuando salía, solía tomarme como mucho dos.
Pero estaba tan hastiado que me dije: «Pues a beber, a ver si me anestesio y me olvido de todo un rato».
Que sí, que beber no era la solución de nada, pero ese día había decidido hacer una excepción.
—Esta será la última.
Bea me miró con una ceja alzada como diciéndome: «Eso no te lo crees ni tú».
—¿Dónde está Loren? Hace rato que se fue.
—Ha salido a la calle a fumar.
—Y a despejarse.
—Pues me lo podía haber dicho y me habría ido con él.
—Pues eso ya no va a poder ser, porque mira, por allí viene con tu hermana y otra chica del brazo. Que será su amiga, supongo.
Las palabras de Bea me hicieron mirar en la dirección en la que había señalado con la cabeza. Y efectivamente allí estaba Loren entre algunos de los invitados, caminando hacia nosotros con mi hermana colgada de su brazo, la que me saludaba con la mano con efusividad.
Solo con ver a mi hermana y saber que ya estaba allí conmigo sentí un poco más de paz y de alivio, mucho más de lo que había sentido en todo el jodido día.
Dejé la copa en la mesa alta en la que estábamos para, en cuanto mi tata llegara, poderla abrazar bien, como llevaba deseando hacer desde hacía muchos días.
Mientras caminaban hacia nosotros, no pude evitar fijarme en la otra mujer que venía cogida del brazo de Loren, la que estaba seguro de que era Alicia, la amiga de mi hermana.
Y madre mía, cuando me fijé bien en ella, hasta sin respiración me quedé.
Desde luego que no tenía nada que ver con la imagen que yo me había formado de ella en mi cabeza.
Era alta, más que mi hermana. Era morena, con el pelo rizado que le caía en cascada hasta algo más abajo de los hombros.
Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos.
De un color verde esmeralda tan bonito e impactante que te podías quedar mirándolos por horas sin cansarte.
Y su cuerpo, el que se notaba bien por la ropa que traía, parecía ser espectacular, unas curvas de esas que están donde tienen que estar y un pecho bastante generoso que botaba a cada paso que daba.
Quique, ¿eres gilipollas o qué te pasa? Me reñí a mí mismo. ¿Qué cojones haces mirando cómo le botan las tetas a otra mujer que no es la tuya?
Hombre, pues porque tienes ojos en la cara y no estás ciego, me contestó esa vocecita en mi cabeza que siempre tenía que poner la guinda del pastel; si no, no se quedaba a gusto. Y hombre, un poco de razón tenía en lo que me había dicho.
Porque yo estaba enamorado de Patricia y siempre había pensado que era guapa, al menos para mí.
Pero Alicia era guapísima; eso lo estaba viendo yo y cualquier persona que la mirara. Era de esas mujeres por las que cualquiera vuelve la cabeza para volver a mirarlas cuando pasa por su lado.
Y lo que es, es. Era preciosa, un bombón, vaya. Y como me había dicho esa voz interior que siempre me estaba dando la lata, no era ciego. Por lo que era imposible no mirarla y reconocer la belleza que era, por mucho que estuviera enamorado de otra.
Joder, y qué tetas, Dios…
¡Basta, Quique! Me chillé cuando, por estar mirando sus tetas botantes, mi polla dio una sacudida como si estuviera desesperada. Sacudí la cabeza para sacar todas las barbaridades que se me estaban pasando por la cabeza; en algunas de ellas, meterme una de esas tetas en la boca.
Pues sí que me estaba afectando el alcohol, sí, porque pensar en hacer otras cosas que solo debería pensar en hacer con Patricia no era ni medio normal.
—¡Tato!
Mi hermana se soltó del brazo de Loren y se tiró a los míos, que ya tenía abiertos para recibirla.
—Qué ganas tenía de verte —dije apretándola fuerte contra mí.
—Yo también.
Nos separamos y mi hermana se me quedó mirando unos segundos antes de fruncir el ceño.
—Te brillan mucho los ojos. ¿Cuántas copas te has tomado?
—Pocas.
—¿Cuántas son pocas?
—Pocas, porque es prudente o porque tiene miedo a que le corten los huevos. Si fuera yo, me habría metido en una bañera llena de whisky y me habría hundido —contestó Loren.
Alicia, que seguía agarrada a su brazo, se echó a reír al oír su comentario. Y no sabría deciros si me jodió más que se riera con él, que lo hiciera de mi situación o que pareciera estar tan a gusto agarrada a él.
—Eres graciosísimo.
—Lo sé, alguien tiene que poner un poco de humor a este despropósito.
—Déjalo ya, quieres.
Se encogió de hombros. Mi hermana se soltó de mis brazos y se acercó a Bea y a Claudia para saludarlas, las que le dieron un abrazo muy efusivo, el mismo que ella a ellas.
Cuando se retiró, se volvió a poner al lado de Loren.
—Tato, ella es Alicia.
—Alicia, él es mi tato, Quique.
Di un paso al frente para acercarme a ella y saludarla con dos besos, pero antes de siquiera poder rozarla, hizo algo que me quedó clavado en el sitio.
Se soltó de Loren, dio un paso atrás, puso la cara seria y… Me hizo una reverencia.
¿Pero qué cojones hacía? Me pregunté confuso.
Cuando levantó el cuerpo, me dedicó una gran sonrisa. Sonrisa que un segundo después, al oír a Loren y a los demás reírse a carcajadas, se volvió en una risa nerviosa.
—Alicia, ya te vale —le dijo mi hermana sin dejar de reírse.
—Coño, no es el rey de este circo —dijo extendiendo los brazos—, pues a los reyes se les saluda así.
La madre que la parió, bien a gusto tuvo que quedarse.
—Macho, te has quedado mudo, di algo —me dijo Loren.
—¿Qué quieres que diga?
—Pues, encantado de conocerla, encantadora vasalla —dijo ella batiendo las pestañas de forma exagerada.
Las carcajadas de Claudia y Bea se podían oír en todo el salón. Mi hermana seguía riendo y negando con la cabeza. Loren se agarraba el estómago y todo, y yo… Pues yo solo podía mirarla, maravillado, como un gilipollas.
—Anda, ven aquí y dame dos besos —dijo al fin acercándose a mí.
Me moví por inercia. Alicia apoyó sus manos en mis hombros y acercó su cara a la mía para darme dos besos.
No pude o no quise evitarlo. Con mis manos agarré su cintura y la pegué a mí para devolvérselos. Me quedé pegado a su cara más de lo recomendable en un saludo, pero es que me encantó el olor que desprendía. A vainilla y canela.
—Qué pena que seas tú el que se casa —dijo cuando nos separamos.
—¿Qué?
—Qué es una pena que seas el novio; si hubieras sido otro invitado, te hubiera ayudado yo a quitarte esa carita de funeral que me llevas.
Estaba alucinando en colores.
—No entiendo qué quieres decir.
—Estás espeso hoy, ¿eh? —dijo Bea riéndose.
—Pues que, si no fueras mi hermano, te daría un repaso o dos. Eso es lo que está diciendo, hijo, que no te enteras —me aclaró mi hermana. Y yo solo pude boquear como un pez sin que de mi boca saliera nada.