Capítulo 7
Alicia
Repasé todo lo que llevaba en la maleta metido por quinta vez en los últimos dos días.
Era un desastre para muchas cosas, pero para otras era muy metódica y para hacer la maleta era una de ellas.
No es que hiciera maletas todos los meses, porque no era así. Solo lo hacía una vez en verano cuando me iba de vacaciones una semana fuera de la ciudad, o lo había hecho los últimos tres años, bien con Rosa o yo sola, ya que con eso nunca había tenido ningún problema.
Si iba a algún sitio con alguien, pues bien. Pero si tenía que hacerlo sola, pues también; nada se me ponía por delante y para eso era echada para delante, como decía mi madre.
Eso cuando más solía hacerlo, lo de viajar sola, digo, era en invierno. Ahí solía perderme una semana en algún hotelito o cabaña de esas de madera en un sitio nevado rodeado de tranquilidad.
Eso me daba la vida y me recargaba las pilas de una manera alucinante. Pero en verano, al menos los años que me había ido con Rosa, siempre elegíamos un destino de playa. Siempre había sido en España.
Habíamos hablado muchas veces de que primero había que conocer nuestro país y las maravillas que nos ofrecía y después, cuando se diera el caso, ya iríamos a otros.
Ese año todavía no habíamos elegido el destino al que nos iríamos después de la boda de su hermano. No por nada, sino porque nosotras funcionábamos así.
El día que nos íbamos de vacaciones, nos íbamos al aeropuerto o a la estación de tren según nos diera ese día; mirábamos las salidas de los destinos que había y sobre la marcha decidíamos.
Vacaciones sorpresa e improvisadas las llamábamos.
Vi que todo estaba en orden en la maleta y la cerré. Aparte de la maleta, llevaba también una bolsa de viaje más pequeña con lo que utilizaría en la boda y una funda de plástico con el vestido que me había comprado.
Que no era naranja, por cierto. Madre mía, cada vez que pensaba en el vestido que tendría que ponerse la pobre Rosa, me entraban los siete males.
Si fuera yo la que tuviera que ponerse eso, desde aquí os digo que me presentaba en la catedral en bragas, pero yo esa horterada que podía provocar infartos y carcajadas al mismo nivel no me la ponía ni borracha.
Mientras me ponía unos vaqueros de tiro alto y una blusa azul que era lo que había elegido para esa noche, pensé en la boda. Boda que me parecía un total despropósito y así se lo había hecho saber a mi amiga; menos mal que ella opinaba lo mismo.
Pero vamos, que, aunque no hubiera estado de acuerdo conmigo, también le hubiera dicho lo que opinaba; lo de callarme las cosas no iba conmigo.
Tres días. Tres puñeteros días duraba la boda. Anda, que, si lo hubiera sabido yo en el momento en que Rosa me pidió ir con ella, un cojón de pato hubiera aceptado.
Pero cuando me contó cómo sería la boda, cosa de la que ella se había enterado una semana atrás, me dio cosa decirle que no iba.
Así que aquí estaba esperando a que llegara del congreso médico en el que estaba mientras me vestía para irnos a la primera parte del bodorrio. A la merienda cena que se daba el día previo a la boda ya no llegábamos, pero sí que lo haríamos al baile y a las copas de después.
Aunque no creía yo que aguantáramos ninguna de las dos más de dos copas y tres bailes, sobre todo ella. Habíamos tenido una semana para olvidar.
Coño, pues no parecía que todas las parturientas de la ciudad hubieran querido que las atendiéramos nosotras antes de irnos de vacaciones y se habían puesto de acuerdo para parir todas a la vez.
Cuarenta y siete partos en cinco días. Carla y yo apenas habíamos tenido tiempo ni de respirar. Terminábamos de sacar un tesoro de una cueva y ya estaba el siguiente asomando la cabeza.
Trini corría, la pobre, de un lado a otro acompañando a los padres que entraban a apoyar a sus mujeres o darnos más trabajo porque se desmayaban, hacían preguntas absurdas o nos tocaban la moral de formas diferentes.
Y la pobre Rosa hasta había puesto a varios niños en fila encima de una cama para revisarlos uno detrás de otro como si fueran galletas en una cadena de producción de una fábrica.
Encima, la pobre mía el jueves y el viernes, que era el día en el que estábamos, había tenido por la tarde un congreso médico del que no se había podido escaquear. Así que seguramente llegaría muerta de cansancio.
Llamaron al timbre y fui rápido a abrir la puerta. Era el repartidor de un bar cercano al que había pedido un par de bocadillos para comérnoslos antes de marcharnos. Yo lo haría mientras Rosa se daba una ducha rápida y ella en el coche, ya que sería yo la que conduciría.
Las primeras luces de Salamanca me anunciaron que ya estábamos en la ciudad de mi amiga.
Mandaba narices que con lo cerca que estaba de mi propia ciudad no hubiera venido nunca, pero así era, no había coincidido que hubiera tenido que venir a nada, así que no conocía la ciudad vecina.
Miré de reojo a Rosa y sonreí. Ni diez minutos después de terminarse el bocadillo había apoyado la cabeza en la ventanilla y se había quedado dormida.
Cuando había llegado a casa del congreso, daba pena verla; tenía una cara de cansancio que daba miedo. Que yo hubiera tenido la misma, si no me hubiera echado un poco de siesta como había hecho nada más llegar a casa del hospital.
Así que me alegraba de que se hubiera quedado dormida esas casi dos horas que duraba el viaje; así al menos podría estar un rato tomando algo con su hermano y sus amigos cuando llegáramos.
Sabía que tenía muchas ganas de verlos. Y yo también, para qué mentir. Me había hablado tanto y también de ellos que era como si ya los conociera y me caían bien sin haberlos visto nunca.
No podía decir lo mismo de la que sería su cuñada porque, aunque era prudente y no solía decir muchas cosas malas de nadie, me había contado lo suficiente para saber que Patricia, que así se llamaba, era una víbora de cuidado.
Sabía que Loren, que era su mejor amigo, no la tragaba por los mismos motivos que ella, y me daba la sensación de que a mí me iba a pasar lo mismo.
Pero bueno, eso ya lo veríamos al día siguiente porque esa noche no veríamos a la señorita. El naranja butano es la mejor opción, ya que ella estaría encerrada en su suite con sus amigas poniéndose potingues.
Pues muy bien, menos mal que teníamos que aguantarla. El cartel del desvío para llegar al hotel que estaba a las afueras de la ciudad apareció y giré el volante con suavidad para entrar en el carril correspondiente que nos llevaría hasta allí.
Menos mal que llevaba puesto el GPS, porque yo y las ubicaciones no nos llevamos precisamente bien.
Me reí sola al acordarme de la última conversación que había tenido con Rosa antes de que se quedara dormida.
— Mira bien el GPS, por favor, que no quiero que me dé un infarto cuando abra los ojos al ver que lo mismo estamos en Santander y no en Salamanca.
—L as dos empiezan con Sa; sería una confusión que le puede pasar a cualquiera.
Puso los ojos en blanco.
— Claro, y las ciudades se parecen lo mismo que un huevo a una castaña, lo mismo que el camino que hay que seguir para llegar a ellas.
— Las dos son en línea recta desde aquí.
—Eso sí, pero una para arriba y otra para abajo.
Las dos nos miramos y nos echamos a reír antes de que ella, cinco minutos después, se dejara llevar por Morfeo.
Paré el coche en el aparcamiento que el hotel tenía asignado para los clientes. Apagué el motor y me bajé.
Miré la fachada del hotel y silbé a la vez que movía una mano de arriba abajo.
—Madre mía… qué pijotero.
Un chico que estaba allí fumando un cigarro se echó a reír al oírme.
—Tienes toda la razón.
—Nunca había visto una cosa igual —dije arrugando el morro—. Que no es que sea feo, es…
—Demasiado todo —acabó el chico por mí, haciéndome reír.
—Exacto, yo no lo habría dicho mejor.
—¿Vienes a la boda gitana que se celebra aquí?
La carcajada me salió sola; me gustaba ese hombre, se le veía de lo más simpático.
—Eso parece. ¿Y tú?
—Por desgracia, así es —contestó negando con la cabeza.
—Vaya… veo que te hace una ilusión enorme.
—Tanta como si me pillaran un huevo con una puerta.
Os juro que tuve que agarrarme la tripa del ataque de risa que me dio al oírle decir eso.
—Alicia, ¿ya la estás liando?
Tanto me estaba riendo que no me había dado cuenta de que Rosa se había bajado del coche y nos miraba a los dos apoyada en la puerta con los brazos cruzados.
Giré la cabeza y sonreí como una niña buena.
—¿Yo? Ni que la liara alguna vez —contesté haciéndome la tonta.
—Pues ten cuidado porque si te juntas con este, tendrás un buen aliado para liar la más grande de tu vida.
Y no sabía ella en esos momentos cuán ciertas iban a ser sus palabras.
La miré sin entender qué quería decir, pero ni tiempo me dio a pensarlo mucho, ya que el hombre con el que había estado hablando se movió tan rápido que no le vi venir.
Al escuchar hablar a mi amiga, que estaba a mi espalda, me esquivó y la cogió en volandas, dio varias vueltas con ella en círculos haciéndola reír mientras ella le abrazaba.
Vale, solo pueden ser dos personas, pensé. O su hermano o su amigo del alma, porque no creía que otro tío se tomara tantas confianzas con ella. Ni que ella mirara a otro que no fuera uno de los dos que había dicho de la manera en la que lo estaba haciendo.
Con adoración. Esa era la palabra para describirlo mejor.
—Alicia, este es Loren, mi tati.
—Tati, ella es Alicia, mi amiga y mi todo en Pucela.
La bajó al suelo y dio dos pasos en mi dirección, los mismos que di yo en la suya para saludarnos con un abrazo y un par de besos. Bueno, pues no empezaba mal la boda; al menos al primero que conocía ya me caía bien, pensé mientras nos separábamos.
—¿Qué hacías aquí fuera?
—He salido a fumar un cigarro y a tomar el aire; dentro está viciado.
—Lo de fumar, mal, lo otro puedo entenderlo.
—Puff… y solo es el primer día, ni te imaginas la que hay ahí dentro montada.
Vaya, otro al que todo eso le parecía un despropósito; menos mal que no éramos las únicas.
—Vamos, tengo ganas de ver a mi hermano, estará de los nervios.
—No lo sabes tú bien. Hasta la polla está. Palabras suyas, no mías.
—Oye, antes de entrar, dime si lo hago bien; no me gustaría no estar a la altura.
Los dos me miraron sin entender. Pero solo fueron unos segundos los que yo tardé en agacharme y hacer una reverencia.
Se miraron entre ellos y se echaron a reír tanto como lo estaba haciendo yo.
—Joder, me encanta tu amiga.
—Alicia es muy parecida a ti, una payasa como tú; le gusta más el cachondeo que a un tonto un lápiz.
—Qué puedo decir, cuando tiene razón, la tiene —añadí riéndome.
—Yo no he traído acompañante, así que, si te parece bien, como aquí la señorita tiene que ir en el camión del reparto del butano mañana con el resto de las damas de honor, podemos ir juntos a la catedral.
—Serás capullo.
—Lo soy, ya lo sabes, pero no he dicho ninguna mentira.
Rosa negó con la cabeza mientras los dos nos reíamos a carcajadas.
—Acepto encantada tu propuesta.
—Genial, así no nos aburriremos en la misa de hora y media.
—¿Perdona? ¿Has dicho hora y media?
Hasta un mareo me dio y todo al oírle. Joder, si yo no pisaba una iglesia desde el día que hice la comunión y me iba a tener que tragar una misa de ese calibre, ni jarta vino, vamos.
—¿Hay algún bar cerca?
—Tres, ya lo he mirado.
—Menos mal, ya me estaban dando taquicardias.
—Coño, no lo digáis delante de mí, que a mí me toca tragarme la misa entera.
—Haber elegido otra profesión y no bombona —dije encogiéndome de hombros.
—Hija de tu madre…
Los tres juntos, una de cada brazo de Loren agarrada, entramos por la puerta del hotel.
Ya en el mismo hall se respiraba ostentación por todos los lados. Que no era feo, pero sí demasiado, como habíamos dicho, fuera para gente tan sencilla como éramos nosotros.
Nos acercamos a la recepción y dimos nuestros nombres. Un chico muy amable me pidió las llaves del coche y me dijo que él se encargaría de subir y colocar el equipaje en nuestra habitación.
Eso me dejó alucinada; mira que, como nos descuidáramos, hasta nos limpiaban el culo cuando fuéramos al baño, pensé, riéndome de mis propias tonterías.
Entramos en lo que parecía un salón, o lo era, que estaba lleno de gente y Rosa buscó a su hermano con la mirada. Lo encontró. Y él, al verla saludarlo con la mano, vino hacia nosotros y yo en ese momento me quedé hasta sin respiración.
Madre de mi vida y del amor hermoso. El hermano de Rosa estaba para secuestrarlo y llevárselo de su propia boda.
Qué suerte tenía la tal Patricia, pensé mientras le veía acercarse mirándole con la boca abierta.