Capítulo 6
Quique
Cuando abrí los ojos esa mañana, lo primero que hice fue resoplar. Y no porque hiciera calor ni mucho menos, sino porque me esperaban tres días de auténtica locura.
El fin de curso había llegado demasiado rápido ese año, pero más rápido había llegado el día de la boda.
Bueno, ese día todavía no era en el que estábamos, lo sería al día siguiente, pero al parecer mi novia, mi madre y mi futura suegra habían planeado una boda que ni la de los gitanos.
Porque iba a durar tres días. Sí, tres días que se pronosticaban agotadores.
El viernes, que era el día en el que estábamos, los invitados más allegados, o sea, la familia y los amigos más cercanos, cenaríamos en el hotel o, más bien, haríamos una merienda-cena y después habría baile, uno corto, para todos en la discoteca del hotel y copas gratis para todo el que quisiera irse contento a la cama.
Pero eso me lo tendría que comer yo solito, porque Patricia después de cenar se marcharía a la suite que tenía reservada en el hotel con sus dos inseparables amigas para tener una pequeña despedida de soltera haciéndose tratamientos de belleza y no sé cuántas mierdas más.
No había sido lista ni nada al planear eso, la niña. Así se libraba de tener que estar dando coba a la gente. Cosa que me tocaría hacer a mí y estaba que trinaba con la idea, de la que por cierto me había enterado tan solo dos días antes.
Bien me conocían las tres y sabían de sobra que a mí esos saraos no me gustaban ni un pelo. No es que fuera un antisocial ni mucho menos, pero eso de estar ahí siendo el centro de atención y teniendo que estar dando palique a la gente por obligación no iba conmigo.
Por eso se habían cuidado muy mucho de callarse los planes casi hasta el final, para que no pudiera negarme.
La boda sería el sábado. Todos los invitados que se alojaban en el hotel saldrían desde allí en autocares que habíamos puesto a su disposición.
Patricia lo haría en un coche con su padre, que era el padrino. Yo iría en otro coche con mi madre, que era la madrina, rumbo a la catedral.
Una vez finalizada la ceremonia, todos volveríamos al hotel y allí nos haríamos las doscientas cincuenta mil fotos de rigor antes de acudir al cóctel y posterior comida.
Por la tarde, baile; después, una cena tipo bufet en los jardines del hotel y más baile con barra libre.
A ver quién era el guapo que luego cumplía en la noche de bodas; no se me levantarían ni las pestañas del cansancio como para que se me levantara otra cosa.
Eso lo dejaremos aparte, porque pensar en ello me ponía de muy mala hostia.
Porque, coño, ni un polvo en condiciones iba a poder echar el día de mi boda por culpa de la cantidad de cosas que teníamos que hacer. Si ni los reyes hacían tanto el día que se casaban.
Y como con dos días no parecía ser suficiente…
El domingo, cuando nos levantáramos, a saber, en qué condiciones lo hacíamos, la mayoría había que volver a disfrazarse, no con los trajes de novios, pero sí con unos elegantes y compartir el día otra vez con los invitados que hubieran querido quedarse.
Habría mañana de piscina en el hotel. Comida otra vez de seis platos y, por la parte más bailable para el que quisiera, y para los que estuvieran cansados, que serían todos, estaba seguro, un momento de disfrute de estar sentados disfrutando de una copa en los jardines del hotel.
Anda que, tenían que estar bien contentos los del hotel con todo el pastón que iban a ganar con la puñetera boda. Menos mal que nosotros no íbamos a desembolsar ni un duro. Eso fue algo que mis padres y los de Patricia nos dejaron bien claro desde el principio.
Ellos lo pagarían absolutamente todo. Pues que lo pagaran, porque si lo hubiera tenido que pagar yo, aparte de tener que vender un riñón o los dos, me hubiera salido una úlcera pensando en que era un derroche de dinero innecesario y totalmente aberrante.
Me levanté de la cama arrastrando los pies y me fui directo a la ducha. Ni siquiera el agua caliente que me cayó por encima de la cabeza y en el cuerpo durante quince minutos consiguió destensarme los músculos.
Salí igual de tenso del baño y me fui hasta el armario. Abrí en la parte donde tenía mi ropa y puse los ojos en blanco.
Patricia se había cogido otro trocito más del armario para ella y mi ropa estaba mucho más junta de lo normal para que entrara todo.
El armario era de cuatro puertas; yo solo tenía una.
Las otras tres, desde que nos vinimos a vivir juntos un año atrás, habían sido suyas, pero al parecer no tenía bastante y necesitaba más espacio para guardar las dos mil prendas que tenía, muchas de ellas con etiqueta.
Era vicio lo suyo con comprar y comprar ropa.
Ni que fuéramos ministros para poder estar gastando un dineral en ropa todos los meses. Eso se lo había dicho miles de veces, pero nada como el que oía llover.
Ella me decía: «Sí, sí, no compro más», seguramente para que me callara y no le diera más la matraca en ese momento, y al día siguiente en el armario aparecía una prenda nueva.
Yo tenía un buen sueldo en el instituto, no para permitirnos grandes lujos a diario, pero sí para vivir bien. Y ella trabajaba en una gestoría y no ganaba nada mal tampoco.
Me puse un pantalón de chándal y una camiseta de manga corta y me calcé unas deportivas. Me pasé las manos por el pelo, que era la manera en la que me peinaba siempre, ya que lo tenía bastante corto y no necesitaba nada más, antes de salir de la habitación.
Al llegar a la cocina para tomarme un café más que necesario para empezar ese día que se avecinaba demasiado largo, allí me encontré a Patricia sentada esperándome.
—Vamos, ya era hora de que te levantaras. No sé si sabes que tenemos que ir al hotel. Mañana nos casamos, ¿o es que no te acuerdas?
Me giré hacia la encimera en la que estaba la cafetera para que no me viera poner los ojos en blanco. Que si no me acordaba, decía, como para olvidarme, vamos.
Ni, aunque me hubiera dado un golpe en la cabeza y tuviera amnesia, podría pasar una cosa así, ya que ella se encargaría de recordármelo cada cinco minutos, como llevaba haciendo los últimos meses.
Me giré con el café en la mano y me senté enfrente de ella en la isla de la cocina. Me quedé mirándola unos segundos.
Era guapa, muy guapa. No le hacía falta ni siquiera maquillarse para estarlo más, aunque ella se empeñara en hacerlo hasta para bajar a por el pan.
A mí me había parecido guapa desde el mismo día que la conocí y también simpática, en un bar al que fui a tomar unas copas con Loren una noche de sábado.
Esa noche no pasó nada entre nosotros, ni las muchas siguientes que nos vimos tampoco. Solo nos dimos los teléfonos y quedamos en tomar un café. Un café llevó a otro y a otro más, luego a una comida, a una cena. Nos acostamos por primera vez tres meses después de conocernos.
Lo nuestro había sido un amor de esos que se cuece a fuego lento. Fueron pasando los días, los meses y los años y, sin darnos cuenta, aquí estábamos a unas horas de casarnos.
Nos queríamos, eso era indudable, pero sí que tenía que reconocer que nuestra relación había perdido un poco de chispa.
Estaba convencido de que era por todo el estrés de la boda y de que cuando todo pasara y sobre todo cuando nos fuéramos al viaje de novios solos y sin listas, flores y demás parafernalia, volveríamos a ser los mismos de siempre. O eso esperaba.
—¿Vas a ir con esa ropa al hotel?
Me miré a mí mismo y después me encogí de hombros, porque yo me veía bien.
—¿Qué tiene de malo esta ropa?
Resopló.
—No me jodas, Quique, que es un chándal y una camiseta piojosa.
¿Piojosa? ¿Qué coño iba a ser eso si era nueva y además era chulísima?
—No puedes ir así, somos los novios y tenemos que dar una imagen.
Me llevé la mano a la cara y con dos dedos me apreté el puente de la nariz, cerré los ojos y conté hasta diez.
No quería discutir tan temprano y menos por esa chorrada, pero tampoco quería ceder a todo como hacía siempre, así que en esos segundos pensé algo para salir del paso.
—Iré así y, cuando lleguemos, en mi habitación me cambiaré; no quiero que en el coche se me arrugue la otra ropa.
Sonrió complacida. Bien, punto para Quique.
—¿Has hablado con Rosa?
—Sí, anoche.
—¿Y qué? ¿Al final llega a la cena o no?
—No, ayer y hoy tenía un congreso médico al que no podía faltar y hasta última hora de la tarde no termina. Así que llegará para el baile.
—Entonces no la veré hasta mañana.
Como si le importara.
Si Patricia no se llevaba bien con Loren porque no entendía la relación tan estrecha de amigos que teníamos, a mi hermana directamente no la tragaba ni aunque se la empujaran para abajo en la garganta con calzador.
Siempre decía que no era normal tener una relación así con una hermana, que no veía la necesidad de que nos contáramos todo y de que nos llamáramos casi a diario.
¿Qué sabría ella si no tenía hermanos? Eso solo lo sabe y lo entiende una persona que tiene hermanos y que tiene una buena relación como yo la tenía con mi hermana.
—A ver qué clase de amiga trae como acompañante, espero que sea normal.
—¿Normal?
—Sí, que no sea una friqui o una rarita.
Alcé las dos cejas y la miré con la boca abierta. Porque me había dejado muerto, de verdad que no me esperaba que dijera una cosa así. ¿Pero con qué clase de gente se pensaba que se relacionaba mi hermana?
Que, por otra parte, si la chica era friqui, rara o era calva, era problema suyo y de nadie más. Cada uno es como es y punto.
—Es su compañera de piso y de trabajo, es matrona —dije entre dientes.
Soltó el aire, quedándose más tranquila.
—Menos mal…
Hice acopio de la poca paciencia que me quedaba y no dije nada más porque veía yo que al final llegaríamos al altar sin hablarnos.
Cogí una bolsa con ropa. Patricia, una maleta que pesaba un quintal y nos marchamos al hotel, para empezar la fiesta o la tortura, más bien.