Capítulo 5
Alicia
Otro día más esperando a la tardona de Rosa. Bufé en el pasillo.
—¡Rosa!
—Ya estoy —dijo apareciendo por el pasillo.
—Ya era hora, vamos, que hoy, como has sido tan rápida —entrecomillé lo de rápida—, si no pillamos imprevistos, nos da tiempo hasta a tomarnos un café.
Se echó a reír a la vez que negaba con la cabeza.
Pues sí, nos tomamos el café. Uno rápido en el puesto de enfermería de nuestra planta, pero nos lo tomamos.
—¿Cuándo vas a comprarte el vestido para la boda?
La leche, el vestido, dije apretando los dientes para mí.
El hermano de Rosa se casaba y me había pedido, o rogado, más bien, que la acompañara.
Su cuñada, o la que lo sería oficialmente en una semana, había insistido hasta la saciedad en que fuera acompañada. Y Rosa, como no salía con nadie ni ganas que tenía, me lo había pedido a mí.
Y yo, pues me dije, una boda de postín, porque eso era lo que iba a ser según me había contado. Con buena comida, mucha gente, baile y barra libre, pues allá que voy.
No conocía a nadie de los que iban a la boda, ni siquiera a los novios, solo a Rosa, pero a mí qué más me daba, yo solo quería pasármelo bien y ya. Pues la boda era en una semana y mi manía y yo de dejarlo todo para última hora era la culpable de que no tuviera un vestido.
Que tampoco me hacía falta mucho tiempo para conseguir uno, porque bajaba de tiendas y el primero que pillara ese sería el elegido. Yo no era de esas personas pesadas que se tiran días o semanas mirando para comprar algo.
Yo iba, miraba, me gustaba algo, pues me lo probaba y listo. Y eso haría esa misma tarde, porque si no, al final me veía yendo a la boda con el uniforme de matrona o en vaqueros, porque yo vestidos no tenía en el armario ni uno.
No me gustaban ni las faldas tampoco, así que prefería no gastarme el dinero en esas prendas que luego se quedaban muertas de risa en el armario.
—Voy esta tarde, ¿vienes conmigo?
—Claro, así aprovecho y me compro unos bikinis para las vacaciones.
Mierda… Esa era otra.
Después de la boda habíamos quedado en que nos iríamos una semana de vacaciones las dos a algún sitio de playa. Pues también tendría que aprovechar la tarde de compras para hacerme con algunas prendas playeras, que de esas tenía también pocas o ninguna.
Ya teníamos plan para la tarde, que seguramente se alargaría hasta la noche, porque aprovecharíamos, ya que íbamos a ir a un centro comercial y cenaríamos allí.
Lo que fuera con tal de no cocinar nada.
—¿Tú al final vas a llevar el vestido que han elegido tu madre y tu cuñada?
Me apetecía picarla un poco y sabía que ese tema la tenía calentita. Me fulminó con la mirada, como ya esperaba que hiciera.
—No me lo recuerdes, porque me entra una fatiga que me ahogo solo con pensarlo.
Me eché a reír y es que no era para menos.
—¿Fatiga? Si me toca a mí ponerme ese vestido, me entra sarpullido y hasta diarrea.
El vestido que habían elegido su madre y su cuñada para las damas de honor, y Rosa era una de ellas, era naranja. ¡Naranja!
¿Pero a quién cojones se le ocurre elegir un vestido naranja?
Pues, al parecer, a ellas, que tenían completamente atrofiado el sentido de la moda o, directamente, estaba muerto. Porque no es que solo el vestido fuera naranja; eso podía pasarse por alto si el tono fuera apagado o bonito. Pero es que, joder, era un tono naranja butano.
El día que me lo enseñó por foto en el móvil, poco más y me meo encima del ataque de risa que me dio.
—Oye, la novia irá de blanco, ¿no?
—Pues no tengo ni idea, el vestido es secreto de estado. Ni siquiera su madre ni la mía lo han visto.
—¡Ay, la Virgen! Que esta se presenta vestida de rojo putón, negro viuda o verde vómito; lo estoy viendo.
Solo de imaginárnoslo, las dos nos echamos a reír a carcajadas.
Trini asomó la cabeza y sonrió al vernos a las dos de esa manera. Que estábamos trabajando, sí, pero también se podía reír de vez en cuando para hacer el día más llevadero.
O al menos yo era de ese pensar.
—Alicia, la del paritorio dos dice que no puede más.
Me levanté de la silla en la que estaba sentada y dejé el vaso del café ya vacío en el pequeño fregadero que teníamos allí. Más tarde lo recogería.
—Yo voy a ver a uno de los niños que nació ayer; estaba muy amarillo y quiero ver si sigue igual. Llamarme cuando nazca.
Rosa se marchó al área de las habitaciones y Trini y yo hacíamos los paritorios.
Nada más entrar, vi que a la mujer que estaba tumbada en la camilla no le quedaba mucho para dar a luz.
No es que fuera adivina ni nada parecido, es que tantos años viendo todos los días a tantas parturientas acabas sabiendo esas cosas.
Como también otras, como si la mujer que está ahí no es primeriza, es una sufridora que por mucho que le duela aguanta sin quejarse o es una escandalosa quejica que nos iba a dar una sesión de cantitos gratis.
Me acerqué a ella y le sonreí.
—Buenos días, soy Alicia, la matrona que estará contigo hasta el final.
La mujer me sonrió.
—Buenos días, soy María.
Me acerqué al borde de la cama y retiré la sábana.
—Voy a revisarte, ¿vale? Sé que molesta un poquito, pero seré cuidadosa.
Hacer un tacto para comprobar cómo iba la dilatación nunca era agradable; tenía que apretar un poco y llegar hondo y era molesto y doloroso, pero necesario.
Por eso procuraba ser lo más delicada posible; bastante tenían con lo que estaban pasando como para añadir más molestias. El bebé estaba a punto de coronar; le faltaban pocos minutos, así que el parto sería en breve.
Levanté la cabeza y vi cómo María aguantaba el dolor de las contracciones, que ya tenían que ser muy fuertes.
—¿Sufridora o repetidora?
Se le escapó una risita al acabar la contracción.
—Las dos cosas. Tengo tres más.
—Madre mía, entonces tenemos una experta en la materia.
—Experta, no sé, pero que ya sé lo que viene ahora, pues sí, y te aseguro que será la última vez que pase por ello. Con cuatro ya he cumplido más que de sobra.
En eso tenía que darle la razón, porque no era muy normal en los tiempos que corrían que una mujer tuviera tantos hijos; que sí que alguna había, pero eran las menos. Lo normal era un hijo o, como mucho, dos.
—¿Este es niño o niña?
—Niña. Los he tenido intercalados. Niño, niña, niño y ahora otra niña.
—Si lo hubieras hecho adrede, no te habría salido tan bien.
No es que yo fuera una entrometida a la que le gustaba saber la vida de todas las mujeres a las que atendía, pero la experiencia de años me había enseñado que un poco de conversación en esos momentos solía distraerlas y no pensaban tanto en el dolor.
—Eso dice mi marido, que lo ha clavado.
Se dio cuenta del doble sentido de la frase que había dicho y las dos nos echamos a reír.
—¿Y cómo se va a llamar la princesa de la casa?
—Celia.
—Un nombre precioso.
—Lo ha elegido mi hijo mayor —dijo con orgullo.
—María, estás a punto de caramelo. ¿Has venido sola? Te lo digo porque, si quieres, la persona que haya venido contigo puede pasar para estar contigo, pero hay que llamarle ya.
—Ha venido conmigo mi hijo Diego, que es el mayor. Mi marido se quedó con los otros que están malos con gripe.
Vaya, el padre se lo iba a perder, qué mala suerte, pensé.
—¿Es mayor?
—¿Mi hijo?
—Sí.
—Dieciséis.
Pensé que ese hijo del que hablaba lo debía haber tenido siendo una cría porque se la veía muy joven para tener un hijo de esa edad. Dieciséis era lo suficientemente mayor para pasar.
—Sí, tú quieres y él también puede entrar para ver nacer a su hermana.
—¿De verdad? —me preguntó emocionada.
—De verdad, tiene la edad suficiente para estar aquí. No es lo normal que pasen personas que no sean el padre, pero soy amiga de las excepciones.
Sé que le encantaría estar aquí. Está más emocionado por el nacimiento de su hermana casi que yo.
—Trini.
—Voy.
Trini y yo llevábamos trabajando tantos años juntas que, con una sola palabra o con un solo gesto, no necesitábamos más para entendernos.
Salió con rapidez de la habitación mientras yo preparaba todo lo necesario para ayudar a María a traer al mundo a la pequeña Celia.
Tres minutos después, Trini volvió acompañada de Diego y me quedé a cuadros. Yo me esperaba un adolescente desgarbado y con la cara llena de granos por el acné.
Nada más lejos de la realidad. Ese muchacho era físicamente un hombre y, por cómo se movía con decisión y valentía, sin una pizca de miedo por estar en el sitio en que estaba, supe que era muy maduro para su edad.
—Hola, Diego.
—Hola.
—No te vas a marear ni nos vas a dar ningún susto, ¿verdad?
Sonrió e hinchó el pecho a la vez.
—Claro que no.
—Bien, entonces ponte al lado de tu madre y cógela de la mano. Vamos a empezar.
Se movió con rapidez y, como le había pedido, se puso al lado de su madre. Se me encogió el corazón al ver cómo, antes de darle la mano, le dio un beso en la frente y le dijo: «Venga, mamá, que esto está chupado y tú eres una campeona».
—María, ¿preparada?
Asintió.
—En la próxima contracción, empuja todo lo que puedas. Tienes un buen canal. Así que, si lo hacemos bien, no necesitarás ni puntos.
Tres empujones después, la pequeña Celia estaba en mis manos llorando a todo pulmón.
—Está perfecta y es preciosa.
María y Diego lloraban abrazados.
—Trini, llama a Rosa para que venga cuando pueda.
—Ahora mismo.
La envolvimos un poco y me levanté del taburete en el que estaba sentada con la niña en brazos.
—¿Quieres ser el primero en cogerla? Si has elegido su nombre, creo que es lo justo.
Diego miró a su madre para pedirle permiso con la mirada. Ella asintió sonriendo mientras se limpiaba las lágrimas.
Me acerqué con cuidado a Diego y le pasé a la niña. Pensé que dudaría o tendría miedo por si se le caía o algo así. Pero estaba claro que había ayudado a su madre con sus otros hermanos porque tenía una destreza impresionante para coger bebés.
Trini y yo nos miramos y sonreímos. Por ver esos momentos tan emocionantes que eran únicos, dábamos las gracias todos los días por haber elegido esa especialidad.
Salimos las dos y les dimos a los tres la intimidad que necesitaban y se habían ganado.
El resto del turno no fue tan emocionante, pero sí igual de intenso. Cuatro partos más y dos mujeres que dejamos en dilatación; después salimos del hospital satisfechas un día más por el trabajo realizado.
Rosa y yo nos fuimos directamente al centro comercial y allí estuvimos, como yo había predicho, hasta después de cenar. Llegamos a casa cansadas, más pobres, cargadas de bolsas, pero felices por haber comprado un bonito vestido y muchas cosas más.