Capítulo 4
Quique
Viernes. Otra semana más que había llegado a su fin. En el plano laboral, claro. Porque teníamos aún dos días por delante para disfrutar del finde y para recargar las pilas para volver el lunes a seguir lidiando con los chicos.
Los chicos que estaban más revolucionados que de costumbre, ya que el calor estaba empezando a hacerse presente.
No mucho porque en Salamanca no era como en el sur, que allí seguramente ya se estaban abanicando, pero sí un calorcito agradable que invitaba a estar más por la calle.
Apenas quedaban tres semanas para terminar el curso y eso, sumado al calor, era el motivo de esa revolución.
Ese día habíamos tenido claustro de profesores y, cuando eso pasaba, solíamos quedarnos a comer todos, o casi todos, en un bar cercano al instituto y, al terminar, nos reuníamos.
Dos horas había durado la reunión. Dos horas más las de clases de la mañana nos habían dejado agotados, no físicamente. Pero sí con la mente pesada.
—Chicos, ¿una cervecita antes de irnos a casa? —preguntó Claudia.
—Yo me apunto —contestó Bea.
—Yo también. No por sed, sino por necesidad.
La tontería de Loren nos hizo reír a los cuatro.
Éramos muchos más profesores en el centro, unos treinta más o menos. Todos nos llevábamos bien; hombre, siempre hay algún rocecito por las muchas horas que pasábamos juntos, pero nada reseñable que no se resolviera hablando.
Pero Claudia, Beatriz, Loren y yo. Éramos más que compañeros, éramos amigos.
Siempre andábamos juntos. En la sala de profesores, tomando café antes de entrar o una cerveza a la salida. O incluso quedábamos los fines de semana.
Claudia y Bea eran de fuera de Salamanca. Ambas obtuvieron la plaza en el instituto donde estábamos el mismo año; eso fue hace seis años. Y el primer año que llegaron, al poco tiempo decidieron compartir piso y gastos y así seguían.
Bueno, eso no era del todo cierto porque desde hacía cinco años empezaron a compartir otras cosas también.
La cama, por ejemplo. Que eran pareja, vaya. Y una muy bien avenida, por cierto.
Se las veía muy enamoradas y se llevaban a las mil maravillas tanto dentro como fuera del trabajo.
—Quique, ¿vienes? —Me preguntó Bea.
Dudé unos segundos. Pero me dije: ¿Qué narices?, me quedo, que me lo he ganado.
—Sí.
—¿No tienes planes con Patricia?
Me encogí de hombros.
—Supongo, cuando llegue a casa, ya me enteraré.
Loren resopló a mi lado y vi cómo se mordía el labio para callarse lo que estaba pensando y con eso dar pie a empezar una discusión conmigo.
Discusión que solíamos tener muy a menudo por el mismo tema. Que no era otro que mi relación con Patricia.
Patri y yo llevábamos tres años juntos y desde el primer momento que Loren y ella se conocieron, yo, bueno, y algunas personas más, vimos que ellos no congeniarían en la vida.
No se soportaban. No lo hicieron desde el primer día y, con el paso del tiempo, cada vez iba a peor.
El motivo era porque Loren decía que ella era una loca absorbente que no me dejaba ni cagar solo, además de ser la tía más mandona y manipuladora de la tierra.
Ella, por su parte, no le tragaba a él porque decía que no entendía cómo un amigo tenía que estar tan presente en la vida de otra persona. Decía que parecía que Loren estaba enamorado en secreto de mí y celoso porque estaba con ella.
¿Quién de los dos tenía razón? Pues ninguno y los dos. Porque era verdad que Patri era un poco mandona y que le gustaba a ella decidir y organizar siempre todo lo que hacíamos la mayoría de las veces, sin dejarme decir u opinar nada.
Pero yo estaba muy enamorado de ella y esos pequeños defectos, si es que podían considerarse así, los pasaba por alto, porque sus virtudes, que yo pensaba que tenía muchas, ganaban por goleada.
Por la parte que le tocaba a mi amigo, pudiera ser, que no digo que sea verdad, que sí que estuviera un poco celoso de Patri. Pero no por el motivo que ella decía. No, por eso no, porque Loren era hetero hasta la médula, vamos, que le gustaban más las faldas que a un mono los cacahuetes.
No, el motivo de sus celos o de su cabreo más bien venía porque a Patricia no le gustaba ni un pelo que saliera con él a solas.
O que hiciéramos planes en solitario y siempre se lo estaba echando en cara, diciéndole que lo hacía adrede para separarme de ella, y el otro le decía: «Es que no es tuyo en propiedad».
Y esa era la guerra que tenían siempre formada, en la que yo siempre salía mal parado por estar en medio.
Así que procuraba ser lo más neutral posible y aplacar los enfados de ambos, para poder vivir o al menos intentarlo más tranquilo.
Entramos en el mismo bar en el que habíamos comido, que era al que también solíamos ir cuando tomábamos algo esos días que nos quedábamos por la tarde, y pedimos cuatro cañas.
Como la temperatura acompañaba, salimos a la pequeña terraza que el bar tenía fuera.
No nos habíamos acabado de acomodar en las sillas cuando mi móvil sonó.
—No me jodas, no hace ni diez minutos que hemos salido y ya te reclama —se quejó Loren.
No me molesté en contestarle. No quería discutir, solo quería estar tranquilo tomándome la cerveza con ellos y dejar el tema de Patricia por un rato.
Era verdad que solía controlarme en exceso, pero es que desde que habíamos decidido casarnos, para lo que faltaba tan solo un mes, estaba atacada de los nervios con los preparativos y me tenía atacado a mí también.
No se lo había dicho a nadie, pero estaba de flores, menús, invitaciones y demás cosas hasta los mismísimos huevos. Qué cansancio de boda.
Cuando lo hablamos, los dos decidimos hacer una cosa sencilla; claro que eso era lo que dijimos nosotros. Porque cuando en la ecuación entraron mi madre y la madre de Patricia, esa idea se quedó en eso, en una idea.
Fue decirles que nos casábamos y se desató el caos.
Las dos querían una boda para sus hijos por todo lo alto.
Al principio hicimos el intento de negarnos, pero se quedó en eso, en un intento, porque no hubo manera de que cedieran, así que lo hicimos nosotros.
Y las cosas se habían ido de madre de una manera impresionante.
Si hasta nos íbamos a casar en la catedral, cuando nuestra primera idea era hacerlo solo por el juzgado.
No tenía a esas alturas, ni quería saberlo tampoco, ni idea de cómo mi suegra había conseguido que nos casáramos en la catedral, ya que, por lo que tenía entendido, había mucha lista de espera.
Pues al parecer para nosotros no, ya que era ahí donde nos casaríamos dentro de un mes.
El resto de las cosas, pues más de lo mismo.
La lista de invitados, que iba a ser de unos sesenta, pues se había convertido en casi doscientos.
Ni idea de dónde había salido tanta gente.
Seguramente ese día no conocería ni a la mitad de los que estarían allí viendo cómo daba el sí quiero, increíble pero cierto.
Yo pensé, erróneamente, que Patricia no querría todo ese despliegue y, a mi modo de ver y pensar, ese derroche de dinero innecesario, pero en cuanto mi madre y la suya le presentaron bien detallado el plan de boda, se subió al carro muy rápido.
Así que entre las tres me tenían de lo más estresado.
Saqué el móvil y lo desbloqueé pensando que sí que sería Patricia para decirme algo de la boda o para que fuera a casa ya. Ya sabía qué planes teníamos, aunque había preferido no decirlo.
No eran otros que sentarnos con la lista de invitados y la foto de las mesas que el hotel nos había facilitado para ver cómo les sentábamos y con quién a cada uno. Un plan de viernes por la noche de diez.
Al ver de quién era el mensaje, sonreí.
—No es Patricia.
—No.
—La sonrisa te ha delatado, es la tata.
Loren tenía toda la razón del mundo. Mi sonrisa siempre era distinta a la que podía poner con cualquier otra persona cuando la que estaba al otro lado del teléfono o delante de mí en persona era mi hermana.
Rosa, para todos. Para mí y para Loren, la tata. Así era como la llamábamos desde que éramos pequeños y así se había quedado y se quedaría para los restos.
Al igual que ella, a nosotros jamás nos llamaba por nuestros nombres. Yo para ella era el tato y Loren el tati.
Tata: ¿Tato, ya has terminado y sobrevivido a otra semana con las fieras?
Quique: Terminado, sí, sobrevivido de milagro.
Quique: ¿Y tú a cuántas nuevas futuras fieras has revisado al llegar al mundo?
Tata: Pues ha sido una semana tranquila; solo hemos tenido doce nacimientos.
La hostia… ¿Doce eran pocos en cinco días? Pues si esos eran pocos, no me quería ni imaginar cómo sería una semana de esas que ella llamaba de locura.
Sabía que le encantaba su trabajo. Era pediatra. Pero no ejercía en una consulta. Ella tenía plaza en un hospital en Valladolid en la planta de maternidad.
Allí era la que se encargaba de revisar a los recién nacidos en el mismo momento en el que llegaban al mundo, y también los días posteriores hasta que se marchaban a casa.
Aunque en la misma planta también había una sección de neonatos que debían quedarse ingresados por algún motivo, ella se encargaba de ellos durante su turno.
La echaba de menos. Estábamos en contacto constantemente, a diario más bien, pero aun así la echaba en falta.
Ya hacía muchos años que no vivíamos en la misma ciudad, concretamente desde los dieciocho años, cuando ella se marchó a estudiar fuera, y de eso hacía ya catorce años.
Pues no me había acostumbrado todavía a no verla a diario. Nuestra relación era especial desde que nacimos. ¿Que fuéramos mellizos tenía algo que ver? Pues no lo sabía, pero el caso es que así era.
Siempre habíamos estado muy unidos y siempre lo estaríamos. Ella siempre está para mí en todo y yo para ella igual. En lo bueno, en lo malo y en lo regular.
Hacía ya varias semanas que no nos veíamos y no lo haríamos hasta mi boda. Y esto que quede entre nosotros, pero con lo trastornada que tenía la cabeza con la dichosa boda, tenía casi más ganas de que llegara el día para ver a mi hermana que para casarme.
Un nuevo mensaje de mi hermana me sacó de mis pensamientos y la nostalgia que me daba no tenerla cerca.
Tata: Tato, te escribía para decirte que sí que iré acompañada a tu boda.
Vaya, eso sí que no me lo esperaba.
—¿Qué pasa? ¿Por qué frunces el ceño?
—La tata dice que viene acompañada a la boda.
—¡No me jodas! ¿Tiene novio?
—No lo sé, espera que le pregunto.
Loren estaba tan alucinado e intrigado como yo.
Quique: ¿Estás saliendo con alguien y no me has dicho nada?
Tata: Nooooo. ¿Estás tonto? ¿Cómo no te iba a decir a ti algo así? Serías el primero en enterarte.
Solté el aire que estaba conteniendo.
—No tiene novio, dice —le informé a Loren que estaba esperando respuesta.
—¿Entonces con quién viene?
Levanté la mano pidiéndole calma.
Quique: ¿Con quién vienes entonces?
Tata: Con mi amiga Alicia. Hoy nos confirmaron que nos dan las mismas vacaciones, así que ella me acompañará a tu boda y después nos iremos juntas unos días de vacaciones.
Alicia. Esa era su amiga, compañera de piso y de trabajo. A la que, por cierto, yo no conocía todavía y mira que hablaba de ella. Pues por casualidades de la vida no habíamos coincidido nunca.
Que tampoco era raro. Porque siempre era mi hermana la que venía a Salamanca y no yo donde ella vivía, y su amiga no la había acompañado ni una sola vez. Según me dijo ella, en cuanto tenía un día libre, se iba a ver a sus padres, que debían de ser muy mayores.
Intercambiamos algunos mensajes más y quedamos en llamarnos por la noche cuando los dos estuviéramos en casa. También, después de despedirme y mientras me bebía la cerveza, puse a los demás al tanto de los planes de mi hermana.
Bea y Claudia, que la conocían de cuando venía de visita a Salamanca, la adoraban y Loren, ¿qué puedo decir?, pues la quería casi tanto como yo. Era como una hermana para él.
Estábamos tan a gusto allí sentados con lo bueno que hacía y charlando que pedimos una segunda ronda. Una hora después dimos por finalizada la quedada improvisada y cada uno se fue para su casa.
Claudia y Bea juntas, como siempre. Y Loren y yo nos fuimos andando en dirección contraria hasta nuestros pisos. Vivíamos en la misma calle los dos, así que siempre íbamos y veníamos del insti juntos.
Nos despedimos en su portal, que era el primero al que llegamos, quedando en hablar más tarde. Él se metió en el portal y yo puse rumbo al mío.
Entré por la puerta y nada más ver la cara de Patricia ya supe que se avecinaba bronca. Maravillosa noche íbamos a pasar, pensé.