Capítulo 3
Alicia
Me calcé los zuecos que usaba a diario para trabajar y levanté la cabeza. La madre que la parió.
Yo ya estaba preparada. Me había puesto el uniforme completo, los zuecos e incluso me había vuelto a hacer la trenza que llevaba en el pelo porque se me habían salido algunos pelos y Rosa seguía en bragas. Madre de mi vida, qué pachorra tenía.
En lo que se vestía, si es que acababa de hacerlo en algún momento de ese día y no a la semana siguiente, me senté en el banco que teníamos en el vestuario y cerré los ojos cuando apoyé la cabeza contra la pared.
Seis años. Seis años que llevaba ya viniendo a trabajar a ese hospital.
A mi mente llegaron recuerdos de cuando era una cría y empecé la carrera de enfermería. Era mi sueño y lo que siempre quise estudiar, y lo conseguí.
Terminé la diplomatura de tres años. Tras eso, me presenté al examen EIR, que era el acceso necesario para convertirme en enfermera especialista.
Conseguí la plaza e hice los dos años de prácticas requeridas en la especialidad de ginecología y obstetricia.
Que es lo que conoce como matrona, que es lo que era.
Después de terminar esas prácticas, conseguí la plaza en el mismo hospital en el que me formé y por eso llevaba allí seis años. Cuatro oficialmente como matrona.
Que cuando me preguntaba la gente por qué esa especialidad, pues siempre les decía lo mismo.
Que sí, que el sueño de mi vida no era ver cuevas de otras mujeres todos los días durante horas, pero que esas vistas las compensaba con lo que salían de ellas. Los bebés. Y es que ayudar a llegar al mundo a un bebé era la mejor sensación del mundo.
Ser la primera a la que sentían. La primera a la que muchos veían y ser la primera en darles la bienvenida era una sensación tan maravillosa que, al menos para mí, no tenía comparación con ninguna otra.
Abrí un ojo y miré a Rosa. Bueno, pues ya no estaba en bragas. Los pantalones ya se los había puesto. Venga, campeona, que ya solo te queda la casaca y los zuecos. Que tú puedes, le dije dándole ánimos mentalmente.
Volví a cerrar el ojo. A la mente se me vino Rosa el primer día que llegó a la planta en la que yo ya estaba trabajando. Llevaba allí un año cuando ella se incorporó al equipo como la nueva pediatra.
Desde el minuto uno congeniamos a las mil maravillas, aun siendo tan opuestas como éramos. Porque de verdad que más distintas no podíamos ser.
Yo creo que por eso nos llevábamos tan bien. Como dicen, los polos opuestos se atraen. Que sí, que eso lo usan para el amor, pues yo pensaba que también era válido para la amistad. Para prueba, nosotras.
A los pocos meses de estar allí nos fuimos a vivir juntas. No fue algo premeditado ni repentino. Hablamos durante un tiempo. Ambas pagábamos un pastón por el piso en el que vivíamos, que era de mala calidad.
Decidimos coger uno lo más cerca del hospital, más grande y compartir los gastos. Pese a lo distintas que éramos, congeniábamos perfectamente en la convivencia. Bueno, y en todo.
Rosa era calma. Yo, puro nervio. Ella orden. Yo, caos. Ella callada, prudente y siempre pensaba muy bien qué decir, y yo, pues, todo lo opuesto: era alocada, no me callaba ni dormida y siempre soltaba todo lo que se pasaba por la cabeza sin pararme a pensarlo ni un segundo.
Rosa era de Salamanca. Cuando ella empezó a estudiar en su ciudad, no pilló plaza y tuvo que hacerla en Valladolid.
Todo su entorno y su familia pensaron que, al acabar todos sus estudios, ella volvería a casa y buscaría trabajo allí.
Sin embargo, les dio a todos la sorpresa de su vida al decirles que estaba muy a gusto aquí y que se quedaba.
Echaba de menos a su familia, sobre todo a su hermano mellizo, pero como tenían mucho contacto e iba a verlos cada dos por tres, lo llevaba bien.
Yo tampoco tenía a mi familia cerca. A la única que tenía, que eran mis padres, porque más familia no tenía. Ellos vivían en Medina del Campo, un pueblo de Valladolid que no estaba muy lejos de la capital, así que solía visitarles a menudo, además de llamarlos casi todos los días.
Mis padres eran bastante mayores, no ancianos, pero sí mayores. Me tuvieron cuando ya habían perdido la esperanza de tener hijos y mi madre tenía cuarenta y cinco años y mi padre cincuenta.
Mis viejitos, así los llamaba. Los adoraba igual que ellos a mí.
Abrí los ojos y vi que a Rosa solo le faltaban los zuecos. ¡Aleluya!
—Rosa, quieres acabar de una vez.
—Ya estoy, pesada —dijo al terminar de calzarse.
—Cualquier día vamos a llegar al paritorio y los críos hasta han hecho la comunión.
—A exagerada no te gana nadie —dijo bufando.
—Y que no se le ocurra. La reina de la exageración soy yo y nadie puede ostentar ese título.
Se echó a reír.
—Vamos, anda.
—Sí, vamos a ver a cuántas cuevas tengo que asomarme hoy y tú a ver a cuántos tesoros tienes que darles el visto bueno.
La carcajada le salió sola.
—Qué manía tienes con llamarlas cuevas.
—Anda, pues, lo que son. Oscuras, húmedas y que esconden tesoros.
Negó con la cabeza.
—Eres de lo que no hay.
—Soy una especie única.
—Sí, desde luego, porque Dios nos libre de dos como tú.
Nos echamos a reír las dos y salimos del vestuario para ir al área de maternidad. El nuestro. Nuestro reino.
No habíamos dado ni diez pasos por el pasillo y de frente nos topamos con el mayor pelmazo del hospital. Benigno.
Sí, lo habéis leído bien. Así le habían puesto sus padres. No sabía yo de dónde coño habían sacado ese nombre. Debían estar influenciados por el maligno, que era lo opuesto al nombre. Porque si no, no me explicaba el motivo de hacerle a su hijo semejante putada.
—Mierda, empezamos bien —dije entre dientes.
Rosa, al oírme, siguió mi mirada y sonrió de medio lado.
—¿A este también le consideras un imprevisto?
—No, este es como una pústula muy gorda en el agujero del culo.
Y es que el tío era más pesado que una vaca en brazos, con todo el mundo, pero conmigo mucho más.
No había día que no me lo cruzara, que eran todos. Porque creía que el muy pelma me buscaba para insistir hasta el aburrimiento en meterme fichas o pedirme una cita.
¿Qué cojones iba a darle yo una cita si, aparte de ser un pelmazo, era más feo que pegarle a un padre?
Pero que por más cortes y desplantes que le daba, nada, oye, que el tío seguía viniendo a por más a diario. Me había llegado a plantear que es que necesitaba una dosis diaria de guantazos verbales para sobrevivir porque, si no, no me lo explicaba.
—Buenos días, guapísimas.
—Buenos días —contestó Rosa.
—Adiós.
Se echó a reír y yo puse los ojos en blanco. Mandaba narices que encima se pensaba que se lo decía en broma.
—Hoy estás preciosa, Alicia, tienes un brillo especial.
—Debe de ser que ayer, cuando enceré el piso, se me quedó algo pegado del producto.
—Pues oye, te queda estupendo.
Rosa me miró aguantándose la risa y diciéndome con la mirada: tranquila. Tranquila, una mierda.
El Benigno, cuando aparecía, hacía que estuviera en muchos estados, pero el de tranquila en su presencia no era uno de ellos.
—Vamos, Rosa, tenemos trabajo —le dije a mi amiga ignorándole.
Di dos pasos a un lado para esquivarle, al igual que hizo Rosa, porque el pesado seguía clavado allí en medio del pasillo como si le hubiera puesto el ayuntamiento, como si fuera un poste de la luz.
Le pasamos de largo y sonreí contenta pensando que ese día me libraba. No hubo suerte.
—Alicia, ¿quedamos esta noche?
Rosa se aguantó la risa y yo apreté los puños y conté hasta tres. Hubiera sido mejor hasta trescientos, pero no tenía tiempo.
—Ni esta noche ni ninguna.
—Vamos, mujer, sí lo vamos a pasar estupendamente.
—Por supuesto que sí. Yo en mi casa estaré tan ricamente. Tú puedes hacer o ir donde quieras.
—El día que me digas que sí, serás la mujer más feliz del mundo. En cuanto me pruebes, solo vas a querer repetir y repetir.
Os juro que hasta náuseas me entraron y todo.
Rosa se llevó la mano a la boca para que no la oyera reírse. Pues no era para reírse, era para llorar o morirse directamente, la verdad.
—Mira, Benigno…
—Beni, cariño, llámame, Beni —dijo cortándome.
—Tú sí has sacado la plaza de celador, sabes leer, ¿verdad?
Me miró extrañado, pero asintió.
—Bien, eso está muy bien. Porque, como al parecer diciéndotelo con palabras no lo pillas, te lo voy a escribir bien grande en una cartulina para que lo leas.
—¿El qué?
—No.
—No, ¿qué?
Si es que era gilipollas, de verdad os lo digo.
—La palabra no en mayúsculas es lo que voy a poner en la cartulina para ver si leyéndola te enteras de una jodida vez.
Se echó a reír. Miré a Rosa y se había quedado con la boca abierta al oírle reírse, y es que no era para menos. Porque es que encima le hacía gracia al muy tarado.
—Me encantan tus bromas.
Resoplé a la vez que le pedí paciencia al señor y ayuda, mucha ayuda para no acabar en la comisaría, al menos hasta que ese día no hubiera traído al mundo a algún niño.
—Entonces, ¿quedamos luego?
Miré al techo.
—Llévame pronto, señor, y líbrame de este sufrimiento. Te prometo que allí me portaré bien. Eso sí, cuando este casque, llévale a otro paraíso o a tomar por culo, donde tú quieras, pero lo más lejos que puedas de mí.
—Benigno, deja en paz a la gente y baja a la primera planta, te necesitan allí para un traslado.
Cerré los ojos y solté el aire que estaba conteniendo.
—Sí, jefa.
Carla era la que le había mandado que se largara. Ella era la ginecóloga y jefa de nuestro equipo y en ese momento mi salvadora.
—Si no llegas a aparecer hoy, se lo carga —le dijo Rosa.
—Estoy hasta lo más hondo de la cueva de él.
—Al final tendremos que hablar con personal y poner una queja.
—Si me aseguran que no vuelve a pasarse por esta planta, cinco o cincuenta pongo si hace falta.
—Es pesado, pero inofensivo —dijo Rosa encogiéndose de hombros.
—Inofensivo los cojones. Alguien que altera de la manera que él lo hace la paz mental de otra persona no puede serlo ni en esta ni en otra dimensión.
La puerta que daba acceso a los paritorios se abrió y Trini, la auxiliar y cuarta integrante de nuestro equipo, asomó la cabeza.
—Chicas, dos partos al mismo tiempo.
Ninguna dijo nada, entramos deprisa y nos pusimos en modo trabajo.