Quiero seguir soñando contigo Capítulo 2
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Capítulo 2

Quique

Entré por la puerta de la sala de profesores y con pasos cansados me acerqué hasta una de las sillas que estaban vacías y me senté.

—Buenos días.

Lorenzo, mi mejor amigo y compañero de trabajo, me miró con una ceja levantada y negó con la cabeza.

—Pues de buenos no parecen tener nada, tienes una cara que da miedo.

Claudia y Beatriz, que estaban sentadas una enfrente de la otra, asintieron dándole la razón. Resoplé y mucho.

—Hasta las tres de la mañana he estado corrigiendo exámenes.

—Eso es deporte de riesgo —dijo Bea.

—Eso es una putada que no está pagada con dinero —dijo Claudia.

—No, eso es el nacimiento de una nueva cana diaria —añadió Loren haciéndonos reír.

—Pues antes de que acabe el curso tendré el pelo entero blanco.

—Rápatelo.

Claudia y Bea le miraron con horror por haberme dicho eso antes de volver a echarse a reír.

—Pues como todos sigamos tu consejo, a final de curso pareceremos el conjunto de las bolas de un billar.

—Guapos estaríamos —dijo Bea negando.

—¿Han puesto muchas burradas? Porque los míos ya ni burradas; lo que ponen directamente son sacrilegios.

Beatriz, que era la que me había preguntado, era profesora de lengua y, en alguna ocasión, que nos había enseñado alguno de los exámenes, era para ponerse a llorar.

No es que los chavales escribieran con faltas de ortografía, es que directamente había muchos que no sabían escribir y mucho menos seguir las normas gramaticales más básicas.

—Pues los míos se superan por días, están inventando un nuevo idioma —dijo con pesar Claudia.

Ella era profesora de inglés. Y si algunos no sabían por dónde se andaban con su propio idioma, haceos una idea de cómo podían hacerlo con otro.

Para quedarse calvo al leer los ejercicios o los exámenes que hacían porque querías arrancarte los pelos de un tirón.

—Yo de los míos mejor ni comento, porque estoy a punto de pedir la jubilación anticipada —dijo Loren.

Él era profe de matemáticas y ver sus exámenes, como decía siempre, era para plantearse hacerlo con tres copas de más; así a lo mejor era posible descifrar los jeroglíficos que le ponían en algunas ocasiones.

—Aberraciones, eso me han puesto. Pues no me pone uno que Platón era el abuelo de Santo Tomás y que, como era muy estricto, le metió en un convento para que fuera un hombre de provecho y no se desviara del buen camino.

Los tres se echaron a reír a carcajadas.

—Hostias… se superan cada día más.

A Loren hasta se le entrecortaron las palabras del ataque de risa que tenía. Pues a mí ni puta gracia que me hacía, joder.

Era muy frustrante dejarte la piel todos los días intentando enseñarles algo.

Poner toda la ilusión en hacerlo y prepararme las clases de forma original para que les parecieran atractivas, para que luego viniera uno de estos cafres y jodiera los conocimientos en dos segundos poniendo semejante barbaridad.

Que también tengo que decir que eso no pasaba con todos; por suerte, la mayoría, mejor o peor, sacaban el curso adelante. Pero luego había esos tantos que en todas las asignaturas liaban cosas como esas y te minaban la moral.

—Menos mal que luego tenemos a los que es maravilloso ver sus exámenes, que si no, esto era para deprimirse —dijo Bea.

—Sí, gracias a esos no se te quitan las ganas de venir cada mañana; por esos, aunque no sean muchos, merece la pena todo.

Los tres asentimos a las palabras de Claudia porque tenía razón.

Había momentos en que querías estrangularlos, pero otros te hacían reír o emocionarte y eso dejaba de lado los dolores de cabeza que nos daban nuestros chavales.

Porque sí, eran nuestros chavales. No de forma literal, pero sí simbólica. Compartíamos con ellos a diario de todo. Los veíamos crecer. Llorar. Reír. Discutir y hasta enamorarse.

Después de tomarnos el café obligatorio antes de ir a enfrentarnos a las fieras, salimos los cuatro hacia nuestras clases para empezar con la primera clase del día.

Caminé por el pasillo y la mayoría de los chicos a los que ya conocía de años me iban saludando.

—Hola, Quique.

—Buenos días, profe.

Así la gran mayoría. Aunque también había otros que iban a lo suyo o estaban tan entretenidos con el móvil o charlando que no me veían ni pasar.

Mientras seguí por el pasillo viendo a los chavales, se me vino a la mente otra época.

Una en la que era yo el que tenía la edad de los más mayores de allí y en la que estaba como ellos preparándome para hacer en mi caso la EBAU, que era como se llamaba antes.

Recordé lo nervioso que estaba, las muchas horas que dediqué a estudiar para sacar las mejores notas posibles para no tener problemas con la media y poder elegir la carrera que quería.

Cuando empecé el instituto, no tenía ni idea de lo que quería hacer, como les suele pasar a la mayoría. Pero con el paso del tiempo, cuando los años fueron pasando, mis preferencias se fueron haciendo más claras dentro de mí.

En la primera clase de Filosofía que tuve en primero de bachillerato, salí tan encantado que, al final del primer trimestre, lo tuve claro: esa sería mi elección.

Y lo fue. Aprobé la EBAU. Estudié la carrera. Hice dos másteres, uno de ellos el que me permitiría ser profesor, y al año siguiente me presenté a las oposiciones.

Me maté a estudiar como un cabrón para poder conseguir una plaza. Y lo conseguí.

El primer año fui donde me tocaron las prácticas, no muy lejos de casa, pero sí en otra ciudad de mi comunidad. Los dos siguientes en otro destino.

Pero en cuanto pude, que fue justo tres años después de aprobar las oposiciones, pedí plaza en Salamanca, que era donde había nacido y crecido y donde quería vivir el resto de mi vida.

Loren, que como he dicho antes era mi mejor amigo, siguió unos pasos parecidos a los míos, pero él estudiando la carrera de Matemáticas. Hubo unos años en los que, al igual que a mí, le tocó estar lejos de casa, pero en cuanto pudo volver a Salamanca, lo hizo.

Y por casualidades de la vida, o porque tuvimos una suerte enorme, habíamos acabado los dos trabajando en el mismo instituto. Y allí estábamos por tercer año consecutivo, juntos.

Siendo profesores los dos con treinta y dos años, y muy satisfechos con nuestra elección.

Esos años en los que apenas nos vimos, nuestra amistad no se resintió ni un poquito. Seguimos siendo Zipi y Zape, como el resto de los amigos de nuestro grupo solía llamarnos. Nos conocíamos desde el colegio y desde el primer curso habíamos sido los mejores amigos y así seguíamos.

Aunque hubo unos años en los que no fuimos solo dos. Fuimos un equipo de tres. Loren, mi hermana Rosa y yo.

Rosa era mi melliza. Y la persona a la que más unido había estado nunca. Y aunque desde hacía años nos veíamos muy poco, esa complicidad y esa unión que teníamos no había desaparecido, ya que vía telefónica estábamos en contacto casi a diario.

Rosa, al contrario que yo, sí supo lo que quería ser en la vida casi desde que era una niña. Médica. Concretamente, pediatra.

Al igual que Loren y yo, ella lo había conseguido.

El motivo de que no nos viéramos muy a menudo era porque, cuando empezamos las carreras, a ella le tocó marcharse a Valladolid para hacer allí medicina, ya que en Salamanca las plazas ese año eran muy escasas.

Allí acabó la carrera, allí hizo el MIR y allí se acabó quedando a trabajar en uno de los hospitales de la ciudad.

Yo, por las circunstancias o porque siempre que podía era ella la que volvía a casa, nunca había ido a verla allí, así que no conocía nada más que de oídas al círculo de amigos que tenía.

Sobre todo, hablaba de una compañera del hospital con la que además vivía.

Un grito de uno de los chavales me sacó de mis pensamientos y, al levantar la cabeza, me di cuenta de que ya había llegado a la puerta del aula en la que me tocaría la primera clase.

—Chicos, venga, id sentándoos.

Nada, ni caso. A lo suyo que siguieron.

—Chicos…

Segunda vez. Mismo resultado. Todos los días y en todas las clases era lo mismo. Si no me ponía serio, ni caso me hacían.

—¡Chicos!

Alzar la voz y una palmadita en la mesa. Eso siempre funcionaba.

Todos se fueron sentando entre protestas, risas y alguna que otra tontería que hice como que no oía. Era lo mejor para mi salud mental. Saqué los exámenes corregidos de mi portafolio y, sin decir ni una sola palabra, empecé a repartirlos.

Hubo de todo: chillidos de alegría, lamentaciones, quejas y hasta alguna lagrimilla. Nada que no me esperara. Nada que no hubiera visto antes. Y nada que no siguiera pasando año tras año.