Quiero seguir soñando contigo
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Capítulo 1
Alicia
Miré el reloj por tercera vez y resoplé por tercera vez también.
Todos los puñeteros días era la misma historia. Todos los santos días salía cabreada de casa porque siempre teníamos que ir con prisas.
Di dos paseos más arriba y abajo por el pasillo. Me paré. Di dos toquecitos con el pie en el suelo y fruncí el ceño.
Os juro que por culpa de esta mujer y por todo lo que me hacía fruncir el ceño por las mañanas, bueno, y a cualquier hora cuando teníamos que ir a algún sitio, se me iba a quedar la frente que iba a parecer una carretera de esas sin asfaltar.
Miré el reloj por cuarta vez. ¡La cuarta!
Se acabó. Hasta ahí habíamos llegado. Ya me tocaba darle la primera voz del día. Es que de verdad parecía que, si no le achuchaba, no se ponía a funcionar.
Mi amiga era de las que no morirían de infarto en la vida. Se tomaban las cosas, todas, con tanta calma que desesperaba al más paciente.
—¡Rosa! Vienes de una puñetera vez o me voy sin ti, joder.
Esperé. Nada, que la tía no salía de su habitación. Y yo ahí que llevaba ya más de diez minutos esperándola en el hall de entrada de nuestro piso, preparada.
No penséis que no me había oído llamarla porque estuviéramos lejos, porque no, eso no era así. Me había oído y de sobra, como me oía todos los santos días, pero se hacía la tonta que daba gusto.
Ella a su ritmo. Ritmo que era completamente opuesto al mío, ya que yo siempre iba como el Correcaminos y ella como la más lenta de las tortugas.
Caminé hasta el final del hall; vamos, dos pasos. No penséis que el hall y el trozo de pasillo tenían un kilómetro, que no, tenían exactamente eso, dos pasos, a lo sumo tres, dependiendo de quién los diera.
El piso en el que vivíamos era un tercero y último con ascensor.
Con tres habitaciones. Una mía. Otra suya.
Y la otra era una especie de habitación de invitados, recogedero de cosas o trastero.
Un salón bastante majo. Y una cocina que, aunque no se podía bailar en ella para nosotras y lo “mucho que cocinábamos”, era más que suficiente.
También tenía dos baños. Uno en el pasillo entre dos de las habitaciones. Y otro dentro de la habitación más grande, que por cosas de la vida era la mía.
Que yo tuviera esa habitación con el baño dentro no era egoísmo, sino suerte. Esa que, por una vez, estuvo de mi parte. Cuando nos fuimos a vivir juntas cuatro años atrás, lo echamos a suertes y gané, así que me quedé con esa habitación.
Giré la cabeza y sonreí al ver lo mejor del piso. La terraza. Una terraza que nos daba la vida, sobre todo en verano. Era casi tan grande como el piso y la envidia de todos los que tenían la oportunidad de verla.
Volví a mirar el reloj. Sí, por quinta vez. Las siete y media.
—Me cago en todo lo que se menea —dije entre dientes—. ¡Rosa! Que no llegamos. Sales ya o me voy.
Me di la vuelta para cumplir mi amenaza porque ya estaba harta y justo en ese momento la puerta de la habitación de mi amiga se abrió.
—Todos los días igual. Siempre con prisas. Hija, que es pronto.
Me contuve. Dios sabe que me contuve para no cogerla de la coleta y zarandearla. Que siempre estaba con prisas, decía la tía. Es que, si no estuviera así, no llegábamos a la hora ni un puñetero día.
—¿Pronto? Eso será en Canarias, que aún se estarán levantando. Aquí ya vamos con la hora pegada al culo.
Miró el reloj. Sí, tú mira, mira. Que por mucho que mires, la hora es la que es. Tarde. Pensé antes de resoplar.
—Alicia, son las siete y media.
—Pues eso, tardísimo.
—¿Qué coño va a ser tardísimo? Nuestra hora de entrar es a las ocho y estamos a diez minutos andando del hospital.
Otro resoplido antes de caminar hasta la puerta de la calle y abrirla de un tirón.
—Diez minutos en llegar, cinco en subir a nuestra planta, otros cinco para cambiarnos. No sé tú cómo lo ves, pero el resto del mundo lo ve como ir con la hora pegada al culo y llegar justas.
—Te sobran diez hasta las ocho. ¿En esos qué haces?
Tocarme el… pensé. Mejor me callé; no eran horas para decir vulgaridades.
—Esos son los minutos de los imprevistos.
Nos montamos en el ascensor y yo misma pulsé el botón de la planta baja.
—¿Qué imprevistos? —preguntó extrañada.
El ascensor se paró en el segundo y entró uno de nuestros vecinos vestido como un pincel para ir al banco en el que trabajaba. Seguimos bajando. Volvió a parar en el primero y ahí se subió la vecina del primero B, que trabajaba en un supermercado.
Mientras se habían subido todos, aparte de buenos días u hola, nadie dijo nada más. Cuando salimos a la calle y ellos tiraron a la izquierda y nosotras a la derecha, retomé la conversación.
—Esos eran imprevistos, por ejemplo.
—¿Quién?
—Pues los vecinos, ¿quiénes van a ser?
Rosa soltó una carcajada.
—¿Los vecinos son imprevistos?
—Sí.
—¿Cómo es eso?
—Si no se hubieran subido con nosotras, el ascensor no habría parado dos veces y no habríamos perdido el tiempo.
Giró la cabeza y me miró con la ceja alzada.
—Alicia, por favor, dime que no estás hablando en serio.
—Por supuesto que sí.
—La madre que te parió. La diferencia entre que ellos hayan montado y que no lo hubieran hecho ha sido como mucho de diez segundos.
—Pues eso, diez segundos perdidos. Diez segundos que hemos gastado sin quererlo. Por eso se les llama imprevistos.
Las carcajadas de Rosa se oían por toda la calle. Y la pobre gente que iba por la misma acera o por la de enfrente con una cara de sueño y vinagre que daba miedo nos miraba como si estuviéramos matando a alguien por alterar su paz a esas horas de la mañana.
Anda y que les dieran. Si se levantaban de mal humor y les molestaba el aleteo de una mosca hasta que pasaba mucho tiempo, pues que se levantaran antes; ese problema nuestro no era.
No entendía ni nunca lo haría a la gente que necesitaba tiempo de adaptación por las mañanas. Ni que fueran recién nacidos que veían el mundo por primera vez, joder.
Con los añitos que tenían y sabiendo lo que les esperaba, ni sabía por qué se levantaban con el morro torcido; ya tendrían que estar acostumbrados. Pues no, no lo estaban y todas las mañanas esa gente nos deleitaba con sus caras de alegría rebosante; véase la ironía.
—Y dime qué más personas o cosas son para ti esos imprevistos que pueden hacer o robarnos, siendo aberrantes por ello, los diez minutos tan preciados de más que tenemos antes de fichar.
Le miré sonriendo de medio lado. Resopló.
—Retiro lo dicho. No quiero saberlo. Por tu cara y tu sonrisa. Voy a flipar con lo que vas a decir, porque preveo que tienes una lista más larga que un día sin pan.
—No, mujer, yo te los cuento. Así estás al tanto de ellos y sabes a qué atenerte —le dije con sorna.
La puerta del hospital apareció delante de nosotras casi sin darnos cuenta. Habíamos venido tan entretenidas hablando que ni cuenta nos habíamos dado de que ya estábamos en nuestro lugar de trabajo.
O nuestra segunda casa, como nos gustaba llamarla.
Las puertas se abrieron y las dos entramos. Un barrido visual fue lo primero que hice nada más entrar. Por costumbre, por inercia o por cotilleo mañanero, cualquiera de las tres podía valer.
Había de todo. Gente con cara de desolación. Otros con cara de sueño que entraban como nosotras o salían. Seguramente para irse a casa a descansar después de haber pasado una noche malísima acompañando a algún ser querido.
Otros compañeros entraban charlando sobre los casos, lo que les esperaría el día o sus vidas. Gente totalmente diferente. Cada uno de su padre y de su madre.
Y es que, en un hospital, así era. Gente de todo tipo. Distintos en edad, raza, profesión, con dolencias y problemas. Unos iban a ingresar, otros de visita, otros a trabajar y otros a tocar la moral, que sí, de esos, como en todos los sitios, también los había; eran los menos, pero no faltaban.
—A ver si hoy tenemos un día tranquilo.
Se me escapó una risita al oír a Rosa. ¿Tranquilo? Ja, ja, y ja. Eso no había pasado nunca en los seis años que yo llevaba allí trabajando y ese día no sería la excepción. Y mucho menos en la planta en la que las dos trabajábamos. Maternidad. Para mí, la mejor.
Era la única planta del hospital, salvo alguna excepción que también las había, en la que la mayoría de la gente lloraba de alegría y no de pena. Y eso, quieras o no, te hacía ver las cosas de otra manera.
Porque nada tenía que ver estar rodeada de alegría por las nuevas vidas que llegaban a este mundo que por la más absoluta de las tristezas en otras plantas al ver a la gente marcharse.
Caminamos por los pasillos hasta que llegamos al ascensor, un poco oculto a la vista, que solo usaba el personal sanitario.
Varios compañeros de distintas plantas y especialidades estaban ante las puertas ya esperando para subir y, cuando estas se abrieron, entramos todos saludándonos.
El ascensor fue parando en todas las plantas y cada uno fue bajándose en la suya, deseando antes de salir buen día a los demás.
Cuarta planta. La nuestra.
Salimos y nos dirigimos directamente a los vestuarios, que en esos momentos estaban vacíos, y nos cambiamos en silencio. Uno necesario que siempre teníamos antes de empezar un nuevo turno.