¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 31
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Capítulo 31

Kate

El sonido del timbre de la puerta me despertó de golpe. Solté un gruñido y me tapé la cabeza con las sábanas durante unos segundos.

No estaba cansada, pero sí tenía sueño. Nunca había sido de dormir mucho, aunque desde que estaba embarazada me entraba sueño a todas horas. Menos mal que la doctora me había dicho que era normal en mi estado, porque, si no, me habría preocupado bastante.

Retiré la sábana al oír voces fuera de la habitación. Sabía que una tenía que ser Winter, pero las otras dos no era capaz de distinguir de quién eran.

Con la puerta cerrada era difícil, así que me levanté despacio y la abrí solo un poco. Si era Nash, no quería enfrentarme a él así, tan de mañana, pero la sonrisa me salió sola cuando distinguí las voces de Owen y Aria.

Entré un momento en el baño, me lavé la cara y las manos a toda prisa y me recogí el pelo con una coleta no muy bien hecha. Después salí de la habitación y seguí las voces hasta la cocina, que era donde estaban los tres.

—Buenos días.

—¡Kate!

Owen y Aria chillaron a la vez al verme y les faltó tiempo para levantarse corriendo de los taburetes en los que estaban sentados y venir hasta mí para abrazarme los dos a la vez.

—¿Qué haces aquí?

—¿Y vosotros? Es muy temprano.

—Winter nos mandó un mensaje anoche para decirnos que viniéramos a desayunar, que tenía que hablar con nosotros. Pero no nos imaginábamos que era porque tú estabas aquí.

Miré de reojo a Winter, que nos observaba sonriendo y me guiñó un ojo, mientras yo le daba las gracias con la mirada por haberles avisado, cosa que tenía pensado hacer yo cuando me levantara.

—Chicos, sentaos, que mientras hablamos podemos ir desayunando —nos pidió Winter y los tres asentimos.

En la mesa ya tenía preparado un despliegue de cosas para desayunar que ni en el bufé de un hotel. Era un poco exagerada la tía de mi hijo, pero eso no era nada nuevo, porque desde cría había sido así y no había cambiado con el paso de los años.

—Bien, cuéntanos. ¿Qué haces aquí? —preguntó Owen mientras untaba una tostada con mermelada.

Winter y yo cruzamos una mirada y sonreímos. No solo Owen vio nuestro gesto, Aria también se dio cuenta y los dos fruncieron el ceño al mismo tiempo. Sonreí para mis adentros al ver lo sincronizados que estaban siempre.

—Suéltalo ya, ninguno tiene nada en la boca —me animó Winter mientras se reía.

—Estoy embarazada —dije siguiendo el consejo de Winter y soltándolo así, sin más.

—¡No!

—¡Hostias!

Winter y yo no pudimos evitarlo y nos echamos a reír al oír no solo el grito que ambos dieron, sino también el bote que pegaron en la silla para ponerse de pie.

—No es broma, ¿verdad? —dijo Aria mientras aplaudía.

—No, no es broma. En seis meses tendremos un nuevo piloto en la familia.

—Oye, que lo mismo es fotógrafo como yo —le contesté a Winter, quejándome.

—De eso nada. Será niño, en eso estoy de acuerdo con Zane, pero nuestro pequeño volará como su padre.

—¿Ya sabes que es un niño?

—No, aún no me han dicho lo que es, pero Winter y Zane dicen que lo será —le contesté a Aria encogiéndome de hombros.

—Pues yo me subo al carro. Será un niño también —dijo Owen, que estaba muy emocionado mirándome.

—Pues solo quedo yo. Me uno a la opinión de todos: será niño y piloto. En eso estoy con Winter —añadió Aria.

—Kate, ¿has venido para decírselo a Nash?

—Sí —susurré.

Owen se me quedó mirando fijamente durante unos segundos y estalló en carcajadas.

—Pagaría por ver la cara que se le va a quedar cuando se entere.

Aria, como no podía ser de otra manera, estuvo de acuerdo con su chico.

Durante la siguiente media hora los cuatro seguimos hablando del tema mientras desayunábamos. Les conté cómo estaban las cosas, al igual que había hecho con Winter la noche anterior.

Aquel día era sábado y todos tenían que ir a trabajar solo por la mañana, así que al terminar el desayuno Owen y Aria se fueron para la empresa y Winter se quedó vistiéndose.

Mientras lo hacía, me senté en el borde de su cama para charlar con ella.

—¿Qué vas a hacer? ¿Te quedarás aquí todo el día?

—He pensado salir a dar un paseo y hacer unas fotos. Hasta que no sepamos cuándo viene tu hermano, poco más puedo hacer.

Fue a contestarme, pero el sonido de su móvil nos interrumpió.

—Es Nash.

—Habla tranquila, yo voy a ir vistiéndome mientras —dije antes de salir de su habitación e irme a la mía.

Diez minutos después vino a buscarme.

—Ya está en Juneau. Acaba de aterrizar.

—Eso es que el bocazas de Zane le ha dicho que estoy aquí.

Winter se echó a reír.

Se sentó en la cama, en el borde, igual que unos minutos antes había hecho yo en la suya, y me contó todo lo que le había dicho su hermano.

Al llegar a Seattle había ido directamente a ver a Zane. Le costó que soltara prenda, pero al final, después de insistir y tener unas palabritas en las que Zane incluso lo había amenazado, consiguió que le dijera que nos habíamos cruzado por el camino y que yo estaba en Juneau.

En cuanto supo dónde estaba, sin pensárselo, se volvió al aeropuerto para regresar a casa.

Pero al parecer no había vuelos y había pasado casi toda la noche esperando a que saliera el primero, a las seis de la mañana.

—Me ha dicho que está nerviosísimo sabiendo que estás aquí y que necesita volar un rato antes de buscarte hasta debajo de las piedras si hace falta.

—¿Volar? Pero si no ha dormido nada. ¿Cómo va a irse a volar ahora?

—Eso mismo le he dicho yo, pero es un cabezota. Dice que primero iba a casa a dejar la mochila, darse una ducha y luego iría al embarcadero.

Nos miramos y resoplamos al mismo tiempo.

—¿Le has dicho que estoy aquí contigo?

—No. No sabía cuándo querrías verlo, así que eso me lo he callado. Aquí no creo que venga a buscarte. Irá a la casa en la que estuviste, a hoteles y a todos los sitios que se le ocurran.

Eso no iba a pasar, ni lo de que volara tampoco.

Una cosa era que me hubiera hecho daño, que me hubiera decepcionado y que no me quisiera, y otra muy distinta que yo permitiera que diera mil vueltas buscándome o que, para templar los nervios, se marchara a volar a saber adónde y durante cuánto tiempo.

—No va a volar sin haber dormido —dije muy seria.

—Vas a ir a la empresa ahora para impedírselo.

—Así es —contesté mientras me ataba el cordón de la deportiva que me quedaba.

—Gracias, Kate. Nash es un cabezota y, por más que le he dicho que no era buena idea, no ha querido escucharme. A ti te hará caso, estoy segura.

—No me des las gracias. Lo amo, Winter, y nunca dejaría que hiciera una estupidez semejante. Si él es cabezota, yo lo soy más.

—Madre de mi vida, vaya mezcla de los dos. El niño nos va a salir… No lo quiero ni pensar —dijo riéndose mientras movía la mano de un lado a otro.

Cinco minutos después las dos nos montamos en el coche de Winter para ir a la empresa.

—Llegaremos antes que él, ¿verdad? —pregunté nerviosa.

—Sí, tranquila. Me ha llamado desde el aeropuerto. De ahí se iba primero a su casa, así que tardará un rato en llegar. Nosotras llegaremos antes.

Y así fue. Cuando llegamos a la empresa solo estaban Sally en su puesto y Owen y Aria en los suyos.

Subimos juntas hasta los despachos para contarles a nuestros amigos las intenciones que tenía Nash.

—Está loco. No ha dormido nada esta noche y no es que las anteriores haya dormido mucho tampoco, y pretende volar. De eso nada —dijo Owen enfadado.

—Yo me encargo. ¿Su hidroavión está cerrado?

—Sí, las llaves las tiene él. Pero yo tengo una copia en el despacho.

—Déjamelas —le pedí a Winter.

—¿Vas a esperarlo allí subida?

—Sí. No creo que haya mejor sitio para que hablemos. Nash se siente seguro en el hidroavión y le calma, y a mí me pasa lo mismo. Allí estaremos bien.

Winter me dio la copia de las llaves y, después de hablar un poco más, ellos se quedaron trabajando, aunque preocupados no solo por su hermano, sino también por mí y por todo lo que se nos venía encima cuando habláramos, mientras yo me marchaba hacia el embarcadero.

El hidroavión de Nash, el que siempre usaba él solo y en el que no montaba nadie, estaba en la parte más alejada del embarcadero, separado un buen tramo de todos los demás.

Solo lo había visto de lejos, ya que todos los viajes que habíamos hecho durante los meses en los que estuvo llevándome a las excursiones los había realizado con el de la empresa.

Cuando llegué hasta él y lo vi, no pude evitar emocionarme.

Nash no se había tatuado el dibujo que elegimos juntos, pero lo había mandado pintar en ambos lados del hidroavión. Era exactamente el mismo, aunque con una pequeña variación en la que había que fijarse mucho para verla: en una de las alas pintadas había una M y en la otra una N.

Con el corazón latiéndome a mil, abrí la puerta y me subí para esperarlo.