Capítulo 30
Kate
Dos días fue lo que tardé en preparar una maleta para ir a Juneau.
Zane me ayudó a buscar el pasaje para ir en barco, ya que lo de montar en avión estaba descartado, y también dejó su trabajo de lado el día que yo salía de viaje para acompañarme hasta el mismo puerto.
El viaje en barco no tenía nada que ver con ir en avión, ya que la diferencia era abismal.
El avión que cogí la última vez tardó menos de tres horas, pero el viaje en barco, aparte de durar tres días, no salía directamente desde Seattle, sino desde Bellingham, en el estado de Washington.
Zane me llevó en su coche hasta allí e incluso se ofreció a navegar conmigo alegando que se quedaría más tranquilo vigilándome, pero no le dejé hacerlo.
Ir a ver a Nash y enfrentarme a él tenía que hacerlo sola, además de que no quería que desatendiera más su trabajo por mí.
Me costó convencerlo, pero al final me salí con la mía.
Así que, después de unos cuantos besos, abrazos, decenas de consejos y unas cuantas advertencias, me despedí con la mano desde el barco mientras Zane hacía lo mismo corriendo por el muelle y gritando mi nombre, haciéndome pasar, el muy capullo, una vergüenza horrible.
Entré en el camarote y la verdad es que me sorprendió. No estaba nada mal; había dormido en habitaciones mucho más pequeñas, así que me pareció perfecto para ser el sitio donde pasaría los tres días siguientes.
Los aviones, el estrés y el ajetreo de ir de un lugar a otro se habían acabado para mí, pero de no hacer fotos la doctora no me había dicho nada.
Además, eso era algo que me relajaba, así que haría todas las que pudiera para que, cuando mi niño fuera mayor, pudiera decirle: «Mira, estas las hicimos juntos, aunque tú no las vieras».
Dejé la maleta para sacar mis cosas más tarde y, cámara en mano, fui a la cubierta.
La primera foto que hice, y que no podía faltar en mi lista, fue de Seattle en la lejanía. Esa fue la primera de las muchas que hice durante los tres días que duró el viaje.
Me llevaría muchísimas de recuerdo y también le daría unas cuantas a Zane.
Fotografié a un hombre solo apoyado en la barandilla del barco con el sol del atardecer de fondo, una ballena que tuvimos la gran suerte de ver todos los que íbamos a bordo, un faro al anochecer a lo lejos y decenas de imágenes de la estela que iba dejando el barco en el agua mientras reflejaba la luz del sol.
Y así hasta reunir cientos de fotografías durante el viaje.
El barco llegó al puerto al atardecer del tercer día. Bajé con la maleta, mi mochila y mi inseparable bandolera y fui directamente hacia los coches de transporte de pasajeros que formaban una larga fila cerca del puerto para llevarnos hasta nuestro siguiente destino.
¿El mío? Después de pensarlo mucho y de hablarlo con Zane, que estuvo más que de acuerdo, decidí no ir a ninguna casa de alquiler ni a un hotel.
No quería estar sola, así que elegí un sitio en el que sabía que sería bien recibida, y mucho más cuando le contara a la dueña de esa casa el motivo de mi visita.
Elegí ir a casa de la tía de mi hijo, sí, a casa de Winter.
No la avisé porque quería sorprenderla, así que, media hora después de bajar del barco, nerviosa, emocionada y con un poco de miedo en el cuerpo, llamé al timbre de su casa.
Al abrir la puerta y verme allí, en el umbral, se llevó las manos a la boca y los ojos se le llenaron de lágrimas por la emoción.
—¡Kate! —dijo unos segundos después mientras me abrazaba y yo hacía lo mismo.
—¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo? Joder, qué alegría me has dado.
Mientras decía todo aquello, cogió mi maleta y tiró de ella con una mano y, con la otra, agarró la mía para hacerme entrar.
—Primero, estoy aquí para pedirte asilo unos días. Segundo, sí que ha pasado algo que quiero contarte. No es nada malo, tranquila, pero sí impactante. Y tercero, yo también me alegro mucho de verte.
—El asilo te lo doy permanente si quieres, puedes quedarte todo lo que te dé la gana. Joder, ahora estoy muy intrigada por saber qué pasa. Venga, cuéntamelo.
—¿Puedo darme una ducha primero? He venido en barco y luego en coche. La necesito, créeme.
—¿En barco? Eso sí que es raro, si tú adoras volar —dijo frunciendo el ceño.
—Hay un motivo para haber viajado así.
—Vale, pues venga. Te enseño dónde está el baño y la habitación en la que te quedarás y, cuando estés limpia, refrescada y lista, vienes al salón y me cuentas todo. Mientras, voy a terminar la cena para las dos.
—Gracias, Winter.
—No tienes que darme las gracias por nada. Somos amigas y las amigas están para lo que haga falta.
—Ya, pero está Nash y…
—Y nada. Nash es mi hermano, sí, lo quiero o, más bien, lo adoro, pero ha hecho las cosas como el puto culo y eso es un hecho. Aunque hay algo que tienes que saber, pero te lo contaré cuando acabes de contarme lo tuyo.
Dicho eso, y después de dejarme con la misma intriga con la que yo la había dejado a ella, me llevó hasta una de las dos habitaciones de invitados y me dejó allí para que me diera esa ducha que realmente necesitaba con urgencia.
Veinte minutos después nos sentamos las dos en la mesa del salón, donde Winter había puesto una bandeja de pescado al horno que olía de maravilla, pan caliente y agua para las dos.
—Venga, empieza —dijo antes de meterse un trozo de pan en la boca.
—Traga primero. Zane casi se me ahoga cuando se lo dije y no quiero que a ti te pase lo mismo.
Tragó el pan, que casi ni había masticado, haciéndome reír, y me indicó con la mano que hablara.
—Vas a ser tía.
—¡¿Qué?!
—Que estoy embarazada y vas a ser tía.
—Joder, que ya lo he entendido. Dios mío… Esto es un bombazo, pero un bombazo maravilloso. ¿Pero cuándo ha pasado esto? Quiero decir, pensé que mi hermano y tú… no habíais, ya sabes, llegado a tanto.
—Fue la última noche. Solo esa vez y, joder con tu hermano, tiene una puntería que no veas.
Winter soltó una carcajada, se levantó de la silla y empezó a bailar por el salón mientras se reía, haciendo que yo terminara uniéndome a sus risas. Hasta que, de repente, se quedó quieta, me miró y vino corriendo hacia mí para abrazarme.
—Cuéntame todo.
Volvimos a sentarnos en la mesa y, mientras cenábamos, le conté todo lo que había pasado: cómo me enteré, el impacto inicial, la alegría posterior, lo que me había ocurrido en Oregón, el miedo que pasé y la recomendación de la doctora de que parara, no volara y me cuidara.
En ese momento, Winter me miró con verdadera preocupación.
—Estamos bien, Winter. Si estoy tranquila y no viajo, no tiene por qué pasar nada. Por eso he venido en barco.
Asintió y soltó el aire que estaba conteniendo cuando le aseguré por segunda vez que estábamos bien.
—Joder, Kate, qué alegría, de verdad. Mis padres se van a volver locos y Brenna ya ni te cuento. Bueno, y todos.
—¿Todos? —pregunté con miedo.
—Mi hermano se va a querer tirar desde su avión cuando lo sepa, eso te lo garantizo.
—Sé que no quiere saber nada de mí, pero esto no puedo ocultárselo. Por eso he venido, para decírselo y darle la opción de decidir si quiere formar parte de la vida de su hijo.
»Si dice que no, me iré y no volveré a molestarlo nunca más, pero, si dice que sí, tendremos que ponernos de acuerdo para que pueda verlo cuando quiera.
—Kate…
—Lo sé, esto le va a sentar fatal —dije con pesar.
—Kate…
—Y se va a poner como loco. Se enfadará conmigo más de lo que ya está, pero no puedo callarme algo así. Demasiados secretos y mentiras nos han rodeado ya.
—¡Kate!
—¿Qué?
—Mi hermano no está en Juneau, se marchó esta mañana.
Al oírla decir eso me desinflé como un globo. Joder con las casualidades. Justo en el momento en el que yo llegaba allí decidida a contarle que iba a ser padre, él se había marchado de viaje.
—Vaya… ¿Y volverá pronto? No quiero estar aquí molestando más de lo necesario. Además, tengo que buscar en Seattle un sitio para vivir, empezar a comprar cosas…
—Para el carro.
—Winter.
—Primero, ni se te ocurra volver a decir que aquí molestas, ni siquiera lo pienses. Ya te he dicho que estoy encantada de que estés aquí.
Fue levantando los dedos mientras enumeraba.
—Segundo, no sé cuándo volverá mi hermano, pero, viéndote aquí, no creo que tarde. Yo apostaría a que mañana estará otra vez en Juneau.
Hizo una pausa y me miró de forma amenazadora, apuntándome con el dedo.
—Y tercero, vete olvidándote de lo de Seattle porque eso no va a pasar. Tú de aquí no te vas. Este es tu sitio, del que nunca deberías haberte ido.
—¿Qué tiene que ver que yo esté aquí con que tu hermano vuelva?
Winter me agarró de las manos.
—Kate, mi hermano ya sabe absolutamente todo lo que pasó. Nosotros se lo contamos. Luego te cuento los detalles. Lo más importante que tienes que saber es que se ha ido a Seattle a buscarte.
La miré alucinada y con la boca abierta por la sorpresa. Joder, eso sí que no me lo esperaba.
—No…
—Sí. Se fue esta mañana. Ha ido a la empresa de Zane a pedirle ayuda para encontrarte. Os habéis cruzado por el camino.
Cerré los ojos y resoplé.
—Zane le va a sacar los ojos.
Winter soltó una carcajada.
—Esperemos que no, porque los necesita para ver a la mujer de su vida, a su hijo y para volar.
—No creo que eso de la mujer de su vida sea cierto, Winter. Él no me quiere.
—Yo eso no te lo voy a decir. Eso y muchas cosas más te las dirá él. Solo te voy a pedir que, por favor, lo escuches y, si después quieres mandarlo a la mierda, yo misma te ayudaré a sacar un billete para que se vaya.
Lo escucharía, claro que lo haría. No quería llevarme mal con él, más que nada porque, si aceptaba al niño, prefería que tuviéramos una relación cordial. Pero eso que decía Winter de que yo era la mujer de su vida, desde luego, no podía creerlo.
—Lo escucharé. No tengo nada que perder por hacerlo.
—Bien —contestó contenta.
Terminamos de cenar y nos sentamos con una infusión en el sofá, donde seguimos hablando hasta bien tarde de mis viajes y del niño.
Porque sí, Winter estaba de acuerdo con Zane y dijo que sería un varón.
Eso sí, discrepó en lo de que fuera fotógrafo, porque ella votó por que fuera piloto como su padre.