Capítulo 29
Nash
No me hizo falta esperar para recoger el equipaje, ya que solo había llevado una mochila con algo de ropa.
Pensé que sería lo mejor porque no tenía ni idea de cuántos días me quedaría en Seattle. Todo dependía de cómo salieran las cosas y de si conseguía que Mary me escuchara.
No tenía demasiadas esperanzas ni iba a pecar de iluso pensando que me perdonaría, pero al menos tenía que intentarlo.
Necesitaba pedirle perdón por haber sido un completo idiota al no querer escucharla y también explicarle por qué me fui aquella mañana de su casa sin decirle nada, dejándole únicamente aquella mierda de nota.
El día anterior, después de pasar la peor noche de mi vida sin pegar ojo y lamentándome por todo lo que había hecho, me levanté con la firme decisión de ir a buscarla.
Winter, que se presentó en mi casa al amanecer, me había ayudado muchísimo porque estábamos completamente a ciegas sobre dónde podía estar Mary.
Habían hablado durante aquellos meses desde que se marchó y sabía que había hecho algunos viajes, pero en ese momento no tenía ni idea de dónde podía encontrarse, así que mi única esperanza era buscar a su amigo Zane y pedirle ayuda.
Winter no quería preguntárselo directamente a ella para no ponerla sobre aviso de mis planes.
Salí del aeropuerto y fui directamente a la parada de taxis. Me subí en el primero que encontré libre y le di al conductor la dirección que, después de buscar mucho por internet, habíamos conseguido encontrar de la empresa de Zane.
Quince minutos después llegamos a una de las calles más céntricas de Seattle. Le pagué y me bajé.
Antes de entrar en la empresa cogí aire y recé para que el amigo de Mary no me mandara a la mierda en cuanto le dijera quién era y aceptara ayudarme a localizarla.
—Hola, quería ver a Zane —le dije a la chica que estaba detrás del mostrador de la pequeña recepción.
Me miró de arriba abajo, dándome un repaso sin cortarse ni un pelo.
—Joder, qué suerte tiene el jefe. Siempre liga con los más guapos —murmuró.
—¿Perdón?
—Nada, nada. ¿Para qué querías verlo? ¿Tienes cita?
—Pues… no. No vengo por trabajo, es algo personal.
—Ya, eso me imaginaba.
Cuando dijo aquello caí en la cuenta de por dónde iban sus pensamientos. La chica creía que yo era un ligue de Zane y, si no hubiera estado tan nervioso pensando en lo mío, probablemente me habría echado a reír, pero ganas de hacerlo tenía pocas.
—Entonces, ¿está o no?
—Sí, está. Voy a preguntarle si puede verte ahora. Estaba liado con unas fotos de Sacramento que le ha dado su amiga.
Al escuchar aquello se me cortó la respiración. Su amiga no podía ser otra que Mary y había dicho que las fotos eran de Sacramento. Solo esperaba que se las hubiera entregado en persona y no que se las hubiera mandado desde allí, porque esa ciudad estaba bastante lejos.
La chica llamó un momento por teléfono y, cuando colgó, me sonrió.
—Puedes pasar. Es esa puerta del fondo —dijo señalándola con el dedo.
—Gracias.
Llegué hasta allí, suspiré y llamé con dos golpes suaves.
—Adelante.
Entré y el hombre que supuse que sería Zane, porque no lo conocía y, aunque Mary me había hablado de él, nunca me había enseñado ninguna fotografía suya, me miró de arriba abajo y levantó una ceja.
—Vaya, vaya… Si tenemos aquí ni más ni menos que al piloto. ¿Dónde te has dejado el avioncito? No lo habrás aparcado en la puerta, ¿no? Mira que no quiero que me multen, que yo no pago vado.
Lo miré alucinado.
—¿Sabes quién soy?
—No, lo de que eres piloto me lo acabo de inventar. ¿No me digas que he acertado? —contestó con una ironía evidente mientras ponía los ojos en blanco.
—Nash.
Alargué una mano para ofrecérsela. La miró, volvió a subir la vista hasta mi cara y no me la estrechó, dejándome allí con la mano suspendida en el aire y bastante claro que no se alegraba ni de conocerme ni de verme.
—¿A qué has venido?
—Necesito tu ayuda.
Soltó una carcajada, pero dos segundos después volvió a ponerse serio.
—No.
Dejé la mochila en el suelo y me senté en la silla que había al otro lado de la mesa, frente a él.
—¿Qué haces? Yo no te he pedido que te sientes ni te he dado permiso para hacerlo.
—No pienso irme hasta que me escuches. Como te he dicho, necesito tu ayuda para encontrarla, así que no me levantaré de esta silla hasta saber dónde está Mary.
—¿Para qué la buscas?
—Necesito hablar con ella.
—Hombre, eso ya lo supongo. No creo que la busques para que te dé una receta de cocina o te explique cómo tejer una bufanda. ¿Qué quieres de ella? Porque, como hayas venido para hacerle más daño, ya te aviso de que no vas a poder volar. Te partiré los dos brazos.
Lejos de achantarme, sus palabras consiguieron que sonriera. En ese momento me di cuenta de que Zane la quería y la protegía como a una hermana y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.
—No quiero hacerle daño. Solo necesito decirle unas cuantas cosas y pedirle perdón. Ahora sé lo que pasó hace quince años, sé que no me dejó sin mirar atrás y sé muchas cosas más. También quiero pedirle perdón por cómo reaccioné cuando la reconocí.
—Cosas que deberías haber dejado que ella misma te contara. Y lo de no reconocerla… Anda que ya te vale. Está cambiada, pero…
—Lo sé. Fui un idiota y he hecho las cosas fatal. No me merezco ni que me mire a la cara ni que me hable siquiera. Pero ya perdimos una vida juntos por culpa de otras personas y ni siquiera tuvimos una buena despedida.
»Esta vez, si no quiere volver a verme, lo respetaré, pero necesito verla aunque solo sea una última vez para decirle…
—Que la amas —dijo, cortándome.
Tragué saliva y asentí.
—Sé que quizá ya no sirva de nada, pero quiero decírselo. Quiero que sepa que nunca dejé de amarla y que no hubo un solo día en el que no pensara en ella.
»Creo que precisamente por eso no la reconocí cuando volvimos a vernos. Tenía su imagen tan presente en mi cabeza que no fui capaz de ver más allá.
—Le has hecho mucho daño. Lo de la nota… Para matarte.
Agaché la cabeza, avergonzado.
—Lo sé. Aquella noche fui allí porque, aunque estaba dolido, no quería perderla, pero cuando por la mañana vi la maleta perdí la cabeza. Pensé que iba a irse otra vez sin decirme adiós.
Llegados a ese punto, estaba tan mal que no me importó lo más mínimo que Zane me viera limpiarme con la mano las lágrimas que se me habían caído sin darme cuenta.
—Joder, ¿cómo se puede cagar tanto? Pilotarás de puta madre, pero en lo demás eres un poco desastre, tío.
—Sí, no he dado ni una —contesté con pesar.
—Pero la quieres.
—Sí —susurré.
Zane me observó durante unos segundos.
—¿Y qué hago yo ahora contigo?
—Me dejo partir los brazos si quieres. Puedo no volver a volar nunca más, pero no puedo no verla, aunque solo sea una vez. Así que te lo pido… No, te lo ruego de rodillas si hace falta: ayúdame y dime dónde está.
Sonrió de medio lado.
—Lo de que te arrodilles me está tentando, y ni te imaginas cuánto —dijo levantando las cejas de manera insinuante.
Estaba bromeando claramente y eso me dio un poco de esperanza.
—Haría lo que fuera por ella.
—Joder, me lo estás poniendo difícil, piloto. Mira que yo quería odiarte, pero veo que la amas de verdad, que estás arrepentido y que, por la sinceridad que transmiten tus ojos, es cierto que harías cualquier cosa por ella.
—Recorrería el mundo para encontrarla.
—¿Volando, supongo?
—Si es posible, sí. Así iría más rápido. Bastante tiempo hemos perdido ya como para estar otros quince años o más buscándonos.
—Si le haces daño, te mandaré a ti y a tu avión al puto infierno.
—¿Eso quiere decir que…?
—Que voy a ayudarte.
—¿Sí?
—Sí. Como dice Kate, soy un romántico y me gustan los finales felices. Y creo que vosotros os merecéis el vuestro. Eso sí, ya te aviso de que no lo vas a tener fácil. Está muy dolida.
—Lo sé. Me arrastraré lo que haga falta y la llevaré volando adonde quiera para que haga todas las fotos que desee.
—Bueno, lo de volar no sé yo… —murmuró.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Nada, eso es otro tema que ya sabrás llegado el momento.
Supe que se estaba callando algo importante, pero también que no iba a contármelo, así que no insistí.
—¿Dónde está? ¿Me lo dices o me llevas con ella?
—No está en Seattle.
—Mierda… —murmuré.
Sabía que aquella posibilidad existía y aun así esperaba haber tenido un poco de suerte, pero al parecer no había sido así.
—Desde que volvió no ha parado de ir de un sitio a otro. Solo ha pasado por aquí una vez y se quedó tres días.
—¿Y dónde está ahora? Puedo coger otro vuelo.
—Eso no te lo voy a decir.
—Entonces, ¿cómo vas a ayudarme?
—Vete a casa.
Lo miré sin entender.
—¿Qué? ¿Cómo voy a irme a casa?
—Hazme caso y vuelve a casa.
—No entiendo nada.
—Ya lo entenderás. Tú vete y yo te avisaré de dónde tienes que ir a buscarla o quizá ni siquiera haga falta eso.
—Estoy perdido. Necesito verla, ir a buscarla. Zane, por favor.
—Joder… Me va a matar por bocazas —murmuró.
—¿Por qué? ¿Qué pasa, joder? Me estás preocupando.
Resopló y vi cómo terminaba rindiéndose.
—Os habéis cruzado.
Me quedé mirándolo.
—¿Qué?
—Tú has venido desde Juneau y ella ha ido allí. Os habéis cruzado por el camino.
Me eché a reír, incrédulo.
—No es posible. ¿De verdad?
—Sí que lo es. De hecho —dijo mirando la hora en su reloj—, creo que está a punto de llegar.
—Joder… ¿Y para qué ha vuelto a Juneau?
—Eso sí que ya no te lo puedo decir. Bastante he abierto la bocaza. Si quieres saberlo, tendrás que ir a buscarla.
Me levanté tan deprisa de la silla que cayó hacia atrás y yo estuve a punto de ir detrás. Agarré la mochila con rapidez y me giré para marcharme, pero antes sonreí a Zane, que se estaba riendo al ver mis prisas.
—Zane, gracias. De verdad.
—No la cagues —me advirtió señalándome con un dedo.
—No lo haré. Y gracias también por quererla y cuidarla todos estos años.
—Con Kate es imposible no hacerlo. Es maravillosa.
—Lo sé. Nos vemos pronto —dije antes de salir corriendo por la puerta.