Capítulo 32
Nash
Nada más bajarme del avión que me había llevado de vuelta a casa, lo primero que hice, antes incluso de salir del aeropuerto, fue llamar a mi hermana para decirle que ya estaba de vuelta y contarle todo lo que había pasado en Seattle.
Le resumí por encima mi conversación con Zane y cómo había salido corriendo de su empresa para intentar encontrar un vuelo lo antes posible que me llevara de vuelta a Juneau, donde me había dicho que estaba Mary.
Me moría de ganas de verla, pero al llegar al aeropuerto mi alegría se vino un poco abajo a la vez que mi frustración aumentaba al comprobar que no quedaban plazas disponibles en el único vuelo que salía aquella misma tarde.
Podría haberme ido a un hotel, descansar y volver al día siguiente en otro vuelo que también salía por la tarde, pero las ganas, la impaciencia por llegar y lo desesperado que estaba por verla me hicieron tomar la decisión de quedarme en el aeropuerto durante horas para coger el que salía a las seis de la mañana.
Estaba agotado porque llevaba casi dos días completos sin dormir, sumando además los anteriores, en los que tampoco había descansado demasiado, pero me daba completamente igual.
Como le dije a Winter por teléfono mientras salía del aeropuerto, iría a casa a darme una ducha, dejaría la mochila con las cuatro cosas que había cogido para ir a Seattle y, de ahí, me marcharía a volar un rato.
Necesitaba ese vuelo para pensar con calma todo lo que le diría a Mary y poder presentarme delante de ella algo más relajado.
Winter se enfadó y me pidió, por favor, que no volara sin haber dormido y con el cuerpo cansado, pero le aseguré que estaba perfectamente.
Sabía que lo que le preocupaba era que pudiera quedarme dormido mientras pilotaba, aunque eso era algo que, según yo, no iba a pasar de ninguna de las maneras porque, cuando me montaba en el hidroavión, mi cabeza se ponía en modo vuelo y nada ni nadie conseguía que perdiera la concentración.
La ducha, media hora después, me sentó de maravilla. El agua fría que dejé caer por mi cuerpo consiguió que parte de la tensión y el cansancio que arrastraba desaparecieran.
Me vestí con ropa cómoda: unos vaqueros, una camiseta de manga corta, un jersey no demasiado grueso y unas deportivas. Abrigo ya no necesitaba.
La primavera hacía días que había llegado a Juneau y, aunque muchas personas que no fueran de allí todavía necesitarían uno, para los que llevábamos toda la vida viviendo allí, después de pasar un invierno a tantos grados bajo cero, aquel frío era como para otros pasar de un invierno normal al pleno verano.
Cogí del aparador de la entrada el móvil y las llaves de casa, en cuyo mismo llavero llevaba las del hidroavión, y salí a paso ligero.
Al llegar a la empresa me detuve en la puerta. Pensé durante unos segundos en subir a ver a mi hermana y a mis amigos, no solo para saludarlos, sino también para que comprobaran que estaba bien, aunque en el último momento decidí no hacerlo.
Los conocía demasiado bien y sabía que, en cuanto se enteraran de mis planes de volar al menos una hora para poner mi cabeza en orden, intentarían disuadirme, así que descarté entrar y me fui directamente hacia el embarcadero.
Era temprano, pero en el muelle ya había tres de nuestros pilotos dando indicaciones a varios excursionistas sobre cómo subir, ayudándolos a ponerse los cinturones o explicándoles, por lo que pude oír al pasar, que tendrían un buen vuelo porque el cielo estaba bastante despejado.
Los saludé con la mano, aunque no me detuve salvo con uno de ellos: Henry, la pareja de mi hermana, que pareció sorprenderse al verme allí porque, según me dijo, todavía me hacía en Seattle.
Al parecer, Winter aún no había hablado con él ni lo había puesto al tanto de las últimas novedades. Yo tampoco lo hice y me limité a decirle que ya hablaríamos en otro momento. Él tenía trabajo y yo un vuelo muy necesario que hacer.
Seguí caminando por el muelle hasta llegar a mi hidroavión, que era el último de todos y estaba separado unos cuantos metros del resto de los de la empresa.
Antes de acercarme del todo me fijé en uno de sus laterales, sabiendo que en el otro había exactamente lo mismo: nuestro dibujo, el de Mary y mío.
Aquel que habíamos elegido después de buscar durante tanto tiempo el ideal, el que solo ella y yo sabíamos lo que significaba y que mandé pintar cuando me compré el hidroavión.
Nadie conocía aquella historia y cualquiera que lo viera pensaría que era simplemente un dibujo más, pero para mí siempre había tenido un significado especial porque me recordaba a la chica que había amado más que a nadie y a la que creí haber perdido para siempre.
Ahí seguía, con una pequeña variación respecto al que habíamos elegido y al que ella se había tatuado bajo el pecho izquierdo, justo donde dijimos que lo haríamos algún día: en las alas aparecían una M y una N, nuestras iniciales.
El día que mandé pintarlo no sabría decir si lo hice por nostalgia, para recordar lo que había tenido y perdido o simplemente porque mi corazón me pidió que lo hiciera, pero el caso es que allí seguía.
Y ahora ese mismo dibujo estaba también en otro sitio, justo donde siempre debería haber estado y donde, por dolor, nunca había llegado a estar.
Me llevé una mano al pecho y sonreí al notar bajo la ropa aquel tatuaje, la promesa que hice tantos años atrás y que no había cumplido hasta entonces.
No había pasado todas las horas en el aeropuerto como le había dicho a mi hermana el día anterior. Cuando ya tenía en la mano el billete para el vuelo de las seis de la mañana, salí a última hora de la tarde para despejarme y caminé sin rumbo por algunas calles de Seattle.
El destino, una casualidad o a saber qué hizo que, apenas diez minutos después, me encontrara delante de un estudio de tatuajes.
No dudé ni lo pensé demasiado. Entré, saqué de mi cartera aquel dibujo arrugado por los años que siempre me había acompañado y que me recordaba a ella y a todo lo que habíamos vivido juntos.
Una hora después salí de allí con el papel de nuevo en la cartera, una sonrisa en la cara y un tatuaje en el pecho izquierdo exactamente igual al de Mary.
Nuestro símbolo y nuestra manera de prometernos, tantos años atrás, que siempre volaríamos juntos.
Sin fijarme demasiado en el hidroavión porque seguía perdido en mis pensamientos, abrí la puerta y, cuando me apoyé en el flotador para darme impulso, levanté la cabeza.
Si no hubiera estado agarrado a los laterales me habría caído allí mismo de la impresión.
Mary, mi Mary, estaba sentada en el otro asiento y me miraba fijamente, seria y visiblemente nerviosa.
—Mary… —susurré.
—Nash —susurró ella de vuelta.
Desde luego, no esperaba encontrarla allí y, si lo estaba, tenía que ser por algún motivo. No pensaba desaprovechar aquella oportunidad que me estaba dando para hablar y decirle todo lo que llevaba días matándome por dentro.
—¿Vas a entrar? —preguntó al ver que seguía parado en la puerta sin moverme.
—Sí, sí —contesté antes de colarme dentro con un movimiento rápido y cerrar la puerta.
—¿Qué haces aquí? ¿Llevas mucho tiempo? Hace frío y…
—Nash, para nosotros esta temperatura es buena. No tengo frío, si es lo que estás pensando. Estoy bien.
Asentí.
—Y respecto a tus otras preguntas, llevo aquí un rato, no mucho. Winter me ha dejado las llaves. Espero que no te enfades con ella por eso, ha sido idea mía.
—Claro que no me enfado, me parece perfecto. Donde estás sentada es tu sitio, siempre lo ha sido, Mary —dije con una sonrisa triste.
Volví a ver que, aquella segunda vez, al igual que la primera en la que la había llamado Mary, un brillo precioso aparecía en sus ojos.
—Has ido a Seattle —dijo, afirmándolo, no preguntándomelo.
—Sí, necesitaba hablar contigo. Tengo muchas cosas que decirte. Iba a volar para calmarme un poco y después pensaba recorrerme la ciudad entera para buscarte.
—Pues ya me has encontrado.
—Más bien tú me has encontrado a mí. ¿Qué haces en Juneau?
—También quería hablar contigo de algo.
Vi cómo su nerviosismo aumentaba. Se retorció las manos que tenía apoyadas sobre el regazo y se mordió el labio.
—Estás nerviosa.
Asintió.
—Yo estoy atacado. Llevo así tres días.
—Nash, ya sé que sabes lo que pasó. Winter me lo ha dicho.
—Sí, y quise morirme cuando supe la verdad, pero todavía más al pensar en cómo te he tratado, en todo lo que te dije aquel día, en cómo te rechacé y en todo lo que hice. No te dejé hablar, Mary, y me arrepentiré toda la vida.
—Nash…
—Déjame hablar, por favor. Necesito decirte todo lo que llevo dentro.
Volvió a asentir y yo cogí aire para continuar.
Le dije lo mal que me sentí al descubrir que todo lo que había creído durante años no era cierto y también al pensar en lo mal que debió de pasarlo ella esperándome aquel día en el aeropuerto.
Podía imaginarlo porque estaba seguro de que había sentido el mismo dolor que yo al ver que se había marchado sin decirme adiós. Ella sufrió pensando que no había querido ir a despedirme.
Todo por culpa de Sadie, con quien todavía no había hablado, pero cuando lo hiciera sería por última vez.
Tenía muchas cosas que decirle y la principal era que se había convertido en la peor persona que había conocido, porque con su obsesión y su egoísmo nos había robado la felicidad y la oportunidad de vivir aquella vida juntos que habíamos planeado.
Me abrí completamente con Mary y le conté lo mal que me había sentido durante años y cuánto la había echado de menos, pero fui todavía más allá y le confesé algo que ni siquiera a mí mismo había querido reconocer durante todo aquel tiempo porque me enfadaba saber la verdad.
Nunca la había olvidado. Nunca, aunque lo había intentado, había dejado de quererla, y cada vuelo que había hecho no era solo porque lo necesitara, sino porque era una manera de sentirla un poco más cerca.
A esas alturas de la conversación, o más bien de mi monólogo porque Mary no había dicho apenas una palabra y se había limitado a escucharme con atención, los dos teníamos la cara llena de lágrimas.
—Nash, yo…
—Lo sé. Sé que no quieres ni verme y no me extraña. Lo hice todo fatal, tanto en el pasado como durante estos meses desde que nos volvimos a encontrar.
—De lo del pasado ninguno de los dos tuvimos la culpa.
—Sí que tuve parte de culpa, Mary. Debería haber intentado buscarte, debería haber querido saber por qué te fuiste sin más. Yo sabía que me querías, pero el dolor y el enfado me cegaron.
—Nos robaron una vida.
—Sí —susurré mientras me limpiaba las lágrimas—. Y cuando volvimos a encontrarnos y pudimos tener otra oportunidad, fui tan idiota que ni siquiera te reconocí como tú a mí y después terminé echándolo todo a perder.
—Un poco idiota sí que eres.
—Idiota y muchas cosas más, lo sé. Mary, sé que quizá ya no sirva de nada, pero quiero pedirte perdón por todo: por no reconocerte, por no saber quererte bien, por irme aquella mañana y dejarte esa mierda de nota.
—Eso me dolió muchísimo, Nash. Me sentí usada, como si hubieras pasado aquella noche conmigo para castigarme.
—No fue así. Fue la mejor noche de mi vida, pero cuando me desperté y vi la maleta hecha, todos los recuerdos del pasado volvieron de golpe y pensé que ibas a marcharte otra vez sin despedirte.
—Que iba a irme era cierto, pero desde que te vi en la puerta de casa supe que ya no lo haría. No me diste opción a decírtelo, ni eso ni nada más.
—Te he perdido dos veces por idiota, pero quiero que sepas que te seguiré amando toda mi vida.
—¿A Mary o a Kate?
—Me enamoré de Mary y pensé que después me había enamorado de Kate, pero no fue así.
Mi corazón te reconoció aunque mi cabeza no lo hiciera.
No me he enamorado dos veces de ti, es que nunca dejé de estarlo.
Por eso me sentía tan bien a tu lado estos últimos meses, porque eras tú, daba igual el nombre que usaras.
—Nash…
—Lo sé. Sé que quizá ya no sirva de nada y que esta confesión llega tarde. Solo quería que lo supieras, que supieras que te amo aunque tú a mí ya no.
Nada que no me mereciera, pensé con mucha tristeza, porque, mientras hablábamos, me había ido dando cuenta de que quizá ella ya no pudiera quererme después de todo el daño que le había hecho.
Tras aquello, el silencio se impuso dentro del hidroavión. No era incómodo, con Mary nunca podría serlo, sino largo y pesado, y durante unos segundos los dos nos quedamos mirándonos sin decir nada.