¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 27
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Capítulo 27

Kate

Recogimos los platos y vasos que habíamos usado y los metimos en el lavavajillas antes de sacar del congelador un bol de helado para cada uno, el mío de fresa y nata y el de Zane de chocolate con menta, e irnos con ellos y las cucharas al salón.

—Vale, ya estamos aquí sentados con el helado. Habla ahora o calla para siempre.

—Estoy embarazada —solté así, sin anestesia.

Zane escupió la cucharada de helado que se había metido en la boca dos segundos antes y se puso perdida la camiseta que llevaba.

—La hostia. ¿Pero cómo me sueltas algo así sin avisar? ¿Qué quieres, que me dé un infarto?

—No, eso no, que te necesito vivo para que seas el padrino de mi hijo o hija.

—Ah, ¿pero que no es una broma?

—No, no lo es.

—Madre del amor hermoso. ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Estáis bien?

—Lo sé desde hace dos meses y sí, estamos bien. O casi.

Frunció el ceño, dejó el bol de helado que aún seguía sosteniendo encima de la mesa y se giró en el sofá para mirarme.

—¿Casi? Ese «casi» ha hecho que casi me cague encima, así que ya me estás contando todo sin dejarte nada —dijo serio mientras me apuntaba con un dedo.

Cogí aire y, del tirón, porque no me interrumpió en ningún momento, le conté todo lo que había pasado.

—No te vas a mover de aquí hasta que des a luz. Si te pica el culo y tienes ganas o necesidad de viajar, vas del salón a la cocina, abres los brazos, cierras los ojos y te imaginas que vas en un avión. Porque, como no sea así, te ato a la pata de la cama.

—Zane…

—Ni Zane ni nada. Tienes que estar tranquila y lo estarás. Ya me voy a encargar yo de eso. Porque, entre tu vicio de volar para huir y el del padre, porque estoy seguro de que es el piloto, lo mismo de ahí no sale un niño, sino un halcón o una gaviota.

Tuve que reírme porque, con Zane y sus cosas, era imposible no hacerlo.

—Voy a estar tranquila, te lo prometo. No voy a viajar, eso lo tengo claro. Él o ella —dije llevándome las manos al vientre— es mi prioridad.

—¿Y con el padre qué vas a hacer? Porque tendrá que saber que tiene la misma puntería que destreza con los mandos de su avioncito. Joder con el tío, una noche y toma ya, bebé a bordo.

—Tengo que decírselo. Nunca le ocultaría una cosa así. Tiene derecho a saber que va a ser padre y lo que quiera hacer después ya solo será decisión suya.

—Buena decisión. Puede que sea un gilipollas y no haya sabido quererte como mereces como hombre, pero lo mismo como padre sí sabe hacer las cosas bien.

—Nunca le ocultaría una cosa así. Además, no quiero que en un futuro mi hijo pueda recriminarme que fui yo la que no hizo las cosas bien.

—¿Y cuándo vas a decírselo? ¿Lo llamarás?

—No creo que esto sea algo que deba decirse por teléfono. Tengo que decírselo a la cara. También tiene que saber que las cosas no van todo lo bien que deberían y que hay riesgo de que vuelva a tener pérdidas y…

Zane me agarró la mano al ver cómo, por la preocupación de saber que podía perderlo, los ojos se me llenaban de lágrimas y me cortó para que no pudiera terminar la frase.

—No lo digas ni lo pienses siquiera. Estoy seguro de que todo va a ir bien. Mi ahijado es tan fuerte como su madre y aguantará ahí dentro hasta el final.

Le devolví el apretón, agradeciéndole su apoyo.

—¿Ahijado? Yo no te he dicho que sea un niño. Ni siquiera sé lo que es. En la ecografía que me hicieron ayer la doctora me dijo que era pronto para saberlo, además de que estaba dándonos la espalda y no se le veían las vergüenzas.

—Ni falta que hace que tú ni nadie me lo diga. Es un niño, lo sé.

Solté una risita al ver lo convencido que estaba de que era un niño y, con lo cabezota que era, estaba segura de que, si él se empeñaba en que así fuera, pues así sería.

—¿Eres adivino ahora?

—Adivino no, es supervivencia.

—¿Supervivencia?

—Claro. Ya bastante tengo con aguantarte a ti, tu culo inquieto y ver tus bragas en mi tendedero. Necesito un aliado y más calzoncillos colgados al lado de los míos.

Solté una carcajada que hizo que se me saltaran hasta las lágrimas. Mi amigo tenía cada cosa que era para morirse con él.

—¿En serio? Tú estás fatal. ¿Quieres que sea niño para no tener que ver más bragas?

—Anda, pues claro que es en serio. Al principio no, pero si es una niña, cuando crezca ya me puedo imaginar mi tendedero lleno de hilos de colores como si fuera una tejedora. Y me niego en rotundo, así que tiene que ser… No, tiene no: va a ser un niño porque lo digo yo y punto.

—Y querrás también que lo llame Zane o…

—No, eso no. Yo he elegido el sexo, el nombre te dejo elegirlo a ti.

—Vaya, muchas gracias.

Nos miramos y nos echamos a reír y, cuando las risas fueron cesando, terminamos abrazados.

—Kate, todo va a ir bien, lo sé. La vida ya te ha quitado mucho. No te quitará nada más.

Cerré los ojos porque tenía toda la razón del mundo y dolía que así fuera. Como suelen decir, la verdad duele, y esa verdad, la de mi vida, dolía muchísimo.

La vida me había quitado mucho. Me había quitado a mis padres y a Nash dos veces, eso en cuanto a personas.

También me había quitado la posibilidad de ser feliz en esas tres ocasiones y, desde que me fui con mi abuela, ella o la vida que tuve a su lado me quitó la libertad, la posibilidad de hacer amigos y de tener un final de adolescencia más o menos normal.

Todo eso, vivido en tan poco tiempo, me había hecho cambiar y querer estar huyendo constantemente, buscando mi sitio o un lugar en el que echar raíces, y había provocado que durante años fuera dando tumbos por la vida.

—Gracias por todo, Zane. No sé qué habría sido de mí sin ti.

—No tienes que agradecerme nada. Eres una tía fuerte y, si yo no me hubiera cruzado en tu camino, habrías seguido igual, pero te habrías reído menos y no te habrías recreado la vista todos estos años viendo mi guapa cara.

Volví a reír mientras le daba un pequeño golpe en el brazo a modo de broma.

—Lo de reírme te lo compro. Lo otro…

—¿Qué tienes que decir de lo otro? ¿Será mentira que soy guapo? No, no hace falta que digas nada, sé que lo sabes y lo piensas.

—Desde luego que tú no necesitas abuela. Te lo dices todo tú solo.

—Pobre de ella, murió antes de que yo naciera, por eso me lo tengo que decir todo yo —contestó encogiéndose de hombros.

—Está bien, lo reconozco. Eres no solo guapo, sino guapísimo y, si no fuera porque no te gustan mis tangas ni el sitio donde me los pongo, te habría dado yo un buen meneo alguna vez.

—Así me gusta, que reconozcas las cosas. Pero, por favor, los hilos incómodos ni me los menciones, que solo con pensar en ellos me traumatizo —dijo llevándose una mano al pecho de forma dramática.

—Eres terrible.

—Pero me quieres igual.

—Eso sí.

—Y no soy al único al que quieres ni el que ocupa el primer puesto. Ese es para el piloto, pero lo entiendo. Cuando me enseñaste una foto casi babeé. Será un idiota, pero un idiota que está muy bueno.

Negué con la cabeza mientras me reía.

—¿Y cuándo tienes pensado ir a ver al idiota para decirle que un fotógrafo viene de camino?

—¿Ah, que también has decidido que será fotógrafo?

—Por supuesto. Nuestro niño hará fotos. Los aviones, si quiere, solo los verá por la televisión.

—¿No puede ser piloto como su padre, entonces?

—No, que se joda su padre. Ese será su castigo. No creo que haya uno peor que saber que a su hijo, sangre de su sangre, no le gustan los aviones.

La sonrisilla malvada que puso al decirlo me hizo reír con ganas. Sabía de sobra que todo aquello lo estaba diciendo de broma para hacerme sentir bien y conseguir que no pensara todo el tiempo en que algo malo podía pasarle a mi hijo.

—Al final no me has contestado. ¿Cuándo vas a ver al piloto para darle la noticia?

Me quedé unos segundos pensando y la respuesta llegó sola.

No podía demorarlo porque tenía que decirle a Nash cuanto antes que iba a ser padre.

Estaba en su derecho, como ya había dicho, y además, si él decidía estar presente en la vida de nuestro hijo, era justo que pudiera hacerlo desde el principio.

Así que le dije a Zane que cuanto antes.