¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 28
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Capítulo 28

Nash

Era la primera vez en mi vida que, aun estando a miles de metros de altura y entre las nubes, no sentía esa paz y esa sensación de felicidad que siempre me había producido volar.

No era yo el que llevaba los mandos, pero no porque no pudiera hacerlo, sino porque no estaba en un hidroavión, sino en un avión de pasajeros con destino a Seattle.

Iba para intentar ver a la mujer que perdí una vez, quince años atrás, por causas ajenas a nosotros y que había vuelto a perder tres meses atrás por mi estupidez y mi cabezonería al no querer escucharla.

Giré la cabeza y la apoyé en la ventanilla mientras miraba el cielo lleno de nubes. Los recuerdos de dos días atrás volvieron a mi cabeza para torturarme una vez más.

Me vi a mí mismo sentado en mi antiguo despacho, con Winter enfrente y Owen y Aria de pie, apoyados cada uno a un lado de la mesa.

La conversación, tal y como había sido, volvió clara a mi cabeza.

—¿Qué sabéis vosotros que yo no sé?

—Todo —contestaron los tres a la vez.

—¿Todo?

—Sí, todo. Nosotros sí quisimos saber qué pasó. Quisimos saber por qué Mary no te dijo adiós, por qué no se despidió y también por qué, después de irse, no solo tú no volviste a tener noticias de ella, sino que nosotros tampoco.

La preocupación que mostraban los tres hizo que mis nervios se dispararan y que una sensación extraña se instalara en mi pecho.

No había querido saber qué pasó por cabezonería o, más bien, porque no quería escuchar de boca de Kate lo que siempre había pensado: que no le había costado dejarme atrás, que quiso romper con todo, que yo no había sido suficiente o, peor aún, que el amor que decía sentir por mí tampoco lo había sido y por eso no le costó seguir sin mí.

No había querido saberlo, pero en ese momento conocer la verdad se convirtió en una necesidad, porque algo dentro de mí me dijo que saber lo que había pasado podía volver a cambiar mi vida.

—¿Qué pasó?

Winter miró a mis amigos y los dos asintieron, dándole permiso o quizá prefiriendo que fuera ella la que me lo contara todo.

—Sí quiso despedirse. Es más, fue a buscarte para hacerlo.

Miré a mi hermana con la boca abierta por la sorpresa.

—Eso no es posible.

—Lo es.

Le pedí con la mirada y con un gesto de la mano que, por favor, me contara qué había pasado aquel día, el día en el que Mary se fue y la última vez que nos vimos.

Ya sabía que su abuela había venido para llevársela con ella, pero no nos dijo, ni siquiera a Mary, qué día se marcharían de Juneau.

Winter empezó a explicármelo todo y, cuando llegó al momento en el que Mary había ido desesperada a buscarme a la antigua casa de Owen y no me encontró, pero sí a Sadie, a la que rogó que me avisara de que su abuela no la dejaba quedarse más tiempo y que, por favor, fuera al aeropuerto, una ira imposible de describir me recorrió todo el cuerpo al saber que Sadie me lo había ocultado.

—¿Cómo pudo hacernos una cosa así?

—Porque para ella fue un golpe de suerte. Callarse haría que ocurriera precisamente lo que ocurrió: Kate se fue pensando que no te importaba ni ella ni que se marchara, y tú pensaste lo que llevas creyendo todos estos años, que no le había costado nada dejarte atrás.

Aria negó con la cabeza antes de añadir:

—Sadie siempre te quiso para ella. Lo suyo nunca fue amor, sino obsesión. Sacar a Kate de la ecuación era lo que necesitaba para que, como se demostró años después, pudiera conseguir su objetivo: tú.

Me pasé las manos por la cara con desesperación porque en ese momento no pensé en mí, sino en Mary, en mi Mary, y en lo que tuvo que sentir al pasar horas en el aeropuerto esperando que yo apareciera.

Solo imaginar el dolor que seguramente sintió consiguió que el corazón se me encogiera.

Después pensé en Sadie y en su egoísmo, en cómo su obsesión nos había jodido la vida y en cómo, por salirse con la suya y conseguirme, había hecho que los dos termináramos con el corazón roto pensando que el otro ya no nos quería.

—Hay más.

Levanté la mirada.

—¿Más?

—Sí. Ahora sabes lo que pasó aquel día y por qué os separasteis sin poder despediros, pero no sabes por qué Kate no dio señales de vida después.

Sentí miedo al pensar que podía haberle ocurrido algo grave, algún accidente o cualquier cosa que le hubiera impedido comunicarse, no conmigo si pensaba que no la quería, pero sí con los demás.

Sin embargo, apenas un minuto después mi hermana dejó claro que no había sido eso.

Me contó lo que sabía porque Kate se lo había explicado poco después de regresar a Juneau: los dos años que vivió prácticamente como una presa en casa de su abuela.

Le quitó el teléfono, no la dejaba salir sola a la calle para nada y solo le proporcionaba techo y comida.

Ni siquiera cocinaba para ella, porque, si quería comer, tenía que preparárselo sola.

Le amargó la existencia hasta el mismo día en el que cumplió dieciocho años, cuando Kate cogió una mochila, metió dos mudas de ropa y salió corriendo de aquella casa para no volver.

Me sentí fatal al saber por todo lo que había tenido que pasar siendo tan joven, estando sola y sin saber qué hacer ni poder contar con nadie.

Después de llevarse el chasco de su vida al ver que yo no había ido a despedirla y marcharse pensando que no la quería, era lógico que no quisiera volver a Juneau.

De lo de su abuela quizá no habría podido librarse porque era menor y ella era la persona que tenía su custodia, pero, si yo hubiera ido al aeropuerto aquel día, estaba seguro de que las cosas habrían sido distintas.

Habría ido a buscarla en cuanto cumpliera dieciocho años para traerla de vuelta a casa o incluso al infierno si hubiera hecho falta.

—He sido un idiota.

—Eso ya te lo he dicho yo —respondió Winter.

—Debí escucharla, debí dejar que me contara lo que pasó.

—Claro que debiste.

—Pero me impactó tanto saber que llevaba dos meses viéndola casi a diario y que no me hubiera dicho quién era realmente que me obcequé. Pensé que se había estado riendo de mí.

—Nash… —dijo mi hermana con pena al ver que, entre la rabia, la impotencia y el dolor que estaba sintiendo después de conocer toda la verdad, no había podido evitar echarme a llorar.

Owen se acercó un poco más y me agarró por el hombro. Levanté la cabeza para mirarlo y me dedicó una sonrisa triste.

—Hoy puedes llorar todo lo que quieras y necesites. Puedes maldecir a Sadie, al destino y al mundo entero. Puedes lamentarte y regodearte en tu dolor durante un rato, pero mañana ¿qué vas a hacer?

—¿Qué voy a hacer de qué?

Levantó una ceja y me miró como si fuera tonto.

—¿De qué coño va a ser? Pues de Kate.

Solo con oír su nombre, daba igual si era uno o el otro, el dolor por haberla perdido dos veces por ser un idiota se intensificó. Porque sí, Sadie había intervenido y su abuela la había mantenido prácticamente encerrada, pero una parte de la culpa de haberla perdido también era mía.

En el pasado podía haber intentado buscarla o contactar con ella de alguna manera, aunque en aquel momento creyera que se había marchado sin querer despedirse. No lo hice porque estaba demasiado herido y orgulloso.

Y quince años después había vuelto a perderla otra vez por ese mismo puto orgullo al enfadarme tanto porque no me había dicho quién era.

Ahora me daba cuenta de cuánto tuvo que dolerle que no la reconociera. Yo, que en el pasado me llenaba la boca diciendo que era el amor de mi vida, yo que juré quererla siempre, había sido incapaz de reconocerla cuando volvió a ponerse delante de mí.

Y, si todo eso ya me atormentaba, el remate era pensar en cómo debió sentirse cuando se despertó después de pasar una noche maravillosa juntos y se encontró con aquella mierda de nota que le había dejado.

Dios, si es que peor no podía haber hecho las cosas. No me merecía ni que volviera a mirarme a la cara.

Kate la primera vez se había ido de Juneau por obligación, pero aquella segunda vez no se había marchado porque quisiera. Fui yo quien la echó de mi lado.

—Nash —volvió a llamarme Owen al ver que seguía sin contestar—, repito, ¿qué vas a hacer?

—Nada. ¿Qué podría hacer? La he perdido para siempre.

Winter dio una palmada encima de la mesa tan fuerte que me hizo dar un respingo en la silla.

—Tú, de verdad, aparte de idiota, creo que además eres gilipollas profundo.

¿Nada? ¿No vas a hacer nada? Levanta ahora mismo tu puto culo de esa silla, vete a casa, llora y compadécete toda la noche si quieres, pero mañana piensa qué vas a hacer para recuperar a Kate.

Porque, como no lo hagas, te juro que te quemo tu avioncito.

Joder, nunca había visto a mi hermana ni tan enfadada ni hablar de una manera tan autoritaria.

Pero gracias a la bronca de Winter, a la que Owen y Aria se unieron, y a todo lo que pensé durante aquella noche, terminé entendiendo algo muy simple: si yo la había perdido y había sido yo quien la había echado no solo de Juneau, sino también de mi lado, tenía que ser yo quien intentara hacerla volver.

No solo a nuestra ciudad, que siempre había sido también la suya, sino a mi vida.