Capítulo 26
Kate
Suspiré a la vez que me retorcía las manos sobre el regazo mientras, de reojo, miraba a la gente que estaba sentada a mi alrededor.
La mayoría tenía la cara muy seria; algunos reflejaban dolor, pero en muchos veía preocupación y, por la forma en la que mantenían el cuerpo tenso, igual que yo, sabía que algunos estaban sintiendo lo mismo que sentía yo por primera vez en mi vida: miedo.
Sí, eso era lo que sentía allí sentada, en la sala de espera de un hospital de Oregón, que era donde me encontraba en esos momentos.
Durante toda mi vida había sentido muchas cosas, pero miedo no era una de ellas. Había sentido dolor, y de ese había habido mucho por diferentes causas: decepción, desesperación y muchas cosas más, pero miedo no.
Aunque no lo sentía por mí, sino por lo que sabía que me estaba pasando o, al menos, intuía.
Por instinto me llevé las manos al vientre, como si así pudiera proteger esa vida que crecía dentro de mí desde hacía tres meses.
Cerré los ojos mientras esperaba y recordé todo lo que había pasado desde que, noventa y ocho días atrás, sí, llevaba la cuenta, me había marchado de Juneau con el corazón roto por segunda vez.
Mi primer recuerdo fue el de Zane en el aeropuerto de Seattle, abrazándome mientras yo lloraba entre sus brazos.
Después llegó la conversación en su casa, lo mucho que me apoyó y la poca gracia que le hizo verme marchar solo una semana después porque estar sin hacer nada me hacía pensar más de la cuenta.
Desde que me fui de casa de Zane había pasado aquellos tres meses yendo de ciudad en ciudad.
Hoteles pequeños, apartamentos, casas, estaciones, aeropuertos, kilómetros y kilómetros viajando de un lado a otro y miles de fotografías. Eso era lo que había hecho durante aquellos tres meses sin descanso.
Todo de forma mecánica y haciendo más fotografías que nunca, porque eso era lo único que me había ayudado a seguir adelante sin pensar en Nash o, al menos, a intentarlo, ya que pocas veces lo había conseguido.
Estando en Sacramento, un mes y medio después, fue cuando descubrí que estaba embarazada. Llevaba una semana levantándome fatal por las mañanas y, como tampoco me había venido el periodo, decidí hacerme una prueba.
Aquella noche lloré muchísimo. Muchas lágrimas fueron de alegría, pero otras de tristeza al pensar en la posibilidad de que, cuando se lo contara a Nash, porque eso lo tuve claro desde que vi las dos rayitas del test, rechazara a su hijo y no quisiera saber nada de él como había hecho conmigo.
Durante esos tres meses había llevado un ritmo frenético y, al parecer, ni mi cuerpo ni mi hijo estaban dispuestos a que continuara así.
Aquella mañana, después de dormir apenas cuatro horas, me estaba preparando para salir a hacer fotografías cuando un dolor no demasiado fuerte me atravesó el vientre. Al ir al baño vi que mis braguitas estaban manchadas de sangre.
Me asusté muchísimo y no dudé en buscar la dirección del hospital más cercano para saber qué me pasaba y cerciorarme de que mi hijo estaba bien.
Y ahí precisamente era donde me encontraba, en la sala de espera de aquel hospital, bastante llena de gente, esperando a que me llamaran.
Una hora después, nerviosa y muy asustada, entré en la zona de triaje, donde me tomaron los datos y expliqué al enfermero que me atendió qué era lo que me ocurría.
Gracias a Dios, me dijo que volviera a la sala de espera y que, al tratarse de un caso así, me darían prioridad y no tardarían demasiado en hacerme pasar a una consulta de ginecología.
Y fue cierto porque apenas diez minutos después un celador salió a buscarme y él mismo me acompañó hasta una planta superior, donde ya me estaban esperando.
La puerta de la consulta estaba abierta y, al asomarme, una mujer que claramente era la médica que iba a atenderme me hizo un gesto con la mano para que pasara.
—¿Mary Kate Miller?
—Sí.
—Soy la doctora Johnson. Siéntate, por favor. Antes de explorarte quiero hacerte unas cuantas preguntas.
No me preguntó demasiadas cosas, solo las necesarias para saber desde cuándo sabía que estaba embarazada, cuándo había empezado a sentirme mal y algunos datos sobre mi salud y antecedentes médicos.
Diez minutos después estaba tumbada en la camilla mientras me hacía una ecografía y, al ver por primera vez a mi hijo y escuchar su corazón, no pude evitar echarme a llorar.
—Todo está bien, aunque tienes un poco de debilidad en el cuello del útero y eso requiere vigilancia. Por lo demás, las medidas son correctas para las dieciséis semanas de embarazo, el sangrado ha parado y tu bebé está perfecto.
—Menos mal.
—Pero voy a ser muy sincera contigo. Me has dicho que viajas constantemente por el trabajo que tienes y ese ritmo tiene que parar. Lo de hoy ha sido solo un aviso, pero, si sigues así, es posible que pierdas a tu hijo.
No me habló con reproche ni regañándome, sino con sinceridad y preocupación.
—Lo haré. Bajaré el ritmo.
—Y, si puedes permitirte hacer reposo al menos hasta que el embarazo esté más avanzado, sería lo mejor. No un reposo total, sino relativo. No tiene por qué pasar nada si te cuidas, pero esa pequeña debilidad aumenta el riesgo de perderlo o de que el parto se adelante.
—Puedo permitírmelo. Podría estar incluso hasta que nazca sin trabajar.
—Pues hazlo. Es lo mejor para el bebé y para ti. Así evitarás complicaciones.
—No soy de aquí. ¿Podría viajar?
—Sí, puedes viajar para volver a tu ciudad, pero, si está muy lejos, no lo hagas de seguido. Y, a ser posible, evita los aviones. Si puedes ir en otro medio de transporte, como coche, tren o barco, mucho mejor.
—Voy a Seattle.
—Entonces el tren es una buena opción. No llega a cuatro horas y puedes hacerlo tranquila.
Me bajé de la camilla y volví a sentarme en la silla. Esperé a que me diera todos los papeles con el informe para entregárselos al ginecólogo que eligiera en Seattle, unas cuantas recomendaciones más y la receta de un complejo vitamínico que me aconsejó comprar y empezar a tomar ese mismo día.
Al salir del hospital lo hice mucho más tranquila, aunque ese miedo que se había instalado dentro de mí no desapareció.
Eso sí, antes incluso de salir de la consulta y mientras hablaba con la doctora, no tuve que pensar demasiado para tomar la decisión de no viajar más y estar lo más tranquila posible para que el embarazo siguiera adelante sin más sustos ni problemas.
Podía permitirme de sobra dejar de trabajar. Durante todos los años que había estado viajando sin parar, había ganado mucho dinero, así que no hacerlo durante meses o incluso un par de años, si era necesario, no supondría ningún problema.
En Oregón no iba a quedarme, eso estaba claro. Volvería a Seattle y pasaría unos días con Zane hasta encontrar un apartamento para mí y para mi hijo.
Llegué al hotel en el que me había alojado, porque ni siquiera me había molestado en buscar una casa ya que no tenía pensado quedarme allí más de dos semanas, y lo primero que hice fue darme una ducha antes de sentarme con el portátil para mirar cuándo salían los trenes hacia Seattle y si eran directos o tendría que hacer algún transbordo.
No avisé a Zane de mi llegada. Si le hubiera dicho que iba en tren y no en avión, como hacía siempre, me habría sometido a un interrogatorio completo. Claro que iba a contárselo todo, pero no por teléfono. Aquella conversación, que se las traería, prefería tenerla cara a cara.
Cogí un tren a primera hora de la tarde, así que cuando llegué al apartamento de Zane, maleta en mano, ya era prácticamente de noche.
El viaje no se me había hecho demasiado pesado, la verdad. Por suerte, Oregón no estaba muy lejos de Seattle porque, si me hubiera pillado en China o en algún lugar parecido a miles de kilómetros, habría sido horrible tener que regresar sin hacerlo en avión.
—Pero, pequeña, ¿qué haces aquí? —preguntó Zane al abrirme la puerta, sorprendido.
—Pasaba por aquí y he pensado: voy a ver si un fotógrafo guapo y soltero me invita a cenar.
—Déjate de coñas, anda. Pasa y habla, porque tu cara me dice que eso de «pasaba por aquí» es mentira y de las gordas.
Zane cogió mi maleta y abrió la puerta del todo para que pasara.
—Primero necesito una ducha. He venido en tren y estoy sudada.
—¿En tren? ¿Tú en tren? Dios mío… Sí que pasa algo gordo. Tú nunca viajas en tren, si eres adicta a todo lo que vuele.
Y razón no le faltaba, porque eso de estar por las nubes me encantaba. No solo me había montado en cientos de aviones, sino que también lo había hecho en hidroavión, como ya sabéis, en helicóptero y hasta en globo.
—Sí, pasa algo, pero déjame ponerme cómoda y te lo cuento.
—Date prisa o, cuando vuelvas, no tendré uñas.
—Pues deja las uñas y pide algo de cenar, por favor. Vengo muerta de hambre.
—¿Y qué le apetece a la señorita?
Ni siquiera tuve que pensarlo. No sabía si sería un antojo típico de mi estado o simplemente que en los últimos días tenía un hambre voraz, pero la respuesta me salió sola.
—Una hamburguesa doble con queso y beicon. Y patatas, muchas patatas.
—Oye, ¿no tendrás la solitaria y ahora comes por dos?
No, la solitaria no la tenía, pero en lo de que tenía que comer por dos sí que había acertado.
—Pide también helado de fresa y nata. Me voy al baño —dije antes de dejarlo en medio del pasillo mirándome entre alucinado y confundido.
—Una hamburguesa como la señorita ha pedido y al menos un kilo de patatas —dijo cuando entré en la cocina media hora después, señalando la mesa.
Para él se había pedido lo mismo.
Nos sentamos y volvió a preguntarme qué me pasaba.
Le dije que se lo contaría después de cenar, mientras nos comíamos el helado, así que durante la hamburguesa, que me supo a gloria, y mientras poco a poco acabábamos con todas las patatas pringándolas en kétchup, hablamos de todos los sitios en los que había estado durante aquellos tres meses fuera.