Capítulo 24
Kate
Sin abrir los ojos y sin moverme siquiera en la cama, todos los recuerdos de la noche anterior llegaron a mi cabeza, haciéndome sonreír.
Lo primero fue mi sorpresa al ver a Nash ante mi puerta. Había venido tres días después, pero lo había hecho y eso no se podía considerar tarde, sino justo a tiempo, porque, si hubiera tardado un día más, ya no me habría encontrado.
La conversación fue breve. Solo quiso saber por qué no le había dicho la verdad sobre quién era yo. De lo demás no hablamos, y no porque no quisiéramos, sino porque esa conexión al mirarnos había sido tan brutal que ninguno de los dos había podido evitar lo inevitable.
Todo empezó con un beso y recordé cómo nuestra ropa había salido de nuestros cuerpos con facilidad.
También el momento en el que descubrió mi tatuaje, ese símbolo que nos representaba, el primero de muchos que me había hecho y que para mí era el más importante por el significado tan especial que tenía.
No voy a mentir y decir algo que no era cierto: cuando vi que él no se lo había hecho me llevé una gran decepción.
Pero claro, sabiendo cómo se habían dado las cosas y que él pensaba que me había ido sin mirar atrás, y no cómo habían pasado en realidad, no podía culparlo por no habérselo hecho y por haber querido borrarme por completo de su vida.
El siguiente recuerdo fue cuando me cogió en brazos y me llevó a la habitación después de darme un orgasmo brutal en el sofá con sus dedos.
Recordé la delicadeza con la que me dejó encima de la cama y cómo me trató. Nada más tumbarme volvió a buscar mis labios y, cuando nos faltó el aire, bajó por mi cara para besarme el resto del cuerpo hasta llegar a mi vagina.
Con mucha calma pasó la lengua por toda mi apertura unas cuantas veces, sopló y succionó mi clítoris, haciéndome jadear cada vez más fuerte. Después introdujo la lengua en mi interior y no paró de hacerlo de una manera magistral hasta conseguir que me corriera por segunda vez.
Después de recoger toda mi esencia volvió a subir hasta mi boca para compartir mi sabor, algo que consiguió encenderme todavía más de lo que ya estaba.
Se tumbó encima de mí, separó mis piernas con su rodilla y, sin dejar de mirarme a los ojos en ningún momento, acercó su miembro hasta mi entrada y lo pasó por ella unas cuantas veces para que sintiera su calor.
Cuando por fin entró en mi interior lentamente mientras seguía mirándome a los ojos, pasó algo extraño. Me sentí en casa, lo sentí a él como si fuera mi hogar, mi lugar, y en ese momento comprendí que no era un sitio lo que llevaba años buscando sin encontrar, sino que era a él.
Nash era mi lugar.
Empezó a moverse a un ritmo lento, no para que me acostumbrara a él, sino para alargar el momento y disfrutar al máximo de lo que estábamos compartiendo después de tantos años.
Cuando le pedí más, no dudó en acelerar sus movimientos, no de forma brusca, sino dándome estocadas más firmes y certeras.
Solo hicieron falta unas pocas más para conseguir que los dos alcanzáramos el orgasmo a la vez, o que voláramos juntos.
Él no lo dijo, pero yo recordé que era algo que siempre decía en el pasado.
Al terminar no se retiró enseguida, sino que volvió a besarme, alargando todavía más aquel reencuentro que acabábamos de tener.
La noche no terminó ahí. Estuvimos enredados entre las sábanas durante horas, dándonos placer el uno al otro, mirándonos, besándonos sin parar y disfrutando juntos. Eso sí, palabras hubo pocas.
No hablamos de nada, ni del presente ni del pasado. Solo hicimos el amor una y otra vez hasta que el sueño nos venció y nos quedamos dormidos abrazados.
Con la sonrisa aún en la cara abrí los ojos a la vez que me giraba en la cama para mirar a Nash, pero se me borró de golpe al comprobar que el lado en el que debería estar estaba vacío y las sábanas ya estaban frías.
Aun así, guardé la esperanza de que estuviera en el baño, en la cocina o incluso en el salón y, con el corazón encogido, me levanté para buscarlo.
No me hizo falta ir muy lejos. Bastó con ver que en el suelo del salón solo estaba mi ropa y que no había rastro de la suya ni tampoco del abrigo que había dejado sobre una silla al entrar la noche anterior para que la verdad me golpeara con fuerza en el pecho.
Se había ido sin despedirse y sin querer hablar, dejándome claro que la noche que habíamos pasado juntos no había significado nada para él, sino que había sido simplemente una noche de sexo compartida porque, en ese momento, las cosas se habían presentado así.
Y, por si el hecho de que se hubiera marchado no había sido suficiente para que me quedara claro, al volver a la habitación y subir la persiana me fijé en un papel que descansaba encima de la maleta que tenía en un rincón.
Lo cogí con las manos temblorosas y leí, con los ojos llenos de lágrimas, las dos palabras que Nash había escrito.
Buen viaje.
Eso era lo único que ponía.
Un mensaje corto, conciso y que decía muchísimo. Era una despedida, un cierre y una manera de decirme que no quería volver a verme ni saber nada más de mí.
Me quedé un buen rato sentada en la cama con el papel entre las manos, apretándolo con fuerza contra mi pecho mientras las lágrimas caían sin control.
El fuerte trueno que sonó en el exterior fue lo único que consiguió hacerme reaccionar. Miré otra vez el papel y releí aquellas dos palabras antes de cerrar los ojos durante un segundo y darme ánimos para levantarme de esa cama y hacer lo que tenía que hacer: irme.
Cinco horas después, con las gafas de sol puestas más para ocultar los ojos hinchados que porque me molestara la luz y arrastrando mi maleta, salí de la terminal de llegadas del aeropuerto de Seattle.
Como tantas otras veces, allí estaba Zane, apoyado en la misma columna de siempre, esperándome.
Aquella vez no aguardó a que avanzara hasta llegar a él.
Algo debió de ver en mi manera de caminar, quizá fueron mis movimientos lentos y cansados, las gafas en mi cara, esas que casi nunca me ponía, mis hombros hundidos o simplemente el instinto, pero vino rápidamente hacia mí y me envolvió entre sus brazos sin decir una sola palabra.
La protección de los brazos de Zane consiguió que terminara de romperme del todo y, sin poder evitarlo, me eché a llorar contra su pecho mientras él me acariciaba la espalda.
Cuando mi llanto cesó, no del todo, pero sí lo suficiente para que pudiera caminar, Zane agarró mi maleta con una mano y me rodeó los hombros con el otro brazo para que fuéramos juntos hasta el coche.
Durante el camino ninguno de los dos dijo una sola palabra. Zane porque sabía que necesitaba mi tiempo y respetó aquel silencio, y yo porque tenía un nudo tan grande en la garganta que no era capaz de decir nada.
Entramos en su casa y, con una sola mirada, entendió que lo primero que necesitaba era una ducha. Asintió y me dejó hacer mientras él se iba a la cocina.
Veinte minutos después entré allí y lo encontré esperándome con dos tazas de café todavía humeantes encima de la mesa.
—¿Estás mejor?
Asentí mientras me sentaba frente a él y cogía una de las tazas.
Ni el calor que sentí al rodearla con las manos consiguió templarme el cuerpo, ni tampoco el par de sorbos que di. Nada parecía hacerme entrar en calor.
—¿Por qué has vuelto? Deberías haber intentado hablar con él, Kate. Estás huyendo, por mucho que tú digas y creas que no.
Solté una risa amarga que consiguió sorprender a Zane.
—Esta vez no, Zane. No estoy huyendo, solo estoy haciendo lo que debo. Allí no podía quedarme.
—No digas bobadas. Los tíos, ya sabes, somos un poco lentos. Nash quizá solo necesitaba unos días más para asimilarlo todo. Tendrías que haber esperado. Seguro que iba a verte para pedirte una explicación.
—Nos vimos —susurré.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Ha ido esta vez al aeropuerto para decirte adiós?
Negué con la cabeza. Ojalá hubiera sido así. Ojalá el adiós me lo hubiera dicho en el aeropuerto, porque desde luego habría dolido mucho menos que de la manera en la que lo había hecho.
—Fue anoche a verme a la casa. Se quedó horas allí.
—Eso está bien, ¿no? Ves como al final reaccionó, solo necesitaba tiempo. Hablasteis de todo, supongo. Le explicaste cómo fueron las cosas en el pasado y por qué no te atreviste a decirle quién eras estos meses, ¿no?
—No hablamos nada del pasado. Solo me preguntó por qué no le había dicho que era Mary.
—¿Solo eso?
—Solo eso. De lo demás no quiso saber nada.
—Y, si no hablasteis de nada más que de por qué no le habías dicho que eras Mary, ¿qué coño hicisteis si dices que se quedó horas?
Levanté la mirada y, cuando vio mis ojos, no hizo falta que le explicara qué habíamos hecho durante toda la noche.
—La hostia…
—Zane, cuando me he levantado no estaba.
—No.
—Sí.
—Pero te habrá llamado o mandado un mensaje. Algo, ¿no?
—Me dejó una nota encima de la maleta que tenía en la habitación.
—¿Una nota? ¿En serio? Dime que estás bromeando. Una puta nota —dijo apretando los dientes—. Dime que al menos ponía que hablaríais.
Metí la mano en el bolsillo delantero de la sudadera y saqué la nota. Estaba arrugada porque había pasado todo el vuelo agarrándola entre las manos y leyéndola una y otra vez.
Se la tendí.
Zane, al verla, cerró los ojos durante un segundo. Lo conocía bien y sabía que se estaba conteniendo para no soltar decenas de improperios.
—¿Qué coño significa esto?
—Está bastante claro. No hace falta ser muy lista para saber que no quiere volver a saber nada de mí, Zane.
—Kate…
—Después de ver su mirada en el momento en el que descubrió quién era en realidad, de sus tres días de silencio y de que anoche no quisiera escuchar ninguna explicación, ya tenía bastantes pistas de lo que quería.
Esto solo lo ha hecho más real, así que se acabó.
Todo se acabó —dije, zanjando la conversación.