Capítulo 23
Kate
Me llevé la mano a la cara para limpiarme una de las muchas lágrimas que me habían caído mientras guardaba las últimas cosas que me quedaban encima de la cama.
Hacía tres días que mi vida se había vuelto a ir a la mierda. Tres días desde que, por fin, después de no solo días, sino años esperando a que Nash volviera a besarme, con ese beso había descubierto que era Mary.
Nunca pensé que algo así podría pasar. Tenía la esperanza de que se diera cuenta de quién era; había esperado ese momento con ansias, nervios y también con miedo. Pensé que, si lo descubría antes de que yo se lo dijera, estaría feliz de volver a verme como Mary.
Nada más lejos de la realidad, porque eso no había pasado. No hubo alegría en ningún momento, sino incertidumbre, incredulidad, rechazo, enfado y dolor.
Vi en sus ojos cómo se había sentido engañado y justo en ese momento me di cuenta de que no debería haber esperado tanto para decirle la verdad, ya que él no había sido capaz de verla.
Pero eso ya no tenía ni remedio ni solución.
No se puede ir atrás en el tiempo y, si existiera esa posibilidad, desde luego que no habría hecho las cosas como las había hecho.
Lo había pensado mucho y tenía claro que lo que debería haber hecho era, ese mismo día, cuando abrí la puerta y lo vi, tirarme a sus brazos y decirle quién era.
Metí la última pieza de mi equipo en la mochila y la cerré. La dejé en una esquina de la habitación y suspiré, porque era lo último que me quedaba por recoger. La maleta ya la tenía lista desde hacía más de una hora, a falta de meter las últimas cosas por la mañana antes de irme.
¿Estaba huyendo? Zane pensaba que sí y así me lo había repetido hasta el aburrimiento durante los tres últimos días, pero yo no pensaba lo mismo.
No creía estar huyendo, solo me marchaba de otro sitio que una vez sí había sido mi lugar y en el que, hasta tres días atrás, pensé que podría volver a serlo. Sin embargo, a la vista de los últimos acontecimientos, estaba claro que no era así.
Tenía más fotografías de las que necesitaba para terminar todo el trabajo. Eso era así desde hacía semanas. Solo me había quedado más tiempo por él, por Nash, pero estaba claro que, después de tres días sin tener noticias suyas, ya no tenía sentido seguir en Juneau.
Winter, Owen, Aria e incluso Brenna, a quien su hermana le había contado la verdad, me habían dicho que pensara bien las cosas, que no me fuera y que le diera tiempo para recuperarse del impacto de saber que yo era Mary.
Incluso me pidieron que fuera yo, ya que él no parecía estar mucho por la labor de querer hablar conmigo, la que lo llamara para hablar con él o que fuera a verlo.
Lo pensé mucho y, por una vez, dejé mi cobardía aparte y lo hice.
Fui hasta la empresa a la mañana siguiente y estuve allí toda la mañana, pero no apareció. Después fui a su casa, no me abrió la puerta y sabía de sobra que estaba dentro. Incluso le había mandado dos mensajes que dejó en visto, pero a los que no me contestó.
Así que, después de esos tres intentos y ninguna respuesta por su parte, estaba todo más que claro. No quería verme, así que respetaría su decisión y se lo pondría fácil.
Y la única manera de hacerlo era marchándome.
Se me presentaba una larga noche por delante, una en la que sabía que apenas pegaría ojo, como me había pasado en las tres anteriores, así que fui a la cocina y me preparé una infusión, a ver si con eso conseguía relajarme un poco.
Me senté en el sofá a oscuras, solo con la luz que daba la chimenea, que estaba encendida, y empecé a dar pequeños sorbos mientras pensaba en él, siempre en él: en su sonrisa de medio lado, en sus ojos, esos que entrecerraba cuando esperaba que le contestara con una tontería, y en sus manos cuando agarraba los mandos al pilotar.
La taza se me tambaleó entre las manos y casi se me fue al suelo del respingo que pegué cuando sonó el timbre de la puerta.
La dejé encima de la mesa y, con cansancio, me levanté a abrir. Mientras daba pasos lentos hacia la puerta ya iba pensando qué decirle a Winter por haber venido hasta mi casa a esas horas.
Sabía que estaba preocupada por mí. Hacía apenas una hora que habíamos hablado por teléfono y, aunque intenté que mi voz sonara lo más tranquila posible, sabía que no me había creído y por eso pensé que había venido.
Abrí la puerta y me quedé clavada en el sitio otra vez, porque no era Winter. Era Nash, que me miraba muy serio, y en cuanto lo vi el pulso se me aceleró y el corazón empezó a latirme a toda velocidad.
—¿Puedo pasar?
—Eh… Sí, claro. Pasa, por favor.
No era la primera vez que estaba allí, así que no hizo falta decirle dónde estaba el salón. Fue directamente.
—¿Estabas acostada ya?
—No —susurré mientras me quedaba de pie en medio del salón sin saber qué hacer.
Se quitó el abrigo y lo dejó encima de una silla. Con la mirada me pidió permiso para sentarse en el sofá y asentí dándoselo. Yo, un poco retirada por si le molestaba, me senté a su lado.
—¿Por qué?
La pregunta fue directa, clara, sin adornos ni rodeos.
—No sabía cómo decírtelo.
—Dos meses, Kate. En dos meses no encontraste el momento.
Cerré los ojos al oírle llamarme Kate. Le había oído decir ese nombre muchísimo durante los dos últimos meses, pero nunca me había sonado tan mal como en ese momento. Era como si, al decirlo, quisiera dejarme claro que no aceptaba que fuera Mary.
—Estuve a punto muchas veces, pero no me atreví o quizá quería que te dieras cuenta tú solo. Yo lo hice el primer día con solo mirarte y tú…
No pude seguir hablando por el nudo que se me puso en la garganta. Al ver que me estaba poniendo nerviosa y que los ojos se me estaban llenando de lágrimas, algo debió de removerle por dentro.
Su mirada endurecida se suavizó, se acercó y me cogió las manos, esas que me temblaban.
—Estás muy cambiada. Jamás me imaginé que algún día podríamos volver a vernos.
—Tú también, pero solo me hizo falta un segundo para saber que eras tú. Y te aseguro que sí pensé, cuando supe que tenía que venir aquí, que podía cruzarme contigo. Pero no de la forma en la que pasó, como tampoco pensé que serías tú el que me llevara a volar.
Antes de acabar de hablar, y sin poder evitarlo, las lágrimas que estaba conteniendo empezaron a caer por mi cara. Soltó mis manos y, sin que lo viera venir, no sabría decir si lo hizo por pena, por compasión o por qué, alargó los brazos y me rodeó con ellos.
—Joder, es que es increíble. No puedo creer que seas tú. Quince años. Quince sin saber por qué no dijiste adiós, por qué no volví a saber de ti, por qué te fuiste sin mirar atrás.
—No fue así, yo…
—No quiero saberlo.
—Pero…
—No quiero saberlo, Kate. Pasara lo que pasara, no cambiará nada.
Levanté la cabeza de su pecho para mirarlo, para decirle que sí necesitaba saberlo porque las cosas seguramente no habían pasado como él pensaba, pero al mirarlo a los ojos no pude hablar. Él tampoco.
Nuestras miradas, como tantas otras veces, se quedaron conectadas y no sabría decir cómo pasó ni quién dio el primer paso. Quizá lo hicimos a la vez, pero dos segundos después nos estábamos besando.
—Nash… —dije cuando me separé, o nos separamos los dos para coger aire.
—No digas nada. No ahora —contestó antes de volver a besarme.
Su jersey fue lo primero que cayó al suelo. Mi camiseta, lo segundo, y así, prenda tras prenda, fueron cayendo encima de la alfombra del salón mientras nuestras manos no podían estarse quietas.
Nash me acarició los pechos sin dejar de besarme y yo le acaricié el pecho, la espalda, la nuca y el pelo.
Me tumbó en el sofá y se retiró un poco hacia atrás para verme bien. Era como si necesitara volver a conocer mi cuerpo. Me dio un repaso completo, pero cuando se fijó bien en un trozo de mi piel en concreto que hasta ese momento no había visto por la escasa luz, me miró alucinado.
—Lo hiciste —dijo pasando los dedos por el tatuaje que tenía al lado de mi pecho izquierdo.
Asentí.
Bajó la mirada hacia su pecho. Estaba limpio, sin rastro de tinta, y cerró los ojos un segundo al darse cuenta de que aquella promesa que ambos nos hicimos solo la había cumplido yo.
Yo también cerré los ojos y recordé cómo fue.
Los dos estábamos sentados y abrazados una noche, un año antes de que mis padres murieran, dentro de uno de los hidroaviones en los que solíamos colarnos. Allí, bromeando, acabamos haciéndonos la promesa de hacernos el mismo tatuaje: un hidroavión pequeño cerca del corazón.
Días después encontramos en una guía de viaje uno que nos gustó a los dos y decidimos que, cuando pudiéramos, ese sería el que nos haríamos.
Cuando me marché de casa de mi abuela, porque antes me habría sido imposible hacerlo, busqué por todos los sitios donde pudieran tener guías de viaje hasta que di con la misma. La compré, arranqué la hoja de la foto del hidroavión y, en cuanto tuve el dinero suficiente, fui a hacérmelo.
Mi mente volvió al presente cuando noté cómo Nash besaba no solo mi tatuaje, sino que empezó a extender sus besos por mi pecho hasta llegar a mi pezón y succionarlo.
Un jadeo salió de mi boca a la vez que arqueaba un poco la espalda. Siguió torturándome un poco más, no solo besando y succionando, sino también dándome pequeños mordiscos.
Bajó una mano y la metió entre mis piernas. No me invadió al principio, fue poco a poco acariciándome todos los pliegues y extendiendo, a la vez que pasaba los dedos, la humedad que tenía.
Volvió a subir hasta mi boca para besarme mientras metía un dedo en mi interior y, a los pocos segundos, al notar cómo mis caderas se iban tras su mano buscando más, añadió un segundo. No dejó de moverlos dentro de mí, acelerando poco a poco el ritmo hasta que consiguió hacerme volar.
Porque sí, para mí aquella sensación al correrme a manos de Nash solo era comparable con volar y, sin dejarme apenas tiempo para recuperarme, me cogió en brazos para ir a la habitación mientras sus labios buscaban los míos con desesperación.