Capítulo 13
Nash
El trayecto en el coche de Owen hasta la casa de mi padre para celebrar su cumpleaños no fue tenso, sino lo siguiente.
Owen conducía y, cada pocos minutos, me miraba por el retrovisor con expresión preocupada. Yo me limitaba a asentir para hacerle ver que estaba bien. Los dos sabíamos que era mentira, pero tampoco podía hacer mucho más en aquel momento.
Aria, sentada a su lado, permanecía en silencio.
No había necesitado que nadie le explicara nada porque era demasiado lista, siempre lo había sido.
Además, antes de subirnos al coche había visto cómo interrogaba a Owen con la mirada y cómo ambos mantenían una de esas conversaciones silenciosas para las que no necesitaban palabras.
Al final, ella simplemente había asentido y había entendido que lo mejor era no preguntar y respetar mi silencio.
En la parte de atrás, Sadie y yo viajábamos juntos, pero más separados que nunca.
Ella miraba por la ventanilla y, gracias al reflejo del cristal, podía ver que llevaba el gesto torcido y los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho.
Estaba enfadada o, mejor dicho, furiosa, y tanto mis amigos como yo sabíamos que se estaba conteniendo únicamente porque íbamos dentro del coche.
También sabíamos que aquello no duraría demasiado. En cuanto bajáramos o, con un poco de suerte, cuando terminara la cena, explotaría y me montaría uno de sus espectáculos.
Y luego estaba yo, sentado detrás de Owen, preguntándome hasta cuándo coño pensaba seguir aguantando aquella situación, cuánto tiempo más podía fingir que las cosas iban bien y cuándo tendría por fin el valor de decir que se había acabado.
La miré de reojo y, sin poder evitarlo, pensé en cómo había empezado todo.
Y no había sido como cualquiera podría imaginar, siete años atrás, cuando empezamos a acostarnos de manera esporádica hasta que terminamos formalizando lo nuestro.
En realidad, la persecución, porque después de darle muchas vueltas había llegado a la conclusión de que eso era exactamente lo que había sido, comenzó cuando todavía éramos unos críos.
Que yo le gustaba resultaba bastante evidente, no solo para mí, sino también para Winter, Owen, Aria y, por supuesto, para Mary, que me lo señalaba con bastante frecuencia.
Sadie no hacía nada descarado, al menos al principio, pero me miraba de una forma distinta a como miraba al resto de los chicos y de vez en cuando soltaba algún comentario insinuante que estaba completamente fuera de lugar.
Aquello se mantuvo más o menos suave hasta que Mary se marchó. A partir de entonces, el interés de Sadie se hizo mucho más evidente, aunque hubo una época en la que pareció desaparecer, cuando terminamos el instituto y cada uno empezó a estudiar lo suyo.
Durante esos años yo salí con algunas chicas, aunque nunca tuve nada serio con ninguna, y Sadie hizo lo mismo. Sin embargo, siete años atrás volvió a acercarse con mucha más fuerza y, después de tanta insistencia por su parte y de que yo acabara rindiéndome, comenzamos a vernos de otra manera.
De aquello ya habían pasado seis años.
Al principio fuimos despacio, sin demasiada presión, y poco a poco nos acomodamos el uno al otro hasta empezar a comportarnos como una pareja.
Vivir juntos tardó bastante más porque yo estaba acostumbrado a estar solo y no quería perder aquella independencia, pero Sadie nunca había sido de pedir ni de plantear las cosas directamente. Ella simplemente las hacía a su manera.
Primero dejó alguna prenda en casa como por descuido, otro día apareció un libro, después empezó a hacer la compra y a organizar la despensa y, con el paso de los meses, aquellas noches sueltas en las que se quedaba a dormir acabaron convirtiéndose en todas.
Hasta que un día, sencillamente, dejó de marcharse.
Y de aquello ya habían pasado dos años.
Volví a mirarla y tuve que reconocer algo que llevaba demasiado tiempo evitando.
No podía decir que no la quisiera porque estaría mintiendo.
Claro que la quería, pero no de la misma manera en la que quizá ella me quería a mí y, desde luego, tampoco como Winter me había descrito el amor que yo había sentido por aquella niña a la que quise con locura ni como veía que Owen y Aria se querían entre ellos.
Sabía que lo que iba a hacer sería difícil.
Una ruptura nunca era sencilla para nadie, pero tampoco podíamos continuar de aquella manera.
Yo no era feliz, al menos no como suponía que debía serlo, y Sadie tampoco se merecía estar con alguien que no la mirara sintiendo que era el centro de su universo.
Owen aparcó frente a la casa de mi padre y todos tardamos unos segundos más de lo necesario en bajar. Nos acercamos a la puerta prácticamente en silencio, con Sadie caminando delante de nosotros, y fue ella quien llamó al timbre.
Justo antes de entrar, Owen me apretó el hombro y Aria hizo lo mismo con mi brazo. Ninguno dijo nada porque tampoco hacía falta. Con aquellos dos gestos me estaban dejando claro que estaban allí conmigo, como siempre habían estado.
Saludamos a mi padre y a Lauren, lo felicitamos por su cumpleaños e intentamos disimular lo mejor posible. No era cuestión de joderle el día con nuestros problemas.
Winter llegó unos diez minutos después y le bastó con mirarme para darse cuenta de que algo ocurría. Me interrogó en silencio y yo le indiqué que ya hablaríamos más tarde. Asintió, aunque la preocupación permaneció reflejada en sus ojos durante prácticamente toda la cena.
La noche transcurrió bien o, al menos, todo lo bien que podía ir. Brenna siguió en su línea, metida en su mundo y con el móvil pegado a la mano como si se lo hubieran adherido con silicona, mientras los demás nos dedicábamos a hablar de cosas sin demasiada importancia.
El mejor momento llegó cuando entregamos el regalo a mi padre y a Lauren. Les encantó y los emocionó a partes iguales, aunque precisamente aquello terminó provocando una discusión que ninguno habíamos visto venir.
Winter aprovechó para comentar que, durante el viaje, había pensado que Brenna se quedara con ella.
La pequeña de la casa se negó inmediatamente y mi padre le explicó que no podía quedarse sola.
Ella ni siquiera discutió demasiado; simplemente se levantó de la mesa, soltó un «eso ya lo veremos» y se marchó porque había quedado con unos amigos.
Los demás permanecimos allí un rato más, sobre todo para tranquilizar a mi padre y a Lauren. Creo que lo conseguimos o, al menos, eso pareció.
El viaje de vuelta en el coche de Owen fue prácticamente igual que el de ida, dominado por un silencio incómodo que nadie se atrevió a romper. Sin embargo, aquel silencio terminó en cuanto Sadie y yo cruzamos la puerta de casa.
—¿Qué coño te pasa? Llevas unos días rarísimo —soltó nada más entrar.
Suspiré, cansado.
—Esto no funciona, Sadie.
Solo Dios sabía lo que me había costado pronunciar aquellas palabras en voz alta, pero por fin lo había hecho.
Ella tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Qué no funciona?
—Lo nuestro.
Su expresión cambió en cuanto comprendió lo que acababa de decirle.
—No te atrevas, Nash. No te atrevas a estropearlo todo solo porque no quieras que trabaje en la empresa.
Me dejé caer en el sofá, aunque ella permaneció de pie frente a mí, con los brazos cruzados, la cabeza bien alta y una mirada desafiante que esperaba una respuesta.
—Lo de la empresa no tiene nada que ver. Esto va de todo lo demás.
—¿Todo lo demás? Lo demás nos va estupendamente.
—No es verdad y lo sabes. Estamos estancados. Lo nuestro es cómodo y seguro, sí, pero le falta emoción.
Soltó una carcajada seca.
—¿Qué mierda estás diciendo? ¿Te crees que una relación tiene que ser como esos vuelos que haces?
Pues sí. Precisamente así creía que debía sentirse estar junto a la persona que amabas. Como si estuvieras volando. Y yo no sentía nada parecido cuando estaba con ella.
—No quiero hacerte daño, pero no puedo seguir así.
—Pues me lo estás haciendo. ¿Así cómo? ¿Bien? Porque es como estamos.
—Yo no estoy bien.
—¿Y cómo quieres estar?
Me tomé unos segundos antes de responder porque ni siquiera sabía explicarlo del todo.
—No lo sé, pero así no. Quiero echarte de menos incluso cuando estés delante. Quiero sentir que eres mi todo y que hay algo más que comodidad. No quiero seguir con alguien únicamente por inercia o porque llevemos tanto tiempo juntos que continuar parezca lo más sencillo.
Sadie cerró los ojos unos segundos y suspiró, como si de verdad creyera que todo aquello era producto de un mal día.
—Nash, solo estás cansado. Ha sido un día muy largo; los papeles te estresan y lo de Brenna te tiene alterado.
—No metas a mi hermana en esto, ni a los papeles ni a ninguna otra cosa. Esto solo tiene que ver conmigo y con lo que no siento.
—No me jodas y ahora vayas a soltarme la frasecita de «no eres tú, soy yo».
—Es que precisamente es eso. No eres tú. Soy yo el que no puede darte lo que mereces o lo que esperas de mí.
—Ya me lo estás dando, igual que yo a ti.
—No al mismo nivel.
Frunció el ceño.
—¿No al mismo nivel? ¿Qué mierda quieres decir con eso?
—Que te quiero, Sadie, pero no como debería. No como tú me quieres a mí.
—Es que yo no solo te quiero. Yo te amo. Llevo enamorada de ti desde siempre. ¿Tú no? ¿Es eso lo que me estás diciendo?
Guardé silencio porque no quería pronunciar aquella respuesta en voz alta.
Sadie me observó con una ceja levantada y golpeó impaciente el suelo con el pie, esperando algo que no iba a llegar porque sencillamente no podía darle la respuesta que quería escuchar.
—Entiendo. Tu silencio me lo ha dicho todo.
—Lo siento. De verdad que lo siento. Ya te he dicho que no quiero hacerte daño, pero, si sigo con esto, también me lo estoy haciendo a mí mismo. Me estoy mintiendo, te estoy mintiendo a ti y estoy fingiendo delante de todo el mundo que tenemos algo que en realidad no existe.
Vi miedo en sus ojos y también enfado, aunque intentara esconder ambas cosas. Después se acercó al sofá y supe inmediatamente que intentaría cambiar el rumbo de la conversación.
La conocía demasiado bien. Sabía que no se conformaría con mi decisión y que no iba a dejar las cosas así sin más. En aquel momento incluso tuve la sensación de que no se trataba tanto de luchar por mí o por nuestra relación como de negarse a perder algo que estaba convencida de que le pertenecía.
—Nash, estás pasando una mala racha. Estás confundido. Necesitas dormir, desconectar y dejar de darle vueltas a tonterías. Mañana se te habrá pasado.
—No se me va a pasar, Sadie. Esto no es un resfriado y tampoco estoy confundido. De hecho, creo que tengo las cosas más claras que nunca.
Entrecerró los ojos y me estudió durante unos segundos.
—¿Me estás diciendo que quieres que lo dejemos?
Joder, sí que le había costado entenderlo. O quizá no. Probablemente lo había entendido desde el principio y sencillamente se negaba a aceptarlo.
—Sí —respondí con claridad.
—No.
La miré, desconcertado.
—¿Qué?
—Que no vamos a dejarlo. Vete a dormir y mañana, cuando se te haya pasado esta gilipollez que te ha entrado de repente, hablamos. Llevamos seis años juntos y vamos a casarnos, Nash, así que céntrate y, si hace falta, date una vuelta en tu avioncito para despejarte.
Resoplé con cansancio.
Sabía que no me lo pondría fácil y también que acabaríamos discutiendo, pero lo que no esperaba era que respondiera a una ruptura con una simple negativa, como si yo necesitara su permiso para terminar la relación.
No quería hacerle daño, de verdad que no, pero después de escucharla comprendí algo que Winter me había dicho alguna vez y que Owen y Aria también habían insinuado.
Lo que Sadie sentía por mí ya no me parecía un amor sano. Había demasiada obsesión, demasiado control y una incapacidad absoluta para aceptar que yo pudiera tomar una decisión que ella no compartiera.
—Sadie, no voy a casarme contigo. No vamos a seguir juntos y no necesito más tiempo para pensarlo. Lo tengo muy claro.
Se llevó una mano al pelo, un gesto que siempre hacía cuando estaba nerviosa. No contestó. Simplemente se dio la vuelta y caminó hacia la habitación que compartíamos, esa en la que años atrás había terminado instalándose sin que yo me diera cuenta de cómo había ocurrido.
Tardó unos diez minutos en regresar.
Pensé que habría ido a cambiarse, a tranquilizarse o incluso a llorar, pero cuando volvió al salón llevaba la misma ropa y una mochila bastante abultada colgada del hombro.
—Voy a irme unos días a casa de mis padres. Te daré el tiempo que necesites para reflexionar, dejar de pensar estupideces y darte cuenta de lo mucho que me amas y de cuánto vas a echarme de menos. Cuando vuelva, fijaremos una fecha para casarnos.
Me quedé mirándola completamente alucinado.
No podía creer lo que acababa de escuchar y, para qué negarlo, incluso me dio algo de miedo. Aquello no había sonado a ruego, tampoco a petición, ni siquiera a un ultimátum. Había sonado casi como una amenaza.
—Eso no va a pasar.
—Claro que va a pasar.
—Sadie, no quiero seguir contigo. Quiero que lo dejemos y no voy a cambiar de opinión. No puedo obligar a mi corazón a sentir algo que no siente y, desde luego, no voy a casarme contigo.
—Lo harás. Ya verás que lo harás. Solo estás confundido.
Me levanté del sofá de golpe porque aquella conversación empezaba a cabrearme de verdad. Nadie podía obligar a otra persona a permanecer en una relación que ya no quería y eso era exactamente lo que Sadie estaba intentando hacer conmigo.
Por ahí sí que no iba a pasar.
—No lo haré —repetí, serio y con toda la rotundidad de la que fui capaz.
Sadie abrió la puerta, me dedicó una sonrisa que no supe interpretar y salió de casa como si nada hubiera ocurrido, dejándome de pie en mitad del salón, completamente alucinado.