¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 12
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Capítulo 12

Kate

Unos golpes fuertes contra la puerta me hicieron abrir los ojos de golpe, sobresaltada.

Brenna, que al parecer se había movido bastante durante la noche y había terminado con medio cuerpo encima del mío en el sofá donde nos habíamos quedado dormidas, dio tal bote que poco faltó para que las dos acabáramos en el suelo.

—¿Qué pasa? ¿Qué son esos golpes? —preguntó con la voz ronca.

Nos quedamos quietas, escuchando, hasta que volvieron a aporrear la puerta, esta vez con más fuerza.

—¡Brenna, abre la puta puerta, joder! ¡Sé que estás ahí dentro! —gritó un hombre desde el exterior.

La chica se tapó la cara con las manos.

—Mierda.

—¿Quién coño es ese loco y cómo sabe que estás aquí?

Resopló y empezó a ponerse nerviosa mientras veía perfectamente cómo su cabeza trabajaba a toda velocidad.

—Es mi hermano. Supongo que me ha encontrado porque mi móvil y mi reloj llevan localizador. Un regalito suyo para controlarme —añadió con un tono de cabreo evidente mientras ponía los ojos en blanco.

—Estupendo, guapa —contesté con sorna.

—¡Brenna! ¡Sal de una puta vez!

Miré hacia la puerta y después otra vez a ella.

—Como no le abras, este gilipollas es capaz de tirarla abajo.

—Esa boca, niña.

—Es verdad. No es mala persona, pero sí un poco gilipollas.

Tuve que aguantarme la risa. No era precisamente el mejor momento, pero la forma en la que lo dijo me hizo gracia.

Me puse de pie y estiré un poco la espalda, que tenía completamente agarrotada. El sofá era cómodo para tumbarse una sola persona, pero no tanto después de pasar toda la noche con una adolescente medio desparramada encima.

—¡Brenna!

La cría volvió a resoplar y yo hice lo mismo.

—Espero que no sea policía ni la haya llamado, porque, como tenga problemas por ayudarte, borrachina, te juro que te crujo —le advertí señalándola con un dedo.

—No es policía. Solo es pesado y gilipollas, ya te lo he dicho. Y no creo que tengas problemas.

Eso esperaba, porque si no iba a acordarme de toda su generación pasada. Menudo regreso estaba teniendo: una cría hasta arriba de alcohol y marihuana, una vomitona en mitad de la nieve y, ahora, un hermano desquiciado intentando echarme la puerta abajo.

Caminé hasta la entrada, retiré el cerrojo y abrí de un tirón.

El hombre que estaba al otro lado se quedó con la mano suspendida en el aire, preparado para volver a golpear, y se quedó completamente inmóvil al verme.

Pero si él se sorprendió, a mí poco me faltó para darme un puto infarto.

La boca se me secó, el aire dejó de entrarme en los pulmones y durante unos segundos tuve la sensación de que el corazón también había dejado de funcionar. Tuve que agarrarme al marco de la puerta porque delante de mí estaba, ni más ni menos, Nash Sanders.

Volví a recorrerlo con la mirada para asegurarme, aunque en realidad no hacía falta. Era él. Habían pasado quince años, había cambiado muchísimo, pero seguía siendo él.

Del adolescente que recordaba quedaba poco.

Aquel chico de dieciséis años, delgado y algo desgarbado, que podía pasarse horas hablando de hidroaviones con una pasión desbordante había dado paso a un hombre de cuerpo mucho más ancho y fuerte.

Incluso había crecido algo más y ahora me sacaba más de una cabeza, algo que no ocurría cuando éramos adolescentes.

Su pelo continuaba siendo del mismo negro que recordaba, aunque lo llevaba bastante más corto. Sin embargo, aquellos mechones rebeldes que siempre terminaban cayéndole sobre la frente seguían exactamente igual.

También sus facciones se habían endurecido con los años. Su mandíbula estaba mucho más marcada y una barba de varios días le sombreaba el rostro, dándole un aspecto increíblemente atractivo que, por supuesto, no tenía a los dieciséis años.

¿Cómo no iba a haber cambiado? Habían pasado quince putos años desde la última vez que lo había visto y, aun así, había algo en él que permanecía exactamente como lo recordaba: sus ojos.

Seguían teniendo aquel azul que siempre me había recordado al cielo que soñaba con surcar. Eran los mismos ojos que yo contemplaba completamente enamorada cuando me sonreía, los que brillaban de una manera especial cuando me miraba o cuando hablaba de cualquier cosa relacionada con volar.

Mi cabeza podía haber olvidado muchos detalles durante aquellos años, pero nunca aquellos ojos. El color seguía siendo exactamente el mismo, aunque todo lo demás en ellos había cambiado.

El brillo que yo recordaba no estaba allí y, mientras él me observaba, empecé a darme cuenta de algo que me produjo un dolor mucho más intenso de lo que esperaba.

Había confusión en su mirada, sí, pero no era la de alguien que intenta colocar un rostro conocido dentro de sus recuerdos. Era simplemente la confusión de un hombre que esperaba encontrar a su hermana y se había topado con una completa desconocida abriendo la puerta.

Nash volvió a recorrerme con la mirada. Se fijó en mi ropa, en mi pelo y en los tatuajes que asomaban por las zonas de mi cuerpo que no estaban cubiertas antes de regresar finalmente a mi cara.

Y entonces lo entendí: no me había reconocido. No tenía ni la más remota idea de quién era yo.

Durante años había pensado que, si alguna casualidad del destino conseguía que volviéramos a encontrarnos, nos reconoceríamos al instante.

Yo también había cambiado, muchísimo además, pero siempre había creído que encontraría en mí algo familiar: mis ojos, mi sonrisa, algún gesto que le hiciera dudar al menos durante un segundo, exactamente igual que me había ocurrido a mí al verlo.

Sin embargo, en su mirada no había aparecido ni una sola señal de reconocimiento y, por si todavía me quedaba alguna posibilidad de estar equivocándome, sus siguientes palabras terminaron de destrozarla.

—¿Quién coño eres tú?

Cerré los ojos durante un segundo porque aquella pregunta me dolió mucho más de lo que habría querido admitir. Me estaba mirando como si yo nunca hubiera sido nadie para él, como si jamás hubiera formado parte de su vida y, en aquel momento, para Nash era exactamente eso: una completa desconocida.

Quizá lo peor fuera pensar que había conseguido borrar de su memoria todo lo relacionado conmigo mientras yo llevaba quince putos años sin poder olvidarlo ni un solo día, y ese dolor no tardó demasiado en convertirse en enfado.

—¿Y tú quién coño eres y con qué derecho te crees para aporrear mi puerta a estas horas?

Apretó los puños y vi cómo se tensaba su mandíbula.

—El localizador de mi hermana dice que está aquí. ¿Dónde está? ¿Qué le has hecho?

Tócate los cojones.

Mi cabreo subió de golpe unos cincuenta puntos porque no solo no me había reconocido, sino que además, por el tono que utilizaba, parecía convencido de que yo era algún tipo de delincuente que había secuestrado o hecho daño a su hermana.

Quizá Brenna tuviera razón y aquel chico maravilloso que yo recordaba hubiera desaparecido con los años para convertirse en un borde y un gilipollas de categoría.

—¿Cómo te atreves siquiera a insinuar que le he hecho algo sin saber qué ha pasado?

—Mi hermana no habría venido sola a esta casa. No conoce a nadie por esta zona, así que tú la has traído aquí, engañándola con algo, y a saber para qué.

Apreté tanto los puños que, de haber llevado las uñas largas, probablemente me habría hecho sangre en las palmas.

—Nash, deja de decir gilipolleces. Ella no me ha hecho nada malo. Solo me ayudó anoche —intervino Brenna al aparecer junto a mí antes de que pudiera mandarlo directamente a la mierda.

La expresión de Nash cambió de inmediato.

—¡Brenna! ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado? ¿Te ha hecho algo? ¿Y esa ropa de quién es? ¿Dónde está la tuya?

Puse los ojos en blanco y miré a Brenna, que me devolvió exactamente el mismo gesto.

—Además de gilipollas, es un dramas. Como se desmaye por hablar tanto y tan deprisa, se va a quedar ahí en el suelo. Contigo cargué, pero con él no pienso hacerlo.

—Lo sé. Es un pelma de categoría y, cuando se pone nervioso, habla como si tuviera una metralleta dentro de la boca.

Aquello, al menos, no había cambiado. De crío le pasaba exactamente lo mismo.

—¿Te cargó? ¿Por qué? —preguntó Nash.

Lo miré durante unos segundos.

Era cierto que hasta ese momento se había comportado como un imbécil, pero también lo era que la preocupación con la que miraba a Brenna parecía completamente sincera y aquello consiguió ablandarme un poco.

Me aparté de la puerta.

—Pasa. Hace frío y prepararé café mientras hablamos. Si quieres, claro. Si sigues pensando que soy una asesina en serie que pretende hacerte picadillo, siempre puedes quedarte fuera.

Dudó durante unos segundos, mirando primero a Brenna y después a mí, hasta que finalmente, todavía bastante reticente, dio un paso hacia el interior. Se detuvo un instante nada más entrar, volvió a observarnos y pareció rendirse por fin.

Cerré la puerta con un golpe seco, respiré profundamente un par de veces y seguí a los dos hermanos hacia la cocina.