Capítulo 11
Kate
El día se me pasó volando, y eso que tampoco hice demasiado.
Lo primero fue recorrer todos los rincones de la pequeña casa que Zane había alquilado para mí. No era grande, pero tenía exactamente lo necesario y, cuanto más la veía, más claro tenía que mi amigo había acertado de lleno.
Nada más entrar había un pequeño recibidor con un armario donde dejar las botas que todos solíamos utilizar por allí cuando nevaba y espacio suficiente para colgar el abrigo y el resto de las prendas de invierno.
A continuación estaba el salón, acogedor y decorado de una manera sencilla pero elegante.
Lo que más destacaba era una chimenea de piedra bastante grande, frente a la que habían colocado un sofá peculiar pero muy cómodo.
También había una televisión de buen tamaño y una mesa redonda con dos sillas que ocupaba uno de los laterales.
La cocina no era muy grande, aunque estaba perfectamente equipada, y desde ella se accedía a dos pequeños cuartos. Uno hacía las veces de despensa y en el otro habían instalado una lavadora y una secadora.
La última estancia era el dormitorio, con una cama grande cuyo cabecero de madera labrada me fascinó nada más verlo, un armario más que suficiente para toda la ropa que había llevado y una butaca colocada en una esquina.
Desde allí se accedía al baño en suite, pequeño pero funcional, con ducha, lavabo y un armario estrecho para guardar las toallas y los productos de higiene.
En la parte trasera, tal como había imaginado desde fuera, había un pequeño jardín cuya hierba estaba prácticamente cubierta por la nieve que seguía cayendo.
Bajo una zona techada habían colocado una mesa con dos sillones que seguramente aprovecharía en cuanto el tiempo permitiera sentarse allí sin morir congelada.
Eso era todo. Una casa pequeña, bonita y más que suficiente para mí sola.
Antes de marcharse, la mujer que me había recibido me explicó que tanto la nevera como la despensa estaban llenas con la compra que había encargado «el chico que había alquilado la casa». Zane, por supuesto.
Y el muy capullo se había pasado tres pueblos.
Estaba todo a reventar. Calculando a ojo, y descontando los productos frescos, que serían lo primero que tendría que consumir, el resto podía durarme perfectamente un par de meses.
A las diez de la noche estaba sentada en el sofá con un libro entre las manos, disfrutando del calor de la chimenea, pero llevaba un buen rato incapaz de concentrarme en lo que leía porque una necesidad cada vez más fuerte empezaba a instalarse dentro de mí.
Quería salir, aunque no pretendía ir muy lejos ni lanzarme a recorrer media ciudad durante mi primera noche allí.
Solo necesitaba caminar un poco por las calles de Juneau y comprobar que era capaz de volver a pisarlas sin que la ansiedad por encontrarme frente a lugares conocidos terminara absorbiéndome.
Cerré el libro, lo dejé encima de la mesa y decidí no pensármelo demasiado.
Todavía estaba vestida, así que únicamente tuve que ponerme las botas, el abrigo y una bufanda que Zane me había regalado a última hora y que tenía un tacto increíble de lo suave que era.
Por supuesto, también me colgué la bandolera con la cámara pequeña dentro.
Eso nunca podía faltar, porque jamás se sabía dónde podías encontrarte una fotografía única.
El frío me golpeó con fuerza en las mejillas nada más poner un pie en la calle, pero no me importó. Empecé a caminar despacio, observándolo todo con una curiosidad que no esperaba sentir tan pronto.
Conocía aquella zona porque Owen, uno de mis mejores amigos de entonces, había vivido con su familia en una de las casas de aquella misma calle antes de que se mudaran algo más cerca del centro de la ciudad.
Durante los aproximadamente cuarenta minutos que duró el paseo me empapé del silencio que envolvía las calles a aquellas horas, roto únicamente de vez en cuando por el sonido lejano del motor de algún coche.
Observé las casas, los árboles cubiertos de nieve y las aceras casi vacías mientras comprobaba que todo seguía siendo muy parecido al recuerdo que conservaba.
Y, para mi sorpresa, aquello no me hizo sentir mal. Al contrario, sonreí varias veces mientras caminaba porque, durante algunos instantes, tuve la extraña sensación de que el tiempo apenas había pasado.
Por supuesto, también hice fotografías. No podía dejar escapar una imagen así.
Aquellas casas nevadas bajo la oscuridad de la noche, iluminadas únicamente por las farolas y la claridad que conseguía atravesar las nubes, eran demasiado bonitas como para no hacerlo.
Si yo podía contemplar algo así, quería conseguir que otras personas también pudieran verlo a través de mis fotografías.
Sin embargo, el frío empezaba a apretar demasiado y la temperatura había bajado considerablemente desde aquella mañana.
Para ser mi primer día y mi primera toma de contacto con la ciudad después de tantos años, había tenido suficiente, así que di media vuelta por una de las calles en las que me había metido y emprendí el camino de regreso.
Me faltaban aproximadamente cinco minutos para llegar a la casa cuando algo, o más bien alguien, consiguió que me detuviera en seco.
A mi derecha había un pequeño parque y, desde uno de los bancos situados a apenas unos metros, me llegó lo que parecía un sollozo acompañado por una especie de murmullo que el viento deformaba.
Al principio pensé que podía tratarse de algún animal, pero cuando agucé la vista distinguí la silueta de una persona medio tumbada sobre uno de los bancos.
Quizá otra persona hubiera seguido caminando, bien por miedo o porque no quisiera meterse en problemas, pero yo no fui capaz de hacerlo.
Me acerqué con precaución y, cuando tuve a la chica lo bastante cerca como para verla con claridad, se me cayó el alma a los pies. Era muy joven y estaba en un estado lamentable.
—Pero, criatura, ¿qué haces aquí con el frío que hace?
Levantó la cabeza con dificultad y balbuceó algo que no conseguí entender.
No porque hablara en otro idioma ni porque lo hubiera dicho demasiado bajo, sino porque llevaba una borrachera considerable y, por el aspecto de sus pupilas dilatadas, probablemente también hubiera fumado o tomado algo.
Era incapaz de articular una frase con coherencia.
—Oye, no puedes quedarte aquí porque vas a congelarte. ¿Tienes móvil? Puedo ayudarte a llamar a alguien.
Entenderme sí que me entendía porque, en cuanto se lo pregunté, sacó con dificultad un teléfono del bolsillo del abrigo, que por cierto estaba lleno de barro, y me lo tendió.
Pulsé el botón de encendido, pero no pasó absolutamente nada.
—No… no… tie… ne… batería.
¿Y para qué coño me lo das?, estuve a punto de preguntarle, pero conseguí callarme.
—Voy a llamar a la policía o a emergencias para que te ayuden a llegar a casa.
La expresión de auténtico pánico que apareció en su cara me dejó claro que aquella opción no le había hecho ninguna gracia.
Y tampoco me extrañaba demasiado porque, si yo fuera su madre y mi hija apareciera en casa acompañada por la policía en aquel estado, probablemente me quedarían ganas de cogerla del pelo y meterle la cabeza en la taza del váter, además de dejarla castigada hasta que fuera lo bastante vieja como para necesitar dentadura postiza.
Intentó incorporarse para escapar de mí mientras negaba desesperadamente con la cabeza, pero aquello se quedó precisamente en un intento porque apenas consiguió levantarse antes de volver a caer de culo sobre el banco.
Resoplé, cerré los ojos durante un segundo y asumí que acababa de coronarme en mi primer día de regreso a Juneau, aunque seguía sin ser capaz de mirar hacia otro lado y dejar allí sola a aquella cría.
Tomé una decisión sin darle demasiadas vueltas porque, en ese momento, me pareció la única razonable. Lo que no podía imaginar era la cantidad de consecuencias que iba a traerme.
—Vamos, anda. No llamaré a nadie, pero aquí tampoco puedo dejarte —dije mientras la agarraba por el brazo para ayudarla a incorporarse.
—¿No? —balbuceó.
—No, aunque debería hacerlo, porque menuda has liado. Llevas una melopea de aúpa y apestas a marihuana, mocosa.
Y no exageraba. Desprendía un olor a lo que parecía tequila que tiraba para atrás, mezclado con ese aroma característico e inconfundible de la marihuana.
La chica se encogió de hombros y soltó una risita como única respuesta.
Me dieron ganas de darle las dos hostias que se merecía por inconsciente, pero conseguí contenerme.
No solo porque yo no era nadie para hacer algo así, sino porque, al mirarla con más atención, vi en sus ojos algo que consiguió desarmarme.
Sí, los tenía dilatados y vidriosos por todo lo que se hubiera metido en el cuerpo, pero detrás de aquello había mucho más: dolor, miedo, desolación y, por encima de todo, una sensación de pérdida que reconocí enseguida.
No tenía ni idea de qué clase de pérdida se trataba, pero reconocía perfectamente aquella expresión y sabía lo que podía llegar a doler algo así.
Quizá fuera pena, empatía o simplemente que durante unos segundos me vi reflejada en ella, pero toda la rabia que me provocaba verla en aquel estado se mezcló con unas ganas enormes de ayudarla.
Se agarró a mí como pudo y tuve que sujetarla con fuerza contra mi cuerpo para conseguir que caminara.
Llegar hasta casa fue una auténtica lucha. Entre la nieve, el viento y aquella niña, porque eso era exactamente lo que era, que apenas colaboraba porque los pies se le enredaban cada vez que intentaba dar un paso, tardamos muchísimo más de lo que habría tardado yo sola.
Apenas faltaban un par de minutos para llegar cuando tiró de mí para obligarme a detenerme.
—¿Qué ocurre? No podemos parar, hace muchísimo frío y ya casi hemos llegado.
—No… me encuentro muy bien.
No jodas, mocosa.
¿Cómo iba a encontrarse bien con la tajada que llevaba? Lo verdaderamente sorprendente habría sido que se encontrara estupendamente.
—Nada que no te merezcas por pasarte con el tequila y fumar mierda, guapa.
Abrió la boca para contestarme, pero de ella no salió ninguna palabra. Lo que sí salió, y además con una fuerza considerable, fue todo lo que había bebido mezclado con algo sólido que seguramente fueran los restos de la cena.
El olor a vómito fue tan repugnante que tuve que contener la respiración para no unirme a la fiesta y terminar echando sobre la nieve hasta el café que me había tomado aquella mañana antes de coger el avión.
—La madre que te parió… Anda que te has puesto buena —murmuré mirando su abrigo, que había terminado completamente pringado.
Si antes ya estaba para meterlo directamente en la lavadora, en aquel momento empezaba a plantearme seriamente que lo más sensato fuera tirarlo a la basura.
La chica consiguió enderezarse y respiró varias veces antes de mirarme.
—Estoy un poco mejor.
—Tú sí, pero tu abrigo y mi nariz te aseguro que no. Vamos, necesitas una ducha urgente y yo volver a respirar si no quiero morir aquí mismo.
Por suerte, conseguí hacerla reír.
La llevé como pude hasta la casa y abrí la puerta con bastante dificultad porque no podía soltarla si no quería que acabara desnucándose en la entrada.
—Vamos directamente al baño.
Habíamos dado apenas un par de pasos cuando me miró.
—¿Por qué haces esto?
—¿El qué?
—Ayudarme.
La observé durante un instante.
—Porque es lo correcto, porque me da la gana y porque necesitabas que alguien lo hiciera.
Agachó la cabeza, avergonzada, y se dejó guiar sin protestar hasta el baño.
Una vez allí, la apoyé contra el lavabo. No estaba demasiado estable, pero al menos conseguía mantenerse en pie el tiempo suficiente para que pudiera girarme y abrir el grifo de la ducha mientras esperaba a que saliera el agua caliente.
—Voy a ayudarte con la ropa, ¿de acuerdo?
—Yo puedo.
Intentó bajar la cremallera del abrigo, aunque después de varios segundos de pelea con ella terminó resoplando.
—No puedo.
—Ya. Si casi no puedes mantenerte en pie, mucho menos vas a coordinar las manos.
—Estoy hecha una puta mierda.
—¡Eh! Esa boca, niña. Habla bien o te meto un chorro de jabón dentro. Aunque, con el tufo que desprendes cada vez que abres la boca, tampoco te vendría mal.
Me miró y negó con la cabeza mientras sonreía.
—Brenna.
—¿Qué?
—Me llamo Brenna.
—Pues yo soy Kate.
—Gracias, Kate.
—No me las des al menos hasta que estés limpia y lúcida. Así que venga, espabila, que el agua ya está caliente.
Asintió y terminó pidiéndome que la ayudara con la ropa porque estaba claro que no sería capaz de hacerlo sola. La ayudé hasta que se quedó en ropa interior, que consiguió quitarse ella misma, y después la agarré del brazo para que entrara en la ducha.
—Siéntate en el suelo y apóyate contra la pared. Así estarás mejor y no correremos el riesgo de que te caigas, porque solo nos faltaba eso. Yo voy a quitarme el abrigo, llevaré tu ropa no sé si a la lavadora o directamente a la basura y buscaré algo para que te pongas cuando salgas.
—Vale —respondió antes de dejarse deslizar por la pared.
—Voy a dejar la puerta abierta. No tardaré, pero, si necesitas algo, llámame, ¿de acuerdo?
Asintió con los ojos cerrados y salí del baño para hacer todo lo que acababa de decirle.
Unos diez minutos después regresé con uno de mis pijamas en las manos. La ayudé a salir, a secarse y a vestirse, y después le sequé también el pelo porque solo faltaba que, además de la borrachera, terminara cogiendo una pulmonía.
Cuando acabamos fuimos al salón y Brenna se tumbó en el sofá. Le pedí que esperara allí mientras le preparaba una infusión, pero cuando regresé con la taza entre las manos ya estaba profundamente dormida, hecha un ovillo.
Verla así me provocó una ternura inesperada.
Dejé la taza a un lado, la tapé con una manta y me senté junto a ella.