Capítulo 10
Nash
Me levanté un momento de la silla y caminé hasta el ventanal de mi despacho. Ni siquiera sabría decir cuántas veces repetía aquel mismo movimiento cuando me tocaba quedarme dentro del edificio trabajando, como aquella tarde.
La lluvia caía con intensidad, aunque no tardaría demasiado en convertirse en nieve. Cualquiera que hubiera nacido en Juneau lo sabía con echar un vistazo al cielo.
Cuando llevaba demasiado tiempo enterrado entre papeles, como me ocurría aquel día revisando facturas de combustible, material de limpieza y todo lo necesario para mantener los hidroaviones en perfecto estado, necesitaba desconectar de vez en cuando.
Y para mí no había mejor manera de hacerlo que mirar hacia el muelle y ver a mi pequeño allí, flotando sobre el agua mientras esta lo mecía suavemente. Me bastaba observarlo unos segundos y cerrar los ojos para imaginarme sentado dentro, volando entre las nubes.
No era comparable con hacerlo de verdad, ni mucho menos, pero al menos conseguía desconectar cinco minutos antes de regresar a los papeles sin acabar perdiendo los nervios.
Unos pasos a mi espalda me hicieron pestañear y me bajaron de las nubes, nunca mejor dicho porque precisamente allí era donde estaba mi cabeza.
No necesité girarme para saber quién era. Aquel taconeo resultaba inconfundible.
—¿Ya estás otra vez soñando despierto?
Me volví y forcé una sonrisa, no por la pregunta, sino por la ironía con la que la había hecho.
Sadie estaba apoyada en el umbral de la puerta. Habíamos quedado en que pasaría a buscarme para ir con Owen y Aria hasta casa de mi padre, que nos había invitado a cenar por su cumpleaños.
Winter también iba, aunque llegaría por su cuenta porque antes pasaría por casa para recoger el regalo que habíamos comprado entre todos.
Era un reloj que era una auténtica pasada y, además, dentro de un sobre habíamos metido unos billetes de avión y la reserva de un crucero de siete días para mi padre y Lauren.
Aquello había sido idea de Winter. Pensó que les vendría bien desconectar un poco de todo lo que estaban pasando con Brenna, que después de aquella semana continuaba prácticamente en el mismo punto.
Entre todos habíamos decidido que se quedaría una temporada en casa de Winter para ver si, al pasar más tiempo juntas, mi hermana conseguía llegar hasta ella. Yo, por supuesto, ya había dejado claro que estaría muy pendiente y que pasaría bastante por allí.
—Solo estaba descansando un rato la vista después de tantos papeles.
—La cansas porque te da la gana. Ya te he dicho mil veces que dejes todo esto, te dediques a volar con tu avioncito y me dejes a mí tu puesto.
No era la primera vez que me lo proponía. Sadie trabajaba como secretaria en una empresa de telecomunicaciones y no estaba precisamente encantada con su trabajo, de ahí su insistencia en entrar en mi empresa y ocuparse de toda la parte administrativa.
Lo había pensado mucho, de hecho.
Había llegado incluso a planteármelo en serio y a pedirle opinión a Winter, que fue bastante clara al respecto.
Me dijo que, si estuviera en mi lugar, ni de broma permitiría que Sadie tomara las riendas de la empresa porque, conociéndola, acabaría intentando imponer su manera de hacer las cosas y yo terminaría con más problemas y dolores de cabeza de los que ya me provocaba encargarme personalmente de toda la gestión.
Según Winter, si realmente quería quitarme aquella parte de encima, lo mejor era contratar a otro agente para que ella pudiera ocuparse de organizarlo o buscar directamente a un gestor que se encargara del papeleo.
Desde que me lo había dicho, un par de semanas atrás, no había dejado de darle vueltas y, de hecho, otra idea bastante más atractiva empezaba a rondarme la cabeza porque sabía que funcionaría mucho mejor.
Lo que sí tenía claro era que Sadie no iba a entrar en la empresa.
Después de aquella conversación con mi hermana, en la que también habíamos hablado de mi relación y de todo aquello que se suponía que debía sentir pero no sentía, cada día estaba más convencido de que lo nuestro no iba a ninguna parte.
Sin embargo, entre la cobardía, la dejadez y, para qué engañarme, el acojone que me producía imaginar el pollo que montaría cuando se lo dijera, todavía no había dado el paso de plantearle que lo mejor era tomarnos un tiempo.
—Ya hemos hablado de esto, Sadie. Te he dicho que prefiero que cada uno tenga su trabajo en un sitio diferente.
No añadí que ya pasábamos suficientes horas juntos fuera de la empresa, prácticamente todas, como para tener que vernos también dentro. No quería hacerle daño gratuitamente y, además, sabía cómo acabaría aquella conversación si decía en voz alta todo lo que pensaba.
Sadie era absorbente y cada día era más consciente de ello. Bastante controlaba ya lo que hacía como para tenerla además dentro de la empresa viendo a qué hora entraba, a qué hora salía, cuánto volaba, dónde iba o con quién.
Solo de imaginarlo se me encogía el estómago.
Cuando subía a mi hidroavión o al de dos plazas de la empresa, no tenía que darle explicaciones a nadie de adónde iba, cuánto iba a tardar o quién viajaba conmigo. Y así quería que siguiera siendo.
—Pues no entiendo por qué. Esto es una empresa familiar, según se ve, ¿no? Están Owen y Aria, que son amigos pero los consideras hermanos, y también está Winter. Lo más lógico sería que yo, que soy tu mujer, estuviera aquí también.
—No eres mi mujer, Sadie.
—Eso es algo que tenemos que cambiar, y pronto. Al menos legalmente, porque de la otra manera, aunque no tengamos ningún papel firmado, lo somos.
No. No lo éramos y, por cómo estaban las cosas, seguramente no lo seríamos nunca.
Eso fue lo que quise decirle, pero sabía que, en cuanto lo hiciera, el lío estaría servido y no tenía ninguna gana de llegar a casa de mi padre discutiendo con ella.
A Sadie le daba exactamente igual que hubiera gente delante cuando se enfadaba.
Era de las que soltaban lo que pensaban en el momento, sin esperar a estar a solas para hablar o discutir.
Me acerqué al escritorio, apagué el portátil y cerré la tapa mientras ella observaba todos mis movimientos con los brazos cruzados.
—Entonces, ¿estás seguro de que no quieres que me quede haciendo tu trabajo? Sabes que lo haría bien.
—Estoy seguro. Prefiero mantener separados el trabajo y nuestra relación.
—Owen y Aria trabajan juntos todos los días y les va perfectamente. A nosotros nos iría igual de bien.
No, no nos iría igual.
Para empezar, ellos se querían de una manera que Sadie y yo… Mejor no seguir por ahí porque solo conseguiría darle otra vez la razón a Winter.
Y, además, dentro de la empresa siempre habían respetado el trabajo del otro. Ninguno se metía en cómo hacía las cosas el otro ni cuestionaba continuamente sus decisiones, y yo sabía perfectamente que Sadie no sería capaz de mantenerse al margen.
—Ellos son ellos y nosotros somos nosotros. Además, lo he pensado mucho y ya tengo decidido qué voy a hacer.
Torció el gesto. Estaba enfadada porque no se estaba saliendo con la suya.
—¿Y qué has decidido? ¿Por qué no me lo has dicho?
—Porque todavía no he hablado con las personas que tienen que saberlo. Cuando lo haga, ya te contaré cómo han ido las cosas.
—Nash, con la primera que tienes que hablar es conmigo y después con los demás. Yo tengo que saber lo que haces antes que nadie.
—No, Sadie. Eso no funciona así. Esta es mi empresa y tú no tienes por qué saber todo lo que hago aquí. Mi empresa es una cosa y nuestra relación es otra.
—Siempre me excluyes de todo —dijo enfadada.
—No te excluyo. Simplemente hay cosas que van por separado y, si no entiendes eso, ya no sé cómo explicártelo.
—Es que no debería ser así. Todo tendría que ir en conjunto. Cuando nos casemos, esta empresa también será mía, así que tengo derecho a saber todo lo que pasa aquí antes que nadie y a tomar decisiones igual que tú.
Ese comentario sí que consiguió cabrearme.
¿Que mi empresa también sería suya? Ni en sus mejores sueños.
—Esta empresa es solo mía. Hoy, mañana y siempre. Aquí decido yo y nadie más, así que más vale que te quites esa idea de la cabeza porque eso que acabas de decir no va a pasar.
Abrió la boca dispuesta a rebatirme, y no precisamente de buenas maneras. Lo supe por el enfado que le veía en los ojos, pero por suerte alguien nos interrumpió antes de que aquello fuera a más.
Y menos mal, porque ya estaba viendo que la discusión iba a terminar bastante mal y que probablemente acabaría adelantando esa conversación que llevaba demasiado tiempo posponiendo.
Porque si algo me había quedado claro en aquellos minutos, viendo su actitud, era que tendría que haber dado aquel paso mucho antes y que ya no podía seguir retrasándolo.
—¿Chicos, nos vamos? —preguntó Owen.
—Sí —contesté.
—Sí, vámonos —añadió Sadie de malas maneras antes de darse la vuelta y marcharse sin esperarnos.
Owen permaneció junto a la puerta mirándome con expresión incómoda.
—¿Lo has oído todo?
Asintió.
—No porque quisiera, pero desde mi despacho, con la puerta abierta, era imposible no escucharlo. Nash, esto…
No le dejé terminar porque sabía perfectamente lo que iba a decirme. Aquel tema no solo lo había hablado con Winter; también me había desahogado varias veces con él y con Aria cuando estaba demasiado saturado y, curiosamente, los tres compartían exactamente la misma opinión.
Una opinión con la que yo no había estado de acuerdo al principio, pero que durante los últimos meses empezaba a ver cada vez con más claridad.
Entre Sadie y yo no había lo que tenía que haber. Ella intentaba controlar demasiados aspectos de mi vida y yo llevaba demasiado tiempo permitiéndolo hasta sentirme como una marioneta a la que pretendía mover a su antojo.
Y estaba harto.
—Lo sé y lo tengo claro. Las cosas no van bien o quizá nunca hayan ido bien y yo simplemente no quise verlo. Esto no puede seguir así. Tengo que pararlo y voy a hablar con ella.
—Sabes que esto no va a cambiar ni a mejorar. Cada día exige más, te controla más y quiere decidir más cosas por ti.
—Lo sé. Voy a hacerlo, Owen. Esto ya no funciona o, quizá, nunca ha funcionado de verdad.
Asintió y me dio una palmada en el hombro antes de que los dos saliéramos del despacho.
—Nash —me llamó justo antes de que llegáramos a recepción—, no hace falta que te diga que Aria y yo estamos aquí para lo que necesites, ¿vale? Y tu hermana también.
—Lo sé y os lo agradezco, porque tengo bastante claro que no me lo va a poner fácil.
Seguimos caminando hasta llegar junto a Aria y Sadie, que ya nos estaban esperando para marcharnos.