¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 14
41%

Capítulo 14

Nash

Me quedé plantado en medio del recibidor mirando la puerta que Sadie acababa de cerrar tras ella, incapaz de moverme mientras intentaba comprender qué coño había pasado.

Había esperado gritos, lágrimas, algún insulto e incluso que intentara rogarme, manipularme o chantajearme para que cambiara de opinión. Conocía suficientemente bien a Sadie como para imaginar cualquiera de esas reacciones, pero ni por asomo había previsto aquello.

No solo se negaba a aceptar que nuestra relación había terminado, sino que se había marchado convencida de que quien necesitaba tiempo para aclararse era yo y de que, cuando regresara, todo volvería a estar exactamente como ella quería.

Coño, si yo tenía la cabeza perfectamente en orden. Lo tenía todo clarísimo y no había tomado aquella decisión por un arrebato ni después de una simple discusión. Llevaba demasiado tiempo dándole vueltas y, si alguien necesitaba parar, pensar y asumir lo que estaba ocurriendo, era ella.

Resoplé varias veces antes de obligarme por fin a moverme y caminé hasta el salón, donde me dejé caer en el sofá con una sensación extrañísima instalada en el cuerpo.

Necesitaba hablar con alguien y contarle lo que acababa de ocurrir, así que saqué el móvil del bolsillo del pantalón sin tener que pensar demasiado a quién iba a llamar.

Primero sería Winter y, seguramente, al día siguiente también hablaría con Owen y Aria porque necesitaba desahogarme con los tres.

La conversación con mi hermana duró prácticamente una hora. Le conté todo lo que había pasado con Sadie con pelos y señales, sin dejarme ni una sola coma, mientras Winter escuchaba sin interrumpirme.

Cuando terminé permaneció unos segundos más en silencio antes de decirme lo que pensaba. Hablamos de muchas cosas, pero hubo una que se me quedó especialmente grabada: para ella, el comportamiento de Sadie no era normal y empezaba a pensar que necesitaba ayuda.

No utilizó exactamente esas palabras, aunque el mensaje fue bastante claro. Básicamente me estaba diciendo que Sadie estaba perdiendo el norte y, después de lo que acababa de vivir, no pude evitar empezar a darle la razón.

Decidí dejar la conversación con Owen y Aria para el día siguiente porque, cuando colgué con Winter, ya era bastante tarde y seguramente estarían durmiendo.

Ni siquiera me fui a la cama. Me quedé tumbado en el sofá, pensando una y otra vez en todo lo ocurrido hasta que, en algún momento, terminé quedándome dormido.

El sonido del teléfono me despertó de golpe.

Abrí los ojos todavía desorientado y comprobé que seguía siendo de noche. La casa estaba prácticamente a oscuras, salvo por una pequeña lámpara que había dejado encendida en el salón, y fuera no había ni rastro de luz.

Cogí el móvil rápidamente de encima de la mesa porque una llamada antes del amanecer casi nunca significaba nada bueno. Lo primero que pensé fue en Sadie, pero al mirar la pantalla vi el nombre de mi padre.

Todo mi cuerpo se tensó.

Mi padre jamás me llamaría a aquellas horas si no estuviera ocurriendo algo realmente importante.

—Papá, ¿qué pasa?

—Nash, hijo, no quería molestarte, pero estoy desesperado.

Y lo estaba. Se notaba perfectamente en su voz, ronca y alterada, así que intenté que se calmara lo suficiente para contarme qué había ocurrido.

Brenna no había vuelto a casa.

A veces se retrasaba algo cuando salía, pero nunca llegaba más tarde de las diez y media o las once. En aquel momento eran las seis de la mañana y seguían sin saber nada de ella.

Mi padre y Lauren habían esperado hasta medianoche antes de empezar a llamar, primero a las casas de algunas de sus amigas y después a cualquiera que pudiera saber dónde estaba. Nadie sabía nada.

Desde entonces llevaban horas recorriendo la ciudad en coche, buscándola por los sitios que solía frecuentar, sin conseguir encontrarla. Antes de llamarme a mí también habían hablado con Winter por si Brenna hubiera ido a su casa o le hubiera dicho algo, pero mi hermana tampoco sabía dónde estaba.

Su teléfono, por supuesto, estaba apagado. Mientras mi padre conducía, Lauren había intentado llamarla una y otra vez e incluso localizar el móvil, pero al estar sin batería o desconectado no habían podido obtener ninguna ubicación.

Mientras él hablaba, mi cabeza funcionaba a toda velocidad intentando pensar dónde podía haberse metido o qué otra manera teníamos de encontrarla.

Ya habían avisado a la policía y les habían dicho que, al haber transcurrido pocas horas, todavía no podían tratarlo como una desaparición, aunque sí avisarían a las patrullas para que estuvieran pendientes.

Pensé durante unos segundos más hasta que, por suerte, recordé algo.

—Papá, ¿llevaba puesto el reloj que le regalé por su cumpleaños?

—Eh… Sí, claro. Le encanta y prácticamente no se lo quita. ¿Por qué?

—Porque el reloj también tiene localizador. Dame un segundo.

Aparté el móvil de la oreja y empecé a teclear a toda velocidad hasta que apareció una ubicación en la pantalla.

—Papá, la tengo. Sé dónde está.

—¿Sí? Gracias a Dios. Dime dónde y vamos para allí.

—No. Iros a casa. Yo me encargo.

—Nash…

—Hazme caso, papá. En cuanto llegue te aviso, ¿vale? Pero déjamelo a mí. Si está con alguien y aparecéis vosotros dos, se pondrá a la defensiva y será peor.

Escuché su suspiro al otro lado antes de que terminara aceptando. Me pidió únicamente que le enviara un mensaje en cuanto viera a Brenna y supiera que estaba bien.

Colgué, cogí las llaves del coche de la entrada y me puse el abrigo a toda prisa. Quince minutos después, siguiendo la ubicación del reloj, estaba frente a una casa de madera situada en el antiguo barrio donde Owen había vivido cuando éramos niños.

Golpeé la puerta varias veces, cada vez con más fuerza, mientras llamaba a Brenna sin obtener respuesta.

Cuando finalmente se abrió, me quedé petrificado con la mano todavía levantada.

Esperaba encontrarme a mi hermana al otro lado, pero quien apareció fue una mujer que tendría aproximadamente mi edad y cuyo aspecto consiguió llamar mi atención de inmediato.

Llevaba el pelo largo teñido de azul y una ropa que, por cómo le quedaba y por la hora que era, debía de ser un pijama o algo que utilizaba para dormir. En sus brazos, el cuello y la parte baja de las piernas que quedaban al descubierto se veían numerosos tatuajes, todos ellos llenos de color.

Pero no fue aquello lo que más me impactó.

Era preciosa.

No de una belleza simplemente bonita, sino de esas que obligan a detener la mirada durante unos segundos aunque no quieras hacerlo.

Tenía unos ojos grises que me resultaron extrañamente familiares y, por alguna razón que no entendí, me recordaron un poco a otros que llevaba grabados en la memoria desde hacía años.

Los de Mary.

Pero descarté la idea enseguida. No eran iguales y aquella mujer, evidentemente, no podía ser ella.

Cuando nuestras miradas se encontraron, algo cambió en su expresión. Durante apenas unos segundos vi pasar sorpresa, algo que me pareció dolor aunque desapareció tan deprisa que quizá me lo imaginara y, finalmente, un enfado bastante evidente.

Yo tampoco estaba precisamente en mi mejor momento.

—¿Quién coño eres tú?

Cerró los ojos durante un segundo antes de responderme con el mismo tono.

—¿Y tú quién coño eres y con qué derecho te crees para aporrear mi puerta a estas horas?

Apreté los puños y noté cómo se tensaba mi mandíbula.

—El localizador de mi hermana dice que está aquí. ¿Dónde está? ¿Qué le has hecho?

Vi cómo sus manos se cerraban con fuerza al escucharme y, en cuanto lo dije, una parte de mí supo que probablemente me estaba pasando. Estaba demasiado preocupado y había soltado lo primero que me había cruzado por la cabeza sin tener ninguna prueba de que aquella mujer hubiera hecho nada.

—¿Cómo te atreves siquiera a insinuar que le he hecho algo sin saber qué ha pasado?

Apreté la mandíbula.

—Mi hermana no habría venido sola a esta casa. No conoce a nadie por esta zona, así que tú la has traído aquí, engañándola con algo, y a saber para qué.

Su expresión dejó bastante claro que estaba a punto de mandarme a la mierda, y seguramente me lo habría merecido, pero antes de que pudiera responder apareció Brenna detrás de ella.

—Nash, deja de decir gilipolleces. Ella no me ha hecho nada malo. Solo me ayudó anoche.

En cuanto vi a mi hermana, la preocupación que llevaba acumulando desde que mi padre me había llamado explotó de golpe.

—¡Brenna! ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado? ¿Te ha hecho algo? ¿Y esa ropa de quién es? ¿Dónde está la tuya?

Las dos pusieron los ojos en blanco prácticamente al mismo tiempo.

—Además de gilipollas, es un dramas. Como se desmaye por hablar tanto y tan deprisa, se va a quedar ahí en el suelo. Contigo cargué, pero con él no pienso hacerlo —dijo la mujer.

—Lo sé. Es un pelma de categoría y, cuando se pone nervioso, habla como si tuviera una metralleta dentro de la boca —respondió mi hermana.

Aquello consiguió detenerme.

—¿Te cargó? ¿Por qué?

Mil preguntas aparecieron de golpe en mi cabeza.

La mujer volvió a mirarme y, aunque seguía evidentemente enfadada por mis acusaciones, algo en su expresión cambió al verme pendiente de Brenna. Pareció relajarse un poco antes de hacerse a un lado.

—Pasa. Hace frío y prepararé café mientras hablamos. Si quieres, claro. Si sigues pensando que soy una asesina en serie que pretende hacerte picadillo, siempre puedes quedarte fuera.

Dudé durante unos segundos.

No sabía nada de aquella mujer, pero Brenna parecía completamente tranquila a su lado y estaba claro que confiaba en ella. Además, cuando volví a mirarla sentí algo extraño, una sensación difícil de explicar que desapareció antes de que pudiera identificarla.

Finalmente entré.

Di un paso, después otro y crucé aquella puerta sin tener ni la más remota idea de cuánto iba a cambiar mi vida a partir de ese momento.