¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 4
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Capítulo 4

Nash

Me acerqué hasta las puertas con los cafés en las manos.

Las dos estaban entreabiertas, una manía que teníamos los tres cuando estábamos solos, porque únicamente las cerrábamos cuando Winter u Owen recibían clientes o cuando alguno de ellos entraba en mi despacho y necesitábamos tener algo de privacidad.

En el despacho de Owen no se oía nada, pero del de mi hermana llegaba claramente su voz, así que me quedé unos segundos escuchando.

—Que sí, papá. Se lo diré a Nash en cuanto lo vea.

Hubo unos segundos de silencio antes de que volviera a hablar.

—Que sí, que te quedes tranquilo. Que me he enterado. Me lo has dicho cuatro veces en diez minutos.

Solo por el tono podía imaginarla caminando desesperada por el despacho, poniendo los ojos en blanco una vez detrás de otra y mordiéndose el labio como hacía siempre que algo la exasperaba.

Decidí dejarla terminar la llamada y llevar primero el café a Owen. Total, mientras siguiera hablando no iba a beberlo y, por lo poco que había oído, tenía bastante claro que después me contaría lo que estaba pasando, así que mejor darle unos minutos para que se calmara.

Empujé la puerta de Owen con el pie y entré en el despacho.

—Café a domicilio, de parte de la mujer de tu vida.

—Dios, la amo —dijo levantándose de la silla para venir flechado hacia mí.

Casi no me dio tiempo ni a entregárselo antes de beberse medio vaso de un tirón.

—Joder, quema.

—Claro. Si quieres, además de subírtelo, también te lo soplo. Haber esperado unos segundos, ansia, que eres un ansia.

—No es ansia, es necesidad. Estoy empanado a estas horas tan intempestivas.

—Owen, son las diez de la mañana.

—Pues eso, muy temprano. Yo hasta las once por lo menos y tres cafés no soy persona.

Estaba bromeando, o quizá no del todo, porque a mi amigo siempre le había gustado dormir más que a las mantas y, si no conseguía hacerlo al menos seis o siete horas, al día siguiente estaba hecho unos zorros.

—¿Trasnochaste?

Resopló antes de contestar.

—Aria y yo estamos picados con una serie y nos quedamos hasta las dos viendo episodios.

—Pues ella está como una rosa y, en cambio, tú tienes cara de cactus.

—Ella no es de este planeta. Duerme tres horas y se levanta nueva. Yo duermo seis y estoy para el arrastre —dijo dejándose caer en la silla de forma dramática.

—Pues como esta noche os lieis otra vez, mañana me tocará ir a buscarte a casa con mi niño.

—Prefiero que me claves palillos en las uñas para despertarme antes que montarme en ese cacharro contigo.

—Oye, un respeto a mi joya. No le llames cacharro si no quieres tener problemas conmigo.

—Está bien, lo respetaré, pero desde lejos. No me acerco yo a él ni a diez metros.

Negué con la cabeza, divertido.

—Voy a llevarle este café a mi hermana.

—Sí, sí, corre, ve. Porque, si yo tengo cara de cactus, ella tendrá cara de limón como mínimo. Cuando ha subido la he oído hablar por teléfono y creo que era tu padre.

—Lo sé. La he oído antes de venir aquí y sí, era mi padre.

—Eso son problemas a la vista. Seguro que la princesita de la casa la ha liado de nuevo.

Eso ya me lo estaba imaginando sin que Owen me dijera nada, porque mi padre llevaba una temporada desesperado con nuestra hermana pequeña y ya no sabía qué hacer con ella.

Brenna había nacido del segundo matrimonio de mi padre con Lauren.

Mis padres, Rebecca y Grant, estuvieron casados hasta que yo tenía doce años y Winter quince.

Entre ellos no pasó nada malo ni hubo terceras personas; simplemente, como siempre nos habían explicado, el amor se terminó y prefirieron continuar sus vidas por separado.

El divorcio fue amistoso y nosotros nunca tuvimos problemas para quedarnos con uno o con el otro.

De hecho, con el paso de los años siguieron llevándose bien hasta el punto de conservar una buena amistad.

Mi madre no había rehecho su vida ni tenía pareja, al menos hasta donde nosotros sabíamos, pero mi padre sí lo hizo.

Un año después del divorcio conoció a Lauren. Ella tenía catorce años menos que él, algo a lo que ninguno dimos importancia porque, como se suele decir, el amor no tiene edad. Dos años después de conocerse se casaron y, al año siguiente, nació Brenna.

Nuestra hermana tenía catorce años y estaba a punto de cumplir los quince. Se encontraba en esa etapa de la adolescencia por la que todos habíamos pasado, pero en su caso estaba siendo un verdadero dolor de cabeza porque no salía de un lío cuando ya estaba metida en otro.

Vamos, que la niña estaba rebelde de cojones.

—Seguro que sí. La pregunta es cómo y de qué manera.

—Pues con cualquier cosa. Está insoportable.

—Coño, pues como hemos estado todos a su edad. Lo que pasa es que hace tanto de eso que ya no nos acordamos.

—No me jodas, Owen, nosotros éramos unos pavos a los catorce.

—No te lo crees ni tú. A ver si voy a tener que recordarte cómo te escapabas a mitad de la noche con cierta chica que te seguía el juego para ir al embarcadero más cercano a husmear entre los hidroaviones.

Solo con aquella referencia a cierta chica, y eso que ni siquiera había pronunciado su nombre, algo se me encogió en el estómago.

Siempre me pasaba lo mismo cuando ella, su nombre o cualquier cosa relacionada con la que había sido mi mejor amiga salían a relucir.

Habían pasado quince años desde la última vez que la vi, los mismos que habíamos compartido antes de que se marchara, pero pensar en ella, algo que no iba a mentir diciendo que nunca hacía, seguía dejándome un regusto amargo en la garganta.

Mary y yo nos conocíamos prácticamente desde que nacimos porque nuestros padres eran vecinos, puerta con puerta. Habíamos crecido juntos y, durante muchos años, fue mi mejor amiga; incluso podría decir que por entonces lo era mucho más que Owen.

Cuando los dos teníamos dieciséis años, una fatalidad provocada por la nieve y la poca visibilidad en la carretera hizo que sus padres perdieran la vida.

Para entonces hacía dos años que Mary y yo habíamos dejado de ser solo amigos y habíamos dado un paso más.

Ella fue mi primer amor y yo el suyo y, al menos por mi parte y por lo que siempre creí de la suya, puedo asegurar que nos queríamos con locura.

Todo se terminó después de la muerte de sus padres.

Durante las dos semanas siguientes Mary se quedó en nuestra casa, aunque aquellos días parecía otra persona, algo completamente normal después de lo que acababa de ocurrir.

Apenas hablaba, estaba como ausente y, cuando abría la boca, casi siempre era para llorar.

Se encerró por completo en sí misma y ni siquiera a mí me dejó entrar lo suficiente como para consolarla.

Después apareció su abuela en Juneau para llevársela. Yo no estuve allí cuando ocurrió porque estaba ayudando a Owen y a sus padres con la mudanza que estaban haciendo y, quince años después, todavía no sabía por qué Mary se había marchado sin decirme siquiera adiós.

Aquello me dolió muchísimo, porque en aquel momento sentí que no solo me estaba demostrando que no me quería como yo había creído, sino que ni siquiera le había importado lo suficiente como amigo. Durante días esperé que me llamara o me mandara algún mensaje, pero nunca llegó nada.

Yo también lo intenté un par de veces, pero su teléfono siempre estaba apagado y no hubo una tercera. Después de aquello me quedó bastante claro que, tras el golpe que le había dado la vida, había querido romper con todo y no saber nada de nadie, incluido yo.

—Nash, ¿estás bien? Te has quedado ausente.

Parpadeé y moví un poco la cabeza para volver a la realidad y sacar a Mary de mis pensamientos.

Me sentía gilipollas por seguir pensando en ella después de tantos años, pero había momentos como aquel en los que no podía evitarlo. Los recuerdos aparecían solos, sin que yo pudiera frenarlos.

—Sí, solo estaba pensando en algo. Voy a ver a Winter, a ver qué me cuenta de Brenna.

—Vale —dijo Owen mirándome con cierta preocupación, como hacía siempre que me quedaba alelado—. Nos vemos después.

Asentí, salí de su despacho y fui hasta el de mi hermana.

Cuando entré, estaba sentada en su sillón con la cabeza apoyada hacia atrás y los ojos cerrados.

—Traigo café, aunque no sé si habría sido mejor una caja de aspirinas.

Levantó la cabeza de golpe y abrió los ojos al oírme.

—Sin duda lo segundo, pero me conformaré con el café.

Me acerqué a la mesa, se lo pasé y después me senté enfrente de ella con los brazos cruzados.

—¿Qué quería papá? —pregunté sin andarme con rodeos.

—Me has oído hablar con él —dijo más como una afirmación que como una pregunta.

—Sí, y supongo que te ha llamado por algo relacionado con Brenna.

—Efectivamente.

—¿Qué ha liado esta vez?

—Lauren ha encontrado una bolsa con marihuana en su habitación, pero ella jura y perjura que no es suya, que solo se la está guardando a un amigo.

—La madre que la parió. ¿Y se pensará que alguno de nosotros va a tragarse esa milonga del amigo?

Winter se encogió de hombros antes de dar un largo sorbo al café.

—Si no lo pensara, no lo diría, ¿no crees? Puede que incluso sea verdad, pero como lleva un año tan desatada, con mentiras y líos a todas horas, ya ninguno nos creemos nada.

—Joder, es que está de un rebelde que se pasa de castaño oscuro. Una cosa es tener el pavo subido y otra muy distinta esto.

—Lo sé. Papá y Lauren están desesperados. Me ha llamado para pedirme que hablemos nosotros con ella, a ver si nos hace más caso.

—Lo dudo mucho, pero por intentarlo que no quede. Tiene que cambiar de actitud porque, al final, nos va a dar un disgusto gordo.

—Eso es precisamente lo que teme papá. Así que, si te parece bien, le he dicho que mañana iremos los dos a comer a su casa y hablaremos con ella. Es la única hora a la que podremos pillarla porque, por lo que me ha dicho, pisa menos la casa que tú tu despacho.

—Cuenta conmigo. Esta noche le diré a Sadie que mañana no me espere al mediodía.

—Querrá apuntarse.

—Esto es cosa nuestra y de Brenna. Sadie allí no pinta nada.

Winter soltó una risa seca mientras me miraba con una ceja levantada.

—Esta noche, cuando se lo digas y te monte un cisco por excluirla, me lo cuentas. Es agobiante y cada día más.

Sadie era mi novia desde hacía seis años y mi hermana nunca la había tragado. Decía que era demasiado absorbente y, aunque era cierto que algunas veces podía serlo, igual que también era bastante celosa, después de tantos años juntos yo había aprendido a convivir con ello.

¿Que quizá no debería haberlo hecho? Pues probablemente no, pero me iba bien con Sadie. Nos entendíamos, nos conocíamos desde niños y nuestra relación era cómoda, así que no entendía por qué Winter tenía que sacar siempre el mismo tema.

—Winter, déjalo.

—Sí, mejor lo dejamos porque me pone de mala hostia. Es que de verdad no entiendo cómo estás con ella.

—Estoy bien con ella. La relación es estable y cómoda.

—Me cago en la puta, ¿acabas de decir «estable y cómoda»?

—Sí —contesté encogiéndome de hombros.

—Nash, estable y cómoda es la cama que me compré el mes pasado. Una relación tiene que ser otra cosa, no algo comparable a un mueble.

—Pues la mía lo es y estoy bien con ella.

—Llegará un momento en el que no lo estés, porque algo así no es amor. Es costumbre, comodidad, como bien has dicho, algo seguro y pasable, pero eso nunca te hará completamente feliz.

—La quiero, Winter.

—¿Y la amas?

Me quedé callado. Solo fueron unos segundos, pero los suficientes para que mi hermana soltara una risa cargada de amargura.

—Déjalo. Tu silencio me lo ha dicho todo.

Nos quedamos mirándonos unos instantes y Winter entendió que, al menos por aquel día, el tema de Sadie tenía que quedarse aparte.

Siempre que hablábamos de ella acabábamos igual: mi hermana decía cosas como las que acababa de soltarme, yo me ponía a la defensiva y, como nunca conseguíamos ponernos de acuerdo, terminábamos diciendo cosas que ninguno debería decir.

—Me voy al despacho, tengo facturas que hacer.

—Y yo voy a preparar los catálogos para la cita que tengo dentro de unos minutos.

Me levanté, me acerqué hasta ella y nos dimos un beso y un abrazo antes de que saliera de su despacho para empezar, de una vez, mi día de oficina.